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Carballo Torto
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Ya

Madre mía, qué abandonado tengo este bendito andurrial.

¿Qué quería? Quería que no entrara tanta gente que no sé quién es a leerlo. Me sentía demasiado desnuda, demasiado expuesta, por supuesto demasiado ridícula. A quién se le ocurre levantarse las faldas así, si un montón de extraños van a venir a olisquear. Y odio despedirme. O sea, no. En realidad no me importa despedirme cuando voy a un sitio o cuando alguien viene a verme. La despedida es el momento del abrazo fuerte, el momento de susurrar al oído "gracias", por ejemplo. Y eso suele gustarme hacerlo. Lo que no me gusta es eso de "pues ahora me voy, procedan a lamentar mi ausencia y a suplicarme que me quede o que en su defecto vuelva pronto". Esas cosas de internet, tan comunes.

Lo he disfrazado de vacaciones, y de hecho lo han sido. He dedicado este tiempo de silencio (a ver si plagiando meto una buena frase) a vivir más para fuera que para dentro, a sacar los ojos de mi propio ombligo y eso que mi propio ombligo no está tan mal, pero al final aburre y te cansas de nadar en mierda... mi ombligo está limpio pero ya se me entiende, confío, y un día te da por mirar por la ventana y resulta que a tu alrededor brotan las hojas de los árboles. Tan verdes, tan tiernas, tan llenas de inevitabilidad y de esperanza. Ya sé que este párrafo está gramaticalmente mal construido, pero lo dejo así porque así salió de mis adentros. Y se entiende, confío, insisto.

No desaparezco ni me esfumo, les insisto a mis amigos. Estoy aquí. Si no contesto los correos cojo el móvil. O sea, si me muero, aviso. Por eso no tengan pena.

Suena mientras escribo (cómo no): All the way home, Bruce Springsteen.



 
Una de crítica cinematográfica

Desde que estas Navidades me regalaron el dvd mágico reproductor de divx veo todo el cine que no he podido ver en los últimos años. O, para ser más exactos, todo el cine que puedo ver ahora. Esta maravilla de invento llamada emule, esta falta de escrúpulos, este pueblo sin sala de cine.

Así, he recuperado películas que me conmovieron en su momento (Antonia's Line, Dersu Uzala, Fresas Salvajes, Mi vida sin mí... por el momento ésta y Antonia me han vuelto a conmover, las otras están pendientes de revisión) y he descubierto conmociones nuevas, como Lost in translation.

Por curiosidad me bajé Closer el otro día y hoy la he puesto a la hora de comer. Y hombre, me ha sorprendido. Para bien.

Supongo que eso es lo bueno de no esperar demasiado, como la vida misma. Esperaba encontrar un producto facilón y me he encontrado (en estos casos siempre me pregunto hasta qué punto ponemos de nosotros mismos en lo que vemos) con un retrato certero de las profundidades y las suciedades, los dobleces y las dudas de las personas. Y con un par de preguntas, como "¿Quién soy?" y "¿Quién eres tú?".

Me ha gustado porque es una película pequeña y sin pretensiones (salvando a Julia Roberts, quizás el personaje más desdibujado; la chica me cae bien pero en esta película no veo a la gran actriz que algunos dicen que es; también puede ser un fallo de guión: sabemos cómo es el personaje por lo que otros personajes cuentan de él o por cómo reaccionan ante él, y así se queda cojo... no sé si me explico.)

Siempre me suelen gustar las películas pequeñas que hablan de personas y de relaciones (después de escribir esto mi parte severa me regaña... "¿Y dices que no sabes sobre qué escribir?", "No es tan fácil", le contesto, "No es tan difícil", me espeta; y me quedo sin palabras, como siempre.)

Las relaciones entre las personas son como las personas: complicadas, sutiles, llenas de contrastes, de recovecos. Y esto es lo que les pasa a los cuatro personajes de Closer. Me resulta curioso, a la vez que inquietante, darme cuenta de que me identifico completamente con el cuarteto, con todos absolutamente. Sé cuándo dicen la verdad y cuándo mienten, sé cómo se sienten, sé por qué son imposibles los imposibles, sé cuando algo va a salir bien y cuándo no, a veces incluso sé lo que van a decir a continuación, y todo ello sin tener en absoluto la sensación de que la trama o los personajes sean previsibles. Esto ocurre por dos motivos, sospecho: el que escribió esa obra de teatro y ese guión (Patrick Marber), ve el mundo y a la gente que lo habita de un modo muy parecido a como yo lo veo; el segundo motivo es que los actores hacen su trabajo como un actor tiene que hacer su trabajo. Bendito Mike Nichols, le deseo una larga y próspera ancianidad. (Puede haber un tercer motivo, y sería que hoy estoy benévola.)

Me ha llamado la atención el tratamiento del tiempo. Probablemente ahora en mi facultad hay algún profesor usando esta película como ejemplo de elipsis temporal y la a veces inapreciable diferencia entre flashback y flashforward (¿existe el flashforward?), presente y pasado. La estructura temporal de esta película está maravillosamente planteada. Los datos necesarios para que el espectador no se pierda en los saltos adelante se resuelven (para mi gusto con mucha delicadeza e inteligencia) en los diálogos, de los que hablaré después. Para la captación del paso del tiempo el espectador debe estar atento, trabajar, poner de su parte, implicarse en lo que está viendo y oyendo. De una forma sutil, nunca violentándole, el director (la película) obliga al que la ve a tomar parte en la construcción y en la comprensión. Nada de un cartelito absurdo a modo de arcángel Uriel expulsándote del paraíso: "Cuatro meses después..."

El trabajo más encomiable, sin embargo, es la dirección de actores. He leído después de verla que trabajaron como para el teatro, ensayando hasta la extenuación. Los resultados lo agradecen. Clive Owen y Natalie Portman hacen un trabajo espectacular. De él me han gustado su presencia física y su maravilloso control de la expresión: puede transmitir sentimientos profundos por medio de movimientos casi imperceptibles de los músculos faciales y puede decir más con su cuerpo y con su mirada que con tres páginas de guión. Más o menos lo mismo con respecto a Natalie Portman. Un gusto esa delicadeza, un regalo esa belleza, juega, se divierte, controla cada gesto y cada palabra. Como siga creciendo así como actriz a medida que crece en años, va a ser la leche. No están mal tampoco Julia Roberts y Jude Law. Con ella me pasa que la veo siempre igual. No sé si es cuestión del estilo americano (el otro día decía Juan Luis Galiardo en Buenafuente que los actores americanos hacen siempre de sí mismos haciendo de otros, me pareció genial, sobre todo viniendo de él, heheh) o si es ella, que hace su mejor papel cuando hace de mujer que no siente nada. Sí que es cierto que hace un trabajo más delicado, más sutil, y que su papel es menos agradecido que los otros (había una crítica de un lector de Fotogramas que decía "Julia Roberts interpretando a una fotógrafa con la misma profundidad que un charco", qué malvado, pero no del todo desencaminado, ella hace lo que puede por un papel levemente insalvable, me parece). Transmite perfectamente la infelicidad, la insatisfacción. Y Jude Law es, no sé... el hombre más sexy del mundo, y tal. No sé. En la escena en la consulta, Clive Owen se lo come sin moverse de la silla, sin más. Sin embargo, no le falta calidad. Su personaje es creíble, sus contradicciones y sus mezquindades, su no entenderse a sí mismo ni lo que le ocurre, su inmadurez, su inquebrantable pijerío. Le va el papel, sí.

Dije que hablaría de los diálogos. Son la base de todo, no en vano es cine sonoro (heh). Era broma. Prosigo: no en vano está basada en una obra teatral; no en vano el responsable del guión es el mismo que firma la susodicha obra teatral. Los diálogos son rápidos, inteligentes, suficientes, aclaratorios y sobrios. A mí me han gustado mucho. Están bien llevados a carne y a voz por los actores, no se puede negar, aunque también hay algún chiste fácil que se podía haber evitado.

En la crítica de Fotogramas, M. Torreiro decía para acabar una frase que me gusta a mí también para acabar: "Y de entre sus frondosos diálogos, emerge una de las constantes del drama amoroso contemporáneo: la sospecha de que jamás sabremos en realidad de quién nos enamoramos."

Suficiente. Para qué decirlo si otros lo han dicho mejor que tú. Aunque en mi opinión está mejor Clive Owen que la Portman, si esto es posible. Será cuestión de gónadas.

Suena mientras escribo: The blower's daughter, Damien Rice.

(And so it is
Just like you said it would be
Life goes easy on me
Most of the time
And so it is
The shorter story
No love, no glory
No hero in her sky

I can't take my eyes off of you
I can't take my eyes off you
I can't take my eyes off of you
I can't take my eyes off you
I can't take my eyes off you
I can't take my eyes...

And so it is
Just like you said it should be
We'll both forget the breeze
Most of the time
And so it is
The colder water
The blower's daughter
The pupil in denial

I can't take my eyes off of you
I can't take my eyes off you
I can't take my eyes off of you
I can't take my eyes off you
I can't take my eyes off you
I can't take my eyes...

Did I say that I loathe you?
Did I say that I want to
Leave it all behind?

I can't take my mind off of you
I can't take my mind off you
I can't take my mind off of you
I can't take my mind off you
I can't take my mind off you
I can't take my mind...
My mind...my mind...
'Til I find somebody new)

 
Primavera, nada menos

Ayer salí a pasear y descubrí las primeras amapolas del año.




(Y recordé un sms de hace no mucho: "Las montañas y los valles donde vives son hermosos, K." Lo son.)

El agua que quiso amargarme el Camino de Santiago y el sol caliente de los últimos días (viento del Sur) han hecho que la primavera se presente. Brota la vida del suelo y de las ramas. A ambas orillas del río, el verde tierno de las hojas que nacen.

Salir a caminar me ayuda a poner mis pensamientos en orden, mira tú qué descubrimiento. La montaña rusa ha vuelto y este fluctuar entre la euforia y la angustia me agota. Caminar también me agota: me agota los mecanismos del agotamiento, entre otras cosas. Me permite respirar hondo y disfrutar de todo lo vivo que está fuera de mí, de todo lo que existe a mis espaldas, a mi pesar, de lo que continuará cuando yo no esté, por ejemplo.

("Y yo me iré / y se quedarán los pájaros cantando.")

Con los pensamientos enmarañados, confusos, me plantifico el chándal megapijo culpable de que no haya llegado mi cuenta a fin de mes con esa cierta dignidad que le otorgan los números negros y salgo a dar un paseo. Hace sol, pero hoy el viento ha cambiado a Norte, es muy frío y al azotarme la cara me recuerda que estoy viva. Para empezar, no está mal.

Veo perros y gente que trabaja sus huertas. Veo brotes en las ramas de los árboles. Veo flores amarillas y flores rojas y azules. Un pie detrás de otro, los ojos observando todo.

Rúa da Praia Dourada. No hay ninguna playa dorada, pero el aire oriental del nombre de la calle sin asfaltar me hace sonreír.

Gallinas y un gallo que canta. Me pregunto de dónde habrán sacado el absurdo mito de que los gallos cantan al amanecer: los gallos, al menos en mi tierra, cantan todo el día. Y toda la noche.

Y así, paseando, mirando, hablándome en voz alta, los pensamientos confusos se van desenmarañando, ocupando su lugar en las estanterías, y yo recupero la sensación de dominio sobre ellos. Aún hay cosas que no entiendo, siempre hay cosas que no entiendo, siempre hay cosas ante las que no sé qué hacer, siempre hay dudas y preguntas.

Pero andando y mirando recupero la paz, se me calman las tormentas, y de este modo es más fácil seguir... andando.

(Sometimes I miss you so...)

Suena mientras escribo: Don't fall apart on me tonight, Bob Dylan.