El Triunfo del Capitán
Había acudido a la taberna, con Takker y Martín el Bavaro, a beber y olvidarse del trabajo diario y de los problemas de su barco.
Ahora, estaba sentado fuera, fumando y bebiendo un extraño brebaje que, aparte de que le causaba un terrible ardor de estómago, le gustaba sobremanera, no siendo así con el resto de la gente que conocía.
Estaba apoyado en un farol recién instalados por la administración, en la puerta de la taberna, viendo pasar a los que entraban y salían, sin ninguna intención de entablar cháchara con nadie. Ni siquiera esperaba a Takker o a el Bavaro, dado que, cuando salían por ahí de francachela, cosa que no era harto frecuente, cada uno terminaba llegando a una hora distinta al barco.
Girando la cabeza vio a una joven pareja que hablaban sentados en el bajo de un portón, y enfrente a otra que, colmados de alcohol y otras sustancias, empezaban a increparles. Miró incrédulo a la primera pareja, que daban la callada por respuesta. Miró incrédulo a la segunda, que se acercaban cada vez más con intenciones aviesas. Miró a los primeros que seguían ninguneando a los segundos. Miró como, ya con la pareja ebria ya encima de ellos, el joven novio sí se encaraba, diciéndo que les dejasen en paz, que no querían jaleo, que se fueran.
Debió ser que unos insistían en buscar bronca y otros no. Debió ser que amenazaron a la joven que no estaba bebida. Debió ser la situación tan humillante que tenía que estar pasando el chico provocado (mucho más jóven, alto y fuerte que cualquiera de los otros dos), al aguantar y aguantar para no empuñar hierro y cortar de oreja a oreja el gollete de aquellos dos miserables. Lo cierto es que el Capitán se acercó, cuando ya la honra hacía que tuviesen que cruzarse puños y acero, que más de 10 minutos aguantando insultos, empujones y gritos es mucho aguante, sobre todo si te tocan a la novia de uno.
Llegó justo en el momento en que los dos se enzarzaban a empujones y la buscona se iba derechita hacia la otra chica para establecer un diálogo de puños. Cogió por el brazo a uno e, intentando hacer lo mismo con el otro, un manotazo le incrustó un cigarro sobre el labio superior. No fue un golpe, sólo un cigarro volando que ni siquiera llegó a quemarle.
A empujones, apartó a provocadores y se llevó a provocados hacia una parada de carruajes cercana. Los tranquilizó y escuchó cómo los habían humillado, vilpendiado, empujado y tratado. Razonó que no merecían la pena y el joven, sabiendo que le había salvado la honra en aquel trance (al llegar, sólo podrían solucionarse las cosas de una forma), le estrechó la mano y le dio las gracias, momento en que su novia aprovechó para recriminarle no haber podido parar esa situación.
-"No le regañes y cómetelo a besos, que es lo que ambos necesitais", dijo con voz monocorde el Capitán.Y tomó el camino de retorno para su barco.
Ya en la vasta soledad de su camarote, y mientras se desvestía, sintió unas terribles ganas de echarse a llorar, por cuán fáciles podían ser las cosas y cuán difíciles las hacíamos; por el pequeño triunfo que suponía haberse impuesto a las estúpidas reglas de la jungla que en tierra había y, ya de paso, a las del destino, que se oponía a todos sus designios; por su capacidad de decisión, reacción y resolución, que no siempre sacaba; por todos los fantasmas que aquella noche había conjurado y que la noche siguiente saldrían a tirarle de los faldones de la camisa; por todas las veces que no había llorado cuando joven.....
Las reprimió, una vez más, y se acostó sin que, desde que finalizara el incidente, nadie le hubiera dirigido una mirada ni una palabra, siquiera para desearle buenas noches.
Ahora, estaba sentado fuera, fumando y bebiendo un extraño brebaje que, aparte de que le causaba un terrible ardor de estómago, le gustaba sobremanera, no siendo así con el resto de la gente que conocía.
Estaba apoyado en un farol recién instalados por la administración, en la puerta de la taberna, viendo pasar a los que entraban y salían, sin ninguna intención de entablar cháchara con nadie. Ni siquiera esperaba a Takker o a el Bavaro, dado que, cuando salían por ahí de francachela, cosa que no era harto frecuente, cada uno terminaba llegando a una hora distinta al barco.
Girando la cabeza vio a una joven pareja que hablaban sentados en el bajo de un portón, y enfrente a otra que, colmados de alcohol y otras sustancias, empezaban a increparles. Miró incrédulo a la primera pareja, que daban la callada por respuesta. Miró incrédulo a la segunda, que se acercaban cada vez más con intenciones aviesas. Miró a los primeros que seguían ninguneando a los segundos. Miró como, ya con la pareja ebria ya encima de ellos, el joven novio sí se encaraba, diciéndo que les dejasen en paz, que no querían jaleo, que se fueran.
Debió ser que unos insistían en buscar bronca y otros no. Debió ser que amenazaron a la joven que no estaba bebida. Debió ser la situación tan humillante que tenía que estar pasando el chico provocado (mucho más jóven, alto y fuerte que cualquiera de los otros dos), al aguantar y aguantar para no empuñar hierro y cortar de oreja a oreja el gollete de aquellos dos miserables. Lo cierto es que el Capitán se acercó, cuando ya la honra hacía que tuviesen que cruzarse puños y acero, que más de 10 minutos aguantando insultos, empujones y gritos es mucho aguante, sobre todo si te tocan a la novia de uno.
Llegó justo en el momento en que los dos se enzarzaban a empujones y la buscona se iba derechita hacia la otra chica para establecer un diálogo de puños. Cogió por el brazo a uno e, intentando hacer lo mismo con el otro, un manotazo le incrustó un cigarro sobre el labio superior. No fue un golpe, sólo un cigarro volando que ni siquiera llegó a quemarle.
A empujones, apartó a provocadores y se llevó a provocados hacia una parada de carruajes cercana. Los tranquilizó y escuchó cómo los habían humillado, vilpendiado, empujado y tratado. Razonó que no merecían la pena y el joven, sabiendo que le había salvado la honra en aquel trance (al llegar, sólo podrían solucionarse las cosas de una forma), le estrechó la mano y le dio las gracias, momento en que su novia aprovechó para recriminarle no haber podido parar esa situación.
-"No le regañes y cómetelo a besos, que es lo que ambos necesitais", dijo con voz monocorde el Capitán.Y tomó el camino de retorno para su barco.
Ya en la vasta soledad de su camarote, y mientras se desvestía, sintió unas terribles ganas de echarse a llorar, por cuán fáciles podían ser las cosas y cuán difíciles las hacíamos; por el pequeño triunfo que suponía haberse impuesto a las estúpidas reglas de la jungla que en tierra había y, ya de paso, a las del destino, que se oponía a todos sus designios; por su capacidad de decisión, reacción y resolución, que no siempre sacaba; por todos los fantasmas que aquella noche había conjurado y que la noche siguiente saldrían a tirarle de los faldones de la camisa; por todas las veces que no había llorado cuando joven.....
Las reprimió, una vez más, y se acostó sin que, desde que finalizara el incidente, nadie le hubiera dirigido una mirada ni una palabra, siquiera para desearle buenas noches.





