logotipo

img_google
Navegando en el Lobo Solitario
Un Barco y el mar. Aventuras vividas a través de los ojos de 6 personajes....¿ficticios?
Acerca de
¿Es posible ver la vida a través de los ojos de otras personas?
¿y si estas personas no son reales?
En el galeón " El Lobo Solitario", encontrarás a nuestros seisprotagonistas , que son una parte de cada uno de nosotros. Representan una faceta de mi personalidad, y ellos son los que cuentan las cosas de mi vida que yo no me atrevo....
Sindicación
 
La Sonrisa del Capitán
Después de todo, no nos habíamos portado tan mal.... Al perdonar la vida (como buenos españoles, la única nación que lo hacía y encima socorría a los heridos de batallas), a los supervivientes del bergantín, devolverles su barco y dejarles alimentos y agua suficiente para llegar, aunque con penurias (al fin y al cabo eran el enemigo) a tierra, conseguimos que no nos buscasen por salvajes, sino sólamente por atacar propiedades de los enemigos de la corona.

Por ello, cuando apareció la lancha, nadie intentó apuñalarnos.

Esa lancha llevaba unas 15 personas de diferente raza, edad y sexo, y procedían de otro naufragio. Tal vez del naufragio de sus propias vidas. Los subimos en el barco y, tras ofrecerles una cena, empezamos a hablar y a beber (aquellos que no estábamos de guardia), con unos y con otros.

El Capitán estaba, como siempre, sólo en el Alcázar de popa, aunque seguía con la mirada a una muchacha joven, bajita y con un pendiente bajo el labio inferior. Al cabo, ésta se dio cuenta y se acercó a hablar. Creí que se volvería con el rabo entre las piernas, pero no fue así. Hablaron largo y tendido, se reían, se daban palmaditas en el hombro y se cogían de la cintura.... algo increíble. El Capitán mostrándose amistoso.

Me acerqué para coger mis papeles y plumas y escribir (por cierto, que Colibrí me ha estado incordiando con unas preguntas que... ¡voto a tal!, casi me ponen en compromiso), algo interesante, para variar.

Como quiera que no produzco sonidos al andar, vaya usted a saber la razón, llegué a la última parte de la conversación entre los (creía) futuros amantes. Se abrazaban, y se daban las gracias mutuamente el uno al otro por haber compartido un momento especial, de cariño, bajo ese sol que ahora se ponía y al cual nos dirigíamos. Ella, en particular, miraba fíjamente al Capitán con una mirada que jamás podré describir y le daba las gracias, apretándole la mano.

Poco importa que en el futuro ella le contase cualquier mentira para sacarse de encima las ganas de compañía que tenía nuestro viejo lobo de mar. Poco importa que le dijera que estaba casada y con hijos, que era monja o incluso que le gustaban otras mujeres. Lo importante es que la mirada dura, el rencor acumulado durante años y viajes, el fracaso que cargaba sus hombros como si fuese el peso del mundo, la búsqueda de un éxito, aunque fuese sólo acertar con la predicción de si iba a soplar levante o poniente, todas esas arrugas que la vida y las amarguras y las traiciones y las mentiras le habían tatuado en la cara, habían desaparecido. Y allí estaba el que fue joven estibador, el que estuvo en una trinchera de guerra, el desterrado y el proscrito ganadero, más jóven, más alegre, mas despreocupado... más vivo.

Me acerqué con intención de decírselo, cuando ya su acompañante se había ido a su camarote, pero cuando llegué al Alcázar, donde estaba con su eterno cigarrillo mirando cómo nuestro barco perseguía al sol, me detuve, asustado y me dí la vuelta sin decir esta boca es mía.

El Capitán estaba sonriendo.


Recogido de un libro titulado "Los artículos del pasajero 122"
No