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CANTOS DE SIRENA
"La mar es una noche desbordada, un cielo que, en azul, se desordena" R.E
Sirena es:
Un mar en continuo movimiento, pero estoy en la orilla, tomando el sol.
Sindicación
 
ESTACIÓN





Hacía siete días que Jaime se había quedado viudo y toda la casa seguía igual. Las cosas de Marta permanecían en el mismo lugar de siempre, ocupando un espacio en su hogar que se negaba a dejar vacío. Jaime no quiso tocar ni deshacerse de nada de Marta. Se negaba a enterrar en el olvido 61 años de amor compartido, y decidió convivir a su lado, sin ella.

Pero Marta seguía allí, besándolo en el aroma que conservaban las paredes, guiñándole un ojo a través del espejo de su tocador, hablándole bajito entre las sartenes de la cocina, amándole en la frescura de la almohada, sonriéndole en la memoria de una vida juntos.

Su caja de pinturas y sus pinceles continuaban sobre el tocador. Marta había dejado de dibujar hacía tiempo pero jamás quiso guardar sus utensilios y los mimaba colocándolos sobre la cómoda junto a los perfumes. La pintura fue para Marta su sueño y su despertar. Fue su pasión. Y su locura.

Jaime recuerda ahora el día en que le regaló el caballete por su cumpleaños junto con un curso de pintura que duraría 15 días. Marta lo besó efusiva repitiendo que era el mejor marido del mundo, el mejor repitió varias veces.

Pero aquel curso fue el delirio de Marta, aunque su marido no llegase a saberlo.
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Su profesor de pintura se llamaba Alejandro. Era una de esas personas que desprenden ternura en la más mínima mueca de su sonrisa y tenía la mirada más profunda que una noche de luna nueva sin estrellas. Sus ojos eran cuentos en letra árabe, las mil y una noches, sensualidad. Y sus manos se convertían en el relato de su propia historia.

Sus cuadros hablaban por él, delatándole. Cobraban vida las líneas en el papel y dibujaba gestos, olores, sensaciones, pequeños detalles que transmitían esa dulzura inexplicable que brillaba en sus pupilas.
Tacto puro de yemas de dedos perfilando el alma.
Lienzos tímidos como su autor.
Emotivos.
Acogedores.
Profundos.
Exóticos.

Marta descubrió la música de los pinceles de Alejandro desde el primer día. La escuchó. La acarició y se mareo hasta desmayar. Y Alejandro tocó las notas musicales de su arte para ella. Sus manos, sus ojos y sus vidas se conectaron y bailaron en el exilio de las palabras nunca dichas.

Ella no le confesó su amor, ni sus miedos, ni sus dudas. Él no le dijo: “vente conmigo”.
Y nunca hablaron de la explosión de adrenalina que sentían sus cuerpos cada vez que se acercaban.
Calambres.
No lo dijeron con palabras, pero existen lenguajes más sutiles que no guardan secretos y ambos leyeron en las líneas de las palmas de sus manos la complicidad que derretía sus miradas.
Trazos de un pincel tembloroso sobre lienzo rojo.

Cuando terminó el curso, el día que Alejandro se marchaba de la ciudad, Marta fue a la estación. Quería coserse plumas a la cintura y volar. Escapar de su vida y colorear su fantasía en blanco y negro, pero aleteaba confundida.
Temerosa.
Insegura.

Él la vio llegar y dibujó un paréntesis en su melancolía, pero Marta no llevaba equipaje aunque quería volar. Ella se detuvo a unos metros de él. Sintió miedo, un miedo sudoroso y frío que enmudeció sus piernas, esposó sus labios, respiró en sus párpados y le vendó el corazón. Inmóvil, cada vez con más ganas de correr a sus caderas y cada vez más trémulas sus fuerzas, lo vio subir al tren desde el andén. Muriendo de cobardía.

Se miraron. Fijamente. Se miraron, eternamente, embotellando el mundo en un efímero minuto.
Con los ojos salvajes de un leopardo en celo.
Con el arañazo en la espalda de una luna llena.
Con el aullido de un volcán que truena y la erosión de unos cuerpos que se desgastan enredándose en las distancias cortas.
Saboreándose en el aire.
Selva, fueron selva.
Tempestad.
Instinto.
Hiedra.
Laberinto.
Relámpagos.
Lluvia...


El tren se despidió, volviéndose minúsculo en la delgada línea del horizonte y Marta encaminó sus pasos hacia casa sollozando hasta siempre con la nuca. De espaldas, escuchó también el adiós que el silbido del tren le mandaba desde el tercer vagón.

Aunque hacía un sol espléndido, sintió llover dentro del alma y la humedad le caló los suspiros. Gotas rojas con forma de lágrimas se encharcaron en malva diluyéndose por las venas. Y bajo la cúpula azul de un cielo completamente despejado paseó ausente bajo su lluvia invisible. Acallando un llanto .Pisando barro. Temblándole la voz en el silencio. Resbalando en el asfalto.
Brindando con una copa vacía.
Bebiéndose la sal.
Empapándose.


Después de aquel curso Marta pintó muchos cuadros, sin embargo, un solo dibujo. Una secuencia. Un viaje. Una ausencia de movimiento.

Con un pequeño bolso de viaje vacío en una mano y sus pinceles en la otra, ella bajaba hasta la estación y allí dibujaba el andén. Lo dibujó en todas sus pinturas. Inmortalizó aquella estación desde todos los ángulos, bajo el efecto de todas las luces del día y la noche. Con todas las estaciones y temperaturas, pero siempre con la misma mirada profunda clavada en el alma. Mosaico imposible del blanco de un lápiz que nunca se afiló.

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Jaime recuerda también los cuadros de Marta. Están en el sótano. Una estación. Una locura. Pero le gustaba ver sonreír a su mujer y él sabía que aquellos cuadros eran parte del alma de Marta, aunque nunca adivinase por qué.

Pasó su vida desviviéndose por hacerla feliz. Lo consiguió. Marta se enamoró cada día de su marido. Durmió a su lado abrazando la esencia de su matrimonio. Besó la paleta de sabores del deseo y descubrió la magia del amor cotidiano junto a Jaime. Y fue feliz.
Fue feliz aunque a veces se durmiese en un cuadro de estación e hiciese el amor en el andén difuminándose con los colores hasta evaporar su sudor convertido en tinta.
Fue feliz.

Jaime ha descolgado uno de los cuadros de Marta de la pared. Es la primera estación que dibujó. En la parte trasera se lee:

“otra vez a perder un partido sin tocar el balón”


No entendía el significado de aquellas palabras que Marta había escrito. Creía que se referían al resultado del óleo y que Marta quiso decir que no le gustó como quedó el cuadro. Otra más de sus locuras pensó. No se equivocaba del todo. Era otra pieza más de su locura. Pero nunca supo qué desvelaban aquellas letras.
Nunca.
 
ENREDADERA DE ENSOÑACIONES Y DELIRIOS.

Ven.
Sígueme.
Toma mis manos.

Déjame soñar que tu sueñas conmigo. Déjame acariciar mis ilusiones sobre tu destino. Déjame moldear esta noche para dos locos y piérdete entre la arcilla de mi espejismo.

Hoy, solamente hoy, quiero andar la noche sobre tus pasos hasta llegar a la esquina en la que se cruzan oscuridad y cobardía y allí, bajo la luz de una farola que no existe para nosotros, en el charco de las lluvias que derraman nuestras vidas; allí, arrodillada en el barro de los sueños que quedaron por moldear... allí, beberé de tus labios.



No me impidas conocer tus secretos, saborearte, degustar tu fuego, abrasarme en tus recovecos... Ven, no tengas miedo. Quiero llevarte a la séptima isla detrás de la luna. Allí dónde solo nos encuentre el silencio, dónde tú y yo existamos sin más y la cara oculta de la luna sea cómplice la muralla de nuestro emboque prohibido.

Te besaré despacio, sobre tus labios, sobre tu piel, sobre tus párpados y tu espalda. Recorreré con mi boca el laberinto de tu cuerpo. Te besaré las manos, los dedos, las muñecas. Trazaré la línea de tus brazos, tus axilas, tus piernas... te besaré tras las rodillas y en el ángulo de tus caderas. Absorberé entre mis labios el aire de tu ombligo, respiraré de tu pecho y volveré a sumergir mi aliento entre tu cuello. Te desnudaré y me desnudarás, te acariciaré sin dudar, el pulso se me detendrá entre tus rincones y sentirás mi piel calcinarse con la tuya, y temblarás cuando resbale mi melena sobre tu sexo.

Se acabará la división. Abre los ojos, nuestras dos mitades serán uno. Me penetrarás. Te cabalgaré. Me llenarás. Te gozaré. Me disfrutarás. Te sentiré. Me encadenarás a tus movimientos y te apresaré entre mis paredes. Se amoldarán tu ritmo y el compás de mi cintura. Mi sudor y tu ardor pelearán por evaporarse. Tu pasión y mi deseo se enredarán carbonizando los sentidos. Tu fiebre y mi delirio apagarán las estrellas. Me sentirás. Te amaré. Y cuando amanezca, en los primeros rayos del sol se derretirán nuestros jadeos. Su calor y nuestra fiebre se fundirán en el aire; y tu excitación y mi lujuria alumbrarán el día. Y naufragaremos en el aire.

Pero después, nos despediremos. Tu fogosidad y mi arrebato volverán a estar vedados. La realidad volverá a ocupar su lugar.
Y seremos dos gaviotas desterradas del atardecer en un último beso.





 
MI LIBERTAD Y YO




Abrázame, bésame, acompáñame... solo si de verdad deseas hacerlo, aun en los momentos en que no lo necesite.

Escúchame, pero no me juzgues.

Mírame, desde la igualdad.

Aconséjame, pero déjame tomar mis decisiones, aunque no las compartas.

Protégeme si lo deseas, pero déjame volar. No intentes vivir por mí la vida que sólo a mí me corresponde elegir.

Ofréceme tu consejo, tu experiencia, tus ideas... pero respeta mi espacio, mi libertad y mis actos, aunque pueda equivocarme.

Perdóname si me equivoco, pero sólo si eres capaz de no echármelo en cara después.

Ayúdame, pero no me obligues a contraer una deuda contigo si lo haces.

Ofréceme tus manos, sin condiciones.

Dime lo que piensas, lo que sientes, sin mentiras, sin temores... pero déjame que yo también pueda hablar libre.

Pídeme lo que quieras, pero no me lo exijas.

No proyectes tu yo en mí. Sé “tu” y deja que yo sea “yo”, para que así seamos “nosotros”... y entonces, cuando esto suceda... Quédate a mi lado.



 
¿PARA QUÉ...?



¿Para qué voy a escribir otro poema
que lleve el desengaño por sabor?
¿Para qué componer nuevos versos
que hablen otra vez de este dolor?

¿Para qué voy a llorar por esta ausencia,
si no hallo una sonrisa de consuelo?
¿Para qué tantas horas esperando
de tus labios un "te quiero"?

¿Para qué deshojar la margarita
y escribir el resultado en un papel?
¿Para qué, esta flor no se marchita
y te quiero aunque no pueda querer?

¿Para qué pedir deseos a un lucero
si con ello no consigo tu querer?
¿Para qué tantas noches mi desvelo?
Dímelo tú, ¿para qué?