PINTURA
Hacia calor. Sus pantaloncitos cortos se pegaban a su cuerpo como una segunda piel y la camiseta suelta parecía un trapo humedo. Habían estado rascando, lijando, limpiando, preparando aquellas imposibles paredes para la pintura, con la increible moral que da la edad, intentando convertir aquella ruina de piso en un lugar habitable.
Era lo mas dificil que hubiera hecho nunca, aunque claro nunca habia intentado arreglar un piso donde había entrado el agua del rio hasta una altura de un metro o metro y medio del suelo...
Tarea de titanes pero Marc y ella tenían ilusión y carencia absoluta de recursos económicos. Y ella una vitalidad inmensa que la hacía acometer empresas asi, imposibles. El estaba ahora sentado en el suelo, con la espalda recostada contra la pared, bebiendo lentamente una cerveza a pequeños sorbos. Si no tiene cuidado se le subirá a la cabeza, pensó ella. No ha comido en todo el dia. Rectificó con una sonrisa: no hemos comido en todo el dia. Ella estaba tirada en un sillón desvencijado, pensando solo en una ducha y tumbarse,
La voz de Josep la sacó de sus pensamientos. El salía de la ducha ahora, fresco, con su negro pelo revuelto, cayéndole de forma atrayente sobre los ojos. Como un perrito de aguas, pensó. Josep era atractivo, quizá más que Marc, en cierto modo. Y la miraba de una manera que le provocaba un cosquilleo en el estómago. Hacía solo ocho meses que Marc y ella vivían juntos, meses en los que aun no habían quemado todo el fuego, pero si se habían habituado bastante el uno al otro, acomodándose a una rutina. Ella odiaba la rutina.
Josep se sentó a sus pies sonriente, mientra miraba de reojo a Marc, su amigo. Pensó que seguramente esperaban que ella hiciera algo para cenar, era quizá lógico teniendo en cuenta que Josep les había estado ayudando todo ese caluroso dia de verano, pero malditas las ganas que ella tenía de hacer nada.
Con deliberada malicia se estiró hacia atrás tensando su cuerpo y dejando que la camiseta al levantarse mostrara una porción generosa de su piel desnuda y escuchó el suspiro de Josep con bastante placer. Espiando entre el filtro espeso de sus pestañas observó a los dos muchachos. Se sentía extraña, se sentía capaz de cualquier cosa, como si hubiera sido abducida por una antepasada mucho mas atrevida que ella.
Quereis ver una película?, dijo . Y ellos la miraron sorprendidos, como si fuera la última cosa que hubieran esperado oir. Que clase de película?, que película? dijeron casi a duo. Ella les miró descaradamente y respondió: pues una peli porno, creo que tenemos alguna por ahi.
Se levantó y se subió a la única silla medio decente que habia en el revoltijo de cosas que eran todas sus pertenencias. Tenian un video y tenian sus cintas asi que rebuscó entre ellas hasta encontrar aquella que sabía estaba por ahi: Las excursionistas calientes.....
Se la dio a Marc y le dijo: preparad alguna cosa, voy a ducharme y ahora vuelvo. Marc estaba un poco sorprendido pero habia una luz diferente en su mirada. Josep tenía su mirada traviesa, esa que a ella le gustaba.
Dejó que el agua se llevara el polvo, la suciedad, pero no los deseos inquietos que bullían dentro de ella. Después de secarse ligeramente con una toalla y aplicarse crema, se puso una camisola de tirantes muy cortita, de color negro, que sabía favorecia su blanca piel, y que la hacía aparecer muy apetecible.
Secó un poco su pelo alborotado, y lo dejó caer suelto como una nube sobre sus hombros. Se aplicó un poco de hidratante en los labios, lo justo para que se vieran suaves y frescos. Aplicó un poco de perfume en el pliegue de sus brazos, en un lado de su cuello, en el hueco de sus rodillas, en el surco entre sus pechos.
Apareció justo cuando ellos habían terminado de improvisar algo de cena y se habían arrellanado en el sofa, un tanto a la expectativa. La miraron Marc parecía algo borracho, Josep estaba pasmosamente tranquilo.
Se sentó entre los dos, sintiendo el calor de sus cuerpos y excitándose con el roce accidental -o no- de sus piernas o brazos. La película era solo una excusa para estar ahí entre esos dos. Era la maldita luna, esa luna llena que convertía su mente en un polvorín. Sonrió al pensar en una frase que decía siempre su padre: la dinamita viene en paquetes pequeños.

Era lo mas dificil que hubiera hecho nunca, aunque claro nunca habia intentado arreglar un piso donde había entrado el agua del rio hasta una altura de un metro o metro y medio del suelo...
Tarea de titanes pero Marc y ella tenían ilusión y carencia absoluta de recursos económicos. Y ella una vitalidad inmensa que la hacía acometer empresas asi, imposibles. El estaba ahora sentado en el suelo, con la espalda recostada contra la pared, bebiendo lentamente una cerveza a pequeños sorbos. Si no tiene cuidado se le subirá a la cabeza, pensó ella. No ha comido en todo el dia. Rectificó con una sonrisa: no hemos comido en todo el dia. Ella estaba tirada en un sillón desvencijado, pensando solo en una ducha y tumbarse,
La voz de Josep la sacó de sus pensamientos. El salía de la ducha ahora, fresco, con su negro pelo revuelto, cayéndole de forma atrayente sobre los ojos. Como un perrito de aguas, pensó. Josep era atractivo, quizá más que Marc, en cierto modo. Y la miraba de una manera que le provocaba un cosquilleo en el estómago. Hacía solo ocho meses que Marc y ella vivían juntos, meses en los que aun no habían quemado todo el fuego, pero si se habían habituado bastante el uno al otro, acomodándose a una rutina. Ella odiaba la rutina.
Josep se sentó a sus pies sonriente, mientra miraba de reojo a Marc, su amigo. Pensó que seguramente esperaban que ella hiciera algo para cenar, era quizá lógico teniendo en cuenta que Josep les había estado ayudando todo ese caluroso dia de verano, pero malditas las ganas que ella tenía de hacer nada.
Con deliberada malicia se estiró hacia atrás tensando su cuerpo y dejando que la camiseta al levantarse mostrara una porción generosa de su piel desnuda y escuchó el suspiro de Josep con bastante placer. Espiando entre el filtro espeso de sus pestañas observó a los dos muchachos. Se sentía extraña, se sentía capaz de cualquier cosa, como si hubiera sido abducida por una antepasada mucho mas atrevida que ella.
Quereis ver una película?, dijo . Y ellos la miraron sorprendidos, como si fuera la última cosa que hubieran esperado oir. Que clase de película?, que película? dijeron casi a duo. Ella les miró descaradamente y respondió: pues una peli porno, creo que tenemos alguna por ahi.
Se levantó y se subió a la única silla medio decente que habia en el revoltijo de cosas que eran todas sus pertenencias. Tenian un video y tenian sus cintas asi que rebuscó entre ellas hasta encontrar aquella que sabía estaba por ahi: Las excursionistas calientes.....
Se la dio a Marc y le dijo: preparad alguna cosa, voy a ducharme y ahora vuelvo. Marc estaba un poco sorprendido pero habia una luz diferente en su mirada. Josep tenía su mirada traviesa, esa que a ella le gustaba.
Dejó que el agua se llevara el polvo, la suciedad, pero no los deseos inquietos que bullían dentro de ella. Después de secarse ligeramente con una toalla y aplicarse crema, se puso una camisola de tirantes muy cortita, de color negro, que sabía favorecia su blanca piel, y que la hacía aparecer muy apetecible.
Secó un poco su pelo alborotado, y lo dejó caer suelto como una nube sobre sus hombros. Se aplicó un poco de hidratante en los labios, lo justo para que se vieran suaves y frescos. Aplicó un poco de perfume en el pliegue de sus brazos, en un lado de su cuello, en el hueco de sus rodillas, en el surco entre sus pechos.
Apareció justo cuando ellos habían terminado de improvisar algo de cena y se habían arrellanado en el sofa, un tanto a la expectativa. La miraron Marc parecía algo borracho, Josep estaba pasmosamente tranquilo.
Se sentó entre los dos, sintiendo el calor de sus cuerpos y excitándose con el roce accidental -o no- de sus piernas o brazos. La película era solo una excusa para estar ahí entre esos dos. Era la maldita luna, esa luna llena que convertía su mente en un polvorín. Sonrió al pensar en una frase que decía siempre su padre: la dinamita viene en paquetes pequeños.

BLANCANIEVES

El Reino era un lugar feliz dentro de lo que cabe. Las gentes vivían en armonía bajo la amable férula de una vieja monarquía en la que confiaban. La prosperidad de su economía y la paz establecida desde largas décadas, hacía que solo las rencillas habituales de la convivencia añadieran su pizca de pimienta a la vida cotidiana. El Rey, viudo desde hacia mucho tiempo solo tenía una hija, heredera de la corona: la Princesa Blancanieves, querida por todos, una hermosa joven apenas salida de la niñez, de largos cabellos oscuros como la noche que cae del mismo cielo de Dios, piel blanca como la nieve y labios rojos como una rosa oscura-
Sin embargo la Oscuridad se cernió sobre el País precisamente cuando en la Princesa floreció la Roja Flor de la Vida por primera vez. Al cumplir los doce años, la vieja Maldición cayó sobre el Reino. La flor y nata de los jovenes del pais, los herederos de las mejores familias, pero tambien los sanos y bellos hijos de la plebe, del pueblo llano. empezaron a desaparecer misteriosamente.....
Las noticias corrieron deprisa, cruzando los corredores de palacio. Atravesando los muros de la fortaleza. Recorriendo las calles de la capital, los montes y las colinas mas lejanas, para llegar al último rincon del Pais Desolado. Un rumor crecía sin contención posible, la desaparición de los jovenes iba unida inexplicablemente a la desaparición de la vida pública de la Princesa en las horas del día.
Y los viejos empezaron a murmurar, a hablar de la Maldición de la casa real, de rancia nobleza y sangre pura. Una maldición que parecía cernirse únicamente en determinados de sus descendientes de sexo femenino. Y solamente cuando en ellas florecía la feminidad....
El pueblo amaba a sus gobernantes y le era leal como un solo hombre,sin embargo empezaron a hablar de la necesidad de buscar una solución. Las, en un principio, timidas voces de protesta fueron saliendo poco a poco del anonimato, hasta que por fin eligieron a un adalid para que actuara en nombre de todos ellos y averiguara qué ocurría realmente en el palacio, aunque para ello fuera preciso que viera en persona a la Princesa.
La elección recayó en un joven noble, de reconocidas cualidades y notable apostura, con una calculada estrategia digna de encomio. El nombre de éste era Raistlin y aunque pertenecia a una noblisima familia era algo así como la oveja negra de su casa. Su padre y gran parte de sus familiares había reñido con él por su caracter insolente y extraño, por su aficion a las artes mágicas, por su irreverencia con las normas establecidas. El joven Raistlin era Nigromante, un Mago de reconocido prestigio fuera de los muros de su conservadora ciudad que nunca había considerado la Magia como algo deseable para un joven de noble cuna.
Consiguieron convencerle, por el aura de misterio con que supieron exponer la cuestión, para que viera a la Princesa, para lo cual habían pedido audiencia especial. En el fondo a Raistlin no le movía el interés de la ciudad y del Pais, sino la curiosidad de ver de cerca a una muchachita de cuya belleza todos hablaban pero que apenas nadie había visto de cerca.
Fue concedida la entrevista con la Princesa al anochecer del dia siguiente. El viejo Rey llevaba largo tiempo enfermo, muchos decían que sus días estaban contados y temían lo que pudiera ocurrir a continuación. Custodiado por robustos guardias de palacio llegó hasta las enormes puertas de roble que conducian a las estancias privadas de Blancanieves. Estas se abrieron y en la penumbra de la habitación se le invitó a pasar, mientras sus escoltas desaparecieron sigilosamente de alli.
La princesa estaba recostada en la oscuridad de su lecho cubierto por unas sábanas de raso rojas. Su negra cabellera destacaba como una mancha mas oscura que la misma noche, rodeada de cojines de un blanco resplandeciente. En la semipenumbra de las lámparas adosadas a la pared y al techo, relucian objetos sorprendentes para el cuarto de una joven Princesa.
Raistlin observó en un rincón uno latigo reposando sobre una mesita de nácar y ebano, unas altas botas de tafilete verde y tacones puntiagudos, pañuelos negros y blancos de seda, cuerdas en perchas colgantes, extraños instrumentos de madera. En una mesa auxiliar, reposaban unas fustas, como si la Princesa fuera a montar a caballo en cualquier momento de la noche. Y a lo lejos se alcanzaba a vislumbrar una puerta entornada, medio oculta por una cortina de terciopelo rojo oscuro, detrás de la cual se intuían unas escaleras que descendían a lo desconocido..
Miró a Blancanieves que le observaba a su vez con atención y pudo comprobar que era bellísima ( joven, quizá demasiado joven eso si) y además se podía apreciar en ella -o al menos no escapaba a la penetrante mirada de Raistlin- una seguridad en ella misma, muy por encima de lo habitual en una muchacha tan joven. La rodeaba un aura oscura, brillante y al mismo tiempo peligrosa. La Princesa vestía una túnica negra de mangas estrechas, muy escotada, de forma que sus pechos incipientes casi asomaban por las aberturas. Calzaba altas botas de afiladisimos tacones y sus largos cabellos oscuros caían sueltos por sus hombros desnudos.
De su cintura pendía una cadena con una serie de artilugios que parecían mas apropiados para la doma de caballos que para adorno de una joven de su alcurnia. Raistlin estaba totalmente desconcertado, ya que la Princesa no se adaptaba a la imagen que se había formado de ella. Se sentía por otra parte muy atraido por lo que veía. Ella le ordenó imperiosamente que se acercara y una vez alli, junto a su lecho le dijo que se arrodillara en el suelo y cuando él -contra todo pronóstico, ya que era muy orgulloso- lo hizo, ella levanto su pierna y apoyó su suave pie en el cuello de el, presionando hacia abajo. Al hacerlo, la túnica se deslizo hacia atras y mostró a Raistlin la mas hermosa pierna femenina que él hubiera visto en su vida.
Se sentía terriblemente excitado, y mas por la actitud de ella, tan poco dócil y al mismo tiempo tan salvaje y tan femenina. Ella soltó una carcajada que resonó como cristal y le dijo:
"Mi buen Raistlin, te han enviado como comisionado para investigar qué ocurre y te juro que lo vas a descubrir".
El se estremeció ante la calidez de su voz.
Le hizo permanecer en esa actitud de sumision mientras cogia un grillete de los que llevaba a la cintura colgando y lo ponía alrededor del cuello masculino. Raistlin tuvo un leve conato de rebeldía pero al mirarle ella profundamente a los ojos, se dejó atar de ese modo y ella le llevó así a rastras hacia la cortina que cubria la puerta secreta tras el lecho principesco. Bajaron juntos las escaleras , ella llevandole como si fuera su mascota, él completamente anonadado de como se sentía y de la fascinación que la princesa ejercía sobre el y cuando llegó al final de las escaleras pudo ver lo que allí habia.
Una gran estancia convertida en mazmorra ocupaba toda la base del Palacio Real y en ella estaban los jovenes desaparecidos, todos ellos en perfecto estado de salud, en diferentes fases de desnudez y en actitudes que no hacían pensar que estuvieran alli contra su voluntad sino todo lo contrario.
Y bien.......
Raistlin comprendió entonces que la Maldición Real no era exactamente una maldición sino simplemente que la Princesa Blancanieves, como probablemente sus otras antepasadas era:
Una AMA

CITA A CIEGAS

Ella permaneció ante la puerta de la habitación indecisa sin saber que hacer a continuación. Tenía grabadas a fuego las instrucciones que le había dado él pero le faltaba el impulso final para lanzarse.
Respiró hondo, abrió su bolso y sacó de dentro un pañuelo negro de seda y se vendó los ojos firmemente. A continuación llamó con los nudillos a la puerta y alguién abrió. Una voz masculina le dijo que entrara (una voz firme y grave) y ella recordó las palabras del Conde Drácula en la novela de Bram Stoker:
"Entrad por vuestra propia voluntad a mi morada".
El la cogió de la mano y la guió por la habitación, le dijo que se detuviera y ella lo hizo. Ponía el alma en obedecerle, adoraba esa complicidad que les unía. Notó como él cogía el bolso y lo dejaba en alguna parte. Luego en el denso silencio solo percibia su presencia, su aroma de hombre, allí rondándola.
Estaba un poco asustada y al mismo tiempo extraordinariamente serena y tranquila. Llevaban meses planeando esa cita, hablando sobre ella. El y ella parecían congeniar en mil cosas. Ella, por extraño que pudiera ser, confiaba en él, a pesar de no conocerle, de no haberle visto nunca, ni él a ella.
En sus interminables charlas diarias habían hablado de todo. El la conocía muy bien, conocía sus gustos, los libros que ella amaba. Sus peliculas favoritas. Como le gustaba el café. Las cosas que la sublevaban y las que la emocionaban. Y ella sabía del amor de él por la música de Wagner. Conocía de su pasión por la historia y las matématicas. Sabía lo importante que era para él ayudar a la gente y que la gente confiara en él.
Era un amigo -por incongruente que pareciera- y por eso estaba en esa habitación con los ojos vendados, a ciegas.
En su poder.
Había un fuerte componente erótico en el hecho de estar totalmente indefensa en manos de un desconocido. Ella era una mujer apasionada si, pero no muy promiscua (cuando se daba a alguien se daba por entero) y normalmente no se sentía excitada en una primera cita. Sin embargo ahora temblaba de deseo.
Notó que sus manos acariciaban su cuello con suavidad y sus labios la rozaron ahi -en ese punto especialmente sensible- . Esa inesperada caricia la enervó aun mas. Ella estuvo a punto de romper el silencio acordado -aunque sabía que no debía hacerlo- pero un dedo posandose sobre sus labios y un ligero murmullo en su oido la volvió al orden.
El desabrochó lentamente los botones de su blusa y manipuló la cremallera de su falda, haciéndola caer al suelo en un remolino de seda. Le dijo que sacara los pies y ella lo hizo obedientemente. Le hizo levantar los brazos y le sacó la blusa. Debajo llevaba un sujetador de encaje blanco y un tanga del mismo color. Ella sintió la mirada de él como fuego recorriéndola. Pero no la tocaba.
Podía sentir la humedad mojando su entrepierna. El le sujetó las manos detrás de la espalda y con algo que parecía una cuerda de algodón las sujetó con firmeza. La dejó allí sola, ella oyó como sus pasos se alejaban y un sudor perlino abrió todos los poros de su piel. Se sentía como un animalito cautivo.
Cuando volvió, oyó el tintineo de hielo en un vaso y un liquido cayendo. Le acercó un vaso a los labios y la conminó a que bebiera hasta la ultima gota. Ella lo hizo.
Las manos de él volaron a su espalda y saltó el corchete del sujetador. Ella gimió cuando se apoderó de sus senos, como un ladrón suave en la noche, y le apretó los pezones rudamente, pellizcándola con fuerza.
El tiró con fuerza del elástico de su tanga y lo arrancó por la parte mas fina, rompiéndolo. Ella gimió. Al mismo tiempo unas fuertes palmadas en sus nalgas le arrancaron nuevas oleadas de placer. El la guió hasta la cama y una vez allí le dió a beber mas agua fria hasta la ultima gota.
La hizo sentar en la cama, desató sus manos y la hizo tender totalmente desnuda en el lecho con los brazos y las piernas extendidos, como una estrella de mar. Los cabellos sueltos y libres, extendiéndose por la almohada. Ella no podía ver nada, excepto alguna sombra, aunque si podía imaginarlo, y todo lo que notaba era terriblemente intenso, con una intensidad tan acentuada que ella pensó si no estaría a punto de tener una sobrecarga sensorial.
Sentía encima de su cuerpo el tacto suave y algo aspero de sus manos, al extender sus brazos y atarlos separados a los barrotes de la cama. Lanzó un gemido gutural al notar como separaba sus piernas y las acariciaba desde el tobillo hasta el centro mismo de su ser, antes de atarlas muy separadas.
Mas tintineo de cristal y vasos y de pronto el frio agudo del hielo despertando aun mas sus pezones enhiestos. Su calor interno derritia el hielo casi al momento y hacia que rios de agua helada recorrieran su vientre y se perdieran en su pubis.
El esta inclinado sobre ella y tenia un cubito de hielo en cada mano y con ellos trazaba circulos de fuego sobre sus pechos. Con uno de ellos trazó un camino que seguia por su vientre y bajaba y bajaba.
Gritó cuando la frialdad absoluta se instaló en su clitoris, rodeandolo, acariciándolo, poseyéndolo. El combinaba las caricias con los hielos con pellizcos de sus fuertes dedos -pellizcaba sus pezones y su clitoris de modo ritmico y enloquecedor- Ella era ahora un desmadejado, un lánguido cuerpo ardiente entre las sabanas mojadas.
Gemia y gritaba y le rogaba que continuara. La lengua de él abria surcos y luego se detenía y a continuacion el hielo mordiente la taladraba.
Ella no estaba preparada para lo que sucedió. El de pronto introdujo un cubito de hielo en su sexo y luego lo manipulo hacia dentro con los dedos, masturbándola, con aquel fuego dentro. Ella sintió el placer llegarle como un trallazo, como un rayo, y se abandonó a él. La recorrió y la llevó a esas playas ignotas a donde vamos cuando tenemos un buen orgasmo.
... CONTINUARÁ....
EL HOMBRE DEL METRO
Yo tan solo tenía unos 15 años, salía del instituto y volvía en metro a casa a muchas paradas del cole. Vestía con mi uniforme, faldita a cuadros, calcetines hasta la rodilla, camisa blanca y pullover oscuro. Apretaba una carpeta enorme contra mi pecho. Este día había tenido problemas en la clase de Filo y salí tarde, por esa razón pillé el metro sola y no arropada por mi grupo.
Era hora punta y estaba a tope. Sabía que tenía que pillar el que llegaba o no llegaria a tiempo a las clases de luego. Me situé estratégicamente en la parte de delante de la puerta que se abria porque sabía que la presión de la gente me entraría en volandas. Y asi fue. Me encontré prensada en la cabina de entrada , mas o menos en el centro.
A mi alrededor casi todo eran hombretones (aqui aclaro que yo soy menuda). Yo estaba comprimida entre sus cuerpos, sin poder hacer el menor movimiento. Mis brazos seguían rodeando la carpeta con mis apuntes de filo y la presión de la gente a mi alrededor los mantenía sujetos, como si estuvieran atados a los lados. Aun quedaban muchas paradas para bajarme y sabía, por otras veces, que la cabina no se vaciaría hasta al menos unas 8 paradas mas. Me evadí con la mente, pensando en mis cosas y mirando al aire, sin ver nada mas que bultos a mi alrededor.
De pronto noté alguna cosa extraña. Una mano ascendía por mi cuerpo, rozaba mis muslos y un dedo hábil encontró mi botón mas sensible. Yo dí un respingo sorprendida. Era evidente que el que me tocaba tenia que ser uno de los tres hombre que yo tenía delante, uno de los que me prensaban y no me dejaban apenas mover. Pasé la mirada sobre ellos, de la forma mas altiva y furiosa que yo se, para hacer sentir mal al culpable. No observé la menor reacción en ninguno de ellos. El que estaba justamente delante de mi era un tipo trajeado, de rostro granítico y frios ojos claros. De una treintena larga de años aproximadamente, aunque quiza tenía mas o menos, no se :). No le encontré especialmente atractivo ni tampoco desagradable. Un tio corriente.
Yo intenté una maniobra evasiva, aunque mi capacidad de movimiento estaba seriamente limitada. Me levanté sobre las puntas de los pies y moví ligeramente las caderas a fin de hurtar mi cuerpo al dedo perturbador. Pensé que esa maniobra debería ponerle mas dificil acceder a los rincones mas intimos de mi cuerpo. Sin embargo la mano del desconocido y su dedo implacablemente preciso, siguió mi movimiento imperceptible.
A mi me ocurría algo muy extraño, empezaba a tener mucho mucho calor. La situación era tan rara y sorprendente para mi que me descentraba. Por una parte sabía que tenía que estar enfadada y resistirme, clavarle -si podía- a ese hijoputa los codos. Mirar de pisar sus pies o montar un pollo en el vagón. Pero por otra parte una cálida excitación me recorría y no solo era debida a la precisa y circular presión de ese dedo masculino acariciando mi clítoris por encima de la ropa, con un ritmo que iba ascendiendo, siguiendo lo que le marcaba algo impreso en mi, siguiendo mi calor interior.
Yo empecé a abandonarme. Relajé mi cuerpo y me abandoné a la increible sensación. Nunca me había sentido tan excitada, tan llena de un fuego que amenazaba con desbordar y cubrirme por entero. El hecho de saber que "estaba mal" lo que hacía ese tio, y aún mas mas mi "anormal" reacción, no hacía mas que empeorar las cosas. La situación -el morbo increible de la situación-, el hecho de estar siendo usada, acariciada, "violada" en cierto modo, en público y sin que nadie pudiera notar nada. Y sin mi permiso, si, pero también sin que yo pudiera apenas hacer nada para impedirlo, me ponía muy muy muy caliente. Fuera de mi. Me sentía "prisionera", me sentía utilizada. Era sencillo para mi evadirme de cualquier responsabilidad y sencillamente ..... gozar.
El hombre -al que todavía no tenía yo identificado aunque empezaba a estar segura que era el ejecutivo trajeado de cara de piedra- seguía manipulandome y tocándome, pero se había dado cuenta, claro está. Se daba perfecta cuenta de mi complicidad, de mi abandono. De que ya no intentaba evadirle, ni hurtar mi cuerpo. Eso me avergonzaba pero yo no estaba para muchos análisis. De pronto el placer me cruzó como un rayo. Brutal. Estremecedor. Y fui consciente de que la cabina se estaba vaciando a un ritmo acelerado y que pronto sería imposible continuar con aquello sin que la gente se diera cuenta.
También me di cuenta que me había pasado de mi parada y en un momento de lucidez, justo cuando llegaba el metro a la próxima parada, salté del vagón. Justo cuando se abrían las puertas. Y empecé a correr escaleras arriba. Era consciente de que el hombre me perseguía. Noté que se había sorprendido por mi rápida acción de evasión -no lo esperaba-, pero aún asi, me había seguido corriendo y bajado del metro. Yo era joven y veloz y sorteando a la multitud llegué arriba mucho antes que el y me colé inmediatamente en el andén de regreso. El hombre salió a la calle -lo ví de reojo-. Me buscaba, lo se. Quería encontrarme. Pero no imaginó que yo me metería en el andén contrario. Eso, supongo, le despistó.
¿Que hubiera ocurrido si me hubiera alcanzado?
No lo se. Sinceramente, no lo se..:)
Pero si se que eso me dió la clave de mi especial sexualidad, aunque entonces no fui totalmente consciente de ello.

Era hora punta y estaba a tope. Sabía que tenía que pillar el que llegaba o no llegaria a tiempo a las clases de luego. Me situé estratégicamente en la parte de delante de la puerta que se abria porque sabía que la presión de la gente me entraría en volandas. Y asi fue. Me encontré prensada en la cabina de entrada , mas o menos en el centro.
A mi alrededor casi todo eran hombretones (aqui aclaro que yo soy menuda). Yo estaba comprimida entre sus cuerpos, sin poder hacer el menor movimiento. Mis brazos seguían rodeando la carpeta con mis apuntes de filo y la presión de la gente a mi alrededor los mantenía sujetos, como si estuvieran atados a los lados. Aun quedaban muchas paradas para bajarme y sabía, por otras veces, que la cabina no se vaciaría hasta al menos unas 8 paradas mas. Me evadí con la mente, pensando en mis cosas y mirando al aire, sin ver nada mas que bultos a mi alrededor.
De pronto noté alguna cosa extraña. Una mano ascendía por mi cuerpo, rozaba mis muslos y un dedo hábil encontró mi botón mas sensible. Yo dí un respingo sorprendida. Era evidente que el que me tocaba tenia que ser uno de los tres hombre que yo tenía delante, uno de los que me prensaban y no me dejaban apenas mover. Pasé la mirada sobre ellos, de la forma mas altiva y furiosa que yo se, para hacer sentir mal al culpable. No observé la menor reacción en ninguno de ellos. El que estaba justamente delante de mi era un tipo trajeado, de rostro granítico y frios ojos claros. De una treintena larga de años aproximadamente, aunque quiza tenía mas o menos, no se :). No le encontré especialmente atractivo ni tampoco desagradable. Un tio corriente.
Yo intenté una maniobra evasiva, aunque mi capacidad de movimiento estaba seriamente limitada. Me levanté sobre las puntas de los pies y moví ligeramente las caderas a fin de hurtar mi cuerpo al dedo perturbador. Pensé que esa maniobra debería ponerle mas dificil acceder a los rincones mas intimos de mi cuerpo. Sin embargo la mano del desconocido y su dedo implacablemente preciso, siguió mi movimiento imperceptible.
A mi me ocurría algo muy extraño, empezaba a tener mucho mucho calor. La situación era tan rara y sorprendente para mi que me descentraba. Por una parte sabía que tenía que estar enfadada y resistirme, clavarle -si podía- a ese hijoputa los codos. Mirar de pisar sus pies o montar un pollo en el vagón. Pero por otra parte una cálida excitación me recorría y no solo era debida a la precisa y circular presión de ese dedo masculino acariciando mi clítoris por encima de la ropa, con un ritmo que iba ascendiendo, siguiendo lo que le marcaba algo impreso en mi, siguiendo mi calor interior.
Yo empecé a abandonarme. Relajé mi cuerpo y me abandoné a la increible sensación. Nunca me había sentido tan excitada, tan llena de un fuego que amenazaba con desbordar y cubrirme por entero. El hecho de saber que "estaba mal" lo que hacía ese tio, y aún mas mas mi "anormal" reacción, no hacía mas que empeorar las cosas. La situación -el morbo increible de la situación-, el hecho de estar siendo usada, acariciada, "violada" en cierto modo, en público y sin que nadie pudiera notar nada. Y sin mi permiso, si, pero también sin que yo pudiera apenas hacer nada para impedirlo, me ponía muy muy muy caliente. Fuera de mi. Me sentía "prisionera", me sentía utilizada. Era sencillo para mi evadirme de cualquier responsabilidad y sencillamente ..... gozar.
El hombre -al que todavía no tenía yo identificado aunque empezaba a estar segura que era el ejecutivo trajeado de cara de piedra- seguía manipulandome y tocándome, pero se había dado cuenta, claro está. Se daba perfecta cuenta de mi complicidad, de mi abandono. De que ya no intentaba evadirle, ni hurtar mi cuerpo. Eso me avergonzaba pero yo no estaba para muchos análisis. De pronto el placer me cruzó como un rayo. Brutal. Estremecedor. Y fui consciente de que la cabina se estaba vaciando a un ritmo acelerado y que pronto sería imposible continuar con aquello sin que la gente se diera cuenta.
También me di cuenta que me había pasado de mi parada y en un momento de lucidez, justo cuando llegaba el metro a la próxima parada, salté del vagón. Justo cuando se abrían las puertas. Y empecé a correr escaleras arriba. Era consciente de que el hombre me perseguía. Noté que se había sorprendido por mi rápida acción de evasión -no lo esperaba-, pero aún asi, me había seguido corriendo y bajado del metro. Yo era joven y veloz y sorteando a la multitud llegué arriba mucho antes que el y me colé inmediatamente en el andén de regreso. El hombre salió a la calle -lo ví de reojo-. Me buscaba, lo se. Quería encontrarme. Pero no imaginó que yo me metería en el andén contrario. Eso, supongo, le despistó.
¿Que hubiera ocurrido si me hubiera alcanzado?
No lo se. Sinceramente, no lo se..:)
Pero si se que eso me dió la clave de mi especial sexualidad, aunque entonces no fui totalmente consciente de ello.

I
Tan solo una prueba





