Pues sí
Me voy a hacer la maleta.
Lo que me pregunto es si realmente he encontrado un trabajo en el que parar. Yo creo que no.
El tiempo lo dirá.
Y digo yo
Muchos amigos me preguntan dónde pueden leerme ahora. La penúltima vez contesté que en los pocos sms que envío. Por lo menos en ellos no cometo faltas de ortografía... Lo sé: el chiste no tiene gracia.
Tengo ganas de escribir. Pienso en escribir. Le doy vueltas a los temas del Tintero, por ejemplo. También me planteo regresar aquí de forma un poco más asidua. Echo de menos dedicarle tiempo a las teclas. Me he comprado un ordenador nuevo (qué ilusión).
Y no lo hago no sé por qué. Es decir, sí sé por qué. El motivo es que siento que no tengo nada que decir, nada que transmitir. Leo otros blogs, leo algunos relatos del Tintero, leo novelas y me muero de envidia. Aunque sean chorradas, la gente tiene cosas que decir. Aunque a nadie le importen. Aunque nadie las lea. Y yo, no.
Sé que tengo cosas dentro. Cosas que para unos serían interesantes, para otros aburridas, cosas que no entenderá nadie. Pero no encuentran su camino hacia fuera. Ay, horteras del mundo, uníos, su camino hacia la luz...
Es desesperante.
La solución, me dirá uno (al menos) que yo me sé: siéntate a sudar la silla.
Y joder. De eso no tengo ganas. De sentarme sin tener a priori pensado decir nada.
(Así cualquiera, pensarán... si Cervantes hubiera sabido.)
Fito. No tengo nada que decir; no tengo nada que decir, no tengo nada que decir, NO! tengo nada que-de-cir.
Sueños perdidos
Desear algo es el elemento imprescindible para conseguirlo. Sin eso, nada de lo que tienes es conseguido. Por lo tanto, no es realmente tuyo.
Pero no basta con desear. Hay que actuar también. Encaminar los pasos hacia el objetivo. Usar la cabeza. Hacer lo que hay que hacer. Buscar, perseguir, trabajar.
Sentarse a esperar que llegue lo que se desea suele tener dos resultados. Uno: lo que se desea no llega. Dos: lo que se desea desaparece incluso del deseo.
A eso es a lo que se llama "sueños perdidos".
Sol y sombra
Estoy contenta porque tengo trabajo.
Triste porque no voy a tener vacaciones.
Contenta porque tengo un contrato indefinido.
Triste porque en él sólo constan 40 de las 45 horas semanales que hago (y porque no aparece por ningún sitio que soy licenciada).
Contenta porque voy a aprender inglés.
Triste porque dije que lo sabía, lo dije porque lo creía, y no es cierto.
(El "inglés por teléfono" es una nueva variante desconocida, al parecer.)
Contenta porque mi hermana está aquí.
Triste porque apenas puedo verla.
Contenta porque hace buen tiempo.
Triste porque no puedo ponerme morena.
Contenta porque tengo un novio que me hace compañía.
Triste porque no puedo estar sola cuando me apetece.
...makes me feel like half a man...
Quien lo entienda, que me lo explique.
O tal vez es que no hay nada que entender.
Triste porque no voy a tener vacaciones.
Contenta porque tengo un contrato indefinido.
Triste porque en él sólo constan 40 de las 45 horas semanales que hago (y porque no aparece por ningún sitio que soy licenciada).
Contenta porque voy a aprender inglés.
Triste porque dije que lo sabía, lo dije porque lo creía, y no es cierto.
(El "inglés por teléfono" es una nueva variante desconocida, al parecer.)
Contenta porque mi hermana está aquí.
Triste porque apenas puedo verla.
Contenta porque hace buen tiempo.
Triste porque no puedo ponerme morena.
Contenta porque tengo un novio que me hace compañía.
Triste porque no puedo estar sola cuando me apetece.
...makes me feel like half a man...
Quien lo entienda, que me lo explique.
O tal vez es que no hay nada que entender.
Uno más
Un nuevo trabajo el martes.
Empiezo como siempre: con la ilusión de un proyecto por venir y con la cautela del que se ha decepcionado muchas veces.
Qué pena haber perdido la alegría exenta de miedo de las primeras veces.
En fin. Deséenme suerte (sé que lo harán, pueden hacerlo en silencio).
Sea lo que sea el invento ése de la suerte.
Gracias
Qué pandilla más fiel, carajo. Reconforta darte cuenta del respaldo, saber que lo tendrías si lo necesitaras.
Os lo agradezco mucho. Os quiero mucho.
Qué alegrón, carajo.
Nubes
Día de bla bla. Lo que ya no seré, lo que ya no viviré, lo que he perdido, oportunidades, amigos, cosas. La del pirata cojo, más o menos.
Nubes en en cielo, como si tuviera ganas de llover.
Y yo, bueno, como si tuviera ganas de llorar.
Motivos, ninguno, claro.
Por otra parte, también tengo ganas de reir.
Lo que pasa en realidad es que ayer me acosté a las cuatro de la mañana, no muy serena, y esta mañana he tenido que levantarme a trabajar.
Lo cual, como todo el mundo sabe, es malísimo para la melancolía.
Que alguien me escriba, anda. Que tengo ganas de saber que alguien se acuerda de mí.
Hagan sus apuestas. ¿Quién es alguien?
Heh.
Cosas
Me he enterado hoy de que no funcionan los comentarios. No creo que fuera a tener muchos en cualquier caso, pero me fastidia. Me parece que nos mudaremos en breve ustedes y yo. Al menos, yo...
He estado pensando en eso de las cartas. He dado con una idea: Capote no pretendía ser literario en sus cartas. Yo, sí. Por eso sus cartas se pueden leer y las mías sólo las puedo leer yo y algún loco descarriado.
En fin. Que nunca publicaré mis cartas (tampoco).
Cartas
Hablando de publicar las cartas. Últimamente he leído dos libros de cartas (reales). 84 Charing Cross Road, de Helene Hanff y Un placer fugaz, de Truman Capote, con el que estoy todavía.
Estos libros me han dado que pensar en asuntos profundos como que el mundo del correo postal, de la correspondencia tal como se entendía hace no tanto tiempo, ha desaparecido. O, más bien, ha evolucionado. La ilusión o la esperanza con la que miraba de niña los agujeritos del buzón cuando entraba en el portal se sustituyó, años después, por la que experimentaba al leer algo como "Bandeja de entrada (1 mensaje nuevo)".
Entre ambos momentos, un largo lapsus de silencio corresponsal. Tal vez sustituido de alguna manera por los sms, por las llamadas de teléfono o (más probablemente) por el más absoluto y enconado de los silencios. Se pierden muchos amigos en ese paréntesis. Yo, al menos, perdí algunos.
El libro (como dice la contraportada, "una verdadera novela epistolar") de Capote me decepcionó un poco al empezar a leerlo. Faltan cartas importantes, quiero pensar, cartas en las que se pueda entrever cómo o quién (mejor quién) era. O tal vez en sus cartas mi muy admirado señor Capote no hacía más que jugar. O tal vez era más frívolo, más superficial, más vano, en su vida real que en las vidas que inventaba. O tal vez era demasiado alta mi expectativa... (de alguna manera, vanidosa pensaba "si yo escribo las cartas que escribo, cómo serán las de Truman...", ya saben ustedes).
En realidad da igual. Tiene su propio encanto (y esto lo he comprendido después de unas cuantas páginas) esa especie de glamour decadente, ese vive-la-vida-loca, ese espíritu de... digamos... "orgullo gay" que tan moderno nos parece ahora si paseamos por Hortaleza y no nos escandalizamos cuando vemos a una pareja de la mano. Qué poca cultura tenemos. Qué creído nos lo tenemos... qué poco cosmopolitismo en nuestras neuronas sobrecargadas de prejuicios.
Me gustan esas cartas. Llega a Ischia y le encanta Ischia, la comida italiana, los efebos y el ambiente literario internacional; al cabo de un mes, no soporta el calor infame, está poniéndose gordo con la pasta y los protagonistas de su vida social le cargan enormemente... y al final "te echo de menos, te quiero muchísimo, no te olvides de escribirme que me muero de aburrimiento, miles de besos... T".
Me gustan estas cartas porque me abren los ojos a un mundo que yo no conozco y casi no consigo imaginar: el mundo de los escritores de profesión, el mundo de los escritores de éxito, un poco el mundo de salsa rosa de los escritores o, más en general, de los intelectuales. O los supuestos intelectuales, que luego, cuando levantas la cortina (una preciosa cortina de cuentas brillantes que tintinean, eso sí), son iguales que nosotros. Mi madre, que es pintora, dice que es "la mentira del arte", "el vacío del arte". Creo que debe ser cierto.
Iguales que nosotros, las personas normales que vivimos de vender móviles o apuntar movimientos o lo que sea. Personas con preocupaciones mundanas, con afición por los cotilleos, con ganas de quitar hierro a las durezas o a las espinas de la vida, con ganas de reír, de vivir, de tomar el sol.
No está mal asomarse tras esa cortina. Además, dan ganas de escribir. Al mismo tiempo, lo ves cada vez más imposible. Por lo demás, aporta poco.
Estos libros me han dado que pensar en asuntos profundos como que el mundo del correo postal, de la correspondencia tal como se entendía hace no tanto tiempo, ha desaparecido. O, más bien, ha evolucionado. La ilusión o la esperanza con la que miraba de niña los agujeritos del buzón cuando entraba en el portal se sustituyó, años después, por la que experimentaba al leer algo como "Bandeja de entrada (1 mensaje nuevo)".
Entre ambos momentos, un largo lapsus de silencio corresponsal. Tal vez sustituido de alguna manera por los sms, por las llamadas de teléfono o (más probablemente) por el más absoluto y enconado de los silencios. Se pierden muchos amigos en ese paréntesis. Yo, al menos, perdí algunos.
El libro (como dice la contraportada, "una verdadera novela epistolar") de Capote me decepcionó un poco al empezar a leerlo. Faltan cartas importantes, quiero pensar, cartas en las que se pueda entrever cómo o quién (mejor quién) era. O tal vez en sus cartas mi muy admirado señor Capote no hacía más que jugar. O tal vez era más frívolo, más superficial, más vano, en su vida real que en las vidas que inventaba. O tal vez era demasiado alta mi expectativa... (de alguna manera, vanidosa pensaba "si yo escribo las cartas que escribo, cómo serán las de Truman...", ya saben ustedes).
En realidad da igual. Tiene su propio encanto (y esto lo he comprendido después de unas cuantas páginas) esa especie de glamour decadente, ese vive-la-vida-loca, ese espíritu de... digamos... "orgullo gay" que tan moderno nos parece ahora si paseamos por Hortaleza y no nos escandalizamos cuando vemos a una pareja de la mano. Qué poca cultura tenemos. Qué creído nos lo tenemos... qué poco cosmopolitismo en nuestras neuronas sobrecargadas de prejuicios.
Me gustan esas cartas. Llega a Ischia y le encanta Ischia, la comida italiana, los efebos y el ambiente literario internacional; al cabo de un mes, no soporta el calor infame, está poniéndose gordo con la pasta y los protagonistas de su vida social le cargan enormemente... y al final "te echo de menos, te quiero muchísimo, no te olvides de escribirme que me muero de aburrimiento, miles de besos... T".
Me gustan estas cartas porque me abren los ojos a un mundo que yo no conozco y casi no consigo imaginar: el mundo de los escritores de profesión, el mundo de los escritores de éxito, un poco el mundo de salsa rosa de los escritores o, más en general, de los intelectuales. O los supuestos intelectuales, que luego, cuando levantas la cortina (una preciosa cortina de cuentas brillantes que tintinean, eso sí), son iguales que nosotros. Mi madre, que es pintora, dice que es "la mentira del arte", "el vacío del arte". Creo que debe ser cierto.
Iguales que nosotros, las personas normales que vivimos de vender móviles o apuntar movimientos o lo que sea. Personas con preocupaciones mundanas, con afición por los cotilleos, con ganas de quitar hierro a las durezas o a las espinas de la vida, con ganas de reír, de vivir, de tomar el sol.
No está mal asomarse tras esa cortina. Además, dan ganas de escribir. Al mismo tiempo, lo ves cada vez más imposible. Por lo demás, aporta poco.
El no poder
Leo lo que he escrito. Lo que escribía, por ejemplo, en el año 2004, al principio de mi nueva vida, en aquel paréntesis maravilloso que además, se produjo en verano. Volví a fumar y fui libre en un cierto modo, y me di cuenta de que "si todo me estuviera permitido, me perdería entre tanta libertad".
Leo lo que escribía y constato asombrada que hay mucha mayor calidad, está feo que lo diga yo pero quién puede decirlo si no, en lo que escribo sin querer que en lo que escribo a propósito. Invento una frase, expreso una idea. Después intento construir el relato y es cuando me pierdo. Pierdo mi propia voz, el hilo, la calidad, el gancho.
Pierdo el hilo, la relación con los personajes, con la historia, con la idea, cuando empiezo a narrar, cuando pongo nombres de persona, cuando intento pergeñar un diálogo.
¿Qué significa esto? ¿Que no puedo escribir lo que me gusta leer? ¿Que existen determinadas habilidades que me están negadas?
Lo mejor que he escrito está en mi correspondencia. ¿Tendré que publicar mis cartas? Tiene gracia. No. No la tiene.
Y aún peor. Repaso lo que he escrito últimamente y no hay nada que pueda rescatar.
¿Una sola frase? Ésta: "Si pudiese elegir (si no tuviese la sensación de que jamás podré ser quien quiero ser) viviría en una ciudad grande y luminosa. En un apartamento con mucho espacio y pocos muebles. Con grandes ventanas con visillos blancos. En el último piso de un edificio alto del centro de la ciudad. Viviría sola y ningún tierno enamorado me obligaría a compartir mis noches." Lo escribí el 10 de mayo.
Psé.
Suena mientras escribo: Village idiot, Van Morrison.
tris
He cambiado la pinta del blog. Llevaba un tiempo dándole vueltas a la posibilidad de irme a otro sitio, por un cierto simbolismo. Últimamente me siento distinta, la vida me ha cambiado, yo no estoy como estaba, casi hasta podría decir que, en muchos aspectos, no soy quien era.
Pero al final he decidido que no. Ha sido porque he ido a visitar un blog que me gustaba mucho y he visto que no quedaba nada allí. Y he supuesto que el autor ha abierto otro y no ha dejado una nota en la puerta. Y bueno, lo he echado de menos y acto seguido he pensado que no voy a hacer lo mismo. Sé que no tengo muchos lectores (lo que en realidad es un motivo más para no irme a ningún otro sitio), pero si alguno entra de vez en cuando, que me encuentre. Lo demás es tontería.
Así que me conformo con cambiarle los colorines y esas cosas. Lo he puesto más sobrio. Es una plantilla genérica de éstas de regalo de ya.com, no estoy yo para excesos creativos. Tampoco me parece lo más importante en un blog, aunque reconozco que hay algunos que da gusto verlos. Leerlos ya es otra cosa, heh.
Lo de la foto ya es otro cantar. A ver si encuentro algo. Ayer lo hablaba con una pandilla de tíos, muy majos ellos... y esto creo que lo explicará. Se comentaba en el grupo que si yo tengo muchos zapatos. Vale, es cierto. Tengo muchos zapatos. Y ellos decían que tienen unos para invierno y otros para verano. Y no sé. Yo me aburro de llevar una semana seguida los mismos zapatos, o el mismo bolso, o el mismo chaquetón.
Se entenderá que me aburra de llevar un par de años con el mismo diseño de plantilla de blog. Con la misma foto. Con el mismo aire mustio.
Es que he cambiado. No me siento la misma. Cambios grandes, cambios pequeños.
Hay que cambiar esa foto, ¿no?
Suena mientras escribo: What's wrong with this picture, Van Morrison.
bis
También es cierto, si hay que ser fieles a la verdad, al menos a la mía, que no conozco mucha gente, ni normal ni anormal, que sea feliz.
Se supone que lo que más se parece a la felicidad es la fidelidad a uno mismo.
(Y tal.)
De hecho, pensándolo bien, no conozco gente normal.
A lo sumo, gente convencional. Al fin y al cabo, la convencionalidad es una convención (ehem) a la que uno se pliega si quiere. O si puede.
El problema no es no dormir. El problema es no dormir y perder el tiempo mientras tanto (que, en puridad, es lo que no hacía Picasso).
En fin.
Debería ponerme a escribir. Eso es lo que debería hacer.
Suena mientras escribo: Human touch, Bruce Springsteen.
Un poco de insomnio de mentira
No tengo sueño. Otra vez en la vieja dinámica de acostarse tarde y levantarse tarde que por tan malos caminos me ha llevado siempre. Es más que nada una mala costumbre, mala y vieja (como las brujas de los cuentos antiguos), no hay que buscar motivos ocultos, nada. El asunto es sencillo: en cuanto no tengo nada que hacer (y buscarme cosas que hacer cuando no las tengo nunca ha sido, y a estas alturas ya nunca será, mi especialidad) me da por levantarme tarde. Y cuando llevo dos semanas durmiendo nueve horas, ya no tengo sueño a las doce. Al cabo de un par de días, ya no tengo sueño a la una. Al cabo de otro par, no lo tengo a las dos. A cambio, lo tengo a las diez, a las once y a las doce de la mañana. "Qué suerte", dirán algunos. "Aprovecha", dicen otros. Y sí, es una suerte y aprovecho. Pero las cosas no son así. Hay algo de malo en esta dinámica, algo, digamos, de perverso. Empiezo así y acabo mal, para resumir.
Esta noche, hace un rato, cuando me fui a la cama y me quedé con los ojos abiertos mirando el techo, me puse como condición ineludible para levantarme y encender el ordenador que mañana me levantaré temprano. La verdad es que no sé por qué.
Creo que es porque siempre deseo ser normal. La gente normal se levanta temprano y vive de día. Duerme de noche, al acabar Buenafuente o así. Y bueno, yo he visto que mi anormalidad no me hace feliz. Y quiero ser normal para poder ser feliz, que es lo que más deseo en esta vida. Pero claro. ¿Cómo voy a ser feliz yendo en contra de mi naturaleza? ¿Cómo voy a ser feliz si mi naturaleza es nocturna y tendente a la infelicidad? En suma, ¿cómo se puede ser normal si no lo eres?
Por otra parte, escribo de noche. No escribo nada últimamente, pero cuando lo hago (cuando lo hago bien... sé que es mucho decir, pero para esto sirven las palabras, para hacer distinciones entre categorías entre otras cosas, no sé si me explico) es de noche.
Conclusión. Mañana dicen que va a llover. Casi seguro que es verdad. Ergo, mañana no me perderé el sol de la mañana. En su caso, me perderé la lluvia de la mañana y poco más. Tal vez no sea tan malo acostarse tarde. Picasso lo hacía.
No. Picasso no dormía, así en genérico. Y además, tú no eres Picasso.
Ya.
Bueno.
Suena mientras escribo: Dancing in the dark, Bruce Springsteen.





