Lo que me preocupa
Me gusta estar bien. Me gusta la sensación, tan extraña, de despertarme por la mañana y sentirme contenta.
Es algo así como caminar durante kilómetros atravesando la arena bajo un sol abrasador y encontrar de repente una charca y una sombra: un descanso.
Me preocupa, sin embargo, perder algún hilo. No quiero olvidar en la alegría la persona que soy. No quiero dejar de pensar ni dejar de escribir, y sin embargo me siento aquí y me doy cuenta de que, a lo largo del día, no he sentido en ningún momento la necesidad de expresar esta tranquilidad por escrito (la ansiada calma).
No hace demasiado tiempo he descubierto la persona que soy. Más o menos, digo. La persona que deseo ser, también. No hace mucho decidí que nunca más una circunstancia, cualquier circunstancia, me desviaría de mi camino, del camino que yo misma me marcara. Caminos otra vez.
Aunque no soy muy vieja, he vivido algunas cosas. Me han sucedido, las he visto pasar. Sé que esta serenidad es caduca. Tal vez esa certeza me hace ser un poco escéptica. Pero también me hace desear vivirlo mientras dure. Disfrutar.
Pienso, por ejemplo, "y qué, si no tengo ganas de escribir; ya volveré a tenerlas". Y estoy segura de que es cierto. Pero otra parte de mí contesta un poco enfadada: "no se trata sólo de tener ganas; se trata de hacer lo que quieres hacer, se trata de ser quien eres".
Y así estamos.
Hoy ha sido un día limpio de sol después de un día turbio de agua que ha limpiado la atmósfera. No ha hecho tanto frío como los días precedentes, estoy ocupada pensando en regalos para las navidades, pensando en viajes próximos, pensando en lo bien que va todo. Hasta me he comprado una falda. Que venga dios y lo vea, dice el dicho.
Hace un rato hablaba con un buen amigo sobre lo precaria que es la estabilidad: en cualquier momento un mal paso, tuyo o de otro, puede dar al traste con todo lo que tienes. En un segundo puedes estar al otro lado de la valla. De eso se trata, supongo.
De que por una vez que la cosa parece ir bien, y sabiendo como sabemos que nada es siempre perfecto, sabiendo como sabemos que la felicidad es, ante todo y sobre todo, efímera, no tenemos derecho a estar siempre poniendo frenos de todos los colores a todos los sentimientos buenos.
Al mismo tiempo me digo que no es un oasis, sino un espejismo. Que a las personas como yo nos está vedado cierto tipo de sentimientos. ¿Esto, me pregunto, es un motivo para disfrutarlo o para obligarme a despertar? Supongo que la respuesta es obvia.
Cierro los ojos y dejo que el viento me dé en la cara. Y ya veremos.
Suena mientras escribo: Voy en un coche, Christina y los Subterráneos.
Por todo lo perdido
Madrid tiene una cúpula de mierda en suspensión que atenaza la respiración y el pensamiento de la respiración. Te preguntas cómo no se mueren todos como ratas. Pero el ser humano es resistente. Más que las ratas, ahí donde lo ves, tan frágil, tan miedoso, tan suspicaz.
Madrid tiene coches que se vuelven locos, vida que se desborda, gente hablando por el móvil, soledad.
Gente perdida, gente desencontrada, gente que se sienta en el bordillo de la acera para llorar.
Un bar escocés con camarero colombiano, por lo menos. Bares que estaban abiertos en aquellos tiempos y que ahora buscas, en la calle del León, y no encuentras porque cerraron para siempre en la memoria perdida. Restaurantes que no ponen velas porque las velas son tus ojos fijos que no quieren cerrarse y no quieren despedirse.
Un cielo raso azul poniente, habitaciones de hotel donde desaparecen las toallas.
Todo está bien, todo en su sitio, todo observa. Los coches y las personas hacen cola, esperan pacientemente su turno, que siempre llega.
Por un momento me siento, caminando por esas aceras, como un madero en medio de la corriente del atlántico, un único asidero, una débil, ínfima, esperanza de salvación. Siento manos que me agarran, brazos que me rodean como si mi cuerpo fuera el último refugio seguro sobre la tierra.
Y qué miedo, ¿no? Serlo y no serlo. El cielo está tan lejos de nosotros.
Son sueños raros en que las caras de la gente se acerca y se aleja, aumenta y disminuye. En que los rostros te dan la espalda y los culos te tienden los brazos, en que los coches grandes tienen plazas pequeñas de parking y los cielos azules están grises o marrones y los techos altos cobijan extraños cuadros de la caza del zorro y la cama cruje con un aparatoso ruido de bolsa de plástico y la luz emite un zumbido que perturba y que al mismo tiempo te ata al suelo y te dice, todo es cierto, todo es real.
Todo ocurre y tú miras y no sabes por qué ocurre ni en virtud de qué milagro.
Sólo ocurre y tú estás ahí y observas, en la cola esperando pacientemente que llegue tu turno. Que siempre llega. Sólo en los sueños muy malos la ventanilla se cierra en tus narices al pisar la línea amarilla.
Sólo en los sueños muy malos la niebla se cuela cuando abres la puerta.
Suena mientras escribo: La bien pagá, Bebo Valdés y Diego el Cigala.
Excepcionalidades y Bach
Un gorrión gris camina sobre el tejado de uralita gris y compruebo así cómo el gris sobre el gris también se ve.
Hoy toca Bach, así que escucho las Variaciones Goldberg mientras limpio la cocina y tengo un extraño sentimiento mezcla de excepcionalidad y rutina. Siento que soy especial porque pocas personas en el mundo limpiarían la cocina escuchando a Bach, siento que soy extraña porque no puedo limpiar la cocina si no hago al mismo tiempo cualquier cosa que me haga sentir especial y comprendo el punto ridículo de toda la cuestión.
El caso es que, probablemente gracias a Bach, la cocina queda limpia, y eso es lo que importa. O tal vez importa más que tengo que aprender a vivir con esa diferencia (la millonésima diferencia, decía Kundera aludiendo a ese detalle particular que hace que cada ser humano, con ser igual al resto de miles de millones de seres humanos que pueblan el mundo, sea único y diferente a los demás).
Y miro mi vida, que tal vez es gris, observo cómo se desarrolla y los caminos que toma, y me pregunto si debo montarme en este carro de sol, preservar ese rincón de mi mente (ése donde tal vez vives tú, ése donde quizás nadie puede llegar en realidad) y continuar el sendero que no sé dónde me llevará.
Me respondo que sí. Que eso es exactamente lo que debo hacer. pensarme muy seriamente si aceptar ese trabajo que me ofrecen aunque temo que hay pocas ocupaciones en este mundo que me peguen menos que ésa; avanzar en esta relación que promete un fin decepcionante y doloroso porque ahora no es decepcionante ni dolorosa, sino alegre y llena de luz; y abrir las ventanas al viento fresco de la mañana.
Suena mientras escribo: Concierto de Brandenburgo nº 3, Johann Sebastian Bach.
Frío invierno de sol
Esta mañana, como todas las mañanas desde que el anticiclón se instaló en el mapa de la tele, amanece niebla. La diferencia es que hoy es pertinaz y no nos deja ver el sol. La ropa no termina de secarse y el día no acaba de arrancar.
Pero no importa. No importa cuando las nieblas están fuera y no dentro. Para variar es un buen sentimiento.
Si se trata de quemar puentes, de quemar barcos, de impedir los caminos de regreso a la oscuridad.
No hay nieblas que valgan. No hay metáforas que valgan.
El camino, como siempre, está delante. Y se trata tan sólo de dar el menor número posible de traspiés.
Y de conformarse con el egoísta pensamiento de que bastante tenemos con mantenernos nosotros en pie, muchas veces. Qué asco, el egoísmo. Pero es lo que hay. Quién me ayudará a salir adelante si yo misma me niego la ayuda.
Así, mientras escribo (vuelvo a la metáfora, qué sería de mí sin ellas, a veces pienso que toda mi vida es una interminable alegoría), la niebla se disipa, el cielo se presenta azul de invierno, el otoño recupera sus colores.
Y todo parece sonreír.
Suena mientras escribo: Bridges, Tracy Chapman.
Una tarde leyendo

Sigo aprovechando la deliciosa inutilidad de cada instante de mi vida. Dejando que el tiempo libre pase sin pena ni gloria, consigo darle a mi estancia en el tiempo una calidad nueva, estrictamente humana, deliberadamente vacía.
Tengo que barrer, quitar el polvo y tender la ropa. Pero me siento en el sofá y me ventilo de una sentada El túnel, de Ernesto Sábato, regalo de un amigo este fin de semana ("... que consiguió salir del suyo", escribió sobre la fecha) y que otro amigo me trajo a la memoria esta tarde en una conversación que me dejó el sabor de boca de una amarga despedida de ésas sin final. De ésas de 'ya nos veremos' que, como todo el mundo sabe, son las peores.
No voy a hablar otra vez de despedidas ni de rendiciones ni de renuncias ni de ausencias.
Sábato con esa forma suya de escribir neta y directa me ha hablado hoy de muchos otros temas importantes, y he sido capaz de verlo incluso en la lectura supersónica a la que lo he sometido.
Me ha hablado de querer mal, de amar erróneamente, de caminar por caminos equivocados, de herir sin querer y sin poder evitarlo, de herir queriendo y a conciencia, de arrepentimiento y dolor, de humillación y desesperación, de desencuentros e incomprensiones. Tremendo el personaje protagonista, profundamente patológico y desarmantemente normal. Solo de una forma irrevocable, aislado, encerrado en su mente y en constante lucha contra un mundo que percibe como agresivo y mezquino y que no entiende.
Es curioso constatar cómo a veces un personaje ficticio, producto de la imaginación de otro hombre, te hace entender mejor a los hombres vivos, verdaderos, que te rodean. Te hace ver de ellos rasgos que de otro modo jamás adivinarías. Supongo que precisamente ésta es la fascinación de la literatura.
Y es que a veces tanta penetración, tanta comprensión, el vislumbre vertiginoso de los abismos que hay en los demás, el resultado que nos envía el globo sonda que enviamos a las almas de los que no son nosotros, nos produce el más grande de los sentimientos de libertad, de posibilidad o de inconmensurabilidad. Por lo tanto, de miedo. Miedo al conocimiento de lo que otras almas pueden albergar y miedo a la comprensión de que abarcar ese conocimiento se debe al hecho incontestable de que la propia alma es también un pozo infinito en el que cabe absolutamente todo.
El caso es que leyendo a Sábato he tomado un par de decisones.
Y ahora escribiendo esto y escuchando la guitarra de Paco de Lucía comprendo y explico que sigo teniendo miedo. De que la vida me lleve y de que no me lleve. De cometer errores y de no cometerlos. De cometer errores a sabiendas y hacerlo con la plena conciencia de que, quién lo diría, el error es lo correcto.
Si de tan simples somos incomprensibles. Si de tan enrevesados nos tropezamos con nuestros propios zapatos. Si de tan solos nos cortamos los lazos. Si de tan desamparados nos damos la espalda.
Suena mientras escribo: Compadres (bulerías), Paco de Lucía.
Escucho
Esta tarde mi hermana me ha dicho que no necesito buscar trabajo más. Que ponga un anuncio en el periódico diciendo: "Escucho. Son diez mil." Y que me forraré.
Nos hemos reído de la ocurrencia. Le contaba que a mi alrededor hay problemas, que todo el mundo parece estar atravesando momentos difíciles y que yo estoy bien, con lo cual termino una durísima conversación y me sigo sintiendo bien. Ella me decía que tengo un don. Que la gente me habla y yo continúo.
No sé si es un don. Me gusta poner mis ojos y mis oídos en otro y dejarle hablar. Me gusta sentir que mi presencia hace que mis amigos se sientan bien para contar sus cosas horribles, las cosas que cuando se van de mí esconden en el fondo de los baúles.
Estoy bien y me siento fuerte para escuchar, para acoger. No siempre es así, no siempre. Hace poco descubrí que a veces acudir a alguien y soltar la mierda es tremendamente útil. Lo puse en práctica y me fue bien. Ignoro si en realidad ayuda algo, pero el hecho es que te quedas mejor. Cómo no darle eso a alguien si le hace falta. Ahora puedo hacerlo.
Luego, de todas formas, me quedo pensando. Sobre todo en lo infinitamente solos que estamos siempre. Aunque tendamos una mano y encontremos otra. Aunque ofrezcamos hombro y aliento. Aunque tendamos puentes sobre los abismos en que vivimos. Se cierra la puerta y se disparan todas las soledades. Te das la vuelta y te das cuenta de que se nace solo y se muere solo, y ésa es la única verdad.
Tal vez ponga ese anuncio.
Suena mientras escribo: Tryin' to get to heaven, Bob Dylan.
Des
Desorden, desorden, desolación. Desconsuelo, descontento, desobediencia, desdén, desdicha, desapego, desesperanza. Desmán, desistir, desconsolar.
Desperezamiento, deslumbramiento, desoxidación, desmelene.
Desvivir, desandar, desarticular, desvincular, desmoronar, desasistir, desechar, desconvocar, desmentir.
Y así como un vacío o una ansiedad o un temblor en los muslos o algo.
Palabras para jugar (o desjugar). Para desenternecerse o desendurecerse. Para desentumecerse o desmesurarse.
Y angustia también. Y unas ganas irresistibles de vivir, de volar. De no depender. De desligarme y desbrozarme, de desaforarme y desandarme.
Desatención, deslinde, desliz, descascarillamiento, destrucción.
Deseo incontrolable de controlar, de poseer, de dominar, de soslayar, de flotar.
Delirio, caos, extrañamiento, ajenidad, soledad, amistad, compañía, terror.
Ojos azules que me miran, ojos verdes que no me miran, ojos castaños que no me pueden mirar. Ojos asombrados que observan, ojos anhelantes que desean, ojos dormidos que sueñan, y mis ojos que no se pueden cerrar. Que también miran, no miran, observan, desean, sueñan y velan.
Desvelos. Desahucios, despidos, deserciones, desmitificaciones.
Suena mientras escribo: Sinfonía del Nuevo Mundo, Antonin Dvorák.
Atracción del abismo
Cerrar los ojos y saber que deseas caer.
Suspender la realidad, dejarse ir por los caminos inexplorados de lo que nadie conocerá jamás, apagar las luces del mundo real.
Sorprender a la noche con una estrella sin nombre. Sin rostro. Sin futuro. Sin verdad. Sin miedo. Sin dolor.
Sólo soñar.
Suena mientras escribo: All I have to do is dream, Roy Orbison.
Puesta de sol

Hay días que son especiales para escuchar un cierto tipo de música, y hoy era uno de ésos. Hay un grupo que siempre me recuerda a la misma persona. Es una persona que conozco desde hace relativamente poco tiempo, pero a la que conozco bien, a la que he llegado a querer más que mucho, de esas personas que se convierten en un referente, en una necesidad, casi. Y sin casi. No sé si la música me lo trae o si el recuerdo me obliga a escuchar la música. Es de ese tipo de misterios.
Hoy cogí mi estupendo (estupendo, de veras) coche nuevo (cuando te los acabas de comprar ¿los coches de segunda mano también se pueden calificar de nuevos? cosas del idioma) y me fui hacia mi pueblo. Me encanta esa carretera estrecha, sinuosa, que sube bordeando la montaña, que se pierde en los bosques de pinos. No hace falta que diga lo que hace el otoño con el paisaje, con los robles y los castaños. Total para qué. Además, no conozco tantos nombres de colores. Probablemente no hay nombres para tantos colores, para tantas formas de hojas, para tantos dibujos en las laderas de las montañas.
Sonaba El último de la fila, como ha sonado todo el día. Paré en un lugar que para mí es especial de esa carretera, porque me trae buenos recuerdos. No es especialmente maravilloso el sitio, no, al menos, comparándolo con otros. Pero es especial. Muchas veces los lugares, los objetos, las personas especiales no lo son tanto por ellos mismas como por lo que nosotros ponemos en ellos.
Luego volví a arrancar y llegué al pueblo. No entré. En el mismo cruce de la entrada di la vuelta y regresé. Sólo quería conducir. Tener esa sensación de control sobre algo.
El sol se ponía cuando pasé por lo más alto de la montaña. Incendiaba las nubes, le daba un tono burdeos a los troncos de los árboles, sumergía en sombra los túneles de pinos, enrojecía el cielo. Y sonaba El último de la fila. Yo lo siento. Me quedo sin palabras para decir lo que se siente en un momento así. Deseaba en ese momento tanto esa presencia, que era casi como tenerla. Casi no dolía. La belleza del paisaje, la soledad alrededor, el silencio, el deseo. El pecho no cabe dentro de sí mismo.
El asfalto debajo de las ruedas, la sensación de propiedad y dominio sobre la vida, las nubes pintando sangre en el cielo, la silueta de las montañas a contraluz recortando un futuro más que incierto, el corazón partido en pedazos a repartir, la absoluta seguridad de que nunca son las cosas como deberían ser, o tal vez de que son exactamente como son y no hay más vueltas que darle a cierto tipo de evidencias, la certeza de que los deseos se desvanecen en cuanto alargas la mano.
El camino delante, enigmático y sombrío.
Luces largas.
Suena mientras escribo: Mi patria en mis zapatos, El Último de la Fila.
En verso (más o menos)
Fumar puede ser causa
de una muerte
lenta y dolorosa.
Como vivir, como caminar.
Como sentir, como mirarte.
Como un punteo de guitarra.
Como una voz rota que te llega a lo más profundo
del jodido corazón.
Suena mientras escribo: Don't fall apart on me tonight, Bob Dylan.
Yo
El otro día, en medio del insomnio, en medio de una especie de miedo a vivir y también de miedo a dormir, en medio de una noche larga de recolocación de estructuras, escuchando a mi lado una respiración nueva y de presencia tal vez un poco incómoda, abrí el libro (uno de los libros) que tengo en la mesilla. El Libro del desasosiego de Fernando Pessoa.
Y asistí a una espectacular reflexión sobre lo difícil que nos resulta comprender que los demás existen.
No como una masa ajena, informe, una especie de gran conjunto donde se engloba a grandes rasgos "todo lo que no soy yo". Eso es lo fácil. Pueden ser agresivos o amables, pueden estar a tu favor o en tu contra. Pueden ser apoyo o parapeto, o representar lo amargo y lo temible.
No. A lo que se refiere Pessoa es al hecho de que el otro, ése cuyos ojos contemplas, también mira el mundo desde la primera persona. También te ve a ti como un ente inaprehensible. Tiene miles de matices que jamás llegarás a captar, tiene una vida que se desarrolla en lugares de su alma a las que jamás podrás acceder.
Es curioso, porque hace muchos años me di cuenta de eso. Supongo que como casi todo el mundo, al cabo. Me preguntaba cuando era niña qué querían decir los demás cuando decían "yo", si "yo" era yo. Una pregunta tan absurda como ésa me produjo un increíble vértigo. Conseguí atisbar por un instante la magnitud de milagro de millones de yoes sintiendo que son únicos, irrepetibles, solos.
Fue sólo un segundo. No creo que se pueda vivir tranquilamente constatando semejante hecho a los ocho años. Pero el caso es que siempre he sabido que nadie más que yo sabe de mí. Y yo, a mi vez, no sé de nadie. Puedo imaginar, suponer, completar, investigar, preguntar, escuchar, observar, deducir, empatizar. Pero no puedo saber.
Suena mientras escribo: Hang down your head, Tom Waits.
Día de difuntos
Hoy es el día de los muertos. Los cementerios se llenan de flores y todos se ponen de acuerdo para recordar a los que ya no están y no estarán más. No es que no se les recuerde el resto de los días. Pero hoy es su día.
Me resulta muy curioso este extraño culto. Son siglos de devociones, de respeto a los huecos que dejan los que se marchan para siempre. Es bonito, tiene algo de conmovedor comprobar cómo las peluquerías se llenan de mujeres que se peinan para ir misa y al cementerio. Como si fuera una especie de fiesta triste, una incongruente celebración de la vida. Estamos aquí y nos acordamos de vosotros.
Ayer fui a poner flores en el panteón de mi familia. Hablando con otra vecina, ella comentaba: "ya hay más gente aquí que fuera". Y claro, yo no pude menos. Contesté "siempre hay más muertos". Es mucha la historia que arrastramos. A veces digo ese tipo de cosas y siento que sólo yo me entiendo, que sólo yo sé lo que estoy diciendo. Es, supongo, una variante de la soledad.
Es un día de sol. Los días de sol en otoño tienen una belleza esplendorosa. Algo triste, por lo pronto que se acaban. Tal vez también porque el sol incide en los objetos de una forma más oblicua, más retorcida, que alarga las sombras de un modo irreal aunque sean las cuatro de la tarde. Por el color tostado que adquieren en seguida los árboles y las paredes blancas.
Hoy los cementerios están llenos de gente viva. Eso es bueno también. Tienen el calor del cariño resucitado, de las ganas de ver a las personas que ya no podemos ver.
El sábado estuve en un homenaje a un señor que había muerto. Con la muerte hay mucha mala literatura (qué mejor ejemplo que lo que yo estoy intentando hacer ahora). Una de las cosas que se dijeron de este señor fue algo así como "ahora que nos separa una distancia insalvable". A veces las figuras retóricas se olvidan de decir ciertas verdades.
La distancia que nos separa de los muertos no es nada insalvable.
Como decía mi ex cada vez que moría alguien: "que nos espere allí muchos años".
Amén.
Pienso en ti. Me gusta pensar que estás vivo.
Suena mientras escribo: Purple rain, Prince.





