Don Antonio
Don Antonio es un señor. Todo un Señor con D. mayúscula, de los de antes, bajito, duro, rocoso, al que la vida le trató medianamente bien hasta que la muerte se llevó a su esposa y tuvo que tragarse sus huevos y sacar adelante una familia cuando no sabía cómo. Eran otros tiempos, y me imagino que la señora (a la que nunca llegué a conocer) cuidaba y educaba a sus hijos y la casa, y me imagino también que él no sabía, en su momento, hacer nada de eso.
Padre de uno de los taberneros. Don Antonio tiene muchas arrugas, unos ojos verdes francos y limpios y mirada penetrante que incita al respeto, incluso a cierta clase de admiración. Le falta el dedo meñique de una mano, y no sé por qué es, pero tampoco me importa. Hay gente a la que le falta dinero, amor, salud, amigos... y tampoco voy preguntando.
Antonio rie a carcajadas cuando algo le hace gracia, gruñe cuando está descontento, y bebe cerveza en silencio, sin hablarse con nadie, cuando está realmente preocupado o enfadado.
Aparte de todo eso, Antonio tiene una mala ostia del copón. Le he visto gritar y geticular, manotear, y casi casi, una vez, palparle la cara a uno que llegó tocando las narices cuando él ya las tenía tocadas.
Esta mañana, ojeroso, sin dormir, acudí puntual a mi cita del café y los buenos días. A las nueve en punto. Antonio llegó unos dos minutos después y, tras saludar a todos los parroquianos que allí había, alguien le preguntó que si había madrugado, a lo que respondió que ya llevaba mucho tiempo despierto.
"Uiiiiiiiiiiiiiiiiiiis" -me dije cuando pidió un doble de cerveza- "Este está cabreado".
- ¡¡¡¡ Buenos días, Don Antonio !!!! - Siempre le llamo Don Antonio, aunque tenemos mucha confianza, es un poco de cachondeo y un poco de respeto. Ese hombre se merece el Don más que muchos que se lo hacen llamar y son verdaderos hijos de la gran puta.
- Buenos dias.... por decir algo.
- Hombre... -insistí yo- siempre que hay un día siguiente es bueno.. lo malo es cuando no hay un día siguiente, ¿no?
- Pues No. - Seco. Rotundo. Duro como él y como la tierra que lo parió hace tantos años.
Y me miró, fíjamente, sin pestañear, sin esperar respuesta, deseando que comprendiera sin tener que explicarme las cosas. Y me imaginé a su hijo, Que lo lleva por la calle de la amargura, que es un cabrón como muchos cabrones de su edad, golfo, egoista, mentiroso, vividor a costa de los demás y de su ego. Y me acordé de su yerno, que se ha peleado alguna vez con palabras y alguna otra con ostias con el hijo de Antonio. Y me imaginé a su hija, que vuelve a estar embarazada, y que a lo mejor había problemas, dado que es un embarazo complicado. Y me imaginé a su nieto, que ahora mismo, es la única alegría que tiene Don Antonio, aparte de esos chistes, esas bromas, y esos momentos de camaradería que surgen en la barra de un bar. Todo eso me lo imaginé en los pocos segundos que me miró.
Le dí dos palmaditas en el hombro, no muy seguro de lo que tenía que decir. Así pues, no dije nada, y los dos agachamos la cabeza hacia nuestras bebidas, cerveza y café, pensando en la mierda que arrastramos sin saberlo, pegada a la suela del zapato, y cuyo olor de vez en cuando nos llega a las narices para recordarnos que sigue allí.
Padre de uno de los taberneros. Don Antonio tiene muchas arrugas, unos ojos verdes francos y limpios y mirada penetrante que incita al respeto, incluso a cierta clase de admiración. Le falta el dedo meñique de una mano, y no sé por qué es, pero tampoco me importa. Hay gente a la que le falta dinero, amor, salud, amigos... y tampoco voy preguntando.
Antonio rie a carcajadas cuando algo le hace gracia, gruñe cuando está descontento, y bebe cerveza en silencio, sin hablarse con nadie, cuando está realmente preocupado o enfadado.
Aparte de todo eso, Antonio tiene una mala ostia del copón. Le he visto gritar y geticular, manotear, y casi casi, una vez, palparle la cara a uno que llegó tocando las narices cuando él ya las tenía tocadas.
Esta mañana, ojeroso, sin dormir, acudí puntual a mi cita del café y los buenos días. A las nueve en punto. Antonio llegó unos dos minutos después y, tras saludar a todos los parroquianos que allí había, alguien le preguntó que si había madrugado, a lo que respondió que ya llevaba mucho tiempo despierto.
"Uiiiiiiiiiiiiiiiiiiis" -me dije cuando pidió un doble de cerveza- "Este está cabreado".
- ¡¡¡¡ Buenos días, Don Antonio !!!! - Siempre le llamo Don Antonio, aunque tenemos mucha confianza, es un poco de cachondeo y un poco de respeto. Ese hombre se merece el Don más que muchos que se lo hacen llamar y son verdaderos hijos de la gran puta.
- Buenos dias.... por decir algo.
- Hombre... -insistí yo- siempre que hay un día siguiente es bueno.. lo malo es cuando no hay un día siguiente, ¿no?
- Pues No. - Seco. Rotundo. Duro como él y como la tierra que lo parió hace tantos años.
Y me miró, fíjamente, sin pestañear, sin esperar respuesta, deseando que comprendiera sin tener que explicarme las cosas. Y me imaginé a su hijo, Que lo lleva por la calle de la amargura, que es un cabrón como muchos cabrones de su edad, golfo, egoista, mentiroso, vividor a costa de los demás y de su ego. Y me acordé de su yerno, que se ha peleado alguna vez con palabras y alguna otra con ostias con el hijo de Antonio. Y me imaginé a su hija, que vuelve a estar embarazada, y que a lo mejor había problemas, dado que es un embarazo complicado. Y me imaginé a su nieto, que ahora mismo, es la única alegría que tiene Don Antonio, aparte de esos chistes, esas bromas, y esos momentos de camaradería que surgen en la barra de un bar. Todo eso me lo imaginé en los pocos segundos que me miró.
Le dí dos palmaditas en el hombro, no muy seguro de lo que tenía que decir. Así pues, no dije nada, y los dos agachamos la cabeza hacia nuestras bebidas, cerveza y café, pensando en la mierda que arrastramos sin saberlo, pegada a la suela del zapato, y cuyo olor de vez en cuando nos llega a las narices para recordarnos que sigue allí.





