Lo que fácil viene...
Claro, ya no tengo conexión de banda ancha en casa. Duró poco tiempo el chollo, lo justo para bajarme lo último de Sabina, que me suena a lo de siempre, un poco. A fórmula. Claro. Si algo funciona, ¿para qué cambiarlo?
Es posible que sea también mi propia percepción. Últimamente la tengo algo alicaída. Me puede el hastío.
En el trabajo sigue sonando el canal 40 sin parar. Es eso. Hastío.
Es Navidad y no lo noto.
Qué cosas
Y así, sin comerlo ni beberlo, sin pretenderlo ni pedirlo, resulta que tengo de nuevo, no sé por cuánto tiempo y sin que sirva de precedente, de nuevo, digo, una conexión de banda ancha en casa. Sin horarios. El programa de piratear música echando humo, pero no mucho.
Caen heladas en los campos que hielan hasta las mejores intenciones.
Los pasos siguen llevando hasta esquinas profesionales que son por lo general todo lo contrario de lo que siempre soñé.
Noches estrelladas, eso sí.
Manos y pies fríos, la cama espera y hay cosas que (la verdad) ya nunca volverán a ser lo mismo.
Pero también hay otras que no hay que perder: las llamadas buenas costumbres.
Otro cigarrito y a dormir. Tengo una manta eléctrica que me calienta la cama. Y no ronca.
Se me han acabado las vacaciones, mañana empezamos otra vez. Si alguien quiere adsl sin saber el precio ni nada, soy su hombre. Es decir.
Mi teclado, mi pantalla, los altavoces azules, un cigarrito y a dormir.
Ah, que ya lo había dicho.
Esto vamos a suponer que no lo lee nadie.
El catarro me mantiene sorda perdida, me gustaría cambiar de vida pero no sé en qué sentido.
Es muy malo andar sin metas. Es deambular, y es malo. Dicen, no sé si será verdad. No puedo comparar, no recuerdo haberlas tenido nunca. Creo que es generacional.
Estamos vivos, y es bastante.
Suena mientras escribo: Se me olvidó que te olvidé, Diego el Cigala y Bebo Valdés.





