Historia de una Mascletá por Fascículos: Conclusión
La batalla arreciaba, los cañonazos eran todavía más fuertes y contínuos, reproducían una música letal y mortífera, daban ganas hasta de bailar, con ritmos conocidos. "La gorda" aplaudía y gritaba. Yo no oía más que el rumor de la gente, los petardazos y, cosa curiosa y del todo anormal, el rumor de la fuente, la maldita fuente que seguía soltando agua, ajena a todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor, y a la gente y a las vidas y los corazones que palpitaban.
Por mi parte, no dejaba de mirar al Rey. A mi rey. Tiempo ha que había leido en un libro la frase "Tu rey es tu rey" y, pardiez, yo estaba orgulloso del rey que me había tocado en suerte, y esperaba que, con un gesto o una palabra, mandara a las huestes a la lucha, no de forma ordenada y disciplinada, como iban ahora, sino a la carga y con órdenes de no dejar cuello infiel pegado a cabeza hereje, sino a pica española o, caso de no llevar picas (como era el caso de los valientes infantes, que iban armados con espada y rodela), desparramando sangre y vida por el suelo.
MIraba a mi rey, como digo. A nuestro rey. Cuando se me llenaron los ojos de lágrimas y de orgullo. Ahí estaba, con el pueblo, en el día de fiesta, como uno más. Recibiendo honores, sí, pero compartiéndolos con todos nosotros sin orgullo ni prepotencia, cuando Pirotécnico lanzó una salva ensordecedora que tiñó el cielo de diferentes colores y se inició la verdadera carga.
Nosotros nos unimos a la refriega. Y llegaron los malos, aunque maldita la guerra en la que no seamos todos malos. Y llegaron los buenos, aunque bendita la guerra en la que alguno sea bueno y no mate, ni corte, ni cercene, ni ampute vidas ni miembros ni talle de raíz esperanzas, familias, romances, negocios, amistades o cualquiera de las cosas que hacen que la vida y las personas merezcan un poco más la pena.
Y con ello se inició terrible refriega en la cual todo era ruido, y el suelo temblaba, y el cielo temblaba, y yo temblaba, y todo temblaba a nuestro alrededor y dentro y fuera de nosotros, y se llenaba de humo y de gritos que no oía, aunque sabía que gritábamos porque a mi alrededor no había más que gente gritando, por sus gestos, sus expresiones, su boca y sus ojos. Y "la gorda" tenía la vena del cuello hinchada, y yo supe que estaba voceando cuando comprendí que yo mismo estaba voceando y no oía mis propios gritos, ni sentía las palmas de los aplausos que estaba dando y que no oía. Y el rey estaba voceando. Y 50.000 personas estaban voceando, pero no se oía, porque lo único que se oía eran los cañonazos de la victoria.

Por mi parte, no dejaba de mirar al Rey. A mi rey. Tiempo ha que había leido en un libro la frase "Tu rey es tu rey" y, pardiez, yo estaba orgulloso del rey que me había tocado en suerte, y esperaba que, con un gesto o una palabra, mandara a las huestes a la lucha, no de forma ordenada y disciplinada, como iban ahora, sino a la carga y con órdenes de no dejar cuello infiel pegado a cabeza hereje, sino a pica española o, caso de no llevar picas (como era el caso de los valientes infantes, que iban armados con espada y rodela), desparramando sangre y vida por el suelo.MIraba a mi rey, como digo. A nuestro rey. Cuando se me llenaron los ojos de lágrimas y de orgullo. Ahí estaba, con el pueblo, en el día de fiesta, como uno más. Recibiendo honores, sí, pero compartiéndolos con todos nosotros sin orgullo ni prepotencia, cuando Pirotécnico lanzó una salva ensordecedora que tiñó el cielo de diferentes colores y se inició la verdadera carga.
Nosotros nos unimos a la refriega. Y llegaron los malos, aunque maldita la guerra en la que no seamos todos malos. Y llegaron los buenos, aunque bendita la guerra en la que alguno sea bueno y no mate, ni corte, ni cercene, ni ampute vidas ni miembros ni talle de raíz esperanzas, familias, romances, negocios, amistades o cualquiera de las cosas que hacen que la vida y las personas merezcan un poco más la pena.
Y con ello se inició terrible refriega en la cual todo era ruido, y el suelo temblaba, y el cielo temblaba, y yo temblaba, y todo temblaba a nuestro alrededor y dentro y fuera de nosotros, y se llenaba de humo y de gritos que no oía, aunque sabía que gritábamos porque a mi alrededor no había más que gente gritando, por sus gestos, sus expresiones, su boca y sus ojos. Y "la gorda" tenía la vena del cuello hinchada, y yo supe que estaba voceando cuando comprendí que yo mismo estaba voceando y no oía mis propios gritos, ni sentía las palmas de los aplausos que estaba dando y que no oía. Y el rey estaba voceando. Y 50.000 personas estaban voceando, pero no se oía, porque lo único que se oía eran los cañonazos de la victoria.






