Calles irreconocibles
Los paseos por el barrio de Ania siempre eran desagradables: sus calles estrechas, sus aceras casi inexistentes, la impertinente invasión del espacio del peatón por farolas, cubos de la basura, coches prepotentes, incomprensibles chirimbolos o buzones de correos.
A ella le gustaba, pero yo lo encontraba siempre incómodo (¿Por qué no vamos a tu azotea?). A ella le gustaba, sin embargo.
He vuelto algunas veces, pero ya no son las mismas calles. Los escaparates no muestran ya el rostro de Agniezska. Ni, al cruzar, veo ya el revuelo de la falda al sortear los coches siempre mal aparcados.
Ella también las echa de menos. Porque dice que la calle donde vive, en esa América real, no es una calle: no hay gente que pasee, los vecinos sólo se asoman a su parcela de jardín, y no hay tiendas cuyos escaparates devuelvan su rostro.
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