Cosas
Me he enterado hoy de que no funcionan los comentarios. No creo que fuera a tener muchos en cualquier caso, pero me fastidia. Me parece que nos mudaremos en breve ustedes y yo. Al menos, yo...
He estado pensando en eso de las cartas. He dado con una idea: Capote no pretendía ser literario en sus cartas. Yo, sí. Por eso sus cartas se pueden leer y las mías sólo las puedo leer yo y algún loco descarriado.
En fin. Que nunca publicaré mis cartas (tampoco).
Cartas
Hablando de publicar las cartas. Últimamente he leído dos libros de cartas (reales). 84 Charing Cross Road, de Helene Hanff y Un placer fugaz, de Truman Capote, con el que estoy todavía.
Estos libros me han dado que pensar en asuntos profundos como que el mundo del correo postal, de la correspondencia tal como se entendía hace no tanto tiempo, ha desaparecido. O, más bien, ha evolucionado. La ilusión o la esperanza con la que miraba de niña los agujeritos del buzón cuando entraba en el portal se sustituyó, años después, por la que experimentaba al leer algo como "Bandeja de entrada (1 mensaje nuevo)".
Entre ambos momentos, un largo lapsus de silencio corresponsal. Tal vez sustituido de alguna manera por los sms, por las llamadas de teléfono o (más probablemente) por el más absoluto y enconado de los silencios. Se pierden muchos amigos en ese paréntesis. Yo, al menos, perdí algunos.
El libro (como dice la contraportada, "una verdadera novela epistolar") de Capote me decepcionó un poco al empezar a leerlo. Faltan cartas importantes, quiero pensar, cartas en las que se pueda entrever cómo o quién (mejor quién) era. O tal vez en sus cartas mi muy admirado señor Capote no hacía más que jugar. O tal vez era más frívolo, más superficial, más vano, en su vida real que en las vidas que inventaba. O tal vez era demasiado alta mi expectativa... (de alguna manera, vanidosa pensaba "si yo escribo las cartas que escribo, cómo serán las de Truman...", ya saben ustedes).
En realidad da igual. Tiene su propio encanto (y esto lo he comprendido después de unas cuantas páginas) esa especie de glamour decadente, ese vive-la-vida-loca, ese espíritu de... digamos... "orgullo gay" que tan moderno nos parece ahora si paseamos por Hortaleza y no nos escandalizamos cuando vemos a una pareja de la mano. Qué poca cultura tenemos. Qué creído nos lo tenemos... qué poco cosmopolitismo en nuestras neuronas sobrecargadas de prejuicios.
Me gustan esas cartas. Llega a Ischia y le encanta Ischia, la comida italiana, los efebos y el ambiente literario internacional; al cabo de un mes, no soporta el calor infame, está poniéndose gordo con la pasta y los protagonistas de su vida social le cargan enormemente... y al final "te echo de menos, te quiero muchísimo, no te olvides de escribirme que me muero de aburrimiento, miles de besos... T".
Me gustan estas cartas porque me abren los ojos a un mundo que yo no conozco y casi no consigo imaginar: el mundo de los escritores de profesión, el mundo de los escritores de éxito, un poco el mundo de salsa rosa de los escritores o, más en general, de los intelectuales. O los supuestos intelectuales, que luego, cuando levantas la cortina (una preciosa cortina de cuentas brillantes que tintinean, eso sí), son iguales que nosotros. Mi madre, que es pintora, dice que es "la mentira del arte", "el vacío del arte". Creo que debe ser cierto.
Iguales que nosotros, las personas normales que vivimos de vender móviles o apuntar movimientos o lo que sea. Personas con preocupaciones mundanas, con afición por los cotilleos, con ganas de quitar hierro a las durezas o a las espinas de la vida, con ganas de reír, de vivir, de tomar el sol.
No está mal asomarse tras esa cortina. Además, dan ganas de escribir. Al mismo tiempo, lo ves cada vez más imposible. Por lo demás, aporta poco.
Estos libros me han dado que pensar en asuntos profundos como que el mundo del correo postal, de la correspondencia tal como se entendía hace no tanto tiempo, ha desaparecido. O, más bien, ha evolucionado. La ilusión o la esperanza con la que miraba de niña los agujeritos del buzón cuando entraba en el portal se sustituyó, años después, por la que experimentaba al leer algo como "Bandeja de entrada (1 mensaje nuevo)".
Entre ambos momentos, un largo lapsus de silencio corresponsal. Tal vez sustituido de alguna manera por los sms, por las llamadas de teléfono o (más probablemente) por el más absoluto y enconado de los silencios. Se pierden muchos amigos en ese paréntesis. Yo, al menos, perdí algunos.
El libro (como dice la contraportada, "una verdadera novela epistolar") de Capote me decepcionó un poco al empezar a leerlo. Faltan cartas importantes, quiero pensar, cartas en las que se pueda entrever cómo o quién (mejor quién) era. O tal vez en sus cartas mi muy admirado señor Capote no hacía más que jugar. O tal vez era más frívolo, más superficial, más vano, en su vida real que en las vidas que inventaba. O tal vez era demasiado alta mi expectativa... (de alguna manera, vanidosa pensaba "si yo escribo las cartas que escribo, cómo serán las de Truman...", ya saben ustedes).
En realidad da igual. Tiene su propio encanto (y esto lo he comprendido después de unas cuantas páginas) esa especie de glamour decadente, ese vive-la-vida-loca, ese espíritu de... digamos... "orgullo gay" que tan moderno nos parece ahora si paseamos por Hortaleza y no nos escandalizamos cuando vemos a una pareja de la mano. Qué poca cultura tenemos. Qué creído nos lo tenemos... qué poco cosmopolitismo en nuestras neuronas sobrecargadas de prejuicios.
Me gustan esas cartas. Llega a Ischia y le encanta Ischia, la comida italiana, los efebos y el ambiente literario internacional; al cabo de un mes, no soporta el calor infame, está poniéndose gordo con la pasta y los protagonistas de su vida social le cargan enormemente... y al final "te echo de menos, te quiero muchísimo, no te olvides de escribirme que me muero de aburrimiento, miles de besos... T".
Me gustan estas cartas porque me abren los ojos a un mundo que yo no conozco y casi no consigo imaginar: el mundo de los escritores de profesión, el mundo de los escritores de éxito, un poco el mundo de salsa rosa de los escritores o, más en general, de los intelectuales. O los supuestos intelectuales, que luego, cuando levantas la cortina (una preciosa cortina de cuentas brillantes que tintinean, eso sí), son iguales que nosotros. Mi madre, que es pintora, dice que es "la mentira del arte", "el vacío del arte". Creo que debe ser cierto.
Iguales que nosotros, las personas normales que vivimos de vender móviles o apuntar movimientos o lo que sea. Personas con preocupaciones mundanas, con afición por los cotilleos, con ganas de quitar hierro a las durezas o a las espinas de la vida, con ganas de reír, de vivir, de tomar el sol.
No está mal asomarse tras esa cortina. Además, dan ganas de escribir. Al mismo tiempo, lo ves cada vez más imposible. Por lo demás, aporta poco.
El no poder
Leo lo que he escrito. Lo que escribía, por ejemplo, en el año 2004, al principio de mi nueva vida, en aquel paréntesis maravilloso que además, se produjo en verano. Volví a fumar y fui libre en un cierto modo, y me di cuenta de que "si todo me estuviera permitido, me perdería entre tanta libertad".
Leo lo que escribía y constato asombrada que hay mucha mayor calidad, está feo que lo diga yo pero quién puede decirlo si no, en lo que escribo sin querer que en lo que escribo a propósito. Invento una frase, expreso una idea. Después intento construir el relato y es cuando me pierdo. Pierdo mi propia voz, el hilo, la calidad, el gancho.
Pierdo el hilo, la relación con los personajes, con la historia, con la idea, cuando empiezo a narrar, cuando pongo nombres de persona, cuando intento pergeñar un diálogo.
¿Qué significa esto? ¿Que no puedo escribir lo que me gusta leer? ¿Que existen determinadas habilidades que me están negadas?
Lo mejor que he escrito está en mi correspondencia. ¿Tendré que publicar mis cartas? Tiene gracia. No. No la tiene.
Y aún peor. Repaso lo que he escrito últimamente y no hay nada que pueda rescatar.
¿Una sola frase? Ésta: "Si pudiese elegir (si no tuviese la sensación de que jamás podré ser quien quiero ser) viviría en una ciudad grande y luminosa. En un apartamento con mucho espacio y pocos muebles. Con grandes ventanas con visillos blancos. En el último piso de un edificio alto del centro de la ciudad. Viviría sola y ningún tierno enamorado me obligaría a compartir mis noches." Lo escribí el 10 de mayo.
Psé.
Suena mientras escribo: Village idiot, Van Morrison.





