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Carballo Torto
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¿Quieres ver el mundo?

MIra, está debajo de tus pies...



(La frasecita es de una canción de Fito.)

De vuelta. No sé cuánto tiempo hace ya que es momento de tomar decisiones.



Cualquier camino es bueno.

Por cierto, no es verdad eso de que no haya camino. Vaya si lo hay.

Lo malo es que hay cientos.

Suena mientras escribo: El canto del gallo, Radio Futura.

 
Bueno, que me voy (otra vez)




A andar otra vez. Hace poco más de cinco meses. Aquella vez, a la vuelta del paseo me cambió la vida.

Ahora, mentiría si digo lo contrario, mi vida en ciertos aspectos me gusta como está. También entonces me gustaba en ciertos aspectos y cambió de todos modos y me sigue gustando.

Me quejaba y me quejo, pero eso es otra historia muy diferente.

No sé si algo cambiará. Me da lo mismo, no es ésa la intención. La intención es caminar una media de veinte kilómetros diarios sin reventar y sin lesionarse y llegar a Santiago el domingo de Pascua.

Hasta entonces, buen Camino.




 
Carta a un amigo roto

Te veo hundirte en la tristeza, regocijarte en ella y no me gusta. No te conozco mucho pero sé de ti algunas cosas. Sé que te gusta estar triste, en eso eres como yo. Te gusta, no sabes por qué ni sabes ni puedes evitarlo, levantarte un día de mala luna con una sonrisa al revés en la cara y mirar de tu vida todo lo que no va bien, la insatisfacción y el ansia.

Ahora, además, por si ya tu naturaleza fuera poco, la vida te lo ha puesto fácil. Tienes un motivo enorme que todo el mundo comprende para negarte a salir adelante.

No quiero ser blanda contigo, ni blanda ni compasiva, como no me gusta serlo conmigo misma tampoco, aunque a veces no se note mucho. Entiendo que el dolor que tú sientes es difícil de encarar y mucho más difícil aún de soportar, entiendo que la carga ahora es más difícil y que el camino por delante se hace cuesta arriba, pedregoso por fuera y por dentro de los zapatos, que te toca cargar con un muerto que duele ("lo peor de nuestras vidas son ellos siempre, siempre").

Yo no tengo muertos, lo he dicho otras veces, no sé lo que es, no sé lo que significa.

Pero da lo mismo. Yo sé de vivos. Sé de vivos que viven con muertos a sus espaldas, con muertos en sus conciencias. Sólo sé que hay que seguir vivos, que es nuestro deber, nuestra obligación ineludible. Y que para vivir no es conveniente tirar primero la toalla, que para vivir hay que dar un paso y otro y hacer más fácil la vida a los demás antes de nada, que para vivir hay que vivir. Dar un paso y dar otro, apagar el despertador y levantarse, fijarse un objetivo y simplemente caminar. No mirar atrás, no mirar lo que quedó y no volverá, no mirar las estatuas de sal, no mirar lo que no va a nuestro lado. Mirar a la gente que te mira esperando una sonrisa y una esperanza, tirar de los que están vivos muriéndose de ganas de serte útiles, mirar a los que siguen contigo y sólo tienen un deseo cuando te miran: que vuelvas con ellos.

Los muertos se mueren y hay que dejarlos marchar. Yo no sé cómo se hace porque nunca he tenido que hacerlo. Pero sé que hay que hacerlo así porque lo he visto muchas veces, y quizás porque la muerte no es tan distinta a ciertos tipos de abandono, quizás porque la muerte es sólo alguien que se va. Y bueno, tal vez te hablo desde la frialdad del que no lo ha vivido, pero tal vez hoy debas aprovechar mi inexperiencia para solamente salir adelante.

No te rompas, no te rindas, no te abandones. No se sabe el motivo, simplemente tú te quedaste y ella se fue. Guárdala en tu bolsillo más remoto. Esconde en tus cajones los recuerdos que nunca compartirás, en la esquina del espejo encuentra su sonrisa cuando la necesites, y tira de tus vivos para seguir vivo.

Los muertos se mueren y nadie puede devolvérnoslos. Se van y no volvemos a verlos. Eso no es excusa, ni siquiera motivo verdadero, para morirnos nosotros. Nosotros tenemos que seguir.

No hay opciones.

Suena mientras escribo: Empty sky, Bruce Springsteen.

 
Pasaba por aquí

No quise despedirme porque sabía que no me iba a ir a ningún sitio. Supongo que por una parte me agobió tanta atención ajena; uno de los motivos que suelen alejarme de todas las actividades es la sensación de obligación y nada hay que me haga sentir más obligada que el peso insoportable de las expectativas de los demás. El término "alejar" no se refiere tanto a un alejamiento físico como a uno mental o moral. No dejo los trabajos, pero dejo de interesarme por ellos; no dejo de ser amiga de mis amigos, pero les llamo menos a menudo o voy menos a verlos; no dejo a mis parejas, pero me siento lejos de ellas. Esas cosas.

Hubo un tiempo, en la cándida adolescencia, en que pensé de mí misma que yo era un espíritu libre. Imagino a ese lector desconocido e hipotético sonriéndose pensando "ah, tú también...". Es algo muy común en la cándida adolescencia.

Supongo que el problema está en no superar ese tipo de cosas. Yo no me considero (no soy) una fugitiva del deber. Me quedo a pie firme afrontando las responsabilidades adquiridas, sean éstas cuales sean, independientemente de que me hayan sido impuestas o las haya elegido haciendo uso de mi propio libre albedrío. Pero nunca he dejado, nunca dejo, de pensar con nostalgia en esa libertad y tampoco dejo de sentir como una carga pegajosa las ataduras.

Dos referencias absurdas al hilo: el capítulo de hoy de los Simpson y un comentario en una crítica de Fotogramas.

En el capítulo de los Simpson, Homer renegaba de su vida común y corriente, una vida en la que los sueños se habían sacrificado por una familia. Bueno, supongo que es la típica crisis de los cuarenta, hago un trabajo que no me gusta y cuando llego a casa me encuentro con que tengo una mujer que me hace una detallada exposición de problemas cotidianos e intrascendentes, unos niños que gritan o lloran o se pelean o me dan la murga, y yo lo que quería en esta vida era ser guitarrista de rock o fotógrafo de Playboy. Y toda una reflexión posterior, naturalmente, cargada de moralina y de incitación a la resignación, y no sólo a la resignación, supongo: también a la comprensión de que realmente todo lo que construyes en esta vida está metido entre las paredes de la casa en la que vives gracias a la hipoteca a treinta años, y si no eres capaz de ver eso, si no eres capaz de conservarlo, ahí es donde realmente está el fracaso.

En la crítica de Fotogramas que no soy capaz de encontrar para citarla convenientemente (de modo que no sé si lo leí realmente en Fotogramas o dónde coño, o si tal vez mi mente, genial cuando nadie la ve, directamente lo ha inventado), se hablaba de la anomalía de una persona que vive una madurez, una edad adulta que es una proyección o una continuación de la infancia, y que por lo tanto, es incompleta, defectuosa, y conduce a la infelicidad. (Más o menos; el problema es que no sé si hablaba de eso o si fue eso lo que yo creí entender.)

Sea como sea, es en ese sentido en el que pienso que yo tampoco he superado la fase de la infancia en la que piensas que todo es posible: me cuesta trabajo que mis pies no floten constantemente un par de centímetros sobre el suelo (de hecho no lo consigo en absoluto) y esa fuente permanente de insatisfacción me provoca inseguridad y miedo.

Menudo descubrimiento de pólvora que hago, para un día que me da por sentarme aquí a escribir algo.

Lo que sí es cierto es que hoy hago como al principio: escribo sin pensar que tal vez muchos desconocidos van a leerlo (dos son muchos). Si lo pienso mucho, no lo cuelgo. No lo pienso mucho. Total.

Suena mientras escribo: Quién eres tú, El Último de la Fila.