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Carballo Torto
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Otro corto adiós

Me vuelvo a ir. A cerrar capítulos definitivamente y a descansar un poco de este entorno que por momentos se hace opresivo.

(Le echo la culpa al entorno y me quedo tan pancha, soy consciente.)

Hoy he salido sola. Un concierto aburrido (la gaita no es lo mío, aunque la música era alegre). Al acabar, un momento de duda. ¿Me voy a casa?

Me he ido a un bar que me gusta. Estaba prácticamente vacío. Me he sentado en la barra. He pedido una Guinness. Me sentía extraña allí, pero dueña de mí misma. De algún modo estaba donde quería y porque quería.

(Supongo que habrá quien piense que soy valiente y quien piense que patética; yo me siento bien, con matices, pero mentiría si dijera que no tengo miedo de terminar así, sola en la barra de un bar y borracha como un marinero.)

He conseguido tomarme la cerveza tranquilamente, no hablar sola (o hacerlo sin mover los labios) y no mirar a la puerta. La gente te respeta. A mí no me miró ni el ciego. También es cierto que el bar me gusta porque no conozco a la gente que lo frecuenta.

No he conseguido hacerlo sin fumar. Al tercer trago me he levantado, me he ido a la máquina de tabaco y he sacado un paquete de Chester. Llevaba unos días con ganas de hacerlo. Se peleaban dentro de mí la satisfacción imbécil de la rebeldía y el sentimiento de culpa. Ahora ya está hecho. No me alegro ni me flagelo. En la vida hay momentos para todo, supongo.

Hoy un buen amigo me ha dicho "Bienvenida al club de los que buscan su lugar en el mundo". Nos hemos reído de buena gana de la broma y le hemos sacado un poco de punta. "El que primero llegue que haga un plano para los demás".

No sé si hay un lugar para mí en el mundo. Si lo hay, en este momento no es éste. Tengo que vivir. Quiero vivir.

Suena mientras escribo: Something in the night, Bruce Springsteen.

 
Precisamente hoy, un homenaje

Treinta y uno.

Tal día como hoy, dentro más o menos de un par de horas, vine al mundo de culo, presagio (dicen) de buena suerte. Sí, si buena suerte significa llegar a los treinta y uno y estar viva. Sí, si buena suerte significa llegar a los treinta y uno y estar sana. Sí, si buena suerte significa llegar a los treinta y uno y no llorar a ningún muerto de los que duelen de verdad. Sí, si buena suerte significa llegar a los treinta y uno habiendo vivido y teniendo vida por delante y ganas.

Dentro del vientre de mi madre, una niña de diecinueve años, me dieron la vuelta con las manos. Eso dice ella. Dice tantas cosas. Dice que cuarenta puntos. Eso me lo creo.

Era una niña no muy grande, con mucho pelo negro y los ojos grandes. Me chupaba un puño. Lloré todas las noches durante dos años. Y aún me quedaron ganas de llorar para mucho tiempo.

(Ahora me cuesta. Supongo que siento que no tengo derecho, que hay que dejar sitio para los demás.)

Estoy contenta porque he podido celebrarlo y también porque podré celebrarlo con la familia. Estoy contenta porque veo que además de mí, hay mucha otra gente que se alegra de que esté viva. Es un gusto cuando pasa esto.

Presumo tanto de mi amor por la soledad (juro que no miento), pero es, probablemente, porque estoy tan acompañada, tan arropada, tan protegida.

Me siento tan querida.

No sé si lo merezco. Da igual. Lo agradezco más quizás por eso. No lo merezco y pese a eso, lo tengo.

Las personas son el mayor regalo de la vida. Yo tengo personas. No las voy a tener siempre.

Este año la vida me ha enseñado (la teoría la conocía, faltaba la práctica) que a veces todo cambia en un segundo. Que lo iba a ser un fin de semana de asueto y fiesta se puede convertir en un entierro bajo la lluvia. Que todo el patrimonio con el que cuentas es el momento presente.

Este año murió José, que no era apenas nadie en mi vida, largo, largo de explicar. Hoy su hermano hablaba de él casi, casi como si estuviera vivo. "Si él tuviera que vivir ahora con mis padres", decía.

Es difícil despedirse de las personas. Es difícil morir. Pocas cosas hay más fáciles en esta vida que cumplir años sin pensar demasiado en ello.

Cumplo treinta y uno. Mañana José habría cumplido treinta y dos y no los cumplirá. Con sus ojos azules y su enorme nariz y su aspecto de dandy indolente y su pelo largo y su calva.

No me siento culpable. La vida es así. A veces pasa que una mala rueda y tu camión se va por un barranco. Y gente que no sabías que te quería te echa de menos.

Gracias a todos por estar ahí. A los que leen esto y a los que no. A los que hoy se acordarán de felicitarme y a los que no. A los que piensan en mí sin darse cuenta de que lo hacen, a los que me tienen conscientemente en sus pensamientos. A los que me mandarán mañana, pasado, el otro, un mensaje. A los que se alegran de que yo esté viva.

Fiesta, que es mi cumpleaños.

Suena mientras escribo: Don't fall apart on me tonight, Bob Dylan.

 
Nada nuevo bajo el sol

Decía André Gide (y reconoceré que esta frase es lo único que le he leído, cosa por otra parte vergonzosa) que todo está ya dicho, pero como nadie escucha, hay que volver a empezar siempre.

A veces todo parece funcionar. Me gustaría pensar que sólo de mí depende todo lo que me pase, pero sé que no es cierto. O temo que no lo sea.

Las cosas son de una manera. Las cosas son como son.

No aceptar una realidad diáfana es como empeñarse en darse de cabezazos contra las paredes. Las paredes están muy bien como están y mi cabeza, salvando momentos puntuales, también.

Me gustan las versiones raras de canciones que siempre me han gustado (valga la redundancia, pero no se me ocurre mejor forma de decirlo). Formas distintas de ver las mismas realidades, de cantar los mismos sentimientos. En eso consiste; por eso la vida de los demás no es un completo, absurdo aburrimiento (aunque a veces lo es). Porque viven lo mismo de otra forma, y las jugadas les salen distintas.

Por eso nos pasamos la vida jugando ajedreces, muses y tutes, jugándonos el corazón sin red y viendo carreras de ciclismo en pista.

Porque todo es lo mismo y no es lo mismo. Y todo se repite hasta el infinito y al mismo tiempo la vida es nueva siempre, a estrenar. Cada lágrima es nueva, cada sol es fresco, cada amanecer es un comienzo, cada esperanza y cada fracaso son la primera esperanza y el primer fracaso.

Viviendo así, se puede vivir. De la otra forma, también, pero se vive peor. Cuenta el número de vidas que te son dadas y decide el modo de afrontarlas.

Hoy me decía mi hermana que es difícil llegar a los cincuenta y pico siendo feliz. Entendí por qué lo decía, pero no quise estar de acuerdo. Le contesté "la vida es dura para todos: unos llegan felices y otros, no; es cuestión de pensar correctamente".

Y así quiero que sea.

Suena mientras escribo: Can't help falling in love, Bob Dylan


 
Es tarde...

Hablábamos a veces de esculpir arrugas de vejez y otras entelequias. Hablábamos de la belleza de crear ausencias y de constituir leyendas.

El fuego crepitaba en largas, hondas y placenteras conversaciones que no tenían fin. Se creó un buen ambiente, por obra y gracia del puro gusto personal, y eso son instantes de perfecta belleza que no hay que dejar escapar.

Tampoco hay que dejar que caigan en el olvido. La vida, el camino, están llenos de pequeños tesoros que pasan desapercibidos y que se valoran al perderse. Yo gusto de valorar mis pequeños tesoros en el fugaz, frágil presente. Nunca esa valoración es la misma que la que se siente en la retrospección. Cosas de la nostalgia, supongo.

Cuando lo que no se sabe si se desea se tiene al alcance de la mano y no se coge, entonces es que se disfruta más del deseo que de la consumación.

La insatisfacción puede ser un dulce tormento.

Suena mientras escribo: Lucía, Rosario Flores.

 
Ahora sí estoy de vuelta (hasta que me vuelva a ir)
Estrellas clavadas en el cielo y un martillo tatuado en la piel en un fotograma perdido y encontrado en una de tantas ventanas (abiertas a otros mundos, otras vidas, otras formas de colocar las letras unas detrás de otras desde el alma hasta los ojos de los demás).

Suena una música que en otra parte del mundo alguien compuso y cantó sin pensar ni un solo segundo en ti, en tus oídos ni en tus altavoces azules robados.

O tal vez sí, porque todo lo que se hace para que otro lo disfrute se hace pensando en el otro. En uno o en cuarenta millones.

O tal vez no, porque todo lo que se hace por el placer de hacerlo sin más consideraciones es lo que más hace disfrutar al otro.

Si siendo yo tú disfrutas, qué mayor placer que ser.

Si haciendo yo tú te realizas, qué mayor plenitud que hacer.

Y a qué preocuparse por lo que el que lee, el que observa o el que escucha pueda sentir.

Así pues, estrellas horadadas en el cielo y un martillo clavado en una piel blanca como un tatuaje, o flores azules que piso al caminar, o un dolor sordo, uno más, en un tendón como podría ser en algún remoto órgano.

Un queso huele mal en la nevera, las sandalias, las botas, los calcetines y los pantalones esperan indiferentes apiñados en las maletas por deshacer, todo sigue igual, día a día pasan los días y siempre (siempre) llega el final de todo.

Finales para la reina de la paciencia desesperada, los verdes que sangran, los árboles que arden, la imaginación que se desgaja de la voluntad.

Suena un banjo. Primario instrumento.

Leer, escuchar música, dormir, esperar, telefonear, desear.

Teclear.

Pasear, mirar, conversar, casi llorar, no llorar, beber, comer.

Fin de las vacaciones. Fin de los procesos susceptibles de tener un fin.

Fines, principios.

Filosofía de todo a cien. Precio de salida, una palabra al portador.

Silencios debajo de las losas, de las mantas, de los insomnios, de la leña para la cocina.

Verano con lluvia, nubes, viento y frío, moras de agosto, erizos verdes de castaños y moscas locas en las ventanas.

Alguien ha robado El Grito de Munch. Me pregunto si ahora existe el cuadro, qué voy a hacer con mis libros de arte si no puedo ver el grito nunca más, salvo en fotografía. Si nunca pude verlo, salvo en fotografía, y ahora menos que nunca. Qué es de un cuadro que desaparece. Dónde van las cosas que se pierden. ¿Siguen existiendo? ¿Podemos contar con ellas como si existieran? ¿Debemos decir "un día existió un cuadro pero alguien lo robó y ya no existe"?



¿Colgarías de la pared de tu cuarto un póster del Coloso de Rodas? ¿El cuadro que venden en Ikea de Nueva York del tiempo en que existían las Torres Gemelas?

No sé. Digamos, entonces, estrellas pintadas en el cielo, martillos tatuados, filos cortantes de pensamientos sin destinatario, añoranzas, niños que cantan, niños que cumplen años, adultos perdidos que cumplen años, tiempos que pasan, enumeraciones sin fin. Si no fuera porque todo tiene fin. Que no finalidad.

Filosofía de todo a cien. Quién da más.

Suena mientras escribo: Keep on the sunny side, The Whites.

 
Suelo

Una vez escribí una frase tonta, ("... y todo es lo mismo y no es lo mismo"), tonta donde las haya, pero junto a dos o tres de sus hermanas se me ha quedado enganchada a los recuerdos, y vuelve de vez en cuando como una letanía... creo que lo escribí yo, vamos: vuelve con tan pertinaz insistencia, aunque sea una frase tonta, que ya dudo si no será de algún escritor de verdad y no estaré yo soñando glorias...

Hoy estoy aquí otra vez, en casa, en un vaivén que hace menos monótonas las vacaciones, es lo bueno (o lo malo) de tener el lugar de descanso tan cerca del de residencia, y lo bueno (o lo malo) de que te llamen una mañana para cambiarte la cita con el especialista de turno. Luego pides que te pongan la cita para más pronto y "no es posible".

Hay cosas peores.

Y hoy, mira por dónde, quiero escribir sublime y sólo se me ocurren mezquindades y pequeñeces relacionadas con mis malolientes problemas diarios, que tienen, menos mal, una fecha de caducidad más o menos definida. Sólo que me estoy esperando verlos crecer, crecerán, alcanzarán un punto álgido y luego desaparecerán para siempre, supongo. Espero.

Decía que quiero escribir sublime ("escribir, por ejemplo, la noche está embrujada y tiritan, azules...") y no puedo. Pienso en cuentas de banco e hipotecas, en números rojos y exigencias asombrosas, pienso en mi ex y su señora (qué asco, qué prosaico, qué vomitivamente vulgar), pienso en futuros desdibujados y presentes vertiginosos, y me olvido de ser poética y platónica. Mira que me jode.

Hoy se queda así.

Suena mientras escribo: Open, Mike Scott.

 
Fin del descanso

Vuelvo de las cortas vacaciones con varios sentimientos mezclados.

Por una parte, alivio, porque hacía tiempo que necesitaba un alejamiento de la parte más activa de mi vida social, de ésa que se produce casi exclusivamente a través de la pantalla de un (de este) ordenador. Este conectar (¿he dicho "conectar"? sí, he dicho "conectar") con personas de carne y hueso y olvidar por un momento, por unas horas, que soy homo internauta (corrijan la declinación los expertos en latines, de haberlos entre la concurrencia) me ha hecho mucho bien. También necesitaba alejarme de la presencia constante, ávida y persistente de mi familia, tan solícita, tan adorable y tan asfixiante, a veces.

Por otra parte, hartazgo del roce con otras personas, y constatación de lo de siempre: nado contra corriente, busco otras cosas, tengo otros gustos, otros objetivos, diferentes metas. Y me siento como un bicho raro, incomprendida como una adolescente con acné e imposibilitada para camuflarme del todo en un mundo por completo hostil y lejano.

(Esto por no mencionar mi absoluto y descarnado asombro ante las miles de situaciones dantescas, delirantes, que se producen entre las personas que se rozan sin conocerse, que se conocen sin quererse, que se quieren sin respetarse o que sencillamente van por la vida junto a otro pero a cientos de kilómetros del otro; me encuentro, después de meses, años, sin apenas contacto con el amplio mar de incógnitas que son Los Demás, con un mundo que me cuesta mucho asimilar, unas situaciones en las que me esfuerzo en vano por no desentonar, un grupo de gente dentro del cual intento sin resultados aparentes hacerme un hueco, a codazos, a besos, a sonrisas o por inercia, no sé bien... ni sé bien para qué... y no sé si soy yo, que siento que he vivido más que ellos, que tengo más cabeza o más corazón que ellos; que vivo en un mundo diferente al de ellos, que siento placer por otra música, otras letras, otros sentimientos, otras formas de hacer las cosas, que no logro sentirme como ellos o entre ellos por más que me esfuerzo, o tal vez no me esfuerzo lo bastante, que les veo de lejos y les entiendo o les conozco tan bien sin apenas conocerlos que jamás podrían entenderlo y mucho menos aceptarlo. O si son ellos, que están lejos de mí porque han crecido en un mundo y vivido unas vidas que nada tienen que ver con los míos, que tienen unas aspiraciones diferentes, que me tratan con una condescendencia que me desconcierta, como si creyeran tener entre sus manos unas certezas que a mí me faltan, como si tuvieran que salvarme de algo, como si me estuvieran haciendo un gran favor, ellos, que ni siquiera me llaman por mi nombre —me llaman "Ra"... ¿Ra?... ¿qué es eso? ¿por qué respondo?—, que tienen, no sé, sus horizontes en otro sitio. Cómo saberlo.)

En tercer lugar, el mar. Agresivo y peligroso, azul y blanco, interminable, con su olor y su viento y su lluvia, con su arena y su sal. El mar de siempre, ay. Nada que decir que no se haya dicho cientos de veces, incluso nada que decir que no haya intentado yo misma decir sin éxito algunos cientos de veces también. Sólo el mar, pues. Me revolcó una ola y me asustó. A veces te das cuenta de que puedes morir. El mar no es un sentimiento. Pero sí lo es.

(Hay personas en este grupo con el que he ido de vacaciones que tienen una curiosa costumbre gramatical, supongo que estará de moda entre la gente de esa edad —una inquietante media de veinte años, pero lo contenido en el paréntesis anterior hablaba de los otros, de los mayores, un par de años menos que yo pero tan lejos, tan lejos de mí— que es hacer el superlativo con los sustantivos, de modo que una tormenta grandísima les queda más o menos como una tormentísima; curioso. Tiene una fuerza expresiva muy interesante.)

En fin. Al llegar a dormir aquí he encendido el ordenador, una ventana con el mundo que al cabo me gusta mucho más porque me proporciona la más grande de las ventajas, que es que se apaga cuando quiero y me deja tranquila, y he mirado por ahí. He estado leyendo otros blogs, y aunque no suelo hacerlo (de hecho ésta va a ser la primera vez, y no creo que me acostumbre) os voy a enlazar aquí una bitácora de una mujer que escribe que te mueres, al menos para mi gusto. Leyendo su post titulado "Sin flores esta vez" he llorado un par de veces, y creo que merece la pena. No llorar, claro, sino leerlo. Me gustaría añadir que me ha gustado por caótico y aparentemente descentrado, por puro y bueno, porque me he visto identificada, aludida y explicada, por el corazón que esconde, por lo bien que transmite y porque no he sentido que me habría gustado escribirlo a mí: me ha gustado ver que lo escribía ella, no sé por qué. Es rara en mí esa ausencia absoluta de envidia, y me gusta, por inusual.

Y ahora llevo ya un buen rato pensando que debo irme a dormir. Estos días con esta gente no todo han sido extrañezas y lejanías. También he salido por ahí, también he bromeado, he hecho chistes verdes e intrascendentes y me he reído mucho, también he pasado noches en claro. Así que tengo sueño y siento que debo descansar.

Suena mientras escribo: Negra noche, Joaquín Sabina.

 
Descanso

Quiero que vuelva el invierno. No sé si es porque lleva dos días lloviendo y echo de menos el frío de verdad, porque algo tiene el gris de noviembre que me hace preferirlo. Tal vez se trate de las consabidas ganas de huir del presente. O ganas de que acabe esto (¿esto? ¿qué esto? ¿cuál de todos los éstos?).

Es pura insatisfacción. Vira a angustia en los atardeceres largos, sobre todo si ese día he cedido a mis más íntimos deseos y he huido de la compañía humana. Hoy fue uno de esos días: después de comer me tumbé en la cama y escuché en soledad un disco cualquiera, bastante triste en general. Acabé (por fin, os alegraréis, supongo) de leer la apología de la soledad y la libertad que ha escrito Gao Xingjian para librarse de sus fantasmas (dudo que con éxito) y me dediqué a dar rienda suelta a mi inmensa capacidad para hundirme en la tristeza.

Como era de esperar, mi hermana me encontró llorando como una niña a las nueve de la noche. No supo consolarme, porque, ¿sabéis?, ella está deseando que lo llore todo de una vez. Decía "no te sientas mal, tienes razones para llorar".

Y es cierto y no.

Bueno. El caso es que una noche en casa de descanso de las vacaciones camino a otra parte de las vacaciones es una excusa tan buena como cualquier otra para dejar aquí un poco de mi veraniega, ajena, contradictoria y protestona persona.

Suena mientras escribo: Lonesome day, Bruce Springsteen.

 
Vacaciones

Llega el momento de cerrar el chiringuito por descanso, respiro del personal, alejamiento de las rutinas o relajación de las costumbres. Lo veo venir desde hace días, así que es un poco inútil alargarlo más.

(Me pregunto cuánto deben durar las despedidas. Si ves que algo se acaba y conoces la fecha de final, durante cuánto tiempo te vas a estar despidiendo.)

Odio despedirme. No son más que vacaciones, pero al mismo tiempo es como cerrar suavemente una puerta que no sabes si volverás a abrir. Porque la vida da muchas vueltas y nosotros giramos con ella, interminablemente.

Resumiendo: me voy de vacaciones y me comporto (y me siento) como si me fuera a la guerra y no supiera cuándo voy a volver, ni en qué circunstancias ni en qué condiciones. Porque nada es lo que parece, nada está bajo mi control, nada está cerrado ni decidido, sigo en el mismo punto de desorientación y desconocimiento y todo está en el aire.

Algo habrá también de mi tendencia a hacer drama de todo o de mi manifiesta incapacidad para hacer las cosas del modo más sencillo de los posibles.

Me consta que no podré evitar acercarme al ordenador en el tiempo que dure este paréntesis, y hasta sospecho que no podré evitar dejar algún recado, algún destello de presencia. Pero intentaré no hacerlo. Intentaré alejarme un poco de todo esto, a ver si así me acerco a mí. De una vez.

Lo que no voy a hacer es dejar de escribir. A mano, pero lo haré. Eso, al menos, lo haré.

Suena mientras escribo: I shall be released, Bob Dylan.

 
Algo bueno

Siempre es posible, siempre, hacer un buen balance. Es un modo de ver la vida, y yo he optado por él.

(Quiero sentir la alegría del olvido, al andar descubrir la maravilla: el sonido de mis propios pasos en la gravilla.)

Una nueva enumeración apresurada antes de irme a dormir: el sol, la tormenta, la comida, los amigos, el regreso, los helechos, los erizos verdes de los castaños, el cariño de los tuyos, la esperanza, la cerveza, el aguardiente de hierbas, las costillas para la cena, la música.

Abres la página y dices "por favor, por favor, que sea algo bueno". Algo bueno para ti, hoy. Es fácil. Estoy bien. Todo está bien. Voy a estar bien. Todo va a ir bien. No quiero dolor, ni culpa, ni angustia.

Claro que sé cuánto valgo. Por eso doy lo que tengo.

Suena mientras escribo: La estatua del jardín botánico, Radio Futura.

 
Everything is gonna be alright

Y es todo.

El monte arde, agosto pasa, los amigos hacen compañía y ofrecen apoyo y sustentan sin saberlo, las ausencias pesan, las risas se contagian, el sol se pone sobre el calor y deja paso al rocío de la noche, los planes brillan en el próximo recodo del camino y no en el horizonte, como antes.

Sigue habiendo sentimientos que están ahí como siempre, inmóviles, calcificados, como el miedo. Dices que no existe el valor, amiga. Y yo te digo que para mí cada paso es un triunfo sobre el miedo, y eso es valor. Y si no lo es, así lo llamo yo, al menos. Y me basta con eso. Necesito mirarme a mí misma y pensar que lo tengo, o que con eso sustituyo su falta.

Hay una frase de Radio Futura que me ha gustado mucho siempre: la cosa pierde color cuando la piensas dos veces, y más dispuesto pareces a pensar en lo peor. Por eso intento meter mi vida en un paréntesis que dure hasta el principio de Septiembre y pensar lo menos posible. Para que los planes y los deseos sigan teniendo el mismo color cuando por fin pueda ponerme manos a la obra.

Suena mientras escribo: Flamenco sketches (alternate take), Miles Davis.

 
Por eso es bueno que la razón no duerma

El sueño de la razón, dijo un genio y va para siglo y pico, produce monstruos. La razón es la gobernanta del hogar, el ama de llaves. Controla los excesos de los sentimientos y de los deseos y pone pautas, pone límites.

Esta mañana leía a Gao Xinjiang (ya lo estoy acabando y cesará la tortura, la vuestra con respecto a mis comentarios, digo). Hablaba de un personaje, una mujer, y decía "sus luchas, como las de todos: las que enfrentan la libertad a los límites". Yo me pregunté entonces (por eso es bueno este libro para mí, porque me hace preguntarme y me hace pensar) si tanta libertad es deseable, si los límites no serán más beneficiosos de lo que nuestra ansiedad nos susurra al oído.

A veces es excesivo el número de límites, pero realmente el sueño de la razón produce monstruos. Por eso es bueno que la razón no duerma. Siempre tiene el pastor que vigilar el rebaño, así sea someramente, con un ojo abierto y otro cerrado, fingiendo hacer otra cosa, teniendo su verdadera atención puesta en otro lugar, como sea.

Exceso de deseos, exceso de expectativas, exceso de ansias que no provocan, al cabo, más que infelicidad. Es bueno, deseable, aconsejable, un ojo vigilante que mantenga un nivel razonable de realidad en toda la tremenda, inmensa, presión de los sueños. No hay nada de malo en eso.

Supongo.

Suena mientras escribo: Desire, Café del Mar.