Los Hermanos Grumón
Eran dos iguales muy distintos. El Ying y el Yang. Cuando subieron por la pasarela del barco, podrían pasar por gemelos, aunque vistos más de cerca, las diferencias eran palpables.
Dedicado al rudo trabajo físico, el menor de los hermanos era fuerte, musculoso, activo y agresivo. Por contra, el mayor, cuyas diligencias eran más propias de escribanos, era más tranquilo, regordete, paciente y pacífico. Se podría decir que uno era la masa y otro la materia, la fuerza y el espíritu, la mecánica y la naturaleza.... Las caras opuestas de una misma moneda.
Llegaron como posibles tripulantes, cada uno vestido a su manera, arreglados los dos. El uno cuidando mucho el aspecto de sus vestimentas, nuevas e impulotas, marcando cada uno de sus músculos; el otro más informal, con la ropa amplia y suelta. Ulizando varios potingues para pelo y rostro el menor, sin afeitar y con el pelo enredado el otro. Correctamente duchados e higienizados ambos.
Pese a todo formaban un gran equipo. Lo que le faltaba a uno le sobraba al otro, se complementaban, ayudaban y compensaban en todas las facetas y cada uno tenía asumido un rol en función de su personalidad. Malo y bueno, duro y comprensivo, blanco y negro.
- "Con tu belleza y mi inteligencia podemos llegar a hacer grandes cosas" Solia bromear el mayor de los Grumones.
- "Formamos un equipo.... que pa qué", le contestaba el menor.
El caso es que trabajaron, y bien, durante su corta estancia en la reparación del galeón. Y aunque a veces reñían por tonterías, se notaba que se apreciaban y respetaban como sólo dos hermanos pueden hacerlo.
Un día tuvieron una buena trifulca. Cosas del alcohol, las mujeres, y el excesivo tiempo tratando de no molestarse mutuamente. A uno se le fue la sin hueso, el otro contestó rápido y metieron mano el uno al hierro vizcaíno y el otro al acero toledano. En todo el barco se oyó la herreruza saliendo de las vainas con siniestro chirrido.
Todos los que había en derredor trataron de evitar el duelo, pero había algo más en juego que el honor, o la disputa, que por cierto versaba sobre si se había tratado o no de forma correcta a una chica. Uno decía que había que ser duro con ellas. El otro que amables.
Cuando cruzaron el acero una, dos, mil veces, se vio que la cosa iba en serio, a muerte. Por fortuna no ocurrió nada de eso. En un momento dado, tras una serie de estocadas y fintas, se entrelazaron los gavilanes de ambos estoques, con lo que las espadas salieron volando y pasaron a primer plano los puños.
Después de tres días de convalecencia, en el cual un Grumón no hablaba al otro, coincidieron en el pañol de comida, momento en el cual el uno ofreció un bizcocho al otro, y el otro un pedazo de tarta al uno. Se miraron las heridas y moratones y se echaron a reir.
Momentos después abandonaban el barco, bromeando el uno con el otro sobre aquél certezo puñetazo o aquella traidora patada. Habíanse pasado la prueba que todo hombre pasa, relativa al respeto mutuo, a las fuerzas del otro, al defenderé mis ideas incluso ante tí.
Lo último que se supo de ellos es que, fletado su propio barco, fueron el Azote de los mares durante mucho tiempo por su unión en la batalla.
Aunque nunca hemos llegado a las ostias, ni mucho menos a los navajazos. Estoy seguro de que si tuviéremos una pelea, sería así. No obstante, mi hermano, pese a ser el lado oscuro de mi fuerza, es el mejor.
Dedicado al rudo trabajo físico, el menor de los hermanos era fuerte, musculoso, activo y agresivo. Por contra, el mayor, cuyas diligencias eran más propias de escribanos, era más tranquilo, regordete, paciente y pacífico. Se podría decir que uno era la masa y otro la materia, la fuerza y el espíritu, la mecánica y la naturaleza.... Las caras opuestas de una misma moneda.
Llegaron como posibles tripulantes, cada uno vestido a su manera, arreglados los dos. El uno cuidando mucho el aspecto de sus vestimentas, nuevas e impulotas, marcando cada uno de sus músculos; el otro más informal, con la ropa amplia y suelta. Ulizando varios potingues para pelo y rostro el menor, sin afeitar y con el pelo enredado el otro. Correctamente duchados e higienizados ambos.
Pese a todo formaban un gran equipo. Lo que le faltaba a uno le sobraba al otro, se complementaban, ayudaban y compensaban en todas las facetas y cada uno tenía asumido un rol en función de su personalidad. Malo y bueno, duro y comprensivo, blanco y negro.
- "Con tu belleza y mi inteligencia podemos llegar a hacer grandes cosas" Solia bromear el mayor de los Grumones.
- "Formamos un equipo.... que pa qué", le contestaba el menor.
El caso es que trabajaron, y bien, durante su corta estancia en la reparación del galeón. Y aunque a veces reñían por tonterías, se notaba que se apreciaban y respetaban como sólo dos hermanos pueden hacerlo. Un día tuvieron una buena trifulca. Cosas del alcohol, las mujeres, y el excesivo tiempo tratando de no molestarse mutuamente. A uno se le fue la sin hueso, el otro contestó rápido y metieron mano el uno al hierro vizcaíno y el otro al acero toledano. En todo el barco se oyó la herreruza saliendo de las vainas con siniestro chirrido.
Todos los que había en derredor trataron de evitar el duelo, pero había algo más en juego que el honor, o la disputa, que por cierto versaba sobre si se había tratado o no de forma correcta a una chica. Uno decía que había que ser duro con ellas. El otro que amables.
Cuando cruzaron el acero una, dos, mil veces, se vio que la cosa iba en serio, a muerte. Por fortuna no ocurrió nada de eso. En un momento dado, tras una serie de estocadas y fintas, se entrelazaron los gavilanes de ambos estoques, con lo que las espadas salieron volando y pasaron a primer plano los puños.
Después de tres días de convalecencia, en el cual un Grumón no hablaba al otro, coincidieron en el pañol de comida, momento en el cual el uno ofreció un bizcocho al otro, y el otro un pedazo de tarta al uno. Se miraron las heridas y moratones y se echaron a reir.
Momentos después abandonaban el barco, bromeando el uno con el otro sobre aquél certezo puñetazo o aquella traidora patada. Habíanse pasado la prueba que todo hombre pasa, relativa al respeto mutuo, a las fuerzas del otro, al defenderé mis ideas incluso ante tí.
Lo último que se supo de ellos es que, fletado su propio barco, fueron el Azote de los mares durante mucho tiempo por su unión en la batalla.
Aunque nunca hemos llegado a las ostias, ni mucho menos a los navajazos. Estoy seguro de que si tuviéremos una pelea, sería así. No obstante, mi hermano, pese a ser el lado oscuro de mi fuerza, es el mejor.
Comentario:
¿Por qué pone que no hay comentarios si hay uno? pensé que sólo te había pasado una vez... estos blogs tienen cosas mu raras.






