El centro del mundo
Hay una canción terrible que habla de un hombre no nacido de madre (a la que llama y por la que clama) y, por tanto, sin ombligo, ya que ningún cordón umbilical lo había unido nunca a otra persona. Tal vez sea esta la única vez en que se ha descrito con exactitud lo que sería un individuo, de existir tal cosa.
En los momentos en que nos sentimos más poderosos, más seguros de nosotros mismos, más independientes, notamos, repentinamente, que el ombligo está lleno de restos, que hay que rascar. La pelotilla que sale siempre tiene mal aspecto.
El ombligo limpio me recuerda a mi madre. Siempre me lo miraba para ver si estaba en orden. No sé qué tenemos en común, ella y yo. A ella le hace gracia que le diga que me enseñe su ombligo. Pero, cuando lo hace, veo que ella también dependió de otra persona. Y a ella no le avergüenza nada reconocerlo.
Cuando miro su ombligo, veo el centro del mundo.