Si no dudara de todo, no sería yo
Estoy aquí, observando, como siempre, y me hago la misma vieja pregunta: ¿quién soy?
(Same old question.)
De nuevo la vida me lleva por caminos que no esperaba, no preveía, no deseaba. De nuevo me encuentro ante un futuro que no es el que yo buscaba
(y ¿qué futuro buscaba?)
y de nuevo con la misma inquietante sensación de atracción. ¿Lo deseo o no? ¿Hay muchas opciones? ¿Es real la disyuntiva?
Miro: esa K libre, independiente y viajera está en mis sueños. Pero yo no soy así. Yo soy sedentaria y tranquila, y soy (hoy me lo han dicho y es cierto) social. Mi forma de ser atrae a la gente hacia mí, les hace desear, esperar de mí, otras cosas: estabilidad, calma, compañía, presencia, planes, cariño tranquilo. Eso es lo que ofrezco, al parecer.
Miro: yo estoy bien, me siento cómoda y tranquila en el papel, por momentos (largos, constantes momentos) yo también lo deseo. No tiene nada de malo.
(¿o...?)
Y me pregunto qué va a ser de mis sueños ahora; qué iba a ser de mis sueños ayer, en la soledad repleta de proyectos, si tampoco tenía el arranque, ni el empuje necesarios, nunca los he tenido, nunca voy a tenerlos.
No es la pareja. No es la estabilidad. Eso son circunstancias que yo busco también, es evidente, por eso las consigo, por eso las encuentro.
No soy exigente. Me basta con sonreír, me basta con sentirme querida, me siento bien en esta especie de mundo de algodón en que todos sonríen y la gente parece feliz.
(Quién no.)
Me basta con sentir feliz al otro con sólo verme atravesar la puerta, ese hecho desnudo me hace feliz a mí, qué absurdo. Qué extraño, y saber que me basta y no.
Hoy lo he dicho en voz alta: mientras esté a gusto, iré adelante. Adónde, no lo sé muy bien. Por qué, no lo sé en absoluto.
(Al fin y al cabo, estoy bastante acostumbrada a no entender nada.)
Ésa es la única clave, mi único camino.
Tal vez, tal vez he perdido la filosofía. Incluso es posible que haya perdido el talento. Pero si tengo que elegir entre la filosofía o el talento y la felicidad, lo siento por el mundo, me quedo con la felicidad.
(Eso sin pensar en lo efímero de todo, en que la tortilla da la vuelta, todo eso.)
(De todos modos, jamás escribiré mejor que Cortázar, por mucho que sufra y por mucha angustia o soledad que atesore; de todos modos, me temo que mi destino es quedarme en la mitad de todos los caminos, de todos los proyectos; mi destino es ir abandonando sueños.)
Suena mientras escribo: A mil kilómetros, Fito y Fitipaldis.
Advierto: esto no merece la pena leerlo
Llevo aquí un buen rato pensando que me quiero ir a la cama. Dos noches seguidas tardando mucho tiempo en dormirme no son exactamente un buen estímulo para acostarme temprano, pero me siento en esta silla y frente a esta pantalla, que hace no tanto eran prácticamente mi único mundo, y no siento nada. Sólo vacío.
No quiero irme a dormir sin dejar aquí una huella, no sé muy bien si por atarme a una absurda disciplina o si para comunicar realmente algo, y sólo se me ocurre lo de la canción de Fito: no tengo nada que decir, no tengo nada que decir, no tengo nada que decir... lo único que tengo que decir es que no tengo nada que decir.
Estoy muy preocupada. No sé a qué se debe esta ausencia de ideas, de ganas. El Yunque dirá que me ponga a trabajar. Y tendrá razón, supongo. Pero me extrañaría que se explicara con tan poco una espiral tan compleja. O me jode, que más o menos.
Y es que no sé. Qué raro. No sé.
Supongo que hoy tengo un ataque de ésos. Uno de ésos. De qué estás haciendo con tu vida, de mira la edad que tienes y la situación en la que estás metida, de dónde vamos a ir a parar, lloriqueando en un sitio web delante de un puñado de desconocidos o no tan desconocidos que al acabar de leer levantan una ceja y se van a otro sitio que les haga reír o pensar con más eficacia.
Ya llega un momento en que el examen de conciencia resulta absolutamente inútil. Se nos quiere por lo que somos. Y por lo que hacemos. Yo no sé si soy algo. Pero no hago nada. Ni ganas, que es lo malo. Y es malo, de verdad.
En serio. Estoy muy preocupada... esta frase me hace sonreír. Esto va a ser como las famosas tasas de suicidio de los países escandinavos. Que no se puede estar tan bien, coño. Sin curro pero con pelas, con una digamos pareja que la mayor parte del rato me cuelga de la cara una sonrisa idiota (sí, yo soy la que dice que el amor no existe, y lo malo es que lo creo, es difícil coser entre sí algunas contradicciones), a punto de que me toque la lotería, a punto de que lleguen las navidades, que son una época del año que me encanta, no porque nazca dios, evidentemente, total se muere otra vez dentro de tres o cuatro meses, sino porque la gente está contenta, porque viene mi hermana, porque hay días festivos de ésos en los que cierra hasta la panadería que no cierra nunca, porque cambia el año y es hora de volver a hacer balances, que me divierten tanto, y es hora de volver a hacer planes, también, de los que nunca se cumplen. A propósito: me he emplazado a dejar de fumar el veinticinco. Fun, fun, fun. Veremos.
Tengo suerte. A mí no se me ha muerto nadie. (Siempre que digo esto me dan ganas de tocar madera como una jilipollas. Si creyera en dios me daría por rezar. La cosa es que tampoco creo mucho en las propiedades espanta-temores de la madera, pero ahí estamos. Cosiendo contradicciones.) Tengo suerte, decía, no se me ha muerto nadie, por eso las navidades me siguen pareciendo una época entrañable de buen rollo. Mi familia se lleva bien, nos juntamos para disfrutar de la compañía, hacemos planes de qué vamos a cenar en nochebuena y esas cosas y nos emocionamos después de las uvas. Nos pasamos un mes pensando en los regalos y todos conocemos de antemano los de todos excepto los propios, a no ser que hayas tenido el cuidado de dejar caer la carta de los reyes bien a la vista...
O sea, que bien. Va a ser eso.
Suena mientras escribo: No tengo nada que decir, Fito y Fitipaldis.
Puf!
Cómo cambia todo de repente.
El de repente es lo raro, lo vertiginoso, lo tal vez incomprensible de la frasecita.
Que las cosas cambian, que el tiempo pasa, que todo se mueve, eso es lo normal, eso lo sabemos. Con eso se cuenta. Por eso está la historia llena de alegorías de ríos y caminos, de círculos y espirales.
Pero de repente.
Ahora estás y ahora ya no estás.
Y todo sigue igual y todo ha cambiado.
De repente.
Y nosotros somos los mismos y no somos los mismos.
(Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando.)
Pero nunca son los mismos pájaros.
(Ésos no volverán.)
Debe de ser que me he quitado las gafas y lo veo todo borroso.
Suena mientras escribo: El blues de Memphis, Kiko Veneno.
Poca cosa
Ya gocemos, ya no gocemos,
pasamos como el río.
Más vale que sepamos pasar
silenciosamente y sin desasosiegos.
Sin amores, ni odios, ni pasiones
que levanten la voz,
ni envidias que hagan a los ojos
moverse demasiado,
ni cuidados, porque si los tuviese
el río también correría,
y siempre acabaría en el mar.
(Fernando Pessoa.)
Llevo varios días enferma. Hacía tiempo que no me encontraba tan mal físicamente. En estos días apenas me he acercado al ordenador y casualmente tampoco he tenido teléfono móvil (me lo dejé el lunes en el pueblo). Estas tres circunstancias han hecho que esta última semana mi vida haya cambiado radicalmente con respecto a como es por lo general.
Y cambios que son aparentemente tan grandes te hacen ver lo pequeñas que son las cosas y lo pequeños que somos nosotros.
Me he dado cuenta de que puedo vivir sin ordenador, sin móvil. Pero no puedo vivir sin salud. Es el tipo de cosas que sabes pero no constatas.
Ahora me siento aquí para encender un faro en la noche, supongo. No tengo gran cosa que decir, en realidad.
Sólo quería hacer notar y dejar por escrito que de vez en cuando no viene mal hacer un repaso de las prioridades.
Suena mientras escribo: The whole of the moon, The Waterboys.
Seres humanos
Qué raro. He guardado en el bote un bolígrafo con la punta fuera. Es poco propio de mí.
También he dejado la cama sin hacer y los platos de la comida sin fregar. Eso ya es más normal, aunque no suelen llegar a estas horas en esas condiciones.
También tengo a un amigo esperando mi entusiasmo. Qué responsabilidad.
Veamos... hoy tenía ganas de poetizar. Pero prosearé un rato primero. Ayer la ex de mi actual digamos pareja porque algún nombre hay que darle a las cosas (maldita manía de tener que darle siempre nombre a todo, pero eso es otra historia y habrá de ser contada en otra ocasión) le esperó de madrugada junto a mi puerta para romperle un par de limpiaparabrisas y llamarle algo así como hijoputa. Y nada, esto es sólo para dar rienda suelta a mi natural exhibicionista y para decir cómo las personas que queremos pueden pasar en poco tiempo de provocarnos admiración o cariño a acojonarnos sin solución de continuidad, y cómo las rupturas y los dolores sacan de modo altamente eficaz lo peor de nosotros. Ésta es una de las razones por las que relacionarme me da tanto miedo. Eso y que soy una cobardica de aúpa, pero no lo digo mucho por aquello de presumir.
Releo eso de lo peor de nosotros y no sé si retractarme. Desde luego, mi actual digamos pareja ha tenido todo el día una cara como de "casi mejor no vuelvo a salir de casa" que era una pena verle, pero yo no opino exactamente igual. Claro, yo no conozco a su ex ni tampoco es mi ex, y las reacciones esquizoide-paranoides de mi propio ex en su momento también me debieron dejar una expresión más o menos parecida en el rostro, pero lo que yo pienso sobre esta chica (señora) es otra cosa. Por una parte veo algo de poético (en el sentido épico, por supuesto) en la reacción pasional, visceral, desatada, de los celos. Tiene un alto componente romántico (en el sentido decimonónico, claro, de tormentas y nieblas) eso de que una mujer te espere sentada el tiempo que sea en su coche a una hora que había pasado lo decente hacía varias (no puntualizaré para que no se ponga en duda mi propia decencia), con el frío insoportable, con la soledad y la rabia, te espere, digo, en la puerta de otra mujer para gritarte en la calle y romperte el coche (que, como todos sabemos, es de lo que más duele en esta vida). No sé.
Bueno. El amor y el desamor son conceptos que se escapan a todas mis definiciones. Sacan lo más descreído de mí, que es largo y hondo. Veo gente que ama que se comporta como si no amara y gente que no ama que descubre que tal vez no era así cuando saborea el amargor del abandono, o que se comporta de repente como si el amor, al fin y al cabo, hubiera sido posible, y lo descubriera cinco minutos tarde.
Lo de la poesía mejor lo dejo para otro día.
Suena mientras escribo: Every time I see you fallin', Jewel.
Siempre me pierdo en el mismo camino
Tengo las manos frías y escucho la voz de los muertos. Una vez me dijiste que nuestras cartas eran conversaciones con los muertos y yo me reí. Déjate de ouijas, te dije; tú estás vivo y yo también. Pero, como tantas veces, querías decir otra cosa y tenías razón.
Y ahora no escucho tu voz.
Estoy aquí, con esta especie de pobreza mental, de sequía de espíritu, y sólo puedo pensar en palabras de hombres muertos, por ejemplo...
sólo una cosa no hay: es el olvido
o
quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras
o
cómo no haber amado sus grandes ojos fijos
o
en los vastos jardines sin aurora, donde yo sólo sea memoria de una piedra
o
ahora es demasiado tarde, princesa
o
we got one last chance to make it real
o
vine a madrid a matar a un hombre a quien no conocía
o
nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos
o
deseas un mundo románico, de fuertes pilares; construyes un mundo gótico, henchido de luz.
Podría seguir. Pero bueno, la idea ya está más o menos clara.
Suena mientras escribo: A la luna se le ve el ombligo, Fito y Fitipaldis.
All men will be sailors
Y me quedo siempre al borde de todos los sentimientos, de todos los regalos y de todos los pasos, sin saber por dónde continuar o dónde me terminaré perdiendo o en quién terminaré convirtiéndome, por fin. Mintiendo siempre, en primer lugar a mí.
No sé, no sé nada, y es esta sensación de pérdida, de desorientación lo que me desconcierta, el conocimiento casi valeroso de que no soy como ellos, no soy como vosotros, no conseguiré nunca encontrar la persona que soy, no conseguiré decidir la persona que deseo ser aunque a veces finja que sí.
Un río de plata, un mar de miedo. Niebla que lo envuelve todo como una voz por detrás, como un coro majestuoso y fantasmagórico que pone un colchón alrededor de la realidad que de todos modos es inaprehensible.
Suena mientras escribo: Suzanne, Leonard Cohen.
Tiempo

Miro por la ventana y veo el mismo paisaje que veía cuando era niña. Hay algún edificio más y algún árbol menos, y el Hospital es ahora más grande.
Miro por esa ventana y es como mirar al pasado. Se puede sentir cariño por el paisaje hosco enmarcado por una ventana. Un paisaje urbano de uralita y edificios grises, el monte al fondo ardió hace unos años y está pelado, las nubes lo sobrevuelan y estos días la niebla lo cubre en un espectáculo que no deja nunca de fascinarme. Qué tendrá la niebla para no poder dejar de mirarla.
El hombre estableció el tiempo como una línea. Es decir que, si miras al pasado, miras nada más que unos años atrás, y se puede, se supone que se puede, trazar con un lápiz una recta que marca el transcurso del tiempo que te lleva hasta ese punto, o el que te ha traído hasta éste.
Pero en realidad no es así. Me asomo a la ventana, observo el monte y la niebla, la uralita y el Hospital y sin hacer un gran esfuerzo me traslado a otro tiempo, a otra vida, y veo los recodos, las subidas y bajadas, los avances y retrocesos, los desencuentros, las amistades, la alegría y el dolor, y me doy cuenta de que reducirlo a una línea temporal (1987, por ejemplo) es aplanarlo y quitarle el color, despojarlo de su peso. Arrebatarle la importancia pintando números de colores en un calendario que en realidad no significa apenas nada una vez expirados los plazos y superado el último cumpleaños.
Por eso no llevo reloj desde hace un tiempo. No quiero saber cómo se mueven sus agujas porque no son las agujas las que marcan el ritmo de mis latidos ni tampoco el de mis pasos. Soy puntual pero el reloj no me soluciona ninguna duda.
Cortázar (inciso: soy consciente de que trayendo a este tipo a mi bitácora se pierde todo el improbable talento literario que yo pudiera tener, por comparación, pero está bien que lean ustedes algo de provecho, para variar): "Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo." (Más).
Ésta es la primera canción que recuerdo haber escuchado en mi vida de Bruce Springsteen. No sé cómo conseguí aquella cinta de casette grabada, no recuerdo más canciones que hubiera en ella. Supongo que me la prestó un profesor particular de matemáticas que tuve durante alguno de los últimos cursos de EGB, lo supongo porque es a aquellas clases a lo que me recuerda la canción. Y me acuerdo de ella precisamente porque entonces no me gustaba nada. Yo entendía "angagua", que es lo que Tarzán le decía a Chita. En EGB, diré para mi descargo, estudiaba francés, y además me gustaban los Hombres G y Mecano. No presumo, pero las cosas eran así. Menos mal que cambiaron. En general.
Ahora la escucho con la carga de los años (bueno, en realidad no tantos años, pero por qué parecen una eternidad de tiempo pasado e irrecuperable) y me dice otras cosas además de aquello.
Y eso precisamente es lo que estoy intentando decir. Que andamos sin darnos mucha cuenta por la cuadrícula inevitable del tiempo numerado y a veces olvidamos que todo se va acumulando en los rincones.
Suena mientras escribo: I'm going down, Bruce Springsteen.
Cierta sequía
Necesito un cursillo de estimulación de la creatividad. Aunque no sé si se podrá estimular un ente inexistente. Supongo que es una contradicción in terminis irresoluble. El cero no se puede multiplicar.
Observo el teclado manchado de ceniza. Recuerdo mientras lo miro el teclado de mi amigo Javi, que de tan usado tiene las letras borradas. Pienso en encender otro cigarrillo. Me prometí no volver a fumar tanto como antes y no he cumplido.
Aquí sentada, la pantalla a mi izquierda, blanca como una hija de puta, exactamente como mi cabeza.
Los pies fríos y la pared también blanca. Qué poco me gusta el gotelet. Tengo que limpiar esta mesa, está desordenada e imposible, sucia, polvorienta. Una caja de disquetes, disquetes sueltos, una caja de cedés grabables, un cenicero, varios bolígrafos y rotuladores fuera de sus correspondientes vasos portalápices, la biblia, una botella vacía de agua, el vaso de la plancha, la última factura del móvil (te mandé cien mensajes el mes pasado... ciento tres, concretamente), el disco duro desechado, unos discos de música clásica (chopin, dvorak con esos extraños acentos, satie), cajas de discos que no tienen nada dentro, van morrison derramándose de los altavoces, unas cuantas fotos del orfeón, un carné de biblioteca del año... cielo santo, mil novecientos noventa y siete, una eternidad, avenida del general fanjul, madrid, una caja de cerillas de un hotel de parís en el que nunca he estado salvo por teléfono, un plano de londres medio desplegado que me enseña su hyde park, lugar de un paseo bajo árboles mojados en la única media hora que dejó de llover y llego tarde pero voy andando, autobuses rojos y taxis anacrónicos, un sello de caucho con una k adornada de hojas que jamás he usado para nada útil (la mayor belleza corresponde a las cosas inútiles, como muy bien nos enseñó oscar wilde, no olvidemos jamás esa bella e inútil lección), la caja de casette de born in the usa y un pendiente con forma de lagartija, papeles de las cuentas del tintero y algunas cosas más que, por prosaicas, por excesivamente prosaicas, digo, se van a quedar fuera de este recuento. Como el sobre de una citación judicial que ha llegado a mi casa pero no a mi nombre, menos mal, o una libreta donde intento tirar del hilo del tema del tintero de esta semana: el dueño del mundo. Qué se yo de dueños y de mundos poseíbles. Qué se yo de nada, en realidad.
Los pies fríos, decía; hoy, probablemente el día más desapacible del otoño, me he puesto la falda que el otro día me compré. Me queda de puta madre, está mal que yo lo diga pero me parece que es cierto. Ha llovido todo el día (van morrison canta and the sky is so blue, y es cierto también, por encima de las nubes el cielo es always blue).
Finalmente, como me siento en racha, enciendo ese puto cigarrillo. Soplo humo. Qué más da. Y no sé muy bien si da igual realmente, pero digo qué más da y alejo de un manotazo al pesado de pepito grillo, que cuando se pone insorportable, que en mi caso es siempre, me pone de los nervios, qué ganas de impedir un disfrute. Si son dos días, joder. Y lloviendo. Metafórica y literalmente.
Pasamos del sky so blue a un blues que suena estupendo. Se titula too many myths y también es verdad, claro, oscar wilde sin ir más lejos. Qué cosas. Quiero dedicar este desfase a Otis, a quien apenas conozco pero que con su comentario de esta mañana me ha dado aún más ganas de escuchar esta música que es lo que está haciendo que ahora escriba. Bien. Gracias.
(Gracias también a ti por abrirme la puerta que ya no se cerrará; esta puerta y otras puertas; tengo mucho que agradecerte.)
Bueno. Tal vez me voy a la calle a que me dé el aire, a que me llueva un poco, a cumplir con algún compromiso, o más.
Es difícil desprenderse a veces de algunas guitarras.
Suena mientras escribo: Too many myths, Van Morrison.
Delirios antes de irme a dormir
Suena un rumor en la calle. El agua debe de estar cayendo con violencia. Hoy hay varias cosas que van bien. Lau ha vuelto, por ejemplo. Es tarde y yo debería estar durmiendo hace mucho, mucho rato. Y tengo sueño y no, como siempre más o menos. De lo que se deduce que no tantas particularidades han cambiado, en realidad. De lo cual me alegro porque realmente me tranquiliza. Es una bobada. Yo quiero ser feliz y veo que no tengo que renunciar a casi nada para conseguirlo.
El casi a veces pesa más y otras veces pesa menos.
Agua. Cierro los ojos para no ver cómo tecleo, para no oír el ruido de la lluvia mientras cae del cielo al suelo, mojando el mundo y refrescando una tierra sedienta. Escucho también la música que he puesto a sonar casi al azar, pienso en todo lo que (no) tengo que hacer mañana, en todo lo que (no) me espera, agua, agua, lavadoras tal vez, plancha o mopa o concursos televisivos o un café a media mañana o alguna sonrisa de ésas que te alegran el día.
Suponer sonrisas al otro lado del hilo telefónico, levantar viejas alfombras para descubrir tesoros olvidados, sacudir manteles por las ventanas para que el aire se lleve el polvo acumulado, utilizar infinitivos que terminan rechinando en las teclas, en las gafas, en el folio en blanco.
Me gustaría conseguir algo que hasta hace poco no me era tan difícil. Creo que puedo, pero no conozco el camino. Ese algo es poner el corazón en las yemas de los dedos mientras escribo. Cerrar los ojos y escribir a ciegas (como Borges, pienso siempre fatuamente), escribir sin pensar o sin respirar, con esa sensación como de estómago apretado (tengo hambre) y de vértigo, con esa especie de estremecimiento o escalofrío por estar sencillamente dejando fluir algo que no sé si existe. Que compruebo existe una vez abro los ojos y leo, leo lo que he escrito sin saber pero no sin pensar.
Piano y lluvia suenan, y teclas que golpean. Adoro el ruido de las teclas al golpear. Escribo por no dejar de oírlo mezclado ahora con algo que debe de ser un clarinete, si entiendo algo de música, y siento frío en los pies, y siento la puta vida pasando dentro de mí, y siento el ansia de seguir viviendo y de seguir tecleando y seguir escuchando ahora una voz que me dice cosas y menos mal que no entiendo las palabras que pronuncia, y la lluvia.
Suena mientras escribo: Moondance, Van Morrison.





