Los extraños caminos
El camino a Agniezska me llevó a Czeslaw, hombretón simpático de oscura mirada.
Él también quería ir a América y triunfar allí. Como para Ania, su paso por España era un trámite que había que cumplir o un trampolín desde el que saltar. Pero Czeslaw no llegó nunca a América.
Con él se cruzaron dos compatriotas suyos que arruinaron su vida y lo llevaron, con toda probabilidad, a la muerte. Ania descubrió su muerte por azar, en su azotea. Aquel fue el momento en que decidió poner fecha exacta a su partida, con mucha determinación.
La última vez que estuve en la azotea de Agniezska no pude evitar pensar en que sirvió de trampolín para Ania y para Czeslaw: pero cada uno siguió caminos distintos.
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