El retorno
Tengo la firme impresión de que en nuestros recuerdos quedan mejor grabados los actos que nos hieren más que aquellos que nos agradan, por eso quizás sentimos estar lejos de la felicidad en circunstancias que ella se encuentra a nuestras espaldas, muerta de la risa jugando naipes con la suerte. Como la oportunidad en que sintiéndome desgraciado por la falta de dinero caminé abatido mirando el suelo hasta que mi vista tropezó con una billetera llena de dinero que cambió mi triste expresión por una duradera y materialista sonrisa (sonrisa que perdió el dueño de tal botín) y que se diluyó en el tiempo en la medida que el dinero se acabó.
Caminando por la vida, me he tropezado con penas y alegrías, propias y ajenas; entre ellas las de la señora María, que vivía sola en un viejo rancho frente al puerto, después de quedar viuda de su marido capitán, abandonada por sus hijos en la punta de aquel cerro coloreado, adoptada por los gatos y confidente de sus perros. Sus ventanas dominaban todo el puerto y más allá, trayéndole la brisa marina, los recuerdos a granel de su hombre, de sus abrazos y de la abundancia, sabiendo que no volverán, difuso su futuro ahora por la tenue bruma que invade el ambiente de su pobre hogar, oscureciendo las paredes y dejándoles olor a viejo.
Los dolores calan hondo en nuestros recuerdos y quedan grabados a fuego, nos moldean la personalidad y enriquecen nuestros valores haciéndonos seres humanos sensibles.
La señora María dejó su huella en mi corazón cuando vi el futuro en los ojos de esta anciana mujer curtida de sol y de sal, apaciblemente sentada mirando el horizonte, buscando en el viento las palabras que ayer con erotismo la amaron y que hoy esquivas, montadas en los cerros guardan silencio sepulcral.
Caminando por la vida, me he tropezado con penas y alegrías, propias y ajenas; entre ellas las de la señora María, que vivía sola en un viejo rancho frente al puerto, después de quedar viuda de su marido capitán, abandonada por sus hijos en la punta de aquel cerro coloreado, adoptada por los gatos y confidente de sus perros. Sus ventanas dominaban todo el puerto y más allá, trayéndole la brisa marina, los recuerdos a granel de su hombre, de sus abrazos y de la abundancia, sabiendo que no volverán, difuso su futuro ahora por la tenue bruma que invade el ambiente de su pobre hogar, oscureciendo las paredes y dejándoles olor a viejo.
Los dolores calan hondo en nuestros recuerdos y quedan grabados a fuego, nos moldean la personalidad y enriquecen nuestros valores haciéndonos seres humanos sensibles.
La señora María dejó su huella en mi corazón cuando vi el futuro en los ojos de esta anciana mujer curtida de sol y de sal, apaciblemente sentada mirando el horizonte, buscando en el viento las palabras que ayer con erotismo la amaron y que hoy esquivas, montadas en los cerros guardan silencio sepulcral.





