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Carballo Torto
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Extraño mundo

Encontrar el camino de regreso.

Borrar las huellas en la arena.

Rellenar los huecos de vacío.

Soplar las llamas.

Tocar con la punta de los dedos.

Bajar las persianas de las pestañas.

Saberte blanco como el hielo.

Tocar la trompeta de la soledad.

Bañar en espuma.

Mirar la nieve.

Rasgar la superficie del mar.

...

Luz de luciérnaga.

Vuelo de murciélago.

Sonrisa de niño.

Miedo de perro.

...

Ayer en Argentina un chaval de quince años mató a tiros a tres de sus compañeros de clase e hirió a otros más. Qué pasa por la mente de un niño antes de hacer algo así. Quién no ha tenido al asesino en la punta de la lengua. Dónde está el límite, la raya que no se cruza o se cruza.

¿Es la sociedad la que desdibuja el trazo de palote que separa el bien del mal?

...

Un anuncio publicitario muestra una joven mirándose la cara en el espejo. Después de un rato, un rótulo blanco sobre negro dice "mientras alguna gente se mira al espejo, tantos miles mueren de hambre".

¿De verdad creen que van a conseguir algo insultándome?

...

Deberían ponerle un cartel a los coches: "Conducir puede matar".

Otro en los andamios: "Trabajar puede matar".

Otro en las ametralladoras: "Dispara con moderación. Es tu responsabilidad".

...

Extraño mundo, éste.

...

Suena mientras escribo: Take me back, Van Morrison. La música es mágica. Sonaba esta canción cuando acabé de escribir. Es la primera vez que la escucho en mi vida. Busco la letra. La leo. Y entonces a veces pienso que el mundo es extraño y tiene un extraño y perfecto funcionamiento. Pese a todo.

 
Saint-Exupéry
Esta mañana he leído El Principito. De todas las ideas aprovechables que contiene, hoy me quedo con una:

"—Sí salgo ganando—dijo el zorro, —por el color del trigo. "

El color del trigo que siempre recordará al zorro el cabello dorado del Principito. El trigo que antes no interesaba al zorro (porque no come pan) cobra una importancia nueva después del Principito.

Significa que el dolor merece la pena. Que vivir, amar, domesticar a otro o ser domesticado ("domesticar significa crear lazos") merece el dolor de la pérdida.

Cuando estableces un vínculo con otra persona o con un objeto, esa persona o ese objeto se despegan, destacándose del resto de miles de personas y de objetos que en apariencia son iguales a él. En el momento en que tu influencia o tu mirada dan relieve a la persona o al objeto, éste se convierte en único. La posibilidad de su pérdida lo hace aún más digno de amor. El hecho verdadero de la pérdida no le resta su importancia ni su peso.

Tengo muchos domesticados y he sido domesticada muchas veces. Me domestican a diario. Y nunca me había gustado la idea hasta hoy.

Y, ahora que lo pienso, la foto que adorna mi escritorio probablemente es el lugar donde apareció el Principito en la Tierra, y luego desapareció.

Suena mientras escribo: Balada en sol menor, opus 23, Frederic Chopin.

 
Sabiduría, supongo

Él sabe; los demás intentamos aprender.

Suena mientras escribo: Just like a woman, Bob Dylan.

 
Me da un poco de vergüenza pero es lo que hay: pereza

Son pequeñas rutinas que casi siempre conducen a un invariable no hacer nada. A un dejar que las horas escapen ante mis ojos, que los miembros laxos no tomen, un día más, ninguna decisión. Me siento, observo la pantalla, coloco los dedos sobre el teclado, abro la carpeta de música, elijo lo que en ese momento deseo escuchar, deambulo por otros mundos, huyendo del mío. Yo, que presumo de no huir, no hago otra cosa, en realidad. Terror a las responsabilidades, desapego, anemia espiritual. Como chocolate mientras el desorden se apodera de cada rincón de mi existencia, fumo ducados, no debí hacerlo pero es un hecho, y lucho inútilmente contra el sentimiento de culpa y la sensación de impotencia.

Decido cómo me siento, algunos días es bien y otros es mal, sin que ninguna de las dos decisiones obedezca a un verdadero estado de ánimo o sea consecuencia de ninguna novedad en mi vida. Parece que el cuerpo se negara a ponerse en marcha mientras el alma (curiosa palabra en boca de un ateo) no encuentra la voluntad necesaria para darle al contacto.

Hoy veía una película mala en televisión. Frases tontas con poco o ningún sentido, dichas con poca o ninguna intención me hacen suspender la atención de la pantalla y quedarme dentro de mí misma observando cómo reaccionan. La de hoy es "tengo el deber de ayudarte a ser lo que seas capaz de ser". El otro personaje preguntaba "¿Y qué soy capaz de ser?".

¿Qué soy capaz de ser? Hasta el momento he demostrado poco más que la capacidad de vegetar satisfactoriamente. Tal vez soy capaz de plasmar con un poco más de eficiencia que la media un pensamiento, es posible que sea capaz de crear con moderado éxito pensamientos casi propios, pero son capacidades que necesitan un uso para arraigar. Un uso y una finalidad, probablemente. Y ni tengo finalidad ni le doy uso, salvo para malescribir este blog y sobrevivir apenas en el Tintero.

Se me imponen al pensamiento términos como disciplina y voluntad. Y estos conceptos me provocan instantáneamente sentimientos cuya mejor expresión es pereza. Veo por la ventana salir el sol y volver a ponerse. Ejecuto de forma automática los movimientos necesarios para arrastrar mi desgana desde el amanecer hasta el ocaso con el menor gasto de energía posible.

Suena mientras escribo: Por amor al comercio, Esclarecidos.

 
Sin redención

"Un pozo que ahondas cada vez más en busca de las causas". El amigo que me dijo esto, experto en soltarme verdades como hostias en plena cara, tenía más razón de la que quise darle. Como casi siempre.

A veces ocurre eso. Que ves la verdad y no sabes qué hacer con ella. Que la clarividencia, la lucidez, a veces ciegan, o paralizan.

De los pozos se sale escalando, no excavando. Si hay que buscar valor, buscaré valor. Si tengo una meta, caminaré hasta atravesarla, y después buscaré otra.

Ya sé, ya sé. Es lo de siempre.

Pero hoy hay magia en el aire. Hoy parece que las estrellas brillan de otro modo detrás de la persiana bajada, lo siento. Tal vez mañana llueva, el otoño está aquí, cumpliendo escrupulosamente sus ciclos, y yo estoy viva para verlo, y soy el receptáculo de toda esa belleza, de la magnífica perfección. Está claro que nunca seremos héroes, pero qué otra cosa podemos hacer ahora.

Hay una tierra prometida, me la prometí hace años y no hace tanto tiempo, con ilusión, ganas o esperanza, emprendí la búsqueda. No debo olvidar que sigo en ella. Todo lo que busco existe. He visto lo bastante como para saber al menos eso.

Y ya no hay marcha atrás.

Suena mientras escribo: Thunder Road, Bruce Springsteen.

 
Estoy
Hojeo un periódico de la semana pasada en busca de un tema del que me interese hablar: llevo un buen rato queriendo irme a dormir y no permitiéndomelo porque no me gusta marcharme sin dejar aquí un rastro. Que ésta sea la única disciplina que me impongo por el momento. Pero ya que lo es, intentaré ser fiel a ella.

Veo una frase rescatada de una entrevista a un escritor (un tal Amos Oz, israelí, no lo conozco de nada). La frase, que no es excepcionalmente brillante, sin embargo me dice algo: "La única manera de mantener vivos los sueños es no llegar nunca a realizarlos".

Así se me mueran todos, uno por uno. Cosas veredes.

(Este señor también dice que el conflicto entre árabes y judíos es un enfrentamiento entre dos víctimas de Europa... no te jode... el mundo entero es una inmensa víctima de Europa... si nos ponemos así, hasta Europa.)

Bueno, ya me puedo ir.

Suena mientras escribo: Card Carrin' Fool, Randy Travis.

 
Para el Yunque. Tiempo.

Y ¿qué futuro no es perfecto? ¿Queda algún incauto que crea que el futuro existe?

¿Queda alguno que piense que hay tiempo? Que el tiempo es un valor objetivo mensurable, asible. Me gustaría saber si alguien piensa que tenemos tiempo, tiempo que perder o que ganar. Tiempo que gastar o que acumular con el polvo en el fondo de los armarios que no llenamos de nada.

Detenernos un instante sólo para mirar alrededor, tal vez sólo para observar el paso de las agujas por el mismo lugar una y otra vez... tal vez el mayor regalo de la vida es la opción impagable de perder las oportunidades, de decir adiós a las opciones, de vivir sin eternidad, sin plazos.

Qué son las experiencias, qué, para qué sirven, dónde está el futuro si el final es tan probable, tan incierto. El hombre no sólo es mortal. Lo verdaderamente aterrador es que es mortal de repente. Quién puede, quién tiene derecho, quién se siente con valor suficiente para hacer un plan, miserable plan a corto plazo.

¿Qué vas a hacer mañana?

Pero los hacemos porque es el modo de luchar contra la muerte. Viviendo sin más. Viviendo pese a todo.

Suena mientras escribo: Lacrimosa, de Requiem for my friend de Zbigniew Preisner.

 
Búsquedas

Busco por ahí alguna inspiración y encuentro una mujer que busca. Encontrar alguien que busca es un buen hallazgo para una búsqueda. No me importa lo que busca. Me importa que busque.

Si por pedir que no quede, a mí me gustaría encontrar a alguien que no tuviera miedo. Como eso no es posible, porque el miedo es el truco para mantenerse vivos, me gustaría dar con alguien que no tuviera miedo de mí.

De mis palabras, de mi calor o de mi miedo. De mis búsquedas o de mis silencios. De mis pequeñas traiciones. De mis ignorancias o de mis ausencias. De mi libertad o de mi ansia. De mi desasosiego.

Si esto no es posible. Porque no lo es. Me lo han dicho más de una vez. Das miedo.

Doy miedo.

Bu.

Suena mientras escribo: Peces de ciudad, Ana Belén.

 
Desvaríos para despertar la voluntad dormida

No hay secretos ni tormentas, nada que me hiera, no hay sangre ni espadas frías pendiendo sobre mí.

No es tiempo lo que me falta, ni tal vez oportunidades.

Mares de broza o arenales calientes.

Pies, para qué os quiero.

Escribir, colocar los dedos sobre el teclado y cerrar los ojos, no pensar. Dedicar horas, horas al esfuerzo, a cualquier esfuerzo.

Aprender (otra vez) a sudar la camiseta, recobrar (otra vez) la fe.

Como siempre, lo que más cuesta es dar el primer paso. Abrir la primera ventana. Enjugar la primera lágrima. Compartir el primer abrazo. Salvar el primer abismo.

Dormir el primer sueño.

Despertar la primera mañana.

Suena mientras escribo: All that heaven will allow, Bruce Springsteen.

 
De la tierna y astuta fugacidad de la existencia
No sé, supongo que a veces es una espina de cactus, el morado de un vaso, la torre de naipes que tiembla en el impulso de un sueño, ganas de juntar palabras que no dicen nada o la libertad. Cuestión de caracteres, de coraje, al fin, o tal vez siempre ojalá.

O nostalgia, o silencio o ausencia. O versos sin poesía o poesía sin fin o metáforas sin fundamento o perejil, sin pausas, sin luz ni noche, sin sueño ni ganas, sin ganas. Dedicatorias escondidas, palabras que nadie escucha, que nadie pronuncia, delicadas torturas de secreto.

Como me gustaría hablar de la música que me dice lo que me dice sin yo saber ni poder ni tal vez querer siquiera interpretarlo, o es posible que la razón me esté abandonando o quién sabe si alguna vez caminó conmigo, si te digo que no es así, ¿me creerías?

Y las palabras de siempre, como nubes o ríos o amistad, o te echo de menos o camina conmigo.

Si alguien me dijera alguna vez justo lo que deseo escuchar, lo que espero o lo que siento que necesito sin saberlo, saber, no saber.

Y sé que el miedo no es cierto, porque nunca he tenido miedo y lo sé, y sé que el miedo es el más cobarde de los sentimientos, y no da la cara aunque se muera de ganas, en realidad las posibilidades están abiertas siempre, es un hecho.

Trompetas, violines, la voz humana pintando palabras y mis letras cayendo como siempre en la blandura, en lo fofo, en lo soso y sin vida, en lo mil veces leído, pensado, dicho, no te conozco, no te entiendo, pero eres yo y es lo que hay.

A golpes de guitarra o de piano y a trompicones. A través de cristales sucios de polvo y pintura (frente a paredes blancas) de este lado de la ventana a espaldas de la cual ocurre el mundo sin que a mí.

Y ¿sabes? hay gente que vive y muere pese a todo. Un planeta que gira haciendo días y noches, veranos o inviernos que acaban y se sucecen, personas que se levantan cuando tú te acuestas, gente que sufre mientras ríes, en el punto contrario al que miran tus ojos ocurren vidas todos los días, suceden sentimientos, lo ya visto, lo nunca visto, una vez, mil veces, desde que el primer hombre, la primera mujer, pusieron el primer nombre a la primera cosa. Luego lo llamaron Adán.

Todo era así cuando nacimos. Todo seguirá siendo así mañana, o pasado mañana; la vida, es la vida, paneles de madera, tejados de pizarra, manojos de hierba, perfumes, merluza a la romana, bicicletas, flores, flores también.

Es tan fácil vivir. Tan fugaz. Dónde, dónde está lo importante. Quién lo entiende. Viejas esclavitudes, perennes miserias, turbias soledades, y luz, y sonrisas y una copa con los amigos, una llamada telefónica a tiempo de salvarte del naufragio definitivo o saber, saber, que alguien piensa en ti en algún momento, que alguien agradece, agradece, espera, desea, ama.

Es todo.

(Somos lo que nos vamos).

Suena mientras escribo: La canción de las noches perdidas, Joaquín Sabina.
 
I'm back, I think

Esta noche he soñado que mi vecina me enseñaba su casa. En el piso sobre el mío vive una pareja. Nunca he hablado con ellos. Los saludo cuando me los encuentro por las escaleras, sonreímos pero no hablamos porque son portugueses. La excusa es pobre, con el gallego esas diferencias no son difíciles de solventar. Supongo que ninguno somos excesivamente sociables. A veces, cuando paso por el portal, ella está sentada en las escaleras con una amiga suya, hablan de sus cosas. Parece una mujer agradable. Tienen un hijo, pero no vive con ellos. Supongo que vive en Portugal, pero no lo sé.

En mi sueño la mujer hablaba español, o bueno, al menos la entendía. Me enseñaba su casa, la habitación donde dormía su marido y la suya. Me contaba que ella trabajaba por la noche y que llegaba a casa al amanecer, y yo recordaba con sentimiento de culpa todas las veces que he puesto música por las mañanas, temiendo haberla molestado. (Naturalmente, no trabaja por la noche, no creo que lo haga, al menos.)

Son extraños los sueños. Hace poco me comentaba un buen amigo que le extraña y le disgusta no poder controlar lo que sueña. Me pregunto por qué motivo he soñado esta noche con esta mujer, con su casa sobre la mía, tan cerca que les oigo barrer, caminar y tirar de la cadena, y al mismo tiempo tan lejos, una casa en la que probablemente nunca entraré.

Supongo que la mente, en la (siempre relativa) libertad del sueño, se dedica a vagar caminos que en la consciencia ni siquiera imaginamos que están ahí. Se producen raras, incomprensibles relaciones entre nuestros miedos, nuestros deseos y nuestros infinitos desconocimientos. Miramos hacia lugares a los que nunca miramos, descubrimos curiosidades que ignoramos poseer, abrimos ventanas inciertas hacia los otros.

O tal vez era simple aburrimiento onírico. No new dreams to touch, dice el maestro con esa apabullante sencillez. Llevo tantos días durmiendo nueve horas que se me acaban hasta los jodidos temas para soñar. Me levanto con unos dolores de cabeza de espanto (catarro, una cama sumamente incómoda en el pueblo, excusas, pretextos, razones, bla.)

Se acabaron las vacaciones, por fin. Cualquiera que me oiga (me lea) se caga en mi calavera. Con razón, tal vez. Tal vez. Yo sé lo que me digo. Tengo ganas de ponerme en marcha. De ejercer la potestad de dirigir mi destino, supongo. Algo así.

Buenos días al resto de mi vida, al primer paso (oh Gandalf) que es el principio de hasta el más largo de los caminos, caminos que son preguntas sin respuesta, búsquedas sin objeto, miradas sin carne, soledad sin hiel.

Tengo ganas de escribirte, de hablarte, de conocerte. Tengo ganas de caminar con el horizonte como meta, sí, el horizonte, ése que nunca llega.

El camino que nunca termina.

(pero sí termina, k, termina un día y paf, se acabó)

Me gustaría saber quién soy cuando me miro, cuando hablo y cuando callo, cuando espero y cuando canto, cuando me estremezco y cuando, como hoy, como ayer, quiero llorar y no puedo porque tengo tantos motivos que no tengo ninguno. O no tengo ninguno y por eso no sé qué hacer.

El otro día escribí un poema absurdo. Ahí va.

Te regalo el viento que me despeina.

Todas las letras que no escribo.

(You kiss my lips)

Conozco un lugar donde sonreír es gratis.

Y sé, aunque rara vez lo digo, que el amor no es real.

No te lleva. No te elige.

Sé que en límite de una hoja de papel no cabe el mundo.

No sé para qué he venido.

Tumbada sobre las flores pienso en las miles de razones para irme.

O para quedarme.

El polvo de la encrucijada esconde fantasmas que quieren ser héroes, leyendas.

En un mundo de perdedores el que alarga la mano agarra el premio.

No hay nada imposible.

Y yo no quiero nada.

(Sobre el 3-9-04, más o menos.)

Y joder, vaya mierda de poema. Si no fuera por los versos plagiados (si no saben, no pregunten: los que son buenos, no son míos).

Qué post más largo me ha salido. Se ve que tenía ganas. Y sigo teniendo, ergo sigo escribiendo. El que se canse, que pare de leer y vuelva luego, después, otro día, nunca. Qué más da.

(¿para qué escribo? ¿para quién? ¿para ti? ¿para mí?)

Por mí y para ti, supongo que es la respuesta. O no. O quién sabe o tal vez sí o depende del día, del tiempo que haga que no hablo con alguien de algo que realmente me ponga los pelos de punta o quién sabe, ah, ya dicho, quién sabe, tal vez, perhaps. Maybe. Peut être. Cortázar, claro. Tardío descubrimiento, pero más vale tarde que nunca, dichos. Todo está ya dicho. Pero como nadie escucha.

Hay que volver a empezar.

Siempre.

Empecemos, pues, de nuevo. La noche pasada soñé con la vecina y soñé besos y amigos, una cerveza en un bar. La cerveza era con gaseosa y el camarero no estaba. Había unos tipos en la barra. Los besos eran furtivos. Qué cosas.

Fiesta en el pueblo, hoy. Cargada de soledad y de prejuicios salgo a la calle a no encontrar nada más que gente rara caminando apiñada. Me he comprado un libro (El Principito en edición bilingüe, tres euros, desde mi más tierna infancia... tierna infancia, qué jilipollez, no lo había vuelto a leer... siempre consideré a mi ex uno de esos adultos de la casa de nosécuántosmil francos... qué hermosa... ¿tendrá que ver eso, psicología de todo a cien, con el hecho de que haya comprado este libro o tal vez es que no había otro que me gustara? ¿o fueron los tres euros, que los llevaba sueltos? misterios sin resolver, no se pierdan el próximo capítulo).

Y caminar (caminar, qué obsesión) entre la gente buscando una cara conocida, alguien a quien saludar, pensando que al menos no tengo que empujar uno de esos absurdos carritos de bebé con bebé dentro. Que al menos no tengo que aguantar a un señor que dice que todos los años los fuegos artificiales son iguales. Que ni puta idea tiene ese pedazo de imbécil de qué significan los fuegos artificiales para todos los que miran con el cuello torcido y la boca abierta en una sonrisa que los devuelve a la infancia (la tierna infancia, tal vez) en un momento de descuido.

No sé. A veces pienso que no entiendo nada y otras veces creo que lo veo todo con tanta claridad que es precisamente la lucidez lo que me atormenta.

No sé nada, y como no sé nada, no sé por dónde empezar a paliar la ignorancia insondable.

(Insondable, palabra pedante donde las haya... infinita, inconmensurable, ilimitada, eterna, buf)

Y así vamos. Detecto tecleando lo mucho que echaba las teclas de menos. Soy una escritora coja, porque a mano no me gusta tanto. No voy tan rápido, no estoy tan al tanto de mis ideas, no me apetece siquiera. Y eso es un problema, porque un teclado no siempre es la más cómoda de las opciones. Con el papel capto ideas, frases, versos, atrapo metáforas volanderas, cosas de ese tipo, pero no escribo. No escribo igual. Ya cuando me pongo muy tecnológica uso el móvil y no, no escribo metafóricos sms, sino que activo la función Memo, espléndido nombre porque de paso que lo uso me recuerdo lo que soy, más o menos, haciendo el subnormal hablándole a una grabadora. Luego resulta que mi voz me resulta insoportablemente engolada. Pero bueno. Sirve para no dejar escapar cosas que más tarde se descubren completamente prescindibles.

(Todo está ya dicho.)

(Pero...)

Suena mientras escribo: I and I, Bob Dylan