SUEÑOS
Durante las últimas veintisiete primaveras he tenido un sueño. He sacado del cajón los patines y me ha dado por volar, quería llegar al cielo sobre ruedas y respirarlo; por eso cada vez que amanece la luna me despierto en él y cuando llega la puesta del sol de la noche me duermo contigo. Y sueño cada día que voy cosiendo las nubes a las yemas de mis dedos para sentir el tacto de lo efímero del aire entre mis manos.
Te beso, y a veces, sueño con el melocotón de sus labios desatando el almíbar de los míos. Llueve el tiempo sobre mi piel preguntándome cuál será el sabor de sus caricias mientras disfruto de las tuyas y mi mirada guarda silencio cuando mis ojos al verte se pierden en los suyos.
He regalado un corazón a las estrellas porque el mío se escapa en sueños con él, así que lo he dejado mudo brillando en el firmamento. Y mientras paseo contigo si miro al cielo lo puedo contemplar.
Últimamente me ha dado por coser. Voy tejiendo a ganchillo la telaraña de una música que ni el eco puede silbar. Melodía que enmudece en la caja de madera que dejo cerrada. Las zapatillas de ballet las desgasto contigo, comiéndote a besos, naufragando en tu cuerpo, perdiéndome en ti, tal vez encontrándome a ciegas.
Mis fantasías se quedan afónicas susurrando el bolero que no me atrevo a cantar; pero tengo agujetas de bailar con ilusiones que toman forma de tango y se cuelan de puntillas, sin tacones, bajo la ranura que no tapa la puerta de mi alcoba.
Esta noche mi soledad dormirá con él, pero mañana cuando el día aparezca por la ventana, despertaré contigo!
Y no es que haya dejado de quererte... es que a veces vuelo... y me pongo a soñar!
Te beso, y a veces, sueño con el melocotón de sus labios desatando el almíbar de los míos. Llueve el tiempo sobre mi piel preguntándome cuál será el sabor de sus caricias mientras disfruto de las tuyas y mi mirada guarda silencio cuando mis ojos al verte se pierden en los suyos.
He regalado un corazón a las estrellas porque el mío se escapa en sueños con él, así que lo he dejado mudo brillando en el firmamento. Y mientras paseo contigo si miro al cielo lo puedo contemplar.
Últimamente me ha dado por coser. Voy tejiendo a ganchillo la telaraña de una música que ni el eco puede silbar. Melodía que enmudece en la caja de madera que dejo cerrada. Las zapatillas de ballet las desgasto contigo, comiéndote a besos, naufragando en tu cuerpo, perdiéndome en ti, tal vez encontrándome a ciegas.
Mis fantasías se quedan afónicas susurrando el bolero que no me atrevo a cantar; pero tengo agujetas de bailar con ilusiones que toman forma de tango y se cuelan de puntillas, sin tacones, bajo la ranura que no tapa la puerta de mi alcoba.
Esta noche mi soledad dormirá con él, pero mañana cuando el día aparezca por la ventana, despertaré contigo!
Y no es que haya dejado de quererte... es que a veces vuelo... y me pongo a soñar!
MIS PIES DESCALZOS
Los últimos doce años de mi vida los he vivido en la playa. Y no es que tenga un chalet en primera línea de la Costa, ni tengo vistas al mar, ni vivo en una ciudad con un paseo marítimo. Nada de eso. Soy del interior y la playa más cercana se encuentra a unos cuantos kilómetros de distancia.
Pero... interior y emocionalmente, llevo años viviendo en la playa. Sí, porque mi vida es un mar. A veces en calma, otras con olas de dos metros de altura. Todo depende del color de la bandera que se cuele ese día por mi persiana.
Quizá por eso, un día, decidí convertirme en Sirena. Me bebí la sal y me puse las escamas para ocultar la cicatriz de los días. Tan solo quería aprender a nadar para salir del fondo del mar a la superficie. Por eso, a ratos sirena, a ratos mujer, mi vida está en el mar.
Y ahora, voy caminando con mis pies descalzos sobre la orilla buscando el equilibrio en el punto exacto dónde los rayos del sol te miran de frente, la brisa pasa de largo por tus mejillas, las olas duermen en espuma y el agua y la arena se abrazan al encontrarse.
En este mismo punto, y en esta línea divisoria, quiero dejar la huella de mis pasos hasta dónde mi vida me lleve. Dos metros más adelante, tres... un kilómetro... ¿quién sabe?

Pero... interior y emocionalmente, llevo años viviendo en la playa. Sí, porque mi vida es un mar. A veces en calma, otras con olas de dos metros de altura. Todo depende del color de la bandera que se cuele ese día por mi persiana.
Quizá por eso, un día, decidí convertirme en Sirena. Me bebí la sal y me puse las escamas para ocultar la cicatriz de los días. Tan solo quería aprender a nadar para salir del fondo del mar a la superficie. Por eso, a ratos sirena, a ratos mujer, mi vida está en el mar.
Y ahora, voy caminando con mis pies descalzos sobre la orilla buscando el equilibrio en el punto exacto dónde los rayos del sol te miran de frente, la brisa pasa de largo por tus mejillas, las olas duermen en espuma y el agua y la arena se abrazan al encontrarse.
En este mismo punto, y en esta línea divisoria, quiero dejar la huella de mis pasos hasta dónde mi vida me lleve. Dos metros más adelante, tres... un kilómetro... ¿quién sabe?






