Recuerdos del pasajero 122
Ella era pequeñita, rubia, de ojos verdes. No estaba delgada, ni podía decirse que gorda. No tenía un cuerpazo, senos pequeñitos y caderas, tal vez, algo anchas para los baremos de tanto pillo, tanto golfo y tanto buscavidas y buscaAmores. Pero era un encanto. Una dulce niña, a pesar de los 29 de entonces que nunca me reconoció (se quitaba los años de cuatro en cuatro, la pérfida).
La conocí cuando fuí a ver a un amigo mío a Zaragoza. Ella era su novia por aquel entonces. No sé si lo seguirán siendo. pardiez. He perdido el contacto con ella y con él sólo hablo en ocasiones, cuando necesita o quiere algo. Hoy me llamó, ufano, cuando supo de mis nuevos negocios, de mi nueva casa, para intentar pasar una temporada aquí, que son las fiestas patronales. Menudo morro que gasta el tío. Aprovechó la oportunidad de la noticia para acoplarse sin soltar un real. Como siempre.
Perdí el contacto con ellos, como digo, por circunstancias. Por voluntad plena y consciente mía y por su actitud, sumamente egoista siempre, que yo perdoné en mil ocasiones hasta que dije basta. Tenía que vivir mi vida. De él, si llega el caso, hablaré en posterior ocasión. Ella viene a colación porque ahora, también por circunstancias, me han asaltado los recuerdos de cosas que me dijo cuando todavía nos unía una gran amistad y ella era mi princesita y yo su galán acompañante. El pardillo, aquel que la entretenía hasta que llegaba mi amigo su novio y que luego era abandonado por los dos a su suerte. Siempre les deseé dicha y felicidad, los respeté, defendí y encubrí en ocasiones, los apoyé en su complicada relación (estuvieron un año como amantes, engañando a los respectivos alegremente, hasta que decidieron cortar con los mismos y empezar de cero), los escuché cuando necesitaban desahogarse, y me hablaron cuando les pareció bien.
En una de estas ocasiones, ella, la novia, me dijo que ójala me hubiera conocido a mí antes, porque se hubiera enamorado de mí, de cómo soy, y sin duda habría cambiado todo. Empezaban los problemas entre ambos, cuando se exigían y pedian mutuamente compromisos y responsabilidades que antes, de amantes, no podían pedirse.
En otra ocasión, en una larga carta en la que me analizó, (es la única persofna a la que le he dejado hacerlo de forma consciente y a la que he escuchado las conclusiones), me dijo que yo nunca sería feliz si no tenía alguien a quién proteger, alguien con quien la aventura no fuera compartir, sino descubrir. Guardo esa larguísima epístola en algún lugar, en algún baúl de recuerdos y cosas que me dejaron un sabor agridulce. Y no puedo dar cumplido detalle de los mismos. salvo de lo que me impactó y de las frases que ahora tengo que tragarme dolorosamente.
Esta mañana, insisto, por circunstancias, he recordado esa frase, amén de otras que me dijo, y que le dije, entre las cuales estaba la teoría de que en este perro mundo, todo se paga antes, durante o después, que nada queda sin compensar. Y haciendo balance, tengo muchas deudas que pagar, y también muchas que cobrar. No soy inmune al destino ni a las cosas, como me creía, pero debo hacer frente a mis deudas.
Con la cabeza bien alta, con el ceño fruncido, tal vez, pero me haré cargo de mis actos y de mis responsabilidades, y de las cosas que he hecho y que he dicho, y de las que no he hecho o no he dicho, puesto que también influyen en la vida de los demás, por mucho que cueste comprenderlo.Y como decíamos en la tierra de esta chiquita, (siempre acudíamos a verla, nunca vino ella a nosotros, una de las cosas por las que dejé esa amistad por considerarla convenida) entre risas y tostadas de la zona, cuando estábamos allí, "Y luego, si quiere, que salga el sol por Antequera"
La conocí cuando fuí a ver a un amigo mío a Zaragoza. Ella era su novia por aquel entonces. No sé si lo seguirán siendo. pardiez. He perdido el contacto con ella y con él sólo hablo en ocasiones, cuando necesita o quiere algo. Hoy me llamó, ufano, cuando supo de mis nuevos negocios, de mi nueva casa, para intentar pasar una temporada aquí, que son las fiestas patronales. Menudo morro que gasta el tío. Aprovechó la oportunidad de la noticia para acoplarse sin soltar un real. Como siempre.
Perdí el contacto con ellos, como digo, por circunstancias. Por voluntad plena y consciente mía y por su actitud, sumamente egoista siempre, que yo perdoné en mil ocasiones hasta que dije basta. Tenía que vivir mi vida. De él, si llega el caso, hablaré en posterior ocasión. Ella viene a colación porque ahora, también por circunstancias, me han asaltado los recuerdos de cosas que me dijo cuando todavía nos unía una gran amistad y ella era mi princesita y yo su galán acompañante. El pardillo, aquel que la entretenía hasta que llegaba mi amigo su novio y que luego era abandonado por los dos a su suerte. Siempre les deseé dicha y felicidad, los respeté, defendí y encubrí en ocasiones, los apoyé en su complicada relación (estuvieron un año como amantes, engañando a los respectivos alegremente, hasta que decidieron cortar con los mismos y empezar de cero), los escuché cuando necesitaban desahogarse, y me hablaron cuando les pareció bien.
En una de estas ocasiones, ella, la novia, me dijo que ójala me hubiera conocido a mí antes, porque se hubiera enamorado de mí, de cómo soy, y sin duda habría cambiado todo. Empezaban los problemas entre ambos, cuando se exigían y pedian mutuamente compromisos y responsabilidades que antes, de amantes, no podían pedirse.
En otra ocasión, en una larga carta en la que me analizó, (es la única persofna a la que le he dejado hacerlo de forma consciente y a la que he escuchado las conclusiones), me dijo que yo nunca sería feliz si no tenía alguien a quién proteger, alguien con quien la aventura no fuera compartir, sino descubrir. Guardo esa larguísima epístola en algún lugar, en algún baúl de recuerdos y cosas que me dejaron un sabor agridulce. Y no puedo dar cumplido detalle de los mismos. salvo de lo que me impactó y de las frases que ahora tengo que tragarme dolorosamente.
Esta mañana, insisto, por circunstancias, he recordado esa frase, amén de otras que me dijo, y que le dije, entre las cuales estaba la teoría de que en este perro mundo, todo se paga antes, durante o después, que nada queda sin compensar. Y haciendo balance, tengo muchas deudas que pagar, y también muchas que cobrar. No soy inmune al destino ni a las cosas, como me creía, pero debo hacer frente a mis deudas.
Con la cabeza bien alta, con el ceño fruncido, tal vez, pero me haré cargo de mis actos y de mis responsabilidades, y de las cosas que he hecho y que he dicho, y de las que no he hecho o no he dicho, puesto que también influyen en la vida de los demás, por mucho que cueste comprenderlo.Y como decíamos en la tierra de esta chiquita, (siempre acudíamos a verla, nunca vino ella a nosotros, una de las cosas por las que dejé esa amistad por considerarla convenida) entre risas y tostadas de la zona, cuando estábamos allí, "Y luego, si quiere, que salga el sol por Antequera"





