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Carballo Torto
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Un hecho

Necesito algo que no existe.

 
Psé

Una simple llamada telefónica y es un mundo. Hacemos que las cosas pequeñas se conviertan en símbolos de las grandes, y así llamar por teléfono se convierte en el diminuto trasunto de la conquista de Roma o algo así.

Y llamar por teléfono parece más difícil que atravesar un río lleno de pirañas o poner el pie sobre el puente colgante que tiembla sobre el abismo o dar el paso al vacío que te llevará a tu primer viaje a la nada en paracaídas.

No hay red para los saltos telefónicos. Es una forma de hablar, por supuesto. ¿Nunca os ha pasado? Una cosa tan tonta.

Pongo música. Veamos...

Suena mientras escribo:Blues for Alice, Charlie Parker.

 
Compañía

Y no nieva. El cielo se mantiene azul pese a las predicciones, riéndose de nuestras precauciones. Siempre ocurre así: la primera vez nos pilla por sorpresa; las siguientes lo esperamos y no ocurre. Eso es lo bueno de la vida, en realidad, aunque es raro que lo diga una adicta al control absoluto como yo. Eso es lo bueno de la vida, decía: que todo sea tan imprevisible. Que de repente la ola llegue y te arrastre, cuando menos asideros tienes, cuando precisamente estabas con la guardia baja.

Es bueno saber que alguien te necesita. Te da una referencia y un lugar en el mundo, absurdo, estúpido, un lugar, tu sitio. Probablemente ése es el motivo de que haya tantos misioneros y tantos voluntarios adictos a la ayuda internacional: saber que alguien te necesita te ancla al mundo. A la realidad. Te aleja de tu vida y por eso mismo te permite vivir con un poco menos de peso.

Nubes blancas de algodón. Suena la música que escuchaba hace muchos años, antes de que todo empezara. Cuando todo era posible, pienso siempre. Es que cada paso te cierra cientos de puertas. Ahora ya no todo es posible. Ahora, de entre todas las carreras, estudié una. De entre todos los hombres, elegí uno. De entre todos los lugares donde vivir, opté por uno. Después puedes cambiar la elección, más o menos, variar el rumbo para aprovechar el viento, modificar el destino. Pero nunca desde atrás. Siempre adelante. Y los caminos rechazados nunca vuelven a presentarse como opción.

Estoy rodeada de gente que me arropa. Algunos días me quejo de soledad, porque en realidad la soledad es un reducto interno inviolable, algo que nadie puede quitarte, que llevas escondido y conservas intacto. Pero jamás he estado menos sola que ahora. Jamás me he sentido más necesaria, nunca había sentido del modo en que lo siento ahora esto de ocupar un sitio enteramente tuyo. De nadie más que tuyo. Un hueco que los demás fabrican a tu medida. Miran a ese punto y esperan encontrarte, y encontrarte representa un alivio y una alegría, porque podría ser de otro modo pero es así: ahí estás. Y eso te proporciona una extraña satisfacción, una inverosímil plenitud.

Suena mientras escribo: Remando sobre el polvo, El Último de la Fila.

 
Carajo... otro ataque

Una imagen: en mi mente todas las piezas de un rompecabezas dan vueltas sin llegar a encontrar su sitio ni a componer la figura deseada: así me siento.

Después imagino un rompecabezas colocado, los cubos de plástico alineados para formar un dibujo determinado de un color concreto, pero en medio de la ordenada formación uno de los cubos está equivocado, es de otro color y muestra la parte de un dibujo que corresponde a otra de las probabilidades del rompecabezas.

Eso soy yo, pero nadie se da cuenta. Estoy en medio de mis iguales y desentono, rechino y me rebelo sin que nadie se entere, porque todos los que me ven me admiran como un prodigio de armonía. He conseguido mimetizarme en mi entorno pero dentro de mí nada encaja. He conseguido aprender a sonreír constantemente, a montarme en el carro de mi propia vida sin protestar demasiado y a dejarme llevar. Pero algo dentro me grita que así no es, que ahí no estoy yo, que eso no soy yo.

Nadie se da cuenta de los gritos que ahogo. De los abismos que no miro. De lo sola que estoy y lo diferente que me siento. Vivo para fuera porque lo que hay dentro no me gusta y me da miedo, es imposible compartirlo. Y todo esto unido a una extraña incapacidad para amar.

Tengo miedo. Todos los caminos son el camino equivocado y yo transito por ellos con la invencible convicción de que estoy malgastando mi vida, de la inutilidad y el absurdo de todo. Tengo miedo de perder la razón, tal vez de no haberla poseído nunca, tengo miedo de tener miedo, tengo miedo de no saber ser feliz, de estropearlo todo. Me gustaría ser la que finjo ser, no entiendo por qué tengo esta angustiosa sensación de estar mintiendo, este convencimiento de que no soy yo la que el reflejo del espejo me devuelve.

Me gusta darme, me gusta pensar antes en los otros que en mí, siempre mido mis pasos y mis palabras en función de lo que los demás van a recibir, van a sentir o van percibir. Me resulta imposible ponerme primero. Pero la parte de mí que tiene necesidades y ansiedades se queja a veces, protesta. La vida de quién estás viviendo, me pregunta con un intolerable tono de reproche. Los deseos de quién estás cumpliendo. Qué quieres hacer tú, qué deseas tú, dónde están tus propios intereses, qué vas a hacer con tus inquietudes.

Siento que hay dos personas en mí. Tengo miedo de que estas dos personas se separen y me disgreguen.

Tengo miedo de todo. No sé quién soy.

(Menos mal que después de escribirlo, se atenúa. Menos mal que parece que sólo con contarlo, la sensación se diluye y me siento como si me despertara de un mal sueño.

Buenos días. Todo va a ir bien.)

Suena mientras escribo: Strange boat, The Waterboys.

 
Palabras de otros
Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
fue mejor.

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Auque sólo sea una esperanza
porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe.

Sí, el Arte, que vive en la misma calle que la Vida, aunque en un sitio diferente, el Arte que alivia de la Vida sin aliviar de vivir, que es tan monótono como la misma Vida, pero sólo en un sitio diferente.

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Suenan mientras no escribo: Manrique, Cernuda, Pessoa, Borges
 
Ataque

Me quedo aquí quieta. Vengo a esta ventana a buscar lo que soy. Tengo la sensación de que estoy cometiendo un terrible error.

¿Por qué no soy capaz de vivir con naturalidad? ¿Por qué tengo tanto miedo? ¿Por qué veo fantasmas? ¿Por qué no puedo dormir?

No quiero hacer daño, no quiero sembrar tristeza. No puedo sentir eso, mi alma no es más que un reflejo. Te veo mirarme, ternura y dolor.

Miro adelante, un futuro que no es. No me lo creo, no es el mío, no me corresponde.

No sé quién soy. Dónde estoy. Dónde voy.

Qué vida estoy viviendo.

Qué me pasa. Quién soy.

Río y bebo cerveza negra, en el bar huele a madera, veo algo que no me gusta, no sé qué es, tengo miedo, es eso, tengo miedo.

Tengo tanto miedo.

Hostias. Qué angustia.

Fumo, suena algo suave, una voz que pertenece a otro mundo, una guitarra. Humo. cierro los ojos. Un escalofrío. Estoy viva. Estoy aquí. No quiero llorar. Estoy aquí.

¿Dónde está el error? ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Por qué no estoy segura de nada? ¿Por qué necesito estar segura? ¿Qué busco? ¿Qué deseo? ¿Por qué sonrío?

En el cenicero se quema la espuma de una colilla. Huele horrorosamente.

Qué desorientación, carajo.

¿Dónde están mis sentimientos?

Ahora mismo me iría a cualquier parte. Por ejemplo, a Kandahar. A cualquier parte.

Menos mal que ahora me voy a la cama, leo un poco, duermo y se me pasa. Mañana amanecerá, estará lloviendo y todo recuperará su color gris habitual.

Y sólo tengo una vida.

Suena mientras escribo: What's wrong with this picture, Van Morrison.

 
La muerte

Ha vuelto la lluvia, esa luz gris y tamizada y el olor. En el piso de abajo suenan los golpes de las obras, no me quejo de ellos porque me sirven de despertador.

También ha vuelto la vida normal, la rutina después de la locura festiva de las navidades. Ya tenía ganas, debe de ser que en el fondo soy persona de costumbres tranquilas, de comer y dormir en mi casa, de tener algún rato de silencio y de soledad. Me gusta la navidad, no puedo negarlo, me gusta reunirme con la familia y celebrar y comer como si no fuéramos a volver a hacerlo y los reencuentros y los regalos, caminar por la calle y encontrar viejos conocidos entre los escaparates iluminados y los inevitables villancicos. Pero al final me agoto de tanta animación, de tanto ruido, de tanta gente por la calle, de tantos besos en las mejillas, y necesito volver a la tranquilidad de la vida diaria. Sobre todo el silencio.

En estos días hemos tenido de todo. En estas fiestas hemos tenido la visita de la muerte. No eran personas queridas para mí, pero eran personas queridas por personas queridas para mí, y es bastante. El abuelo de mi amiga Sagrario era muy viejo y había pasado hace años por una enfermedad de la que salió vivo de milagro (¿he dicho milagro? sí, he dicho milagro). Pero esta vez quizá ya se había cansado, quizá se le agotó el mecanismo. Le enterraron en un día frío de sol, todo nieve alrededor.

Poco después tuvieron que ingresar al padre de Tere, que es (era) algo así como mi abuelastro. Los días de hospital y ese silencio no deseado, paradójico, el interminable gotear de gente en el tanatorio. Yo no puedo imaginarme lo que se debe de sentir cuando alguien querido muere. No puedo imaginármelo y eso me da miedo. No hay forma de prepararse para algo así. Hay que pasar por ello a pelo y superarlo después como uno pueda. Es tan extraña la muerte. Tan natural, tan posible. Vive ahí, a nuestro lado, pende sobre cada cabeza, es el horizonte de todas las vidas, el único fin verdadero de cualquier camino, echas una mirada de reojo y la ves esperando tranquila, y sin embargo nunca la esperas y nunca piensas que vaya a venir a verte a ti; y, si alguna vez lo piensas, es como una posibilidad teórica y remota: como algo que en realidad no puede ocurrirte.

Luego un día pasa. Una persona desaparece de repente y todo cambia. Y no puedes hacer nada por consolar al que sufre esa pérdida más que tú, nada de lo que está en tu mano sirve realmente para aliviar el dolor. Ni tu presencia, ni tu compañía, ni tu susurro, ni todo ese montón de recados prácticos que se te encomiendan sirven realmente para nada. No sabemos reaccionar ante la muerte. Siempre es nueva.

Ayer, en el ensayo del Orfeón, uno de los compañeros del coro, el que fue nuestro guía en el Camino de Santiago, me dijo que le han encontrado un tumor en el pulmón. Se le ve el miedo, la angustia. Se le ve encogido, atemorizado. Cómo no estarlo. El Orfeón está organizando un segundo peregrinaje a Santiago y, esta mañana, leyendo el pequeño boletín en el que se hablaba del viaje anterior y de la labor que despempeñó en él este compañero dulce y callado, pensé que tal vez no pueda ir al próximo y no pude evitar llorar. ¿Cómo podemos aprovechar cada momento con la conciencia de que es irrepetible? ¿Cómo se hace eso? No podemos vivir pensando que mañana tal vez no estemos. No es humano. No es normal. No es posible. Y así perdemos las oportunidades.

Diatriba contra los muertos, Ángel González.

Los muertos son egoístas:
hacen llorar y no les importa,
se quedan quietos en los lugares más inconvenientes,
se resisten a andar, hay que llevarlos
a cuestas a la tumba
como si fuesen niños, qué pesados.
Inusitadamente rígidos, sus rostros
nos acusan de algo, o nos advierten;
son la mala conciencia, el mal ejemplo,
lo peor de nuestra vida son ellos siempre, siempre.
Lo malo que tienen los muertos
es que no hay forma de matarlos.
Su constante tarea destructiva
es por esa razón incalculable.
Insensibles, distantes, tercos, fríos,
con su insolencia y su silencio
no se dan cuenta de lo que deshacen.

Y el caso es que, lo juro, las navidades han sido buenas, pese a todo. He compartido muchos ratos alegres con mi familia, con mi hermana, largas conversaciones, he salido por ahí y me he sentido cerca de los míos, me siento viva, tengo ganas de vivir, de hacer. Así que ahí estamos. Conjugando contradicciones, yo qué sé...

Suena mientras escribo: Madness, Marlango.