Esto es el mar
Me gustaba pasear por la playa con una libreta en la mano, supongo que siempre fui una muchacha ebria de literatura. Recuerdo aquella vez como si fuera la primera que vi el mar, pero no consigo recordar qué sentí al verlo.
Imagino que seria parecido a lo que siento ahora: la sensación de momento especial, de intensa soledad, de enormidad del horizonte. Estaba sentada en aquellas rocas azotadas por la sal con mi cuaderno intentando escribir. Supongo que pensaba que el lugar ideal para escribir algo sublime es una roca golpeada por el mar. Pero no escribí nada.
Me gusta el mar, siempre me ha gustado, porque es como el fuego: puedes mirarlo para siempre, el mundo se acabaría y tú no te darías cuenta. Tiene un olor especial y un sonido especial y cuanto estás en silencio junto a él te sientes de una forma especial. Nada se le parece, te da una medida, creo, de lo infinito del universo y de lo relativo de tu propia grandeza.
Esto es el mar. Forma parte de nosotros, supongo que tiene algo que ver con eso. El cuerpo humano es un trasunto de la tierra que nos alberga, un cuerpo en el que la mayor parte es agua. Supongo que eso es lo que nos atrae, nos atrae porque de él surgió la vida y de algún modo le pertenecemos. El ser humano se siente como en casa cuando está cerca del mar y es por eso.
Porque camina y camina como un río y la finalidad es una y la misma. Porque el horizonte abierto y la posibilidad inmensa es toda la ambición inalcanzable. Porque queremos ser todo, contener todo, servir para todo, abarcar todo, comer todo.
Suena mientras escribo: This is the sea, The Waterboys.
See you
Junto a mi ordenador hay un pequeño cactus incombustible. No creo que absorba las absurdas radiaciones de la pantalla. Pero hace bonito. No recuerdo haberlo regado en todo el tiempo que llevo con él, tal vez en una ocasión sobró agua de la plancha. Lo compré (lo compramos, pequeño superviviente de grandes terremotos) en Ikea.
El cactus vive sin nada, sin nada más que radiaciones provenientes de la pantalla del ordenador, y un poco de música que escapa de los altavoces. Pincha si te acercas. Su humilde existencia es todo un jodido ejemplo.
Despedidas, despedidas.
I'll miss you, anyway.
Suena mientras escribo: I want you, Bob Dylan.
Mil preguntas, mil vueltas
Siempre he querido tener una casa con porche trasero. Orientado a poniente para ver las puestas de sol. La verdad es que en esta fantasía detrás de la casa se extiende una llanura árida y naranja, algo como Kansas. Así que es una especie de proyecto informe que tiene algo de pesadilla o de desvarío.
Aunque a veces también está el mar.
Algunos sueños se cumplen. Hay una cierta probabilidad de que esto suceda. Leo en el Tintero relatos sobre la ambición y pocas personas la tratan como algo positivo o algo necesario. Creo que yo tampoco lo hago. Algunos la tratan como un mal menor, o como un camino hacia algún extraño fin.
Es un hecho incontestable que no sé qué hacer con mi vida. Que busco un camino y que me lo pintaré si no lo encuentro, y que bueno o malo, será el que siga, aunque sólo sea por no estar más tiempo detenida en esta irreal encrucijada. Hace no mucho un amigo me recomendaba huir de los cruces de caminos porque en ellos es donde se aparecen los fantasmas. De entre todas las cosas que me dijo, no era ésa la menos cargada de razón.
¿Me servirá como camino un sueño antiguo? ¿Sigo empeñada en engañarme a mí misma? ¿Tiene realmente tanta importancia cada paso como para perder tanto tiempo y tanta energía midiéndolos todos? ¿No se supone que basta con vivir? ¿No es tal vez la huida una opción tan buena como cualquier otra, en algunos casos incluso la mejor para conservar la vida?
Así, preguntándome, dejo pasar el tiempo de las vacaciones. Pero cada vez están más claras las respuestas.
Suena mientras escribo: Dímelo tú, El Último de la Fila.
Fuego
Cuando me desperté de la siesta (larga y oscura, con violines de los Waterboys y personas queridas, en esa especie de mezcla entre sueños y pensamientos que produce el sueño profundo que finge ser duermevela) el aire olía a humo.
El cielo estaba ceniciento, el sol, difuminado.
Cogí el coche y emprendí camino a través de la sierra. Y la columna de humo que se veía avanzaba hacia mí. O tal vez era yo quien se acercaba. Olía a humo, el sol enrojecía y el cielo era gris cuando debería haber sido azul, como todos los cielos del verano con el anticiclón anclado en las Azores. Lo que debía haber en el horizonte eran nubes de tormenta, enormes como castillos, de algodón brillante.
Pero no. Había humo gris, humo negro, humo marrón.
A medida que bajaba de la montaña me acercaba al incendio. Una enorme chimenea que cada vez estaba más cerca y cada vez era más grande, más amenazadora y más real.
Hoy he visto el fuego muy cerca. El monte, negro, los árboles carbonizados, el asfalto caliente, la tierra humeando. He atravesado llamas que calentaron mi coche e hicieron oler mis neumáticos a goma quemada, he sentido el calor intenso y me ha cegado el humo, he sentido miedo. Avanzas a ciegas entre el calor y no sabes si acabará, por un segundo piensas que a lo mejor el infierno es eso, y que te vas a quedar en él.
Como no entiendo nada, no entiendo por qué la gente quema el monte. Me lo podéis explicar y seguiré sin entenderlo.
Miro por la ventana y veo círculos de fuego en las montañas. La luna es amarilla. El fuego es destrucción. Si destruimos nuestra tierra, nos destruimos. El hombre no vale nada sin el suelo que pisa.
Me avergüenzo de mi especie.
Suena mientras escribo: Smoke gets in your eyes, Dinah Washington.
Más y menos
Pasan los días entre calores y quehaceres desganados de vacaciones, con proyectos que necesitan tiempo para arraigar y florecer, con esperas que alargan los minutos y provocan impaciencia y sentimiento de urgencia, con ausencias que siguen pesando y previsiones de ausencias que me producen un poco de tristeza también prevista. Putas despedidas, qué amargas son, qué dulce tormento.
Me instan hoy a que aproveche lo bueno, a que disfrute la vida, fugaz como un parpadeo, y consiguen así que me sienta al borde de la muerte, con la inutilidad de los esfuerzos, la incertidumbre de las convicciones.
Me duele la mandíbula y eso me dice que estoy viva. Siento un vacío que llenar y eso me dice que estoy viva. Late un anhelo y eso me dice que estoy viva.
Sé que estoy viva y quiero vivir, saber del aire en mi cara, del calor en el sudor que me pega la ropa al cuerpo, de la risa en torno a una mesa, de proyectos, de ganas, de esperanza.
Necesito más, quiero más, tengo hambre, sed, deseo, ansia, fiebre, inquietud, prisa.
Todo lo que necesito está ahí, por su orden irá apareciendo. Y yo soy la reina de la paciencia impaciente, de la generosidad egoísta, del exceso rácano, del ni contigo ni sin ti (tienen mis males remedio).
Suena mientras escribo: All blues, Miles Davis.
Oh, oh...
Esto me pasa por tener sueños de adolescente con treinta años. Pero da igual. Voy a seguir adelante en ellos. Es mi vida y supongo que yo decido cómo vivirla, quién, si no. No sé si es cuerdo, no sé si es razonable, no sé siquiera si es posible. Es lo bueno de no tener nada, aunque sea después de haber luchado tanto: que no tengo nada que perder.
Me he pasado la vida renunciando. Dejando ganar la partida al miedo y a la cobardía. Dejando desvaírse las metas, evaporarse los sueños, diluirse los deseos.
La realidad me ha enseñado unas cuantas cosas. La más importante, que vivimos para morir. Y muchas otras secundarias, como que todo lo que no se dice, queda sin decir, que todo lo que no se hace, queda sin hacer. Que cuando no hay camino, si no lo inventas, viene otro y te marca uno cualquiera, y que si no estás atento, lo sigues sin preguntarte por qué. O para no tener que preguntarte por qué.
No es gratis, nada es gratis. Cada paso que das tiene una consecuencia. Más aún cada paso que no das. Luego no hay nadie a quien pedirle cuentas. Al final todo es un camino andado. El que tú decidiste o el que otros decidieron por ti. El del valor o el del miedo. Y cuando todo acaba, cuando llegan el frenazo en la carretera o el dolor del cáncer o el infarto, no hay a quien pedirle cuentas de las promesas que rompiste o de la persona que deseabas ser.
Hay que construir, hay que caminar.
Es una ciudad llena de perdedores, y yo me voy de aquí para ganar. Me voy de aquí para ver si realmente consigo hacer una realidad de todas las promesas, de todas las posibilidades, de todas las perspectivas, de todos los sueños, de todas las valías, de todas las esperanzas.
Me voy de aquí y no sé si huyo o busco, si realmente fuera de este lugar encontraré lo que sé que está dentro de mi corazón. Me voy y no sé si es la solución al desasosiego.
Pero ahora siento que estoy enterrada y tengo que respirar vida, tengo que ver otras cosas, quizás necesito comprobar, otra vez, otra vez, ya lo sé, que no hay nada fuera que me llene este vacío.
Esta vez necesito andar, un paso detrás de otro, sola, intolerable, incomparable, inevitablemente sola, sola sin nadie que me diga, nadie que me indique, nadie que me compadezca, nadie que me quiera. Aunque alguien al leer se sonría.
Sin tupperware, sin respaldos, sin colchones, sin defensas, sin parapetos, sin asideros, sin adarves, sin moqueros.
Sin nadie que me necesite, sin nadie que se apoye en mí para continuar su propio camino.
Suena mientras escribo: el que no lo sepa, puede preguntar.
Carpe diem
Tengo una tía. Es una señora mayor, anda cerca de los setenta. Lleva un año muy malo, de mala salud. Estuvo ingresada por una rotura de cadera y tiene cáncer, ha estado con tratamientos de quimioterapia. Esas cosas.
El otro día le comentaba que tenía que ir a no sé qué sitio y ella sólo me dijo una cosa. Me dijo "Aprovecha". Una sola palabra que quería decir mucho más que el peso específico de la suma de sus letras, de la conjugación verbal o el acento francés.
Era haz ahora que puedes. Disfruta, que es un vuelo. Siente todo, que luego. Luego es después, al final no hay nada. El tiempo pasa, las flores se marchitan, las hojas caen, los edificios se desmoronan, no somos más que un suspiro en el viento.
Y hoy ha sido igual. Hoy me ha dicho "No sabes lo que es tener salud". Me consta que ella me cambiaría cada motivo para llorar. Cada pena, cada piedra en el zapato, cada instante en que me siento traicionada, dolorida o maltratada.
Me hace mirar mi propia circunstancia con la calma que da la relativización. No es un consuelo pensar que podría estar peor, que otras personas están peor, o es un consuelo que tiene bastante de mezquino.
Pero es un hecho que tengo salud y tengo fuerza, tengo paciencia, tengo estómago, tengo hasta cojones. Para exportar.
Que lluevan piedras, que yo no pienso rendirme. Hoy el sol ha brillado y he respirado olor a agua junto al río, he pensado que tengo gente que parece que hace que la cosa merezca la pena, tengo con quien contar, tengo dos pies fuertes en los que apoyarme.
Soy rica.
Suena mientras escribo: Purple rain, Prince.
Mañana será mejor
Había empezado un texto llorón y quejumbroso, había puesto Only the lonely de Roy Orbison. Había enfocado mi estado de este momento del modo en que lo hago habitualmente.
Cambio la intención. Pongo a Charlie Parker. Sé que un saxo no es tampoco lo más alegre del mundo, pero no es tan lastimero como Orbison, y me enderezo en la silla. Literalmente.
Esta tarde he estado viendo el Tour. Este año lo tengo medio vetado, es una especie de boicot personal, individual, sentimental y completamente inútil contra la hipocresía que reina en el mundo del ciclismo. Bueno, en el mundo. Que una es muy simbólica para sus cosas. Por la reacción de todo el gremio cuando se hicieron públicas las declaraciones de Jesús Manzano. Yo no sé, y realmente no me importa, si todo lo que dijo era cierto. Pero seguro que al menos parte, lo era. Y la forma cobarde en que todo el mundo se calló y le dio la espalda me indignó de tal modo que prometí boicotear el Tour este año. Gestos.
El caso es que hoy había cronoescalada a Alpe d'Huez. Demasiada tentación para una adicta como yo. Me he permitido la relajación de mi radicalismo para ver a esa pandilla de pusilánimes epodependientes, hay que reconocer que el deporte es espectacular. Si se tienen que poner hasta el culo para ofrecernos eso y a ellos no les importa, ¿me tiene que importar a mí? La cobardía, eso sí, me sigue reventando.
Y después de la larga, larga introducción, el comentario de hoy es para Lance Armstrong. Ver a ese hombre dar pedales como una máquina me recuerda que en esta vida todo es posible. Todo, todo absolutamente. No puedo evitar que sea un ejemplo para mí, que su fuerza de voluntad, su empeño, su constancia, su contumacia, me digan hasta qué punto es posible conseguir cualquier deseo, salir de cualquier bache. Está claro que no todos podemos ser todo, y que siempre ha habido y siempre habrá clases, calidades de seres humanos, que ya me puedo yo poner a hacer el pino que nunca conseguiré lo que no está en mi mano conseguir.
Pero lo que deseo, sí. Para lo que deseo hay posibilidades. Si quiero.
¿Quiero?
Suena mientras escribo: Billie Bounce, Charlie Parker.
Sobre la supuesta tristeza
He recibido últimamente un par de comentarios sobre el blog que me han hecho pensar. El que más me ha hecho pensar ha sido el de la tristeza.
Me dicen que el blog es triste. Me dicen que se enfadan conmigo por la carga de autocompasión. Es cuestión de opiniones, también por otro lado me dicen que es cualquier cosa menos autocompasivo. Yo tengo mi propia opinión. Pero me hace gracia ver eso.
Pienso sobre la curiosa forma que tenemos de intentar comunicarnos y la forma en que los demás interpretan nuestras palabras en función de sí mismos, de la imagen que tienen de nosotros, de lo que esperan. En función de la forma que tienen de interpretarte, del modo en que te pintan.
Y pienso en cómo también fabricamos a nuestra medida a las personas que amamos. Los pintamos de los colores que nos parecen mejor, los interpretamos como una canción, según nuestros prejuicios y nuestras expectativas, según los sentimientos que despiertan en nosotros.
Yo no estoy triste, no estoy derrotada. No me siento ni siquiera abatida. Me siento fuerte, sola, sí, pero porque quiero estar sola, me siento capaz de cualquier cosa. Veo que tengo delante un camino muy interesante para recorrer. Tengo ganas de recorrerlo, siento curiosidad por saber qué me deparará el futuro, saboreo este momento en que cualquier futuro es posible, disfruto plenamente de este regalo que es la posibilidad del renacimiento.
También es cierto que no estoy pasando el mejor momento de mi vida en algunos aspectos, y que a veces el camino se hace duro, muchas piedras en los zapatos. Pero ahí estoy. He salido de situaciones peores, he visto mi cara más desencajada y más rota en el espejo en otras ocasiones, he sentido de modo más doloroso el miedo a no poder seguir adelante.
Hace un tiempo me hablaban de un pozo que ahondo en busca de causas, yo me defendía diciendo que esto no es un pozo: que he estado otras veces en pozos y no son así.
No siempre las circunstancias son como para dar palmas. Pero no dar palmas no significa cortarse las venas. Hay muchos puntos intermedios.
Suena mientras escribo: One more cup of coffee, Bob Dylan.
Sleepless night (as always, anyway)
Fin de semana lleno de tensiones, giros inesperados, subidas y bajadas, encuentros, desencuentros, miedos, decepciones, buenos ratos, música y alegrías. Me había ganado un buen descanso. Todavía estoy en ello. Amanece, que no es poco.
¿Dónde estoy hoy? En el extraño extrañamiento, en la bendita contradicción.
Pessoa lo llamaba ser extraño de uno mismo. Springsteen lo llama Two faces ("makes me feel like half a man"). Esa sensación de ser todo lo contrario, a veces. De mirarte y no reconocerte. De vivir contigo mismo como si fueras otro. Cohen también lo dice, dice algo así como "éste no soy yo, debe de ser un doble".
Es esa sensación que tienes cuando quieres una cosa, y también justo lo contrario: subir y bajar, obtener y perder, avanzar y detenerte, dar y recibir, reir y llorar, amar y odiar, vivir y morir. Cuando te miras al espejo y sin más te insultarías, y al mismo tiempo sientes pena por el pobre diablo que te mira impotente desde el otro lado de tu vida, el espejo pulido, brillante, frío y silencioso que también es tu vida.
Sabina también sabe lo que es. En realidad, todos lo sabemos. Es la parte sana de la esquizofrenia, o lo esquizofrénicos que somos todos, hasta los que presumimos de sanos.
Suena mientras escribo: Corre, dijo la tortuga, Joaquín Sabina.
Lo que pienso mientras preparo un viaje
Pienso en mañana. Y pienso cosas raras, me pregunto si te acuerdas como yo me acuerdo, de lo mismo o en la misma forma, y me extraño y me avergüenzo de estos arranques de incomprensible y barata nostalgia.
Pero son sentimientos que por debajo de todos los demás, están ahí, es absurdo negarlos. Están ahí y hacen un ruido como de clavos metidos en una lata.
Menos mal que no es todo el rato.
Soy consciente de que me hallo en el lugar que deseo, soy consciente de todos los dones y todos los bienes de mi situación actual, sobre todo si la comparo con mi situación de hace un año. Pero si dijera que verte mañana no me afecta o no me preocupa, mentiría.
También mentiría si dijera que no me alegro de saber que pronto te perderé definitivamente de vista. Es una de esas contradicciones raras.
Supongo que es miedo, miedo de mí, de ti, de la situación, miedo de no reaccionar correctamente, de no mostrar a la K que quiero mostrar, de no ser lo suficientemente fuerte, lo suficientemente alegre, lo suficientemente fría, lo suficientemente feliz, al cabo.
Miedo de no tener la fortaleza moral necesaria para obligarte a acabar con este absurdo teatro, de no ser lo bastante hábil como para llevarte a mi terreno sin tener que hacer un número de equilibrismo sin red.
Miedo del miedo. Miedo del miedo al miedo.
Pero después todo acabará y yo lo celebraré. Lo celebraré por todo lo alto, puedes estar seguro. Ya estoy paladeando la celebración.
Qué ganas.
Suena mientras escribo: Born to run, el disco entero. En este mismo instante, She's the one, ésta vale. De Springsteen, claro. Creo que aclararlo es innecesario, pero ahí queda.
Un buen día
Claro que existe la felicidad. Es un estado de la mente, y en realidad tiene poco que ver con la ausencia de problemas y con el utópico y bastante absurdo "hacer lo que nos dé la gana".
La felicidad, tal como yo lo veo, es un extraño guiso hecho a medias de resignación, calma, prudencia, valoración. Aparece en forma de destellos y si no estamos muy atentos no nos damos cuenta de que lo estamos siendo hasta que ha pasado tiempo y lo vemos al recordarlo.
(Había una canción de Cristina Rosenvinge que decía "el día que yo fui feliz nadie tocaba el violín, ni una maldita florecita ni arcoiris sobre mí; el día que yo fui feliz nunca pensé que fuera así y como nadie me avisó, no me di cuenta y me dormí.")
Es esencial estar atentos. Y hay que saber dónde mirar.
Yo hoy he sido feliz cuando he estado hablando con mi padre media hora en su oficina, después de mandar el fax; cuando antes de irme a trabajar he ido a comer a casa de mis padres y tenía la mesa puesta, la ensaladilla preparada y alguien que podría ser mi madre se desvivía por mí, atenta a mi bienestar, contenta de tenerme ahí, y me freía el filete mientras comía; cuando he visto la multa en el coche porque eso significa que tengo un coche; el rato que me he tomado un café antes de entrar a trabajar, tranquilamente en una terraza con el calor. Y más que olvido o no cuento porque no me da la gana.
Sí. Definitivamente, la felicidad existe. Yo hoy la he sacado del diccionario.
Suena mientras escribo: What a difference a day made, Dinah Washington.
Sobre la inútil resignación
Pocos equiilibrismos más difíciles que el encaje de bolillos de conjugar los deseos, las obligaciones y las posibilidades. Nos pasamos la vida haciendo slalom entre estas tres banderas, mientras viajamos a toda velocidad hacia el final del cuento. Cuando lleguemos abajo nos quitaremos las gafas y los esquís, miraremos el camino andado y nos preguntaremos "¿y esto era todo?"
A medida que nos hacemos mayores nos vamos acostumbrando a renunciar a lo que deseamos, vamos comprendiendo, o acatando, que el caminar va implicando deberes que conllevan renuncias. Y también terminamos por comprender, o por acatar, que cuando tenemos un rato para nosotros mismos, para hacer lo que deseamos, entonces la frustración proviene de no tener suficiente tiempo, suficientes ganas o, lo más común, suficiente dinero. O suficiente valor. Que ésa es otra.
Yo me pregunto a veces si ése es el orden necesario. Sí, es lo que te enseñan. Sí, es evidente que hay obligaciones ineludibles. Pero me pregunto si a veces no nos negamos por costumbre. Si no nos plegamos con demasiada facilidad a la idea de que la felicidad, sencillamente, no es posible.
La felicidad no es hacer siempre lo que se desea, que nadie venga a sermonearme, que esa lección sí me la sé bien. Pero tampoco se encuentra en la negación constante, y a veces la negación, sencillamente, no es necesaria. Y nos la damos por costumbre. Por rutina. Por no pararnos a pensar un momento. En función de la resignación a no sé qué valle de lágrimas, a no sé qué compensaciones futuras.
El futuro nunca llega. Por eso es el futuro.
Suena mientras escribo: Desire, U2.
Fortaleza

Ojos que no ven, corazón que no siente, dice el dicho. Supongo que a veces es cierto. Y otras veces no. No es cierto cuando no te fías de tus ojos, por ejemplo, que es lo que me ocurre a mí. Que aprendí a sospechar y a temer y ahora me cuesta fiarme de lo que me dicen mis ojos, porque sólo sospecho y temo.
De algún modo vivo conforme a esa variante aún más popular del popular dicho, a saber, ojos que no ven, hostiazo que te pegas. No por jocoso menos cierto, habitualmente. Es lo que tiene la sabiduría del pueblo.
Pero estoy aprendiendo. A no tener miedo y a creer en mis fuerzas. Me niego a ser un juguete en manos de mis propios temores. Sé que puedo porque ya he podido. Estoy aquí, es un hecho.
Se trata de usar los obstáculos como escalones para subir más alto. Todo está bien, es cuestión de enfocarlo correctamente.
Lo de siempre. Dejar de lloriquear.
Suena mientras escribo: Born to fight, Tracy Chapman.
Hasta que la muerte nos separe
Ayer cantamos en una boda. Odio las bodas, la parafernalia de elegancia casposa, de alegría nerviosa, de flores fragantes de floristería, de rasos y tules, de tacones y peinados, de corbatas y apretones de manos.
Lo que significan, como por ejemplo atarse para siempre (¿para siempre? ¿hasta cuándo? ¿dónde está siempre?) a una persona, convertirse en una familia ante dios y la sociedad (el cura dixit, y qué razón tenía, sobre todo lo de la sociedad... y se olvidó de añadir 'y ante vosotros mismos').
Las odio porque escucho lo que en ellas se dice. Escucho al cura y a los amigos de los novios, escucho atentamente las lecturas (bueno, la lectura, porque en todas las bodas es la misma, el amor disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites... podría escribir largo y tendido sobre eso, quizás un día lo haga), escucho atentamente la homilía (vulgo sermón, incultos) y me cabreo. Claro. No puede ser menos.
Por los cuentos que nos contamos a nosotros mismos para dormir. Por las mentiras que fingimos creer. Por la hipocresía vestida de blanco con bordados de oro. Por la esperanza que se verá frustrada o desilusionada. Por las buenas intenciones que acaban en el vertedero del más absoluto de los olvidos. Me cabreo porque no creo que el amor exista. No el que se firma en una iglesia y que se celebra con una lluvia de arroz y se finge eterno o se presume eterno o se pretende eterno.
Y me cabreo también por mi escepticismo y por el dolor que transparenta, por la decepción que no puedo evitar, por la lucidez y por el desengaño que siento, demasiado joven.
Y me aburro miserablemente mientras la gente congregada responde a las plegarias (te rogamos, óyenos, señor, ten piedad, cristo, ten piedad, señor, ten piedad). Me riñen con la mirada porque no hago la señal de la cruz antes de la lectura del evangelio. Yo pongo cara de qué coño voy a santiguarme, y sonrío.
Luego en casa comentamos que la madre lloraba y me dijeron, claro, es que casar a una hija debe de ser muy emocionante... como nosotros no lo podemos hacer... era una broma, claro. Salí huyendo. En broma también. Pero es que esas conversaciones no son para mi concepción de la vida. Me siento surrealista hablando en serio de esas cosas.
De verdad que me pregunto en qué clase de mundo vivo.
Y ya. Ya sé lo que me dirán mis amigos casados, o los que piensan casarse, esas cosas sobre los planes, sobre la seguridad en la vida, sé que la gente hace algo como casarse porque realmente cree que es lo mejor (alguna gente, digo). Sé que es bueno para los niños (pero es que ésa es otra... otro día también), sé que es bueno para la declaración conjunta de la renta y para dar por sentado que cuentas con algo en esta vida de mierda en la que tienes lo que siembras, y escasamente. Sé que una persona a tu lado significa estímulo y apoyo. Me sé todos esos cuentos, todas esas historias.
De todos modos, lo entiendo a medias y lo comparto a medias. O menos.
Suena mientras escribo: Till death do us part, Madonna. Una de esas reminiscencias de la adolescencia, supongo que una cosa como ésta hay que justificarla ante tanto lector purista del rock and roll de verdad.
En verso
Qué ha sido de ti, amigo.
En qué lejanías de la memoria
o del olvido
te me has perdido.
¿Quién eres, que no te encuentro?
¿Quién eres, que no me encuentro
en tu recuerdo?
¿Dónde están mis rimas cojas?
Dónde has ido.
A qué parajes has ido
a perderte.
¿Quién eres, quién soy,
quién fui, dónde estuve?
¿Qué hice?
¿Fue todo un derroche?
¿Un mal sueño?
Despierto
y no te encuentro.
Suena mientras escribo: Time after time, Cindy Lauper.
Pasos adelante, pasos atrás
Hoy he hecho un viaje por una carretera que llamaría sinuosa si el adjetivo no se le quedara recto a la locura de curvas que la constituían y le daban esencia. Tremendo paisaje sobre el río Bibei, impresionante. Bonito pueblo al final de las eses, vueltas y revueltas. Llovía.
Mientras conducía escuchaba uno de mis discos favoritos, Tunnel of love de Bruce Springsteen. Una colección de canciones que me acompañan desde los dieciocho años, un curso del 91 –92 en Valladolid, que ahora, cuando regresa, lo hace mezclando recuerdos dulces y amargos. Entonces sí que todo era posible.
El disco no me recuerda aquellos tiempos. Si acaso, la foto de la portada, ese señor con un corbatín rockabilly apoyado en un cadillac blanco y un fondo de mar. Pero no las canciones, porque éste es prácticamente el único disco que no he dejado de escuchar con el mismo gusto en todos estos años.
Últimamente lo llevo en el coche. Canto las canciones, las escucho una y otra vez, obsesivamente, como hago casi todo, como si fuera un disco que me acabo de comprar. Algunas me ponen los pelos de punta siempre. Todas sin excepción me gustan. Y por temporadas, me siento más en unas o en otras. La de hoy era One step up.
Dice cosas como somos la misma triste historia, es un hecho, un paso adelante y dos atrás; soy la misma vieja historia, los mismos viejos actos; cuando me miro no veo al hombre que quise ser.
Hoy ha sido un día extraño, lleno de ansiedades y calmas alternativas, una mala noticia para empezar, una posible buena noticia casi al filo de la hora bruja, promesas de mejora, sentimientos al límite, tensión hasta el límite. A veces me pregunto dónde coño está mi límite. Si será tan flexible como parece. Si tal vez no llegará nunca. Si me derrumbaré cualquier día de éstos. Esto último no parece posible, aunque parece posible por momentos.
Entiendo bien la sensación que esta canción transmite, de incomprensión de uno mismo, de fracaso, un poco, de frustración por no poder hacer con tu vida lo que habrías deseado hacer.
También la sensación de que, si no te andas con ojo, puedes convertir tu vida en una absurda repetición sincopada de errores. Que es fácil meter la pata siempre por el mismo sitio.
Hoy creo haber aprendido que no he cambiado tanto. Que para llegar a ser la persona que quiero ser me falta todavía mucho camino por andar. Como dice mi amigo el Yunque, ningún lugar está demasiado lejos para el que no tiene mejor sitio adonde ir.
Bueno. Como siempre escribo sobre lo mismo, y esta vez amenaza con no ser distinto, mejor casi ya me callo.
Last night I dreamed I held you in my arms, the music was never ending, we danced as the evening sky faded to black. One step up and two steps back.
Me la he bajado con kazaa mientras escribía. Así que puedo decir sin mentir:
Suena mientras escribo: One step up, Bruce Springsteen marcando mojones en mi vida, ahora más que nunca.
Nowhere to go
Son las dos y media de la mañana, me pongo a escribir porque no me gusta dejar esto tanto tiempo abandonado. Me consta que no mucha gente lo echa de menos, pero no sé. Soy yo quien lo echa de menos. Basta con eso.
Siento que no tengo de qué hablar. He tenido tiempo y oportunidad de pensar mucho estos dos últimos días, y la he aprovechado, porque parece que soy capaz de cualquier cosa excepto de dejar la mente en blanco. Creo que sería capaz de flotar sobre el suelo si me lo propusiera, pero no pensar es imposible.
He dado vueltas, por ejemplo, a la frase de Horacio: "el que surca los mares cambia de cielo, pero no de alma". Ha sido al hilo de mi deseo de desaparecer del lugar en el que vivo, en el absurdo engaño de que los problemas al llegar al lugar de destino sean otros. Como si los problemas no te siguieran allí donde vas. El otro día me lo decía una amiga: creemos que el mal está en los demás, y lo más seguro es que lo llevemos dentro.
Son ganas de desprenderme de todas las rémoras, de los pesos, los lastres. Es enfermizo y malévolo considerar el amor de los que te quieren como un peso, pero así lo siento. Me agobian con sus atenciones y su dedicación, me dejan con una sensación angustiosa de falta de oxígeno, ven, toma, come aquí, duerme allá, haz esto, aquello, lo otro, lo de más allá, qué tal estás, cómo va todo.
Por dios. Dejadme en paz.
Después me siento desagradecida e hija de puta. Porque la vida me hace un regalo maravilloso, que es el apoyo incondicional de los míos, y yo me cago en él. Así que termino sintiéndome una mierda.
Sé que el deseo de irme no es más que ganas de huir. No tengo adónde ir, y no hay lugar donde esconderme de mí misma. Esto lo decían en el Proyecto Hombre, todas las mañanas se juntaban todos los toxicómanos en proceso de rehabilitación en el salón de actos y recitaban en voz alta "estamos aquí porque no tenemos ningún lugar donde escondernos de nosotros mismos". Gran verdad. Era "la filosofía". Los acompañantes ("seguimientos", nos llamaban) nos quedábamos fuera, esperando. Nosotros no teníamos dónde esconderlos a ellos, ni más remedio que esperar a que ellos decidieran comportarse. Qué recuerdos al hilo de no sé qué desvaríos.
Y sé que huyendo no se llega nunca a ningún sitio. Lo sé porque lo he visto y tengo bastante seso como para escarmentar en cabeza ajena. También sé que se vaya adonde se vaya, se acaba volviendo, y esto lo sé por experiencia propia. Sé que todo el campo abonado está dentro de mi cabeza, en mi corazón, y que todas mis herramientas las tengo en las manos porque son mis manos (mi patria en mis zapatos, mis manos son mi ejército, me cantan por ahí unos que entonces eran jóvenes).
Tengo la sensación de que soy una enorme posibilidad. De que de mí depende la conclusión de todas estas expectativas. Sólo de mí. Exclusivamente de mí. No sé, me siento perdida en el universo con un enorme saco de responsabilidad a la espalda.
Echo de menos cosas que nunca he tenido y que no conozco. Echo de menos un deseo irresistible.
Suena mientras escribo: Darkness on the edge of town, Bruce Springsteen.
Fin de algo
Esta etapa de cambios tremendos, de vértigo y miedo, de aislamiento y reserva, de reflexión y recuperación de fuerzas, está acabando. Lo percibo claramente, no sé en qué señales que me envía mi instinto. Puede ser en la incomodidad con que me revuelvo en este corto espacio. En la insatisfacción que me producen las relaciones sociales y también las familiares. En la sensación de permanente búsqueda. En el hambre y la sed.
Llevo unos días con ganas de dar carpetazo. Son unas ganas difusas, muy poco definidas, muy lenes. Ya no me llenan como me llenaban hasta hace poco los placeres pequeños, por ejemplo, los sucedáneos de entretenimientos que encontré en internet. El Tintero es el paradigma de lo que digo. Ya no tengo ganas. Ya no me hace ilusión pasarme toda la semana pensando en el tema. Lo hago cansinamente, por rutina. El resultado es que lo que escribo ya no gusta a la gente. Se nota que no me pongo en lo que hago, la falta de entusiasmo.
Me decía hace poco un buen amigo que la inercia es una buena fuerza para moverse si no tienes otra. Yo no estoy de acuerdo y no voy a estarlo. La inercia es una mierda de fuerza. Muy útil o muy aprovechable en algunas circunstancias, pero a mí me deja con una sensación de ansiedad, de inutilidad y de vacío que me exasperan y me deprimen. Yo necesito otra clase de motores. La rutina me destroza. Las costumbres me enervan. Los tedios pueden conmigo. No quiero una vida a medio gas. No quiero conformarme ni resignarme. A qué. A nada.
Tampoco soy, y lo sé, una persona enérgica. Encontrar el entusiasmo y la ilusión por las cosas dentro de mí es una tarea difícil. Soy escéptica por naturaleza, sé que los fuegos se apagan y los bríos se templan, que los torrentes se calman y las locuras acuerdan. Procuro mantener bien atados los excesos, procuro pastorear los sentimientos con el ojo vigilante de la razón, procuro controlar en la medida de lo posible hasta lo más incontrolable: la pasión.
Y creo que habitualmente lo consigo. Me dedico a analizar hasta el desvarío cada uno de mis actos, de mis pensamientos y de mis sentimientos, en busca de mis motivaciones, de mis deseos verdaderos, del motivo de mis procuras. Sigo sintiendo una angustia poderosa cuando me doy cuenta de que no sé qué quiero, no sé qué persigo, no sé que busco, no sé adónde voy.
Pero ha llegado el momento de ponerse en marcha.
Y claro. Tengo miedo.
Suena mientras escribo: Bird on a wire, Leonard Cohen.
Un regalo
A veces una llamada telefónica o una canción que alguien te recomienda son regalos como pequeños tesoros; en ellas va lo mejor de la persona.
En ese momento la persona, sea quien sea, ocupe en tu vida el lugar que ocupe, es enteramente tuya.
Cuando esto sucede, te das cuenta de que lo que es un tesoro precioso, un milagro de la vida, es poder contar con él o con ella entre las filas de los que están a tu lado.
Me resulta extraño hablar de tesoros y milagros, pero ocurre a veces que los términos precisos para lo que quieres decir son palabras que de otro modo nunca aparecerían en tu diccionario.
Suena mientras escribo: Trumpets, The Waterboys.
Pieles al sol. Frivolidades.
Resulta que es verano para todos. A más de un amigo he oído comentarios sobre los tirantes, los ombligos, los escotes... y es que esta época del año es malísima (o buenísima, según se mire) para la libido. No les falta razón.
Ellos pueden decirlo sin menoscabo de su dignidad. Nosotras, no tanto. Y no sé al resto de mujeres, pero a mí me pasa exactamente igual que a ellos. Lo que ocurre es que nosotras no podemos decirlo con la misma alegría y tono frívolo, porque quedamos fatal. Cosas de las desigualdades, que para eliminarlas aún nos faltan camino y ganas de recorrerlo.
Pasas al lado de las muchas y diversas obras: construcción de edificios, construcción del paso subterráneo en las vías del ferrocarril, ese tipo de cosas (esos señores siempre me recuerdan las canciones de Springsteen). Tipos tostados por el sol, rudos, musculosos y descamisados. Nosotras tenemos, por otra parte, la relativa suerte de que no son ombligos lo que se nos regala, no: son pectorales completos. Y otra, por añadidura, para quien considere eso una ventaja: la mayoría están dispuestos a mirarte como si fueras comestible.
Sólo quería dejar constancia de que los males veraniegos (o bienes, según se mire), son para todos, independientemente de sexo, edad u orientación sexual. Con la particularidad añadida de que nosotras tenemos más para ver (con el aumento de consecuencias que ello acarrea) y menos libertad para decirlo; cuestiones que provienen ambas de los mismos prejuicios... no hay mal que por bien no venga.
Suena mientras escribo: Working on the highway, Bruce Springsteen.





