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Carballo Torto
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Ausencias

No sé muy bien qué mecanismos rigen la sensación de ausencia. Si se aloja en nosotros o si obedece a verdaderos huecos dejados por los demás.

Parece lógico pensar que es la marcha del otro lo que provoca la añoranza. Pero a mí me ha sucedido muchas veces que he echado de menos a personas que están junto a mí. Y me ha sucedido también que he sentido cerca a personas que en teoría estaban lejos.

Por eso creo que al menos algunas veces esa sensación la creamos nosotros. No sé si con ingredientes como miedo o insatisfacción, por mi parte me temo que es así. Algo como: Te tengo, pero no lo suficiente, no en la medida en que te deseo; te tengo, pero siento más el miedo de perderte. Por eso te echo de menos como si no estuvieras. O bien: Recibo de ti lo que espero, de modo que tengo de ti la ración necesaria, la dosis justa para saciarme.

Al final, una vez más, parece tratarse de expectativas.

Pero dejando aparte las consideraciones subjetivas, no hay que olvidar las ausencias objetivas. Los agujeros que dejan las personas que se van. La congoja de mirar a un lugar esperando ver a alguien y que ese alguien no esté. La frustración que provoca pensar que hay alguien ahí y que ahí no haya nadie. La extrañeza de buscarte tú mismo y no encontrarte.

Eso me pasa hoy, un poco. Te busco y no estás. Y creo que el problema está en mi percepción de la ausencia y no en la ausencia.

Suena mientras escribo: The whole of the moon, The Waterboys.

 
Fe

Hoy va a ver el piso alguien, por primera vez desde que lo tengo a la venta. Tengo tantas ganas de venderlo y me provoca tanta ansiedad el tema, que he pensado hasta en dios.

No tengo tanta desfachatez como para rezar yo misma, pero sí la suficiente como para que se me haya ocurrido pedirle a mis religiosos familiares que recen por mí.

Después ya he recapacitado, claro. Conozco muy bien los efectos de los rezos en la vida de las personas: quedarte tranquilo pensando que has hecho todo lo que has podido ante una situación en la que no puedes hacer nada en absoluto. Magro consuelo.

Así que nada. Continuaré andando sin dios, que no me sirve más que para sentirme bastante jilipollas. Me sorprendo, de todos modos, de la forma en que se obstinan los viejos miedos en aferrarse a nosotros. Y las viejas costumbres.

La fe, que abandoné hace tantos años. Iba a decir que me abandonó ella, pero es que no fue así, no. Yo la abandoné, en un ejercicio deliberado y meditado de liberación y asunción de riesgos y soledades.

Pero es difícil librarse de los vicios viejos. Cuesta sacudirse de encima costumbres que, además, son tan cómodas, dan tanta tranquilidad. Creer que dios te va a sacar de los líos, te va a consolar de las penas, te va a restañar las heridas, te va a proporcionar, al menos, la compensación de una vida de felicidad después de la muerte, es un colchón cómodo. A cambio de aguantarte y cumplir una serie de reglas fáciles, como no matar. A mí me parecen fáciles, vamos. Fáciles porque son pocas, y están claras. Blanco o negro.

Lo complicado es renunciar a eso y no sustituirlo por algo peor. Por patas de conejo o meditación trascendental; y no perder las referencias de lo que está bien y lo que está mal y ser consecuente y responsable.

Ayer leía algo que ha escrito el amigo de un amigo. Cito de memoria, porque no lo tengo delante ahora, pero decía algo así como que el hombre había inventado un dios para no tener que hacer el esfuerzo de serlo él mismo. Qué razón tiene.

Dejar escapar nuestras propias capacidades por cobardía. Eso es la fe en dios.

Suena mientras escribo: Love will keep us alive, Paul Carrack.


 
Por qués, para qués

Consigno aquí las pequeñas peripecias de mi pequeña vida y hago partícipes de ellas a algunos conocidos y algunos desconocidos. Me río pensando en Pessoa. Esto no es un libro del desasosiego. Es un libro del patetismo. Casi me da vergüenza.

Bueno. Escribí esas cuatro frases el domingo, en la casa del pueblo. Porque pasé un fin de semana malo y me vine al blog a lloriquearlo, porque escribir abre ventanas y ventila las habitaciones que huelen a cerrado. Supongo que siempre he considerado la escritura como un escape de la presión. Un modo de ponerme delante de mí misma y ver qué hay. Y me ocurre que a veces me sorprendo pensando en el blog y no sé muy bien para qué sirve, para qué lo utilizo.

Como cuando hablas con un buen amigo, que descubres al oírte que piensas cosas que no sabías que pensabas, así yo al escribir me encuentro y a veces me sorprendo.

Este espacio sirve para hacer ejercicios, supongo. Pienso, y me lo demuestro escribiendo. Intento expresar todas las nubes, los vientos que me atraviesan a diario. Las lluvias y los soles, también, lo que veo al pasar, lo que oigo, lo que observo.

Así que no sé muy bien si mi finalidad es literaria u onanística. Si busco conocerme, enseñarme, aprender a escribir, ir a alguna parte, qué. La duda me hace no saber cómo enfocar muchas veces estos posts. Hay días, como hoy, en los que sencillamente me coloco aquí, pongo los dedos en las teclas, saco la cabeza por la ventana y suelto lo que me parece.

La cuestión es que me gusta hacerlo. Supongo que mientras me guste, seguiré por aquí. Y mientras os asoméis, me sentiré recompensada.

Suena mientras escribo: Brown eyed girl, una extraña versión pirata de Springsteen y Morrison, dice aquí... será verdad.


 
Despedidas, adioses, tiempo

El tiempo pasa, lo vemos transcurrir sin tomar conciencia, porque si tomamos conciencia, el vértigo es insoportable.

Pasamos, actuamos, observamos, luchamos, reconstruimos, dejamos que la vida haga con nosotros, decidimos los pasos, sufrimos miedos, dudas, soportamos seguridades, nos llevamos la contraria, hablamos, reímos, lloramos, mantenemos largas conversaciones, hacemos amigos, los perdemos.

Hacemos sufrir y hacemos reír, damos amor, hacemos compañía, nos preocupamos por los demás, buscamos en los otros ojos un reflejo de los propios, ofrecemos o pedimos manos, tecleamos, compartimos, recordamos, olvidamos.

Comemos, bebemos, follamos, dormimos, forzamos insomnios, compartimos esperanzas, proyectos, frustraciones, alegrías, dolores, sentimientos, esperanzas.

Y el tiempo pasa, y de repente lo que era octubre se convierte en junio. Y el tiempo pasa y todo acaba. El tiempo pasa y todo se lo lleva. El tiempo pasa y el tiempo pasa. No hay tiempo para nada. El tiempo se pierde en olvidos, en descuidos, en errores, en expectativas, en fracasos. El tiempo se pierde en relojes de arena, en segunderos, en descansos, en acometidas, en embestidas, en rendiciones.

El tema del Tintero esta semana es "En busca del fuego" y yo sólo pienso en Heráclito. El fuego y el tiempo no se llevan mal. Escribiré sobre el uno disfrazándolo del otro y quedaré a cero o quedaré segunda, dependiendo de no sé qué insensatas consideraciones extraliterarias.

Algo sobre llegarle a gente que no importa. O a gente que importa.

Suena mientras escribo: Lucía, Rosario Flores.

 
Mal día

Hay días malos y días horrorosos. No sé, supongo que se trata de rebosar vasos, o tal vez de soledad. Algo de eso. Cuando todo lo que no va bien aprieta un poco más la tuerca, un poco más, cuando parecía que no había más vueltas posibles.

O será que hay días que tienes las defensas bajas, o días en los que ni siquiera recurrir a la confesión resulta de ayuda, o días en los que sencillamente la cosa no funciona.

Cantar es lo que más me gusta hacer en este momento, tanto como escribir. Escribir es más duro porque me hace mirar para dentro y reflexionar. Cantar es en cierto sentido mejor porque me permite salir de mí misma y expresar sin tener que meterme en el hueco de los dolores; mientras canto olvido todo, me voy fuera, lejos, a un sitio donde todo está bien. Y hoy he cantado. Y he cantado mal.

Tira para arriba, me decía el director. Y yo tiraba pero allí no subía nada. O yo creía que sí, pero el hecho era que no. Y joder, ha sido una sensación tan frustrante. El corazón en taquicardia al borde del colapso, el diafragma a la altura de las amígdalas, sin poder tomar aire y bajando tonos enteros las canciones. Ni por más que lo he intentado. Y luego me ha dicho "es que te obsesionas". Cómo no voy a obsesionarme. Me obsesiono y me acojono de los las. A ver. Y la otra soprano, que desafinaba como una novata. Menos mal que sabe música. Solfeo, piano, lo que quieras, pero tiene el oído en el culo.

Joder.

Eso se ha sumado a todo lo demás, maldito Juanjo, maldito curro, maldito piso, maldita insociabilidad, maldita mierda, y he terminado con una sensación tan grande de impotencia que no he podido evitar las ganas de tirar la toalla.

No la tiro. Esta jodida toalla es lo único que tengo.

Suena mientras escribo: Sad eyes, Bruce Springsteen.

 
Un principio de adiós

Empiezo a preparar mi marcha.

Rompo papeles, reviso carpetas virtuales y reales y resucito recuerdos muertos. Despierto recuerdos dormidos.

El camino ha sido largo y tortuoso y ha ido de la ilusión a la decepción. De la esclavitud a la libertad. Del fin al principio.

Trozos de mi vida se quedan enganchados en las esquinas de esta pequeña pecera.

El tiempo que he pasado aquí ha sido un tiempo importante en mi vida, sobre todo por lo que ocurría fuera.

La sensación de estarme despidiendo de una etapa fundamental me provoca una impresión de tremenda extrañeza de mí misma.

Veo a la K que entró por esa puerta la primera vez y la comparo con la que hoy piensa y escribe estas palabras con un gesto de ajenidad y sé que son la misma persona, la misma mujer. Pero me cuesta encajarlas en la misma imagen, que se dobla y se desenfoca, no termina de coincidir.

La K de ahora es un par de años más vieja, ojalá pudiera decir que un poco más sabia.

Más rica en amigos, en vivencias y en proyectos.

Mucho más dueña de su vida. Mucho más consciente de su presencia en el mundo.

Empezar. A veces pienso que me canso de empezar, llevo toda la puta vida empezando. Evidentemente, el fallo está en mí.

Tengo treinta años. Me quedan muchos comienzos todavía. Mucho bueno y mucho malo.

Suena mientras escribo: Don't give up, Peter Gabriel.

 
Noche de San Juan

Me quiero ir a dormir y no acabo de despedirme de esta pantalla y estas teclas. De pequeña me pasaba igual, mis padres se desesperaban por las noches para hacerme ir a la cama y por las mañanas para sacarme de ella. Será posible que por muchos años que pasen no cambiemos nada.

Hoy es día de San Juan. He tenido una noche de celebración, sardinas a la brasa, empanada y canciones.

A las doce en punto me he acercado a la gran hoguera y he quemado una goma larga de ésas que sirven para fruncir las capuchas de las cazadoras.

Era uno de los muchos objetos que no me pertenecen que se quedaron ahí para recordarme, al abrir un cajón, un armario, una caja de cartón, todo el pasado que debe ir quedando atrás. Y para mí simbolizaba lo que me ata a ese pasado. Era una cuerda larga y flexible, que servía para atarme las manos, los pies, la voluntad.

Así que hoy, en cuanto han dado las doce, me he acercado a la hoguera y la he arrojado al fuego. Una mujer a mi lado ha pedido, para ella y para mí, con un rastro de conmovedora y tierna inocencia, que nos librara del dolor pasado y del dolor por venir. La he abrazado después.

No sé si estas cosas sirven para algo. Bueno, sí lo sé.

Los símbolos siempre sirven para algo.

Suena mientras escribo: Beside you, Van Morrison.

 
Límites

Siento a veces que cruzo el lábil, difuso límite entre el bien y el mal.

Límite que, de existir, se encuentra siempre en el lugar en que tu conciencia te indica. Ni un milímetro más allá ni uno más acá.

A veces pienso que debería aprender a medir mis pasos. Otras veces me digo que ya está la vida llena de medidas, de topes, de mesuras, de frenos, de cortapisas. Y que en realidad hay muy poco que perder.

Y aprecio mi valor casi tanto como repudio mi miedo.

Y camino con los dos tomados de la mano, a mi sombra.

Suena mientras escribo:Semilla negra, Radio Futura en mi mente; en mi ordenador, el ventilador del pc.


 
Construyendo

En estas impresiones sin nexo, ni deseo de nexo, narro indiferentemente mi biografía sin hechos, mi historia sin vida. Son mis Confesiones y, si nada digo en ellas, es que no tengo nada que decir. Fernando Pessoa, El libro del desasosiego.

Fernando Pessoa escribió un blog antes de internet. Y menudo blog.

Siempre hay alguien que ya ha hecho lo que tú querrías hacer, y lo suficientemente bien como para que tus desvelos sean inútiles.

Me gustaría poder librarme de las expectativas y de las pretensiones. Pero son mi equipaje. Son los lastres que me impiden volar libre, las cadenas que me atan. También me dan la medida de mí misma, me dicen qué no puedo ser, a qué no puedo aspirar.

Decía un libro que ahora me parece espantoso, pero que en su momento me dio un empujón, la siguiente frase: "justifica tus limitaciones y efectivamente las tendrás".

Qué es necesario para ser capaz de todo. ¿Querer? ¿Pensar que puedes?

Miro mis manos y veo en ellas mi futuro, absurda quiromante de utopías.

O de sueños por cumplir.

Suena mientras escribo: Born to run, Bruce Springsteen.

 
Verano

21 de junio. El verano entra mojado, acompañado de lluvia, envuelto en una luz gris de primavera que se diferencia muy poco, desde esta pecera en la que languidezco cuatro horas cada mañana (ya por poco tiempo), de la luz gris de invierno. De ese invierno que en este rincón del mundo se alarga, se estira como si no quisiera acabar de irse.

Da igual. Sí hay diferencias, en mis pies sin calcetines y, pese a eso, calientes, en la camiseta de manga corta que llevo debajo de la cazadora vaquera y en la seguridad interna, inconsciente, de que va a seguir siendo junio cuando salga de aquí y me reencuentre con mi vida, que se interrumpe como en un paréntesis en cuanto abro esa persiana metálica.

Supongo que es un error estar tan lejos de lo que hago cuando trabajo, dejar que me pertenezca tan poco, pertenecerle tan poco a estas cuatro horas. Menos mal que sólo son cuatro. Y menos mal que pronto acabará. Hay despidos que son liberaciones. Puertas en los muros. Salidas. Respiros.

Da igual que llueva. Da igual que el futuro sea una enorme bruma de incertidumbre. Da igual porque hoy es un buen día y mañana también va a serlo.

Suena mientras escribo: Dust in the wind, Kansas.


 
Sueños

Era Lisboa y también San Sebastián, del mismo modo que un rostro contemplado en un sueño contiene sin extrañeza la identidad de dos nombres. Antonio Muñoz Molina.

Cuando sueñas, rara vez sueñas caras o cuerpos. Sueñas sensaciones y sentimientos. Y al despertar distingues quién ha habitado tus sueños porque reconoces en ellos los sentimientos diferenciados que cada una de esas personas de provoca en la vigilia, durante la conciencia.

Y te das cuenta de que cada persona de tu entorno crea en ti una serie sensaciones que la diferencia de las demás y le pertenecen como un olor; que la propia subjetividad se las adjudica como un color de pelo o de ojos o como un gesto de la mano o una forma de sonreír o apartarse el pelo. Así, cada "otro" es diferente de los demás en los miles de matices del sentimiento que provocan en ti.

Por eso en sueños una persona puede ser dos o tres al mismo tiempo, esa sensación de "eras tú pero también era fulano". Lo que reconoces ahí no es a la persona, sino una mezcla de lo que sientes cuando estás con fulano y lo que sientes cuando estás con el interlocutor de ese momento.

No se siente lo mismo por dos personas en toda la vida; en ningún momento ni el sentimiento, ni la intensidad ni la calidad del sentimiento son iguales.

Qué pocas palabras tenemos para nombrar todo lo existente.

Suena mientras escribo: All the things you are" Charlie Parker y Dizzy Gillespie.

 
Música

Estos días son de música.

Suena constantemente en mi entorno, no soy capaz de estar mucho rato sin escuchar algo, lo que sea. Descubro artistas, canciones a los que nunca había prestado atención, abro mi mente, doy la espalda a mis prejuicios y me sorprendo con el universo que he dejado atrás; me doy cuenta de que uno de los más grandes olvidos en este extraño paréntesis de mí misma que he vivido los últimos años ha sido la música.

Recupero el tiempo perdido con paciencia y calma, sin querer pensar que es tiempo perdido.

Y con la música traigo rincones, sensaciones, sentimientos, ideas, plenitudes, al mundo de lo existente.

Y gracias a la música me alegro de estar viva.

Suena mientras escribo: Crazy love, Bob Dylan y Van Morrison.


 
Oración que precede al sueño reparador


Suena el reloj interno, llamado algo así como deber, que me dice que hay que ir a la cama, descansar, dejar a los ojos cerrados trazar sus desquiciados círculos REM, a los sueños campar a sus anchas en el reino de las sombras y el silencio, del aire fresco que precede al amanecer, en esa enorme cama sólo para mí, como deseé.

Me prometo que mañana será un buen día. Hoy será un buen día.

Suena mientras escribo: Blues Canada, Diana Krall.

 
Algo bueno
No quiero hablar de lo de siempre, pero lo de siempre es lo que hay. Me gustaría, sin embargo, cambiar mi propio registro.

Escribir, por ejemplo ("la noche está estrellada y tiritan, azules, los astros, a lo lejos"... qué vicio, la poesía), que hoy me ha pasado algo especial. Que hoy me he sentido especialmente bien por algo.

Y sí, menos mal, mientras escribía el párrafo anterior hacía un rápido repaso, buscando sin fe en mi memoria algo ocurrido hoy que me hubiera hecho sentir bien conmigo, orgullosa, y aunque casi lloro al escribirlo, conmovida por no sé qué extraña y blanda compasión de mí misma, me doy cuenta de que ha habido algo.

Y ese algo es que he conseguido ahogar en calma, sujetar con firmeza, un ataque de rabia. Pocos de los que leéis esta especie de excéntrico diario conocéis esa faceta de mí. Solamente surge en los momentos en que la tensión se acumula hasta cotas casi insoportables. En esos momentos, cualquier contrariedad se convierte en la chispa que enciende el polvorín que son mis sentimientos.

Hoy he tenido una de esas contrariedades, porque he encontrado en un amigo una sonrisa de satisfacción donde esperaba encontrar un gesto de comprensión, una empatía. Y en esa sonrisa he detectado que mi amistad sirve para que mi amigo se vea a sí mismo más grande a través de mis ojos, y no tanto las otras cosas que se supone debe ser la amistad, como solidaridad o apoyo o una colleja bien dada si hace falta. Hoy, probablemente, hacía falta.

Y me pilla en el momento en que me pilla. Y casi reviento de rabia, de impotencia, de injusticia, de humillación, y más sabiendo que probablemente estoy siendo injusta. Y en esos momentos me lío literalmente a patadas con las puertas, a puñetazos con las paredes, me clavo las uñas en las palmas de las manos o tiro cosas. Sí. Hago todo eso. ¿Lo ves? No soy tan cuerda.

Eso es lo que he conseguido controlar hoy. He dado una salida controlada a esa rabia con la sola fuerza de mi voluntad, me he negado a hacer eso que luego me hace avergonzarme y que no sirve para nada, porque no me consuela ni me alivia. Lo he conseguido haciendo acopio de frialdad, hablándole en voz alta, diciéndole las cosas que no puedo decirle teniéndole delante, las cosas que no puedo escribirle, las cosas que luego de dichas, se apagan.

Me he comido un helado almendrado de chocolate y vainilla.

Y ahora estoy bien, estoy tranquila y vuelvo a ser dueña de mí misma. Y estoy orgullosa de ello.

Suena mientras escribo: Desolation row, Bob Dylan.

 
El río que nos lleva

Quiero ser única en el mundo y en la historia. Que no haya habido antes de mí, y que no haya después de mí, nadie con mi color de pelo, nadie con la forma de mis manos que miro ahora y muevo delante de mi cara con extrañeza y ajenidad, como si mirara las manos de otro.

Me hago en un momento consciente de que no soy más que el resultado de la ley de la naturaleza, la suma o la integral de todos los que me han precedido, un eslabón más, insignificante en la cadena que parece infinita, y al mismo tiempo imprescindible porque sin el paso que yo represento, todo el proceso se vendría irremediablemente abajo. Acabaría en mí.

Y quiero escaparme de eso, quiero elevarme sobre esta uniforme cadencia y convertirme en especial y única, sentir que aunque soy heredera y depositaria de todos los genes de mi padre y los de mi madre, y con ellos de todos los de aquellos que les antecedieron, tengo algo que me hace diferente, que me saca del conjunto o de la amalgama y me proporciona la bendición de la univocidad.

Eres tú, que lees, quien me da eso. Tú me miras y eres capaz de ver en mí lo que soy en este momento exacto, independientemente de lo que haya sido antes de mí y de lo que haya de ser después. Me miras o me piensas y me rescatas del conglomerado de antecesores, me das una existencia al margen de mis ataduras.

Miras en mí solamente lo que a mí pertenece.

Suena mientras escribo: Sweet thing, Van Morrison.

 
Esos días tontos
Pongo música. Joaquín Sabina, que es de esas compañías que llevan ahí desde los quince, y la solera se aprecia según qué días. Los días tontos especialmente.

El problema de Joaquín Sabina es que me toca la fibra triste con una mano que nadie más tiene. Lo que comenta Muñoz Molina de que tuvo que dejar de escuchar a Billie Holiday porque eran insoportables esas borracheras de tristeza. Pues algo así me pasa a mí con Sabina. Sólo que no lo dejo así reviente.

Que cuando parece que todo sale mal, cualquiera diría que nos gusta hurgar con el dedo bien profundamente en la llaga. Dar paletadas de mierda para dentro.

Bueno. Cambio a Leonard Cohen y que sea lo que ¿dios? quiera.

Momentos de enfrentamiento con la realidad. De renuncia a los miedos, de solamente dar un paso detrás de otro, si no es por convencimiento, que sea por inercia, o por no tener nada mejor que hacer. Dejar que el río nos lleve o remar por no parar. Lo que sea. Y por momentos pienso que me agradecería a mí misma soltar el discursito de siempre. Soltarlo en el sentido de dejarlo atrás, como quien abandona un lastre para volar más alto. Quitármelo de encima.

Ahora ya sé qué vacaciones voy a tener. Todas. Sin un duro (moneda de cinco céntimos de euro), pues bueno. Sin un duro estaba. No iré a ver a Dylan, no es grave. Lo demás seguirá igual. Más o menos. Igual hasta mejor.

Los puntos de inflexión son buenos para cambiar caminos equivocados. Los finales son comienzos de otra cosa. Todo ese montón de basura constructiva. Mañana me lo creeré. Hace un rato me lo creía. Volveré a creérmelo dentro de un rato.

Vuelvo a poner Joaquín Sabina. Total...

Y pienso que me voy a dormir. Y que mañana todo estará mejor.

Suena mientras escribo: Que se llama Soledad, Joaquín Sabina.

 
Hoy, nada

Hoy me siento aquí y no tengo nada que contar.

Miro el reloj, paseo por internet, visito otros blogs, releo frases que he copiado en la libreta viajera (bloc trotamundos) de los últimos libros que he leído, párrafos sueltos que he escrito sin propósito, trozos de correos electrónicos que me asaltaban en momentos sin ordenador, trozos de cartas que nunca enviaré, sentimientos en lata, trozos de relatos para el tintero, frustrados o logrados. Retazos de las personas, vivas o muertas, que me hacen compañía y despiertan algo dentro de mí, sentimientos o ganas de pensar. Retazos de miedos o esperanzas. Retazos de poesías muertas antes de nacer.

Busco algo que contar de entre todo lo mucho que hay, pero no sale nada.

Hoy no sale nada. Tampoco quiero que esto sea el parto de los montes.

Da igual, supongo que no todos los días tiene una que ser brillante.

Ojalá pudiera serlo sin esforzarme, pero entonces no tendría gracia.

Suena mientras escribo: Brothers in arms, Dire Straits.

 
Al hilo de El libro de un hombre solo

No nos damos cuenta de que respiramos. Lo hacemos con salud, con fuerza y sin conciencia alguna.

Lo mismo nos pasa con la libertad (ahora hablo de la libertad política). Hablo de poder escribir sin miedo. De tener la posibilidad de entrar y salir, de hablar sin temor a que lo que digas pueda volverse contra ti, de que tu vida esté en manos de alguien que interprete a su gusto tus palabras.

Yo he vivido siempre en un mundo en el que es posible ir y venir sin dar explicaciones a nadie.

Un mundo en el que el antónimo de libertad es esclavitud y no represión.

Un mundo donde puedo escribir un blog y expresar en él lo que se me antoje: lo que opino de mi vecino, de mi sistema político, donde puedo decir si tengo ganas de echar un polvo, donde puedo hablar de libertad.

Hubo un tiempo en este país en el que unos jóvenes podían acabar en comisaría si eligiendo la película que iban a ir a ver, uno decía "aquí, democracia".

Y aquí no fue nada. Leyendo a Gao Xingjian, como leyendo a Kundera o a Reinaldo Arenas o como a tantos otros que ni siquiera sé que existen y que probablemente no me atreveré a leer, te das cuenta de hasta qué límites de terror y absurdo pueden llegar las sociedades, qué grado de anulación del individuo son capaces de soportar los hombres, cómo el miedo puede modificar los comportamientos de las masas.

Cuesta trabajo imaginar un mundo en el que no puedes dar un paso sin ser vigilado por los ojos de las personas que te rodean, hablar con un hombre sin temor a ser traicionado. En que una frase o una palabra te pueden costar la vida. En que dependes de la lealtad de los otros para sobrevivir, y la lealtad se diluye en miedo cuando ves tu propio cuello al borde de la guillotina.

No sé mucho de China ni de sus habitantes, pero me atrevería a decir que Gao Xingjian es un chino que no piensa como un chino. En su alma como un crisol se han mezclado su cultura heredada, cultura venerable, milenaria y profunda, con lo que vivió en la Revolución Cultural que le proporcionó desengaño del hombre y un ansia de soledad y libertad casi dolorosas, y con lo que conoce y ha vivido en Occidente, que es a lo que él tendía naturalmente. Como una esponja absorbió la forma de vida y de ver el mundo occidentales y el cóctel es una mezcla magnífica, un encuentro gracias al cual crece el ser humano como especie.

La tan traída y llevada bondad esencial del eclecticismo toma forma en el cuerpo y la mente de este hombre admirable, frágil como cualquier hombre, obsesivo y neurótico como todos los hombres que han sufrido y, sobre todo, los que piensan y procesan lo que viven y lo que ven, y grande porque sabe expresar lo que siente, poner palabras al mundo que observa y gestiona desde sus limitaciones como puede.

Suena mientras escribo: Freedom now, Tracy Chapman.

 
De los fracasos de las expectativas.

A veces me pregunto si será posible librarse de las expectativas sin librarse de las esperanzas. Ya procuro no hacer demasiados planes, y en sí mismo es bastante inevitable. Como para renunciar a las expectativas.

Decido tomar el sol todas las tardes de esta semana y la tormenta decide desencadenarse por su cuenta a la hora en que yo tenía previsto salir hacia el río, por ejemplo. Eso era un plan que se frustró.

Y otras veces esperas cosas de la gente. Que no te fallen o que tengan los mismos deseos con respecto a ti que tú tienes con respecto a ellos. Esto me pasa muy a menudo. Y siempre para encontrarme con... ¿las llamaré desilusiones? Digamos decepciones para no caer en la gazmoñería. Aún así suena autocompasivo. Qué palabra será la mejor para ese sentimiento de "cómo es posible que te haya pasado otra vez". Nunca aprenderás.

De nuevo, Pessoa: El cansancio de todas las ilusiones y de todo lo que hay en las ilusiones: su pérdida, la inutilidad de tenerlas, el antecansancio de tener que tenerlas para perderlas, la amargura de haberlas tenido, la vergüenza intelectual de haberlas tenido sabiendo que tendrían tal fin.

Impresiona este hombre.

Se me olvida, supongo. O es incontrolable. O I can't help it, it's my nature, que dijo el escorpión. Gran película, The crying game (Neil Jordan). De las que te marcan.

Mañana me voy de viaje. Fin de semana en Madrid. Tengo muchas ganas de este viaje. Demasiadas, probablemente.

Seguro que tengo demasiadas expectativas puestas en él.

Suena mientras escribo: Ain't no cure for love, Leonard Cohen cantando una de las canciones que más me gustaban en mi adolescencia. Hay una versión country que también me encanta, pero no sé de quién es.

 
Héroes
Sólo somos hombres.

Pequeños, con nuestros pequeños miedos y nuestras pequeñas mezquindades, pequeñas alegrías y pequeñas guerras.

Con grandes esperanzas y grandes sueños, grandes perspectivas y grandes pretensiones.

Pequeños pasos y grandes fracasos.

Se trata de ver que lo poco es lo que más valor tiene. El esfuerzo de tratar de entender a otro. El sacrificio del silencio en el momento necesario. La generosidad de la sonrisa, la cercanía o la mano tendida.

Se trata de reconocer que no somos héroes (I'm no hero...). Nuestras victorias se miden por micras, nuestras totalidades son siempre relativas frente a los otros todos.

Suena mientras escribo: Héroe de leyenda, Héroes del Silencio.

 
Libertad

Al nombrar el concepto se me ocurren los versos de Cernuda (libertad no conozco / sino la libertad de estar preso en otro / cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío). Bellas palabras mentirosas. En mis románticos diez y tantos me gustaban mucho. Ahora no diré que las detesto. Pero ofrecen una perspectiva de la vida restrictiva, coartadora.

La libertad no tiene que ver, o no debe tener que ver, con la compañía, ni con los sentimientos.

Libertad es capacidad de tomar decisiones con criterio. Libertad es un concepto al mismo tiempo amplio y estrecho, porque no es la posibilidad de hacer todo, que no existe, sino la posibilidad de elegir y renunciar. Elegir y renunciar tienen un precio, siempre. Luego la libertad tiene un precio. Cada uno decide qué precio paga. O si lo paga.

Tal como hoy la entendemos políticamente supongo que es sobre todo una conquista. Sudada y peleada palmo a palmo por los hombres y las mujeres que nos precedieron.

No todos los hombres nacen libres e iguales. Eso se consigue luchando. Cada minuto del día, probablemente.

Coarta la libertad el cúmulo de imposibles, el tiempo finito de nuestra estancia en la vida, el límite de la piel, el límite de la imaginación, el límite del miedo.

Sentirse libre es saberse dueño de los propios actos, atados siempre a las leyes de la naturaleza y de los hombres; olvidar que la escasez de opciones restringe cada paso y cada mirada.

Suena mientras escribo: A thousand kisses deep, Leonard Cohen.


 
Gestos

Era cuestión de ponerse un día y hacerlo. Ya está hecho. Gesto mecánico de corta-pega-borra-envía. Treinta y siete veces.

Treinta y siete curricula no son tantos. Ya no es la primera vez que mando cien, al fin y al cabo. El correo electrónico hace este fatigoso procedimiento muy sencillo, en realidad.

Esto me hace reflexionar, es lo bueno que tiene cualquier cosa que hago, que todo me hace reflexionar.

Reflexiono en esta solemne ocasión sobre lo vano de los esfuerzos y la cantidad de movimientos diarios que hacemos sin explicación, sin fundamento, sin finalidad y sin sentido.

Otros movimientos, sin embargo, están cargados de fundamentos y de finalidades. Y sirven para lo mismo. Para nada.

No, no. No es así como se debe pensar.

Procedimiento correcto. Pensamiento positivo: caminamos y caminando construimos. Hacemos camino, por ejemplo. Y eso es mucho más de lo que nos acordamos de valorar.

Todo lo que hacemos, todo lo que decimos, cada letra que escribimos, cada correo que enviamos, cada frase que leemos, cada pensamiento que dedicamos a otro, sirve para algo. Para construirnos y construir un mundo a nuestro alrededor. El mundo del que somos conscientes. El mundo que sin nuestros ojos no existiría.

Existiría, pero no sería igual.

Relámpagos por la ventana en el rabillo de mi ojo izquierdo. Truenos sordos. Perspectiva de lluvia. Perspectiva de mejora. Perspectiva de algo.

Mientras tenga perspectivas, tengo algo entre las manos.

Suena mientras escribo: Gabriel, Lamb.

 
Tormenta

Fin de semana de calma y sol. Disfrutando de la compañía de la familia, de la tranquilidad del pueblo y de la casi dolorosa espectacularidad de la primavera. Hasta me he ganado el calificativo de bucólica.

En el sms decía "(El pueblo) es el paraíso terrenal". Supongo que me llamaron así por no añadir el adjetivo pertinente, que era puto. Este pueblo es el puto paraíso terrenal. Hay años en que la primavera parece explosionar. Excesiva, lujuriosa, independiente de la labor destructiva del hombre. Los verdes, los amarillos, los malvas, los rosas, los blancos, los trinos de los pájaros, los grillos, las moscas zumbonas.

El olor.

Ningún lugar en el mundo huele igual. Es un olor que casi me duele. No sé cómo se puede sentir tanto amor por un lugar. Y lo que simboliza el amor que le tengo a ese lugar es el olor. El olor de la hierba recién cortada que se seca al sol. El olor del agua. El olor de los pinos y de los robles. El olor del aire. El olor del humo. El olor de allí. Es su olor. Y cuando lo aspiro el pecho se me llena de plenitud, y me siento ridícula contándolo, pero es una plenitud que deseo que todos aquellos que quiero puedan sentir alguna vez.

Volviendo a la realidad, ya estoy morena. Me he tirado un enorme porcentaje del fin de semana al sol. Sin hacer nada. Sin pensar en nada. Sin que nada pudiera angustiarme. Allí tumbada, recibiendo los rayos del sol, sintiendo el calor en la piel, escuchando los pájaros y los grillos, el silencio milagroso, viendo el cielo azul, abriendo los ojos y comprobando que el mundo se decolora cuando el sol te da en la cara mucho rato, sabiendo que ese jodido paraíso está ahí para mí, sencillamente comprendí que pese a todo, la paz me es posible. Está ahí. Y la felicidad. Y la plenitud. Sé que me repito.

Ahí tumbada dejando que el sudor resbalara era consciente de que nada de lo que va mal va tan mal como para que yo no pueda con ello. Que el mundo, pese a todo, tiene una extraña perfección. Que la vida no pierde esa peculiar armonía. Que, como mucho, nos olvidamos de hacer el esfuerzo de percibirla.

Después, nubes grandes crecían con formas de algodón y amenaza de agua. Truenos en el horizonte. Y al final, agua. Relámpagos y oscuridad, agua como una cortina. Por supuesto, había lavado el coche por la mañana.

Ésa es exactamente la perfección de la vida. La irremisible ley de Murphy.

Suena mientras escribo: Las hojas que ríen, El Último de la Fila.


 
La misma y otra
Al final de este día queda lo que quedó de ayer y quedará de mañana: el ansia insaciable e innúmera de ser siempre el mismo y otro.
(Fernando Pessoa.)

Me asombra Pessoa. Me asombra porque a veces lo clava. Ideas que están ahí, simples y llanas, formando humus en el suelo del que intento crecer, viene él y sencillamente las pesca como quien no quiere la cosa. Y las pone ahí como si estuviera haciendo cualquier otra cosa. Y yo digo, claro: eso era. Eso exactamente.

No hay nada en el mundo que me produzca más envidia que la falta de pretensiones.

Yo soy la que sonríe obligatoria, automáticamente en las fotografías y al cruzarse en la calle con los conocidos. Y también soy la que arrastra una inexplicable carga de angustia. O una carga de angustia inexplicable. Soy la que sabe perfectamente dónde está y también la que no termina de encontrarse. Soy la que se levanta por las mañanas siendo una persona diferente de la que se ha acostado unas horas antes. Soy la que está orgullosa de los pasos que no sabe por qué ha dado.

Soy la que ves y también la que no verás nunca.

Siempre llevo el pelo igual y me pongo la misma ropa. Mi jefe conoce siempre las mismas expresiones de mi rostro. Y mis penas y mis alegrías las conocen muchas personas. Y aún así, nadie sabe quién soy. Yo, menos que nadie.

Suena mientras escribo: This hard land, Bruce Springsteen.

 
La magnitud de nuestra ignorancia
Ah, me asombra comprobar cada día el número increíble de cosas que no sé.

Esto me provoca una especie de insatisfacción sin fondo, un miedo a que no me dé tiempo, a no tener bastante capacidad, a no encontrar las fuentes del conocimiento.

Menos mal que no todos los temas me interesan de igual modo. Si fuera así, me volvería loca en el océano de temas, de posibilidades. Ya me vuelvo loca de todos modos. Por toda la música que me quedo sin escuchar, por todos los libros que no leeré, por todas las personas que no conoceré, por todos los países que no visitaré.

Ya sé que en lo que hay que pensar es en lo que sí. En todo el camino largo y rico que me queda por andar. En las personas que sí voy a conocer y las canciones que sí voy a escuchar. En los países que sí voy a ver.

Aún así, siento que he perdido mucho tiempo ocupándome de cosas sin importancia. Y el tiempo que se pierde ya no se recupera. ¿O no eran cosas sin importancia? Lo malo es que parecía que la tenían y ahora todo cambia de aspecto, con la perspectiva del tiempo y con las cosas que descubro que antes desconocía.

Es mejor no pensar mucho en estas cosas. No sirven para nada útil.

Suena mientras escribo: Cry me a river, Dinah Washington.


 
Opciones
Días de paz.

Duele.

Fue lo del segundo plato lo que me terminó de joder. Olía raro. Me lo comí igualmente, estaba rico, tenía hambre, o no, no era hambre, sino más bien ansia. Ansia en el sentido antiguo. Ahora supongo que lo llaman bulimia o comportamiento compulsivo. Desde que somos todos cultos y leídos, el mundo es mucho más fácil de explicar, Palabras enormes que lo llenan todo. Y aún así no entendemos nada, como siempre.

Miramos todo y somos capaces de explicar todo y no entendemos nada. Incluso es posible que ahogados por las cortinas de palabras que se desploman sobre nosotros como cataratas, entendamos menos que nunca. Porque el ansia (ansia, en el sentido moderno) es mayor. A lo mejor es que nunca encontramos la palabra precisa.

Últimamente no puedo pensar sino en términos de ansia, insatisfacción, búsqueda. Algo falta, algo. La ausencia, el hueco, qué son, me pregunto. Por qué han aparecido ahí de repente, me pregunto. Quién me los ha puesto ahí.

¿Has sido tú?

No. Probablemente he sido yo. A quién le voy yo a echar la culpa de mi manía de descolocar las piezas del tablero. A quién voy a reprochar mi tendencia a comportarme como si no comprendiera, cuando comprendo.

Quién tiene la culpa de mí.

Nadie. No me gusta el concepto de culpa. Si por mí fuera, lo erradicaría del mundo. ¡Exterminio para la culpa!

El caso es que me comí ese segundo plato (lo apuré hasta las heces). Y me sentó como una patada. No fui capaz de digerirlo, y eso que tengo un estómago a prueba de bombas.

Es la cosa de las alternativas. Supongo que uno elige y desecha. Es la vida. Tienes dos, te quedas con uno. O con ninguno. Pero el que desechas lo desechas porque no lo quieres. No porque lo quieras menos. Tampoco lo querrías aunque no tuvieras opciones. ¿Es eso? Entonces no hay disyuntiva. Claro. Es eso. No hay disyuntiva. Y todo otro planteamiento es erróneo y te hace valorar los elementos de juicio de un modo equivocado.

Puede ser que nos pasemos la vida optando entre alternativas sin sentido. Cuando no quieres tirar por ninguno de los caminos que se te presentan delante, menuda mierda de alternativa tienes.

Una vez tuve un amigo creyente que decía que dios (es decir, Dios, un respeto que hablamos de cosas serias) te daba la opción de elegir: Él o la Condenación Eterna. Y yo pensaba, pues vaya elección de mis cojones. Pues esto es lo mismo. Sí o sí. Te jodes o te jodes.

Sitúate frente a tu segundo plato, que has elegido entre una serie de opciones que no eran posibles en realidad, y cómetelo hasta que no quede ni la sal que se escapó del salero y que se quedó en el borde. Ni la ensalada de adorno. Y si te sienta mal, si pasan horas y no eres capaz de digerirlo, y da vueltas en el estómago hasta pudrirte por dentro, entonces ya sabes. Vomítalo.

Y quédate sin nada. Ésas son las opciones.

Suena mientras escribo Carelessly, Billie Holliday.

 
Tarde de sol
Hay días extraños, en los que hay como un peso en el pecho y todo es un maldito agobio.

En esos días hay que poner en marcha los mecanismos de pensar en positivo, que crujen y rechinan como maquinaria pesada que hubiera sido abandonada a la intemperie.

Todo depende de la voluntad. Y la voluntad es un motor que se alimenta de sí mismo.

Mi voluntad es un reducto intocable. Un núcleo duro. Está ahí, nos conocemos bien. La miro y me guiña un ojo. Me espera. Sabe que tiene que ponerse en acción. Acción.

Yo también lo sé. Basta de esperas. Basta de encierros. Basta de miedos. Basta de resignaciones. Basta de dudas. Basta de expectativas. Basta de quejas. Basta de conformidades.

Basta ya, K. Ya te has aguantado bastante a ti misma. Y has obligado a los demás a aguantarte. Esto huele, amiga.

Y mal, además.

 
Paz
Hoy veía la tele mientras comía. Saber y ganar, que yo soy persona culta (no os dejéis engañar, que luego vi el Tomate, las cosas como son... tiene algo de fascinante ver lo que hacen las malas lenguas con la vida sexual de Sergio Dalma... es cosa de buscarle la retranca a la naturaleza humana... imaginar a Lidia Lozano sentada a la puerta de su casa,al fresco, las noches calurosas de agosto cortándole un traje a la vecina de dos calles más abajo).

Veía la tele, digo. Y el presentador, hablando del Fórum de Barcelona, hablaba de la paz.

Decía "la paz, lo que todos queremos". Y yo pensé. No. Si todos la quisiéramos, tendríamos paz. Lo malo es que no todos la queremos.

Lo que queremos casi todos es la victoria. Y que no nos den guerra, que no es lo mismo. Otra cosa es que sepamos darle a las querencias los nombres que les corresponden.

Otros quieren dinero. Otros quieren personas sobre las que defecar.

Pero paz.

Suponiendo que fuera posible.

Imagine all the people...

Suena mientras escribo Three little birds, Tracy Chapman haciendo un poco de cachondeíllo para variar.