Sobre otros
Agniezska y yo nos veíamos las tardes de los meses cálidos en su azotea, ya cuando el crepúsculo permite no morir fritos por el sol matador del verano madrileño.
Su azotea era mejor que su piso, aunque la azotea no era suya, claro está, sino del edificio donde vivía. Allí mejoraba ella su español a un ritmo frenético, mientras yo me esforzaba por retener el poco polaco que he llegado a aprender. ¡Qué mujer tan lista!
Ella me decía: "Podríamos vernos luego en mi azotea", pero pronunciado todo de forma más oscura, más melódica, más íntima.
Bebíamos cantidades enormes de horchata, a ella le encantaba esa bebida, que sacábamos de la nevera de plástico llena de hielos con la que se subía desde su casa.
Cuando ella me decía "Podríamos vernos luego en mi azotea" yo ya sabía que ella estaba aprendiendo a pronunciar, cada vez mejor, "¡Te quiero!"
Etiquetas: ascendente movimiento





