Segunda Epifanía
Mientras el olor a pólvora me cosquilleba la nariz y el humo me hacía lagrimear los ojos, tuve la segunda visión en pocos días. El negocio iba a ir bien. Muy bien.
La cantidad de pasos y viajes me habían hecho ir al centro de Valencia. A la mascletá, me dije, ya que estoy por aquí, cansado, exhausto, agotado. Lo había planeado antes, pero creí que no me iba a dar tiempo. Me pedí una cerveza, encendí un cigarro y saltó el primer petardo.
Normalmente, cuando suena la mascletá me evado, pienso en otras gentes y otras batallas. Unos barcos a cañonazos. Un dos de Mayo revolucionario. Un Waterloo trágico. Un Flandes triunfal y mortífero. Pienso que estoy en otro sitio, que el sonido, el olor, la ansiedad de la gente, que me recorre como si fueran descargas eléctricas las manos, el pecho, y la frente, son producto de una lucha a vida o muerte. Y me imagino los cientos de miles de personas que escucharon, aterrorizadas, esos mismos sonidos tan similares a los cañonazos; que sintieron, como yo durante la parte más intensa del espectáculo, temblar el suelo como si una terrible carga de caballería dirigida por el mismísimo Murat fuera a acabar con todos nosotros allí mismo. Que notaron la pólvora secar sus gargantas. Que vieron caer del cielo trozos de otras personas como caían ayer trozos de carcasas. Que gritaron, y silbaron, y aplaudieron como tantos otros gritarían, silbarían y aplaudirían tras ganar una batalla.
Ayer estaba dispuesto a realizar ese interesantisimo ejercicio cuando fui consciente de lo que he dicho. El negocio iba a ir bien. Muy bien. No ví a ningún capitán, ni grumete, ni pasajeros, ni maldito otro muñeco de guiñol que me ha estado atormentando durante estas dos últimas semanas. Sólo me vi a mi mismo. Feliz, con un objetivo logrado. Y sólo pude musitar un "gracias por la revelación".
Cuando terminó, y volví a mis interminables quehaceres, mi socio me esperaba con buenas noticias. Sí. Ya estaba empezando a girar la rueda. Ya empezaba a obtener resultados. El del banco me esperaba con más buenas noticias. La hermana del quiosquero me trajo el presupuesto que me hacía tantísima falta. Un pavo me regaló una camiseta.
Pero el mejor regalo me lo dí a mí mismo. Volvía a tener confianza
La cantidad de pasos y viajes me habían hecho ir al centro de Valencia. A la mascletá, me dije, ya que estoy por aquí, cansado, exhausto, agotado. Lo había planeado antes, pero creí que no me iba a dar tiempo. Me pedí una cerveza, encendí un cigarro y saltó el primer petardo.
Normalmente, cuando suena la mascletá me evado, pienso en otras gentes y otras batallas. Unos barcos a cañonazos. Un dos de Mayo revolucionario. Un Waterloo trágico. Un Flandes triunfal y mortífero. Pienso que estoy en otro sitio, que el sonido, el olor, la ansiedad de la gente, que me recorre como si fueran descargas eléctricas las manos, el pecho, y la frente, son producto de una lucha a vida o muerte. Y me imagino los cientos de miles de personas que escucharon, aterrorizadas, esos mismos sonidos tan similares a los cañonazos; que sintieron, como yo durante la parte más intensa del espectáculo, temblar el suelo como si una terrible carga de caballería dirigida por el mismísimo Murat fuera a acabar con todos nosotros allí mismo. Que notaron la pólvora secar sus gargantas. Que vieron caer del cielo trozos de otras personas como caían ayer trozos de carcasas. Que gritaron, y silbaron, y aplaudieron como tantos otros gritarían, silbarían y aplaudirían tras ganar una batalla.
Ayer estaba dispuesto a realizar ese interesantisimo ejercicio cuando fui consciente de lo que he dicho. El negocio iba a ir bien. Muy bien. No ví a ningún capitán, ni grumete, ni pasajeros, ni maldito otro muñeco de guiñol que me ha estado atormentando durante estas dos últimas semanas. Sólo me vi a mi mismo. Feliz, con un objetivo logrado. Y sólo pude musitar un "gracias por la revelación".
Cuando terminó, y volví a mis interminables quehaceres, mi socio me esperaba con buenas noticias. Sí. Ya estaba empezando a girar la rueda. Ya empezaba a obtener resultados. El del banco me esperaba con más buenas noticias. La hermana del quiosquero me trajo el presupuesto que me hacía tantísima falta. Un pavo me regaló una camiseta.
Pero el mejor regalo me lo dí a mí mismo. Volvía a tener confianza
Comentario:
¡¡ LA VIDA ANORMAL ES LA VIDA MEJOR!!
-demuestra lo que vales, que es mucho-
MUUUUUUUUUUUUAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAKSS
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