Un poco de luz y de color
Paseaban como solían hacerlo. Sin ninguna intención, sin ningún destino cierto, sin ningún rumbo que tomar en sus vidas. Y entonces, vive Dios, sucedió. Él la besó a ella. O ella lo besó a él. O fueron los dos los que se besaron sin previo aviso, o de forma premeditada. O no fue ninguno y fue la risa y el buen humor de algún dios cósmico que decidió que sería un buen chiste para contar a sus colegas dioses en la próxima Bacanal.
Pero maldito sea si le importaba por qué fue. El caso es que sucedió. Y fue bonito. Y ella besaba realmente muy bien. De forma tierna y prolongada. Y le gustó aquel beso. Y la media docena que siguieron, de todas formas y colores. Y los abrazos y caricias. Y pensó que esa noche era un poco menos oscura, y que lo mismo estaba amaneciendo, pero maldito si le importaba. Maldito si pensaba siquiera en el día siguiente, si la volvería a ver. Si ella querría o no volverlo a ver, si estaría a la altura de sus espectativas. Si ambos lo estarían o era todo una condenada broma macabra orquestada por un dios siniestro aburrido que arreaba con las zarpas del destino en esa noche y en ese instante. Maldito todo aquello que no fuera ese momento, esa luz y color que retiró, siquiera por breves horas, toda la oscuridad y todos los fantasmas y todos los muñecos parlantes reales o imaginarios.
Pensaria. Claro está que pensaría. Y pensaría en cosas buenas y en cosas menos buenas, en positivo y en negativo. En dudas y en certezas, en lo que había visto y lo que había oído antes, durante y después. Pero ese no era el momento, maldición. No mientras saboreaba, encajado en el asiento del metro, los restos de unos besos que, por unos momentos, habían sido suyos y sólo suyos, porque ella era la tormenta, el ciclón, la espiral que simboliza el arte, el ciclo o la rueda que termina y empieza los ciclos. Y él... bueno, él era él y no quería, no podía, no se atrevía a romper con vanas palabras los trazos del cuadro que estaba pintando a golpe de labios.
Era su momento, para bien o para mal, y ya nadie, nunca, podría quitárselo. Ya nadie le robaría el sabor de los besos como no podrían escatimar, a ninguno de los dos el sabor de los besos que antes habían dado a otras personas, y el recuerdo de esas personas.
Pasara lo que pasase de ahí en adelante, sería algo nuevo, algo bueno, algo raro, pero sería suyo, algo atesorado en el baúl de los recuerdos agridulces, ese que nos obsequia con lo que vivimos en un determinado momento de nuestras vidas, abriéndose con el paso del tiempo, con una palabra, con un comentario.
Con un beso.
Pero maldito sea si le importaba por qué fue. El caso es que sucedió. Y fue bonito. Y ella besaba realmente muy bien. De forma tierna y prolongada. Y le gustó aquel beso. Y la media docena que siguieron, de todas formas y colores. Y los abrazos y caricias. Y pensó que esa noche era un poco menos oscura, y que lo mismo estaba amaneciendo, pero maldito si le importaba. Maldito si pensaba siquiera en el día siguiente, si la volvería a ver. Si ella querría o no volverlo a ver, si estaría a la altura de sus espectativas. Si ambos lo estarían o era todo una condenada broma macabra orquestada por un dios siniestro aburrido que arreaba con las zarpas del destino en esa noche y en ese instante. Maldito todo aquello que no fuera ese momento, esa luz y color que retiró, siquiera por breves horas, toda la oscuridad y todos los fantasmas y todos los muñecos parlantes reales o imaginarios.
Pensaria. Claro está que pensaría. Y pensaría en cosas buenas y en cosas menos buenas, en positivo y en negativo. En dudas y en certezas, en lo que había visto y lo que había oído antes, durante y después. Pero ese no era el momento, maldición. No mientras saboreaba, encajado en el asiento del metro, los restos de unos besos que, por unos momentos, habían sido suyos y sólo suyos, porque ella era la tormenta, el ciclón, la espiral que simboliza el arte, el ciclo o la rueda que termina y empieza los ciclos. Y él... bueno, él era él y no quería, no podía, no se atrevía a romper con vanas palabras los trazos del cuadro que estaba pintando a golpe de labios.
Era su momento, para bien o para mal, y ya nadie, nunca, podría quitárselo. Ya nadie le robaría el sabor de los besos como no podrían escatimar, a ninguno de los dos el sabor de los besos que antes habían dado a otras personas, y el recuerdo de esas personas.
Pasara lo que pasase de ahí en adelante, sería algo nuevo, algo bueno, algo raro, pero sería suyo, algo atesorado en el baúl de los recuerdos agridulces, ese que nos obsequia con lo que vivimos en un determinado momento de nuestras vidas, abriéndose con el paso del tiempo, con una palabra, con un comentario.
Con un beso.
Comentario:
... muchas gracias...
... la vida tiene muchos encantos, ¿verdad?
Bezitoz
... la vida tiene muchos encantos, ¿verdad?
Bezitoz
Comentario:
Holaa!
Anda, este post me ha dado una envidia (y ni siquiera es envidia sana, hay que ver). Cuando pienso que estoy superando lo de mi chico, llega un día como hoy que parece que no puedo vivir sin él y me dan las siete cosas. Supongo que en parte es por los nervios, la intención de aferrarse a algo conocido... no sé.
En fin, espero volver a vivir estas cosas algún dia, porque ahora mismo me da la impresión de que voy a ser como una monja pero sin serlo, jeje.
Besines!
Anda, este post me ha dado una envidia (y ni siquiera es envidia sana, hay que ver). Cuando pienso que estoy superando lo de mi chico, llega un día como hoy que parece que no puedo vivir sin él y me dan las siete cosas. Supongo que en parte es por los nervios, la intención de aferrarse a algo conocido... no sé.
En fin, espero volver a vivir estas cosas algún dia, porque ahora mismo me da la impresión de que voy a ser como una monja pero sin serlo, jeje.
Besines!





