Anécdota del Camino
Cuenta el viajero que en una ocasión, para ahorrar tiempo y llegar a Santiago un día obligado y concreto, unos cuantos peregrinos decidieron hacer un tramo en autobús.
Algunos ya estaban metidos en el autobús. Otros, en la cola. Los que estaban fuera escucharon a sus espaldas una voz que les decía: "Eso es trampa". Se giraron. La voz pertenecía a un hombre con una larga barba y atuendo de peregrino antiguo.
Le explicaron el motivo que les obligaba a hacer la trampa e hicieron amago de subir al autobús.
Cuando se dieron la vuelta para mirarle otra vez, el peregrino había desaparecido.
Ellos están convencidos de que era el propio Santiago.
A veces es una pena no creer en fantasmas.
Suena mientras escribo: Wish you were here, Immaculate Fools.
Más libre
"Tienes que ser más libre". Eso me han dicho esta mañana. Ahora miro la frase, la sopeso y juego con ella, como es mi costumbre hacer con los buenos consejos.
Lo primero que viene a mi cabeza: o eres libre o no lo eres. No caben medidas, no caben particiones.
Pero recupero el contexto en el que esa sentencia fue pronunciada. Venía a decir: "eres esclava de tus miedos y esclava (lo de siempre, al fin) de lo que crees que los demás esperan". Y, aunque era una idea extraña, máxime viniendo de quien venía, lo cierto es que hacía tiempo que no me daban tan buen consejo.
Se trata de vivir la propia vida, de intentar ser uno mismo pese al asfixiante embozo que suponen los demás.
Porque no sólo son eso. También son escalones para subir más alto, puertas para acceder a otros territorios, escaparates donde contemplar el funcionamiento de los embates de la vida, asideros a los que recurrir para no hundirse. Tal vez simples sonrisas que te sacan del dolor.
Y basta con eso, y es absurdo y humillante darles otro significado. Intentar, como decía la Madre de Tom Joad en Las uvas de la ira, ir adelante en todos los futuros posibles es agotadoramente infructuoso.
(Copiaré aquí el hermoso párrafo. Mucho me hizo pensar.
"—¿No piensas en qué pasará cuando lleguemos? ¿No temes que quizá no sea tan bonito como pensamos?
—No —replicó con rapidez. —No lo temo. No debes hacer eso. Yo tampoco. Es demasiado, es vivir demasiadas vidas. Delante de nosotros hay mil vidas distintas que podríamos vivir, pero cuando llegue, sólo será una. Si voy adelante en cada una de ellas, es excesivo."
Las uvas de la ira, capítulo 13. John Steinbeck.)
Y es lo que hago yo: pensar en todas las posibilidades, temer las consecuencias de cada uno de los actos; presumir de saber cómo acabará cada historia; temer y hasta sufrir antes de tiempo el momento en que todo se viene abajo.
En momentos como éste, de reflexión y autocrítica, me encaro a mi rostro en el espejo (o en el monitor, silencioso pero elocuente) y me pregunto enojada quién me creo que soy para dar por hecho cómo van a acabar las cosas. ¿La Sibila de Delfos? Manda huevos.
Y así estamos. Dando pasos pese al miedo; pese a que veo claro, clarito, cómo va a acabar todo. Como el rosario de la aurora. Y si no, al tiempo.
Ahí estaremos.
Suena mientras escribo: Sins of my father, Tom Waits.
Dormir, tal vez...
Conducimos a lo largo de autopistas sin fin en las que lo único cierto es la soledad.
Ningún lugar adonde ir, ningún agujero donde caer muertos.
Sopla en la ventanilla un viento que alguien llamó de la libertad.
Poesía.
Palabras huecas, palabras cargadas.
Lo único que sabemos es que necesitamos unos ojos en los que mirarnos.
Y tal vez soñar.
Poder cerrar la puerta al mundo, a todos los mundos.
Sin camino de vuelta a casa.
A cualquier parte, siempre que sea hacia adelante.
Suena mientras escribo: Rough god goes riding, Van Morrison.
Los demás
Los más valientes no son los que menos miedo tienen. Son los que se atreven a dar los pasos aunque no sepan adónde les llevan. O incluso aunque lo sepan. Porque pocas cosas dan más miedo que el conocimiento.
Siempre me resulta curioso constatar cómo, en cuanto las conoces, las personas empiezan a crearse expectativas con respecto a ti. Inconscientemente calibran sus deseos o sus esperanzas y proyectan en ti cuáles de ellos van a materializar. Rara vez cuentan contigo para tomar semejantes decisiones.
También es cierto que no podemos evitar, en el mismo instante en que comprendemos cuáles son las expectativas del otro, comportarnos en función de ellas de algún modo. Y tememos fallar. Por no herir, por no decepcionar o por no sufrir. El miedo, en ese sentido, en las relaciones con los demás, es uno de los más grandes impedimentos para disfrutar con plenitud del momento presente.
Una vez un buen amigo me decía que también elegimos a las personas con las que tratamos por las expectativas que creemos incitar en ellos. Me sigue pareciendo una idea brillante. Si lo que el otro espera no se corresponde con lo que deseamos darle, salimos por pies. Si se corresponde, o si consideramos que todas las intenciones están lo bastante claras, nos quedamos a saborear el paisaje.
No somos dueños ni responsables de las expectativas de los demás. Crearlas es inevitable. Ahora mismo no creo que haya un error más grande para vivir que hacerlo conforme a las expectativas de otro. Bastante tengo con cumplir las mías propias. Y con no crearme demasiadas con respecto a los demás.
Suena mientras escribo: La mataré, Loquillo y Trogloditas.
Amigo
Te veo tan pequeño y solo, arrodillado en las hojas secas, tan perdido en la inmensidad de lo que no entiendes, en el caos de lo que ocurre sin que puedas hacer nada por evitarlo.
Me gustaría poder deshojar los pétalos de tu tristeza, eliminar los rastrojos de tus errores y tus miedos, convertirme en la música que querrías crear, en tus alas para volar.
Y me quedo aquí, rígida e impotente, mirando las lágrimas que el viento arrebata, tus manos vacías, tu desamparo.
Y qué, si no soy lo que necesitas. Y qué, si el consuelo que puedo ofrecerte es frágil como la alegría. Tiendo mi mano y la agarras, basta con eso.
Te apoyas en mis hombros de cristal para sostenerte, escondes la cabeza en mi pecho de nubes para refugiarte. Sabiendo como sabemos que no hay nada que podamos hacer, nada que evite que la vida nos arrolle.
Caminaré contigo hacia un horizonte en el que nunca deja de ponerse el sol. Estaré junto a ti mientras mi compañía te represente un alivio para el dolor. Te miraré mientras mis ojos sean el secreto en que te escondes.
Te daré todo lo que tengo mientras pueda. Mientras quieras.
Suena mientras escribo: Prove it all night, Bruce Springsteen.
Destello
Pessoa: "Sé bien que, si este pasado que no fue hubiese sido, yo no sería hoy el capaz de escribir estas páginas, en todo caso mejores, por algunas, que las ningunas que en mejores circunstancias no habría hecho más que soñar."
Eso es sacarle partido a un fracaso, carajo. Una vez más, Pessoa habla lo que yo pienso sin saberlo.
Tengo sueño, estoy cansada, necesito dormir. Un día más ha pasado, un buen día en que he compartido mi tiempo con otras personas y me he sentido, por primera vez en años, literal y no sólo teóricamente dueña de mis actos. De algún modo he ejercido la potestad de decidir. Es una agradable sensación.
A veces algunos avances implican pérdidas. Otras veces algo que parece un retroceso te proporciona ganancias. Si algo he aprendido a base de darme hostias con la realidad es que las cosas rara vez son como parecen.
Pero hay algo que sí puedo asegurar, y parece tal como es: mis amigos pueden contar conmigo. Estoy aquí. Y hoy, a estas horas indecentes, quiero darles las gracias por estar ahí también.
Suena mientras escribo: Yo también sé jugarme la boca, Joaquín Sabina.
Lluvia
Mientras la niebla avanza como una sábana que aisla el sueño del mundo.
Me gustaría poder mirarte a los ojos y descubrir incluso lo que te escondes a ti mismo, el miedo o tal vez el valor, comprender y hacer que comprendas que tu camino es tuyo porque tú lo has elegido y tú lo has andado.
Pero llueve y no soy capaz de decirte tantas palabras que ni me asomo a pensar. Abismos de silencios, abismos de dolor.
Cerrando los párpados se advierten las luces rojas del cansancio. Apoyando los pies en el suelo se perciben los pinchazos del agotamiento o del miedo.
Cómo decirte que es sólo un espejismo, el coletazo de un sueño que no llegará al amanecer.
Suena mientras escribo: It ain't me, babe, Bob Dylan.
Mezclas raras
Hoy ha llovido sobre mí. No consigo recordar cuándo fue la última vez, quizás nunca la haya habido, que dejé que el agua del cielo me mojara de verdad. Últimamente me descubro deseando hacer cosas que hasta el momento no me gustaban. Comer queso, caminar por el monte, dejarme mojar por la lluvia. Me pregunto cuántas de las cosas que no nos gustan se pueden cambiar a poco que les pongas un mínimo de voluntad, a poco que cambien tus perspectivas. Cuántas son las que no nos gustan de verdad. De qué depende, en qué momento decides que algo no te gusta. Si será así siempre.
Cada vez me como más las pieles de los dedos. Me encuentro de repente en situaciones que no entiendo. No sé por qué me empeño tanto en analizarlo todo.
Bueno.
Pensado y escrito en el Camino de Santiago (13 de Octubre, en Portomarín):
Caminar así no es lo mismo que caminar normal. No sólo por la cantidad inverosímil de kilómetros, que también (las distancias que recorres te hacen pensar en el tiempo que te han contado en que a todas partes se iba andando y lo pequeño que se ha vuelto el mundo desde que tenemos el don de la velocidad). Además, es diferente por el propósito. Por la función. Ahora vivimos en un mundo funcional en el que cualquier caminata es rápida y somera, o en la que un paseo se considera largo si dura una hora y privilegiado si su final está en un lugar distinto del punto de partida. Los caminos rurales no nos sirven más que para observar entornos bucólicos y moribundos.
Aquí caminamos adelante, adelante. Durante cuatro, cinco, seis horas sin apenas detenernos. Pernoctamos y continuamos, y el descanso se convierte en un bien absolutamente necesario. Físicamente necesario.
Cuando sientes el cansancio o el suelo es especialmente pedregoso o llueve, tus ojos van pocos centímetros por delante de tus pies. Y cuando levantas la mirada ves un horizonte limpio y más camino por andar. El camino es la meta, esta vez sin metáforas ni alegorías que cuelgan. No vas de paseo. Vas a un lugar y te llevará un tiempo y un esfuerzo conseguirlo.
Es muy difícil y bastante extraño, como siempre, ver gente caminando sola.
***
De vuelta al presente, tal vez pienso en temas de los que no soy capaz de hablar. Tal vez los pensamientos de siempre me traen las palabras de siempre y estoy cansada de estas rutinas. Tal vez no sé digerir las novedades.
Me gustaría poder decir en voz alta que no quiero compañeros de camino, que la soledad tiene que dolerme todavía un poco más.
Suena mientras escribo: She's so beautiful, Mike Scott.
Casa
Ya de vuelta, puedo decir que el Camino de Santiago es todo eso que dicen que es. No tengo tiempo ni ganas de entrar ahora en detalles y supongo que en los próximos días tendré ocasión de extenderme. Así que sólo diré que hice uso de todos los artículos útiles y que cuando llevas tres horas andando a buen paso, las bebidas isotónicas no son nada repugnantes.
También diré que caminar de ese modo es una especie de revelación. Así, como suena. No he encontrado a dios, y es probable que durante largos tramos incluso me haya perdido a mí misma. Sensación deliciosa donde las haya. Así que el balance es tan positivo que abruma.
Es un peligro, porque me apetece empezar a hablar de campos verdes, de músculos deliciosamente doloridos (y eso, en quien no me conoce puede resultar un tópico, pero no sé de nadie menos aficionado a cualquier clase de esfuerzo físico que yo misma), de piedras mojadas, de viento y niebla, de conversaciones.
Ahora puedo hablar de caminar y hablar, de caminar y cantar, de caminar y pensar y de caminar y no pensar.
Puedo hablar de las ganas que tengo de darme un baño hirviente antes de irme a dormir. De dormir en mi propia cama. De lo que echaré de menos mañana no tener un lugar hacia el que partir cuando abra los ojos. De la sensación de euforia que proporciona la consecución de una meta, por humilde que ésta sea.
Gracias a todos los que han dicho algo en estos días de silencio. Yo también he echado de menos vuestros ojos.
Suena mientras escribo: Estudio nº 1 en do mayor, Frederic Chopin.
Camino
Mañana salgo a caminar. Literal y figuradamente, como a mí me gusta. Me gusta más en metafórico, pero a veces es bueno castigar el cuerpo. No me acuerdo de por qué, pero eso dicen. Buscaré horizontes y, para no huir del tópico, me buscaré a mí misma. A ver qué encuentro.
Mi particular Camino de Santiago comienza mañana, día 12 de octubre, a las siete y media de la madrugada. Llevo en mi equipaje algunos artículos de primera necesidad. Por ejemplo, he comprado un cuaderno nuevo y un rotulador de punta fina que escribe morado. No sé si por aquello del sufrimiento. El cuaderno también es morado. Supongo que hoy tenía un día morado.
Morado no sé, pero gris sí ha sido. Mi padre es optimista y dice que no lloverá. Yo lo dudo (no asumo, amigos, que cada vez que habla mi padre, sube el pan; no asumo que siempre acierta; no asumo que si alguien en este jodido mundo es infalible o se acerca, es ese hombre asombroso). Pero yo, con la rebeldía que heredé de mi adolescencia y que me ha dado tan pocas satisfacciones, salvo la de la perenne fidelidad a mí misma, razono del siguiente modo: Amenaza lluvia; cuando en Galicia amenaza lluvia lo más probable es que llueva. Ergo, por si acaso, me he comprado también un paraguas minúsculo de ésos que no pesan.
Además llevo una cámara de fotos (último regalo de cumpleaños, pilas cargadas) y un discman que reproduce mp3, cuatro discos con unas cuantas músicas variadas escogidas casi al azar, cacahuetes, almendras, una repugnante bebida isotónica que no sé si me beberé y chocolate. Evidentemente, puedo ir sin bragas (que llevo hasta para prestar, nobleza obliga). Pero no puedo ir sin música ni sin chocolate. Faltaría más. Que el hecho de ir a machacarme todos los músculos, incluso aquellos que ni en mis más salvajes fantasías eróticas han entrado en acción, no significa que no haya que hacer un esfuerzo por disfrutar de lo bueno de la vida. O de aquello que la hace más tolerable.
Y tiritas, y cremas para el dolor, y aspirinas, y cepillo de dientes y toallas y una funda de almohada. Y ganas de pasarlo bien. Y la idea, absurda y reiterativa, de que al final del Camino empiece el camino. O sea.
En otro orden de cosas, pero estaré unos días sin poder acceder y me acabo de acordar escuchando la canción que sonaba, un absurdo más en este mundo repleto de hombres ridículos humillando a otros hombres, el ejército israelí no permite que la selección palestina de fútbol viaje para jugar un partido no sé dónde. Por no sé qué motivos de seguridad.
Y yo me pregunto, entre otras muchas preguntas sin respuesta que se repiten en espiral hasta la locura, hasta cuándo se les va a permitir la infamia. Y por qué motivo se les permite. Sé que un partido de fútbol no es nada comparado con los niños muertos, con las voces ahogadas. Es sólo un despropósito más. Una piedra más.
Suena mientras escribo: Blowin' in the wind, Bob Dylan.
Otra boda
El sábado se casó un amigo. Está bien, para variar, ir a una de estas celebraciones por placer.
Los novios son jóvenes. Veinticuatro años recién cumplidos, carrera recién acabada, abundancia por todas partes. No sé. Hay bodas y bodas. Las que he visto últimamente, desde el coro, han sido del tipo genérico: llegan los invitados, después llegan los novios, todo es igual, el cura hace la consabida referencia a la dureza inherente a la vida conyugal (con lo que implica de convivencia y roces, amargura, etcétera), el coro canta sin demasiadas ganas, podéis ir en paz, demos gracias a dios.
Pero la boda del sábado no fue así. Los amigos subían al altar y les leían cosas que habían escrito para ellos con lágrimas en los ojos y las gargantas cerradas por la emoción. El matrimonio era un acto deliberado y meditado, un paso que deseaban dar. La ilusión y la fe en el amor sobrevolaban las cabezas de los bien vestidos (y bien tocados) invitados.
Tanto era así que el amigo que se sentaba a mi lado me dijo "Qué candidez... es increíble... dónde se habrá quedado mi inocencia". Y estuve de acuerdo con él.
Pero era bonito. Los amigos les cantaban las canciones, les leían las lecturas (en la primera lectura eligieron un pasaje del libro de Rut: "No insistas más en que te deje, alejándome de ti; donde tú vayas, yo iré; donde tú habites, habitaré yo; tu pueblo será mi pueblo y tu dios será mi dios; donde tú mueras, yo moriré, y allí quiero ser enterrada. Que me castigue dios si algo, fuera de la muerte, va a separarme de ti." La segunda lectura fue la archiutilizada carta de san Pablo... ahí me decepcionaron). En medio de la ceremonia el novio se bajó del altar y se fue, con su guitarra, a cantarle a la novia Nos ocupamos del mar de Javier Krahe. Al final cantaron una canción que el novio compuso para la novia ("hoy quiero gritar al mundo que ya todo es a tu lado").
Y bueno, fiel a mí misma como no puedo dejar de serlo, mirando a mi alrededor a las decenas de matrimonios que se sentaban en silencio, apunté estas dos ideas en mi móvil para no olvidarlas:
Inician el largo camino hacia la decepción.
Hacen un hermoso cuento de hadas sin bruja.
Es normal que sea así. Ya supongo que no ignoran que la vida es dura, o puede serlo. Pero sus vidas han sido siempre perfectas, por lo que sé de ellos. Han tenido en sus manos la prosperidad y la felicidad, la salud. Han visto que a veces las cosas salen bien. No hay ningún motivo para que piensen que a ellos no les puede salir bien.
Espero que así sea. Que consigan hacer crecer el tesoro que tienen. Algo me dice que no es así como funciona el invento, pero quizás alguna vez sucede. Quizás encuentren el modo de hacerlo bien.
No es que no crea en el amor. Creo en él, pienso que es posible (plagiemos creativamente a Pessoa y digamos "el amor, aunque improbable, podría ser"). Pero también creo que el amor no es lo que pensamos.
Lo que no puedo dar es una definición. Por el momento. Me quedo con la de mi amigo el insigne plagiario: el amor es el deseo de hacer eterno lo pasajero.
Suena mientras escribo: Reason to believe, Bruce Springsteen.
Que silbe el viento
El problema de los lugares pequeños es que tu horizonte está en tu mente. Tal vez, si el horizonte es físicamente pequeño, sea difícil que el horizonte de tu cabeza se ensanche. Aunque aparentemente, soñadoramente, sea fácil pensar lo contrario.
Así, busco palabras y aparecen humo, horizonte. Música. Una estrechez. Una sensación de alargar la mano para no encontrar nada. De extender la mirada para no ver nada. De cerrar los ojos para no soñar nada. De teclear para no escribir nada.
El otoño ha hecho hoy su entrada. Ayer caminé con tirantes al sol. Hoy las nubes cubrieron el cielo, la niebla escondió a las montañas con toda su insultante belleza y de repente el mundo, el pequeño mundo, se convirtió en un globo gris, en una isla mojada. Abrí el paraguas y con él se abrió el invierno, tan pronto. Todavía con hojas verdes en los árboles. Sé lo que me espera. Frío y aislamiento.
Y un horizonte que encoge.
Pero también dulce lluvia que empapa. Olor de agua entrando en la tierra sedienta. Un río que crece para seguir avanzando hacia el mar. No es la niebla lo que ensombrece mi horizonte.
Mañana será un buen día. Yo espero.
Suena mientras escribo: Todo el día llovió, El Último de la Fila.
Mar Adentro
Hoy he ido al cine. Me gustaría escribir algo sobre lo que he sentido o he vivido ahí a oscuras y me parece que me va a resultar imposible.
Llegué casi tarde, entré a oscuras. Al principio me molestaban las luces azules de la escalera, la luz de emergencia sobre la puerta, el crujir de las palomitas de los vecinos. Luego el resto del mundo desapareció. Nos quedamos solos la pantalla y yo. La pantalla, mis lágrimas y yo.
Hace dos días dije que quería ir a verla para llorar a gusto. La persona a la que se lo dije, que no me conoce, dijo "no vas a llorar: es un canto a la vida". Bueno. De este breve comentario saco varias conclusiones. La más importante es que esta persona y yo no tenemos nada en común en cuanto a sensibilidad. Es probable, también, que si me conociera un poco no hubiera dicho eso. Efectivamente, he llorado a gusto. Y me he reído también.
(Es un tipo práctico. Probablemente quiso decir que no era un melodrama de sobremesa. A veces no te entiendes con la gente. Él no entendió qué tipo de llanto busco yo en el cine. Yo no entendí que tuviera pensado ir a ver El Álamo porque le gustaba la versión de John Wayne del año 60. Cosas que pasan a la orilla de una barra de bar, supongo.)
Esta película no es un canto a la vida. Es un canto a la libertad. Un canto al amor. Un canto a las distintas formas de la abnegación.
A destacar, el vuelo. Hay que reconocer que este hombre sabe hacer cine. Y que, aunque lo borda en las distancias cortas, en los primeros planos y en los susurros, es absolutamente genial en la fantasía, en la evocación. En el momento justo, la conjunción perfecta de la imagen y la música hacen que levantes vuelo de las miserias diarias, del dolor, de la pérdida.
Alejandro Amenábar me ha llevado volando hasta el mar. Contraigo con él una deuda que no podré pagarle nunca.
Suena mientras escribo: Nessun Dorma (Aria de Calaf, de Turandot), Giacomo Puccini.
Donde está la vida
Compartir es el único motor de la existencia de esta bitácora. El único. Mostrar a quien quiera mirar lo que anda por aquí dentro, en el lugar donde hablo como si no pudieran hacer daño las palabras, como si los sentimientos que no se pueden gobernar tuvieran la sagrada virtud de la inocuidad.
Es una quimera tejida con hilos de deseos que no se cumplirán y cosida en las esquinas con agujas que clavan fino exactamente en el centro del dolor y la alegría. Si quieres saber quién soy, puedes venir aquí y verlo. Y si quieres saber quién no seré nunca, puedes venir aquí y descubrirlo. Todo está aquí. Y falta todo. Sólo es un ladrillo más, aquello sin lo cual el edificio tendría, como mucho, un minúsculo agujero. O tal vez ni eso. Y sin embargo es cimiento y muro de carga.
No es ventana ni espejo. No es escape ni salida. No es solución ni compromiso.
Es lo que escribo bebiendo agua cuando ya he decidido que me tengo que ir a dormir y que no me iré, una noche más, sin dejar constancia de mi existencia y de mi salud. De mi asombro y de mi noche en vela otra vez.
(Un hombre canta en susurros. A veces olvido que la verdadera vida está fuera y lejos de aquí. Mi vida está donde estoy yo. Mi vida está en todas partes. Apuntar en la agenda: no olvidar dónde está la vida: la vida está donde el papel higiénico y los tenedores. Por poco interesante que resulte.)
Suena mientras escribo: Closing time, Leonard Cohen.
Insomnio
Lo que hoy viene es un horizonte plano y azul que parte en dos un cielo, un cielo azul de sol de verano de aire de risa de futuro posible de dolor lacerante de amor.
Lo que hoy viene es una alegría de saberme querida y como siempre una incomprensión del mundo y una aceptación de pese a todo, la alegría.
Hoy vienen las naranjas del desayuno, el calor de los ojos lejanos y saber que en alguna esquina del mundo alguien echa de menos no llegar jamás a saber de mí.
Lo que hoy viene es una imaginación abotargada y un piano solo que me canta.
Tal vez busco palabras bellas y a mis dedos se asoman otras, como glándula.
Rizos oscuros en el aire sobre mi cabeza, un techo blanco que siempre me olvido de mirar, un lecho azul en el que me olvido de descansar, polvo en las bombillas, asfalto en los zapatos.
Y la soledad, fiel al destino, paciente aguarda el turno que siempre le llega: soñar campos azules y un mar amarillo de agua caliente.
Manosear pájaros en vuelo, detener la cola del cometa, colgar de las paredes viejos calcetines de escarcha a la espera de un regalo que nunca llegamos a desear.
Destrozaremos las jaulas que encierran el mundo fuera de nosotros, alargaremos las manos para desatar las cuerdas de tender la ropa, soltaremos las ratas, a pie firme caminaremos sobre la superficie del río y compartiremos las naranjas, las cervezas, los minutos que nos separan de la realidad, de los alemanes, del frío.
Los días se nos derraman cuesta abajo sin más asideros que las pocas verdades que con el paso de más días hemos logrado atesorar.
Pero nacen claras a las cuatro de la madrugada y todo comienza de nuevo. Campanadas para celebrar que nada acaba si seguimos aquí, comenzando siempre. Construyendo siempre.
Suena mientras escribo: Gnossienne nº 1, Erik Satie.





