Fotos
Despacio, Billy Boy recogió los bocetos que había ido haciendo a lo largo del viaje y seleccionó los que creía que eran más representativos, los puso en un álbum. Si no le creían en la Taberna, creerían las fotos....
El último Viaje del Lobo Solitario
Las olas lamían la playa con el goce y sensualidad de milenios de práctica, puliendo guijarros y modelando a su antojo arena, conchas y algún que otro desperdicio humano. Una tabla flotaba al vaivén de la resaca, dejando un rastro en la, por lo demás, inmaculada orilla.
Pero Billy Boy no tenía ojos para la singular belleza de un madero yendo y viniendo al vaiven. Al ajetreo. Al mareo, al compás de un mar caprichoso como el corazón humano.
Los restos se amontonaban por doquier. Allí, unos barriles. Aquí, unos restos de velas. Más allá, un palo, posiblemente el de mesana, completamente desarbolado de masteleros. Cuerdas, cuadernos, mapas mojados, papeles húmedos. Jirones de ropa y algunos efectos personales, presumiblemente de aquellos que, sin vida, yacían en la playa donde habían sido arrojados.
Billy Boy recorrió asombrado y asustado el litoral, en el límite del cual se hallaban los restos esqueléticos de un gran barco. En su recorrido, tuvo que sortear el cuerpo menudo de un chiquillo de su misma edad más o menos, que, inexplicablemente, permanecía con los ojos muy abiertos por la sorpresa y una sonrisa en la cara, como si estuviera descubriendo un nuevo y maravilloso mundo. Compasivamente, Billy Boy le cerró los ojos y lo dejó descansar para siempre.
Encima de la tapa de un baúl volvió a encontrarse con un cuerpo que le llamó la atención. Era una mujer de porte distinguido, que sujetaba, como queriendo rescatar, a un varón de aspecto bucólico. Billy Boy imaginó (ensoñó de nuevo) la historia: Un naufragio, un herido. Una mujer que estaba junto a él, cuidándolo, hasta que llegó el fin para ambos. No tenian aspecto de tripulantes, más bien de pasajeros, pero se los notaba valientes, decididos. Les entrelazó las manos para que fueran juntos a ese último viaje y depositó una rosa que siempre llevaba al mar en esas manos unidas.
Encontró varias monedas en los bolsillos de las múltiples chaquetas de un hombre con cadenas. El desdichado se había ahogado por codicioso. Tal vez se hubiera salvado él, parecía fuerte y duro. Tal vez, pero su codicia se lo llevó junto a la dama de blanco. No obstante, sintió lástima y no se llevó todas sus monedas. Al fin y al cabo, el precio que deberia pagar a Caronte sería mayor que el del resto de los compañeros de naufragio. Le puso una de sus propias monedas en cada uno de los ojos cerrados.
Cuando llegó al inmenso esqueleto de madera, tenía los ojos en lágrimas. Tantos sueños, tantas pesadillas, tantas esperanzas, arrasadas por el mar en una noche de sombras. Pensó qué funesto destino había provocado eso cuando vio, el en castillo de proa y junto al timón, a los dos últimos personajes que habían muerto, luchando contra los elementos, a su estilo. El más jóven tenía una botella de vino en la mano; manos que, a su vez, estaban amarradas al timón. Murió cumpliendo con su deber, con su obligación, con lo que creía correcto.
El más viejo tenía un rictus de paz en el rostro. Este descansa en paz, se dijo Billy Boy, tiene a todos sus fantasmas conjurados y, llegado el momento, como deseamos todos, se ha podido ver en el espejo de su alma y ha sido juzgado Apto consigo mismo. Murió con las botas puestas, en su puesto, dejando paso a una nueva vida, para los que quedasen, abrazado a ese baúl hermético que, quién sabe lo que tendrá.
Billy Boy cortó las ataduras de Takker y llevó la botella a los labios del finado, seguro que allí donde se encontrase ahora agradecería un nuevo trago y, al fin y al cabo, como aprendiz de tabernero, su trabajo, como el de Jesús Hijo, era dar de comer al hambriendo y de beber al sediento.
Al tratar de separar los brazos del Viejo Capitán del baúl se encontró con que estos cayeron sueltos hacia los lados. -"Qué lástima" -pensó- "este hombre ha luchado hasta el último aliento por proteger sus tesoros, y ahora que lo ha conseguido, parece que me los ofreceriera para su salvaguardia y difusión".
Con esfuerzo, Billy Boy arrastró el Baúl de Recuerdos Agridulces hacia su carreta y, tras un último vistazo al fin que se había encontrado, cogió también unos tablones en los que se podía leer el nombre de un barco sin mascarón de proa identificativo. El Lobo Solitario "si" -murmuró- "Podré colgar este letrero en otro sitio si, como sospecho, con lo que hay en este baúl se pueden contar unas bonitas Historias de Taberna"
Pero Billy Boy no tenía ojos para la singular belleza de un madero yendo y viniendo al vaiven. Al ajetreo. Al mareo, al compás de un mar caprichoso como el corazón humano.
Los restos se amontonaban por doquier. Allí, unos barriles. Aquí, unos restos de velas. Más allá, un palo, posiblemente el de mesana, completamente desarbolado de masteleros. Cuerdas, cuadernos, mapas mojados, papeles húmedos. Jirones de ropa y algunos efectos personales, presumiblemente de aquellos que, sin vida, yacían en la playa donde habían sido arrojados.
Billy Boy recorrió asombrado y asustado el litoral, en el límite del cual se hallaban los restos esqueléticos de un gran barco. En su recorrido, tuvo que sortear el cuerpo menudo de un chiquillo de su misma edad más o menos, que, inexplicablemente, permanecía con los ojos muy abiertos por la sorpresa y una sonrisa en la cara, como si estuviera descubriendo un nuevo y maravilloso mundo. Compasivamente, Billy Boy le cerró los ojos y lo dejó descansar para siempre.
Encima de la tapa de un baúl volvió a encontrarse con un cuerpo que le llamó la atención. Era una mujer de porte distinguido, que sujetaba, como queriendo rescatar, a un varón de aspecto bucólico. Billy Boy imaginó (ensoñó de nuevo) la historia: Un naufragio, un herido. Una mujer que estaba junto a él, cuidándolo, hasta que llegó el fin para ambos. No tenian aspecto de tripulantes, más bien de pasajeros, pero se los notaba valientes, decididos. Les entrelazó las manos para que fueran juntos a ese último viaje y depositó una rosa que siempre llevaba al mar en esas manos unidas.
Encontró varias monedas en los bolsillos de las múltiples chaquetas de un hombre con cadenas. El desdichado se había ahogado por codicioso. Tal vez se hubiera salvado él, parecía fuerte y duro. Tal vez, pero su codicia se lo llevó junto a la dama de blanco. No obstante, sintió lástima y no se llevó todas sus monedas. Al fin y al cabo, el precio que deberia pagar a Caronte sería mayor que el del resto de los compañeros de naufragio. Le puso una de sus propias monedas en cada uno de los ojos cerrados.
Cuando llegó al inmenso esqueleto de madera, tenía los ojos en lágrimas. Tantos sueños, tantas pesadillas, tantas esperanzas, arrasadas por el mar en una noche de sombras. Pensó qué funesto destino había provocado eso cuando vio, el en castillo de proa y junto al timón, a los dos últimos personajes que habían muerto, luchando contra los elementos, a su estilo. El más jóven tenía una botella de vino en la mano; manos que, a su vez, estaban amarradas al timón. Murió cumpliendo con su deber, con su obligación, con lo que creía correcto.
El más viejo tenía un rictus de paz en el rostro. Este descansa en paz, se dijo Billy Boy, tiene a todos sus fantasmas conjurados y, llegado el momento, como deseamos todos, se ha podido ver en el espejo de su alma y ha sido juzgado Apto consigo mismo. Murió con las botas puestas, en su puesto, dejando paso a una nueva vida, para los que quedasen, abrazado a ese baúl hermético que, quién sabe lo que tendrá.
Billy Boy cortó las ataduras de Takker y llevó la botella a los labios del finado, seguro que allí donde se encontrase ahora agradecería un nuevo trago y, al fin y al cabo, como aprendiz de tabernero, su trabajo, como el de Jesús Hijo, era dar de comer al hambriendo y de beber al sediento.
Al tratar de separar los brazos del Viejo Capitán del baúl se encontró con que estos cayeron sueltos hacia los lados. -"Qué lástima" -pensó- "este hombre ha luchado hasta el último aliento por proteger sus tesoros, y ahora que lo ha conseguido, parece que me los ofreceriera para su salvaguardia y difusión".
Con esfuerzo, Billy Boy arrastró el Baúl de Recuerdos Agridulces hacia su carreta y, tras un último vistazo al fin que se había encontrado, cogió también unos tablones en los que se podía leer el nombre de un barco sin mascarón de proa identificativo. El Lobo Solitario "si" -murmuró- "Podré colgar este letrero en otro sitio si, como sospecho, con lo que hay en este baúl se pueden contar unas bonitas Historias de Taberna"
El Triunfo de Guillermo
- ¿Me compras un cupón para hoy?
- No, gracias
-¿Y para mañana?
- No, Guillermo, muchas gracias
- Anda, pues ya que te sabes mi nombre, cómprame un cupón para hoy
- No Gracias, Guillermo, ya tengo
- Uis, pues comprame para mañana, o para el Domingo
- No
- Pues cómprame toda la tira
- ¡¡Que no, pesado!! ¡¡Òstias, déjamen en paz!! ¡¡ Vete a dar el tostón a otro sitio, joder!!
Es delgado y cabezón. Tiene unas gafas desmesuradamente grandes y un cierto retraso que le hace vender cupones de discapacitados. Va siempre desaliñado, aunque limpio. En invierno se pone un pasamontañas rojo en el que sólo se le ven los ojos y es realmente un plasta, aunque no sea consciente de ello. Es Guillermo, otro especímen de la inmensa fauna que recorre dia a dia el bar.
Conversaciones como la que he reproducido las escucho cada día dos o tres veces. Si no fuera tan pesado, o no tuviera tanta urgencia por ganarse el pan, seguramente Guillermo vendería mucho más, pero el pobre bastante tiene con andar y no caerse, no tiene gracia ninguna, y como vendedor, muy poco arte.
Una vez que pilló a Don Antonio de muy mala leche, éste estuvo 10 minutos gritándole, para finalizar diciéndole que se quedase con su cara y que huyese en cuanto lo viera. Guillermo, no sé si por miedo o por pundonor (que lo tiene y mucho, si no, que se lo pregunten a aquél que se metió con su ídolo -Julio Iglesias- que casi se lleva dos tortones en un arranque de furia que jamás ninguno de los que allí estaban hubiera imaginado), ha seguido prudentemente su consejo.
Ayer, Guillermo triunfó. Había una mesa de 9 personas para cenar. Estos vienen todos los fines de semana y, simplemente, por su actitud los odio. Además, se quedan después del cierre, cuando estamos todos cansados, armando alboroto, emborrachándose sin complejos y no dejándonos ni limpiar ni trabajar. A las tres de la mañana, con todo el fin de semana yendo de cabeza, exhaustos, como comprenderéis, no es fácil soportar (y lo intento, creedlo), a los "4 gilipooooooooooooooooollas de turno" que hacen que no puedas cerrar tranquilamente e irte a reposar, y a los que les tienes que reir las gracias porque (palabra del jefe, palabra del señor) "son clientes y, además, son de los que se dejan los cuartos".
No sé si fue casualidad, porque no creo en ellas, o causalidad, o que bajó Dios y le tocó, por fin, con un dedito de esos que usa a veces para alegrase el día a costa de los demás, el caso es que Guillermo apareció en el momento justo, y los vio y fue "lijao" hacia ellos en el momento en que no estaban ni lo suficientemente borrachos como para mandarlo a hacer puñetas con cajas destempladas ni tan poco como para ignorarlo.
Colocó allí mismo un cupón a cada uno, e incluso la Piru (dicen que es porque le gustan las piruletas, yo digo que es porque es una bruja piruja), le compró 3. A renglón seguido fue a otra mesa, envalentonado, en la que no colocó ni uno, pero se portaron amablemente con él. No se desanimó, y en la siguiente mesa, Esther, la hija de Isidro el joyero (descansa en paz, socio, te debo un post), le invitó a una fanta naranja.
Ávido, Guillermo se echó el trago al cuello sin respirar. Ni el vaso cogió. Y juraría (no sé si fue sueño, alegría o sorpresa por mi parte) que incluso lamió el borde un poco. Seguro que hacía meses que no bebía algo que no tuviera sabor a agua de grifo.
Cuando le dije que si le había agradecido a Esther que le hubiera invitado, me sorprendió nuevamente "No, pero ahora me acerco, le doy las gracias, y de paso le vendo alguno"
"Óle, Guillermín, con dos cojones" -pensé- "Táte. Ahora atento, que lo bordas, socio, y luego te ries tú de los demás como ellos se han reido de tí durante estos meses que te he conocido. Y aprovecha, que ya vendrán las vacas flacas, y tendrás que acudir a tu pastor, como el otro día, cuando os ví en la calle, con el megáfono en mano y repartiendo panfletos cristianos, o tendrás que esperar al invierno, cuando vayas con tu gorro rojo, y la de la tienda de al lado se ria tantísimo que luego te compre una tira completa, por vergüenza, o los demás por vergüeza ajena, que pa eso, los españoles somos así, toreros, y cuando viene el toro y embiste hay que dar capotazos, pero cuando viene la vaquilla entramos a matar. Así que ahora, Guillermín, cómetelos a todos, que vas a poder tomarte hasta un café con hielo"
Y allí fue, el colega, con su paso desgarbado, y estuvo un rato, echándole morro al asunto, ahora sí, con todo el arte del mundo. Y no pude ver ni oir lo que decía, porque la Piru (...ja, es que es una Piruja) y su cuadrilla de energúmenos empezó a vocear "cooooooooooooopas, cooooooooooooopas" como si no tuvieran ya dos rondas en el cuerpo (lo que soplaron, los joios)
Pero bueno, supongo que todo fue bien... vi a Guillermo irse todo feliz mientras yo, todo triste, recogía la terraza.
Iba tarareando a Julito Iglesias.
- No, gracias
-¿Y para mañana?
- No, Guillermo, muchas gracias
- Anda, pues ya que te sabes mi nombre, cómprame un cupón para hoy
- No Gracias, Guillermo, ya tengo
- Uis, pues comprame para mañana, o para el Domingo
- No
- Pues cómprame toda la tira
- ¡¡Que no, pesado!! ¡¡Òstias, déjamen en paz!! ¡¡ Vete a dar el tostón a otro sitio, joder!!
Es delgado y cabezón. Tiene unas gafas desmesuradamente grandes y un cierto retraso que le hace vender cupones de discapacitados. Va siempre desaliñado, aunque limpio. En invierno se pone un pasamontañas rojo en el que sólo se le ven los ojos y es realmente un plasta, aunque no sea consciente de ello. Es Guillermo, otro especímen de la inmensa fauna que recorre dia a dia el bar.
Conversaciones como la que he reproducido las escucho cada día dos o tres veces. Si no fuera tan pesado, o no tuviera tanta urgencia por ganarse el pan, seguramente Guillermo vendería mucho más, pero el pobre bastante tiene con andar y no caerse, no tiene gracia ninguna, y como vendedor, muy poco arte.
Una vez que pilló a Don Antonio de muy mala leche, éste estuvo 10 minutos gritándole, para finalizar diciéndole que se quedase con su cara y que huyese en cuanto lo viera. Guillermo, no sé si por miedo o por pundonor (que lo tiene y mucho, si no, que se lo pregunten a aquél que se metió con su ídolo -Julio Iglesias- que casi se lleva dos tortones en un arranque de furia que jamás ninguno de los que allí estaban hubiera imaginado), ha seguido prudentemente su consejo.
Ayer, Guillermo triunfó. Había una mesa de 9 personas para cenar. Estos vienen todos los fines de semana y, simplemente, por su actitud los odio. Además, se quedan después del cierre, cuando estamos todos cansados, armando alboroto, emborrachándose sin complejos y no dejándonos ni limpiar ni trabajar. A las tres de la mañana, con todo el fin de semana yendo de cabeza, exhaustos, como comprenderéis, no es fácil soportar (y lo intento, creedlo), a los "4 gilipooooooooooooooooollas de turno" que hacen que no puedas cerrar tranquilamente e irte a reposar, y a los que les tienes que reir las gracias porque (palabra del jefe, palabra del señor) "son clientes y, además, son de los que se dejan los cuartos".
No sé si fue casualidad, porque no creo en ellas, o causalidad, o que bajó Dios y le tocó, por fin, con un dedito de esos que usa a veces para alegrase el día a costa de los demás, el caso es que Guillermo apareció en el momento justo, y los vio y fue "lijao" hacia ellos en el momento en que no estaban ni lo suficientemente borrachos como para mandarlo a hacer puñetas con cajas destempladas ni tan poco como para ignorarlo.
Colocó allí mismo un cupón a cada uno, e incluso la Piru (dicen que es porque le gustan las piruletas, yo digo que es porque es una bruja piruja), le compró 3. A renglón seguido fue a otra mesa, envalentonado, en la que no colocó ni uno, pero se portaron amablemente con él. No se desanimó, y en la siguiente mesa, Esther, la hija de Isidro el joyero (descansa en paz, socio, te debo un post), le invitó a una fanta naranja.
Ávido, Guillermo se echó el trago al cuello sin respirar. Ni el vaso cogió. Y juraría (no sé si fue sueño, alegría o sorpresa por mi parte) que incluso lamió el borde un poco. Seguro que hacía meses que no bebía algo que no tuviera sabor a agua de grifo.
Cuando le dije que si le había agradecido a Esther que le hubiera invitado, me sorprendió nuevamente "No, pero ahora me acerco, le doy las gracias, y de paso le vendo alguno"
"Óle, Guillermín, con dos cojones" -pensé- "Táte. Ahora atento, que lo bordas, socio, y luego te ries tú de los demás como ellos se han reido de tí durante estos meses que te he conocido. Y aprovecha, que ya vendrán las vacas flacas, y tendrás que acudir a tu pastor, como el otro día, cuando os ví en la calle, con el megáfono en mano y repartiendo panfletos cristianos, o tendrás que esperar al invierno, cuando vayas con tu gorro rojo, y la de la tienda de al lado se ria tantísimo que luego te compre una tira completa, por vergüenza, o los demás por vergüeza ajena, que pa eso, los españoles somos así, toreros, y cuando viene el toro y embiste hay que dar capotazos, pero cuando viene la vaquilla entramos a matar. Así que ahora, Guillermín, cómetelos a todos, que vas a poder tomarte hasta un café con hielo"
Y allí fue, el colega, con su paso desgarbado, y estuvo un rato, echándole morro al asunto, ahora sí, con todo el arte del mundo. Y no pude ver ni oir lo que decía, porque la Piru (...ja, es que es una Piruja) y su cuadrilla de energúmenos empezó a vocear "cooooooooooooopas, cooooooooooooopas" como si no tuvieran ya dos rondas en el cuerpo (lo que soplaron, los joios)
Pero bueno, supongo que todo fue bien... vi a Guillermo irse todo feliz mientras yo, todo triste, recogía la terraza.
Iba tarareando a Julito Iglesias.





