Ganas
Esta mañana he conseguido configurar el acceso a internet desde casa. Probablemente la factura del teléfono se resentirá, pero no será tan caro como lo del cable.
Bueno. Outlook ha estado una hora recibiendo el correo. Es la lentitud de la conexión telefónica, pero también había sesenta correos en los distintos servidores. Son muchos meses sin sentarme para nada en esta silla.
y ¿qué te cuentas? Nada. He puesto música. Miro la pantalla y presiono las teclas con cuidado. Dejo pasar la mañana.
Ahora me voy a levantar y voy a hacer algo. No tengo hambre.
Hace sol. Todo va bien. Por qué, me pregunto, esta sensación de infinito vacío, de nada.
A ver si me busco en las arrugas de la falda un poco de sentido del humor. Es que no tengo ganas. No tengo ganas ni de saber de qué no tengo ganas.
Suena mientras escribo: Human touch, Bruce Springsteen.
Miedo
Tengo miedo todo el tiempo.
Me da rabia ser así, haberme convertido en esto.
No doy un paso sin calibrar las posibles (nefastas) consecuencias.
Le tengo miedo al fracaso, a la decepción (ajena). A no dar de mí lo que de mí se espera. A no dar lo que sé que tengo. A no tener lo que creo que tengo.
A sufrir. A hacer sufrir.
A amar. A ser amada. A despertarme un día junto a un desconocido. A despertarme un día junto a un hermano.
A que un día me despierten cinco churumbeles. A que un día no me despierte ningún churumbel.
A hacerme vieja. A no disfrutar la vida. A perderme experiencias.
A no lograr ser lo que deseo. A no desear ser nada.
Me gustaría saber qué hay que hacer para ser valiente. Qué, además de lo que ya estoy haciendo. Que es seguir andando pese al miedo. Lo hago, pero no me siento valiente.
Dicen que es necesario para la supervivencia, y tal. Será.
Pero a mí, por una vez desde que me considero adulta
(¿cuándo sucedió?)
me gustaría despertarme un día sin miedo.
Por una vez.
Suena mientras escribo: Ni sé
El fracaso
Cuando era adolescente me fastidiaba mucho, al hablar con los mayores (los padres, los tíos, los amigos de los padres, aquella gente que entonces andaba por los cuarenta años) que fueran tan negativos: que te presentaran una perspectiva de la vida que sonaba agotada, descreída, desilusionada. Yo pensaba: “bueno, ya sé que probablemente es cierto y que las cosas deben ser así, si ellos lo dicen, pero ¿por qué motivo intentan joder mis propias ilusiones?”
Sigo pensando lo mismo: que, por muy mal que te haya podido tratar el mal tiempo, por muy decepcionado que estés o por muy abiertos que tengas los ojos a las duras “realidades de la vida”, no tienes derecho a nublar el sol del horizonte de la gente que no ha vivido. (Valga la redundancia de esta palabra que, diciendo tanto, no tiene un jodido sinónimo válido.)
Y ¿por qué? Pues porque no sirve para nada. Aquellos bienintencionados adultos no me ayudaron, contándome el final de la película, a vivir más intensamente o a hacerlo con más inteligencia o más habilidad. El hecho de conocer el futuro ajeno y por extensión, el propio, de oídas, el hecho de haber escuchado o sido testigo de tantas decepciones de otros, no elimina en absoluto mi probable decepción de este momento. Ni me hizo disfrutar más un tiempo que pude haber pasado con más ilusión, con menos conciencia de la mediocridad.
Y me explico. Estos días tengo muy a menudo la sensación (incómoda, desasosegante) de estar equivocando mis pasos. Y esta mañana, mientras planchaba la ropa que iba a ponerme para ir a trabajar sin ganas, de lunes, intentaba sopesar, de la forma más objetiva posible, en qué medida esa sensación de fracaso anticipado es consecuencia de un fallo deliberado, de un error a sabiendas, o si más bien se debe a una especie de conocimiento a priori de la posibilidad de equivocarse, basado en la experiencia de varios fracasos previos. Y he relacionado este miedo con aquel derrotismo que me transmitían los mayores cuando, con quince o dieciséis años, les hablaba de mis sueños o de mis planes (bien, estaban construídos sobre utopías, pero, al fin y al cabo, ¿qué triunfador no ha construído sus planes sobre utopías?, ¿no se trata precisamente de eso, de “como no sabían que era imposible, lo hicieron”?)
No lo sé. Es evidente que tropezar mientras caminas es uno de los inconvenientes de caminar, y vas aprendiendo, a medida que caminas y tropiezas, a hacerlo con más cuidado, incluso con más miedo. Que es cada vez más difícil no sentir ese temor, o cada vez más fácil o más instintivo ser cauteloso.
Pero está claro, hay que intentar cerrar los ojos a todas esas posibilidades hipotéticas en que se puede presentar el fracaso. Ya las encararemos cuando lleguen. Si llegan.
Ser libre
A veces siento dentro del pecho esa ansiedad. Una especie de congoja cuando me doy cuenta de que no puedo hacer lo que quiero, que el talento o la personalidad o vaya usted a saber qué misterioso mecanismo no me permiten salirme de los cauces, no tanto los cauces sociales marcados por las convenciones como los que yo misma me marqué en algún momento y a los que me ciño estrictamente.
Sólo sacar un pie de este pequeño tiesto y, por ejemplo, no sonreír cuando no tengo ganas; gritar o dar una mala contestación cuando me importunan; demostrar mi enfado y no sentirme culpable cuando pido a otro que haga algo distinto de lo que hace, cuando simplemente pienso en pedir lo que necesito; no sentir la obligación de comprender siempre todo y a todo el mundo; escribir como me dé la gana, como por ejemplo
(no sé, no sé, lo intento, abro este paréntesis y digo venga, venga, escribe como quieras, inventa cualquier imagen estratosférica, camina por una estrella, excava con las uñas el fondo del océano, vuela, cierra los ojos, suelta el perro, rebélate contra tu propia serenidad fingida, clama, revienta, sal de las verjas de tus límites, cierra los ojos, muestra las venas, no pienses, desconecta de la cordura, atrévete a decir cosas como no quiero, no me apetece, no me sale, y por qué sientes pena de tí misma, de qué te lamentas si has elegido ser como eres, además)
Y es que soy tan ordenada, tan colocada. Tan controlada, tan mesurada. Soy así, y es un hecho que no niego, del que no reniego. Pero algunas veces sí me gustaría gritar, decir que no, mirar para mí, sentir esa libertad.





