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Casado de noche y solo
Soy casado, pero por por la noche estoy solo... ¿qué hago? Pues imaginarlo...
Acerca de
Hola majet@s. Soy un casado de 37 tacos, sin hijos, que por la noche a veces navega y ha decidido crear su blogg. Lo que meobsesiona un poco es el sexo, por que lo practico poco con mi mujer, y no me queda más remedio que hacerlo solo... Me teneis tambien en arnand32es@yahoo.es
Sindicación
 
Francesca (Fantasía II)
Eran las 6 de la tarde, la biblioteca estaba concurrida, y planeaba estar hasta por lo menos las 9 de la noche estudiando.

Siempre subía a la misma planta, a la misma zona, y si podía, a la misma mesa.

Llevaba ya tres horas concentrado cuando me sorprendió un susurro, un aliento en mi oreja: “estuvo muy bien lo del otro día, pero podemos mejorarlo”. Inmediatamente me dejé llevar por las sensación, el escalofrío que me recorrió conforme unos deliciosos labios recorrían mi nuca.

El recuerdo de hacía dos noches y el húmedo camino que se trazaba hacia mi cuello desataron inmediatamente una ola de calor en mi cuerpo, irradiando en el contacto de sus labios, bajando por mi espalda, cruzando a mi vientre y alcanzando mi sexo.

Me volví lentamente buscando los labios de Francesca y me encontré con su boca sedienta de mi boca. Permanecimos así, yo sentado y ella de pie, a mi lado, besándonos. Mi mano se acercó a sus piernas, acercándola hacia mi, encontrándome con unas piernas denudas hasta medio muslo, cubiertas por unas seductoras medias y realzadas por una minifalda de lo más excitante. Mi mano subió hacia su culo y lo acarició tímidamente.

Nos miramos y reímos. “Vamos a las escaleras”. Ese era un sitio con poco tránsito y donde podíamos hablar.

Allí de nuevo me abrazó y nos besamos. Le sacaba casi la cabeza, y ella se colocaba graciosamente de puntillas. “Tengo condones”, le dije, “te iba a llamar luego”. Inmediatamente quiso estrenarlos. “¿Ya? ¿Aquí?”. “Sí, ya” me contestó. Me cogió de la mano y subimos a la planta alta del edificio, la más desierta.

Recorrimos unos pasillos llenos de estanterías con libros, abrimos una puerta y nos encontramos con unos servicios. Entramos en el de señoras y cerramos la puerta por dentro.

Allí seguimos besándonos. Yo ya estaba totalmente excitado y busqué como un loco sus graciosos pechos y deliciosos pezones por debajo de la blusa. Los acaricié, los pellizqué y busqué con otra mano su culo, levantando su falda y metiendo mi mano por debajo de las bragas.

Ella se dejaba hacer y facilitó con su posición que mis dedos recorrieran el surco entre sus glúteos, alcanzaran su delicioso agujero del ano y descubrir la incipiente humedad de su sexo.

Nos separamos y Francesca se agachó, me desabrochó y bajó los pantalones, mis boxer, agarró mi polla y empezó a lamer el capullo. Era delicioso sentir su lengua recorriéndolo, rodeándolo, y acercándose al centro hasta la punta, momento en que la engulló y comenzó a mover su boca, su lengua, succionándome.


Unos minutos más tarde se levantó he hice lo mismo: levanté sus faldas, bajé sus pantys, sus bragas ya húmedas y bebí de la deliciosa miel que brotaba de entre sus labios. Recorrí su sexo, busqué su clítoris y, mientras ella arqueaba su pelvis para facilitarme el acceso a tan delicioso botón, y lo lamí ansiosamente.

Me encantaba sentir como se arqueaba, de pie, yo semicubierto por su falda, sus manos en mi cabeza, acercándome a ella, sujetándome, evitando que me separara, agachado, semidesnudo, erecto, deseoso, ansioso por poseerla.

Me soltó y me levanté y buscó en mi boca el sabor de su sexo. Lamió mis labios y dijo “¿Dónde está ese condón?:

Lo busqué en mi bolsillo. Francesca lo cogió, rompió el precinto y dulce, suave y expertamente lo colocó en mi pene erecto.

Se dio media vuelta, se inclinó, se apoyó en el lavabo y, de pie, entreabrió las piernas. Yo levanté su falda y contemplé extasiado su delicioso culo. Me agaché y lamí traviesamente su agujero mientras masajeaba su sexo. Ella se excitó y dejó hacer, pero pronto me pidió “clávamela”.

Mi polla buscó la entrada a su ansiada y ansiosa vagina. Yo la tenía tremendamente excitada y entró lentamente, arrancándole quejidos de placer conforme ganaba en mi avance centímetro a centímetro.

Agarré sus caderas y comencé a moverme lentamente, empujando hasta el fondo de su sexo, exhalando quejidos que se fundían con los de ella con cada empujón. Era delicioso sentirme dentro de ella, poseerla de esa manera, empujar como un animal que con cada embestida encuentra un punto más salvaje y desinhibe sus vocalizaciones fundidas en los gemidos de su hembra.

Francesca dirigió una mano hacia atrás, entre sus piernas. Alcanzó mis huevos y los masajeó un momento, buscando luego y sintiendo la fricción de mi polla entrando en su sexo, notando nuestra humedad y buscando luego su clítoris. Empezó a masajearlo mientras mi empuje iba camino de un delicioso clímax. Los dos estábamos a punto de corrernos y sabíamos que quedaba poco para ello.

Primero fue ella. Sentí como aceleraba su mano, y aproveché para acelerar mi ritmo. En el momento en que ella se deshacía en un orgasmo casi salvaje, las contracciones de su vagina desencadenaron mi deliciosa corrida, casi succionada por los músculos de su sexo.

Nos separamos exhaustos, nos abrazamos y Francesca se agachó. Lamió el condón y lo retiró con su boca.

“Tengo más condones cielo”.

“Nos vemos el viernes en mi casa. Te invito a cenar”.

Salimos del cuarto de baño, bajamos de la mano a nuestras mesas de estudio. Nos besamos de nuevo, lamiendo salvajemente nuestras lenguas y nos dspedimos hasta el viernes.
 
Vuelvo
Vuelvo pero no os tengo nada que contar.

Quizás por eso, por que no tengo nada que contar, por que han sido unos días sexualmente vacíos, me apetece bucear por algun blogg, excitarme y complacerme con mis caricias...

Me apetece masturbarme... hoy es de esos días en los que siento verdaderas ganas... y me gustaría compartirlo, pero como dice el título, casado, de noche y solo.

 
Reflexiones del blogg
Me voy unos días. Mañana a lo mejor escribo, pero lo más seguro es que desaparezca unos días.

La verdad es que le he ido cogiendo el truco, y me gusta escribir historias. Si además hay quien las lee y las disfruta, mejor.

Mi historia cibersexual (para l@s que leyeron del principio) acabó definitivamente, y aunque he hecho un par de incursiones en el chat del móvil y en del pc, tampoco me he encontrado cómodo ni especialmente lanzado.

Espero seguir escribiendo despues de este corto lapsus. Si las historias os agradan me alegro. Si no, de veras que lo siento, pero, aunque acepto de buen grado las críticas, este es mi blogg.

Yankira: ha sido un placer conocerte. Espero que me leas y te guste mi blogg. Un besazo
 
Hace mucho... (fantasía) (II)
Nos quedamos un buen rato recostados, abrazados. Tomamos un par de cervezas y hablamos de cien cosas, pero acabamos con el asunto del sexo.

Cuando comienzas a hablar de lo que te gusta y lo que no, en temas de sexo, es fácil que acabes de nuevo excitado.

La verdad es que habíamos conectado muy bien. Nos gustábamos y había buen feeling sexual, deshinibido y sincero.

Nos contamos nuestras primeras veces, nuestra primera masturbación, pareja, polvo, el mejor, el malo...

Efectivamente: la conversación me había puesto a cien. Francesca me miró y sonriendo pícaramente me dijo: "parece que te has excitado de nuevo".

Le devolví la sonrisa y respondí: "sí... el tema de conversación me ha animado"

"Que harías ahora si estuvieras sólo".

Sin decir nada, dirigí mi mano a mi glande erecto y duro, lo rodeé, ajusté la presión de mis dedos y comencé a moverlos lente y suavemente de arriba a abajo.

Francesca me miró extasiada, la boca ligeramente entreabierta y la respiración acelerada. "Sigue, por favor, me gusta verte"

Cogí un de poco aceite, lubriqué de nuevo mi capullo, me incorporé ligeramente en la cama y seguí. Ella incorporó, y se sentó a mi lado con laspiernas entreabiertas dirigidas hacia mi.

Yo seguí masturbándome excitado por la expectación que había despertado en Francesca. Me encanta que me miren. Mi mano, ayudada por la lubricación, se deslizaba por mi polla erecta, recorría mi capullo, lo retorcía levemente y volvía a replegarse hacia atrás.

Ella, tímidamente, abrió un poco más las piernas. Su sexo se adivinaba excitado, húmedo, expectante. No me quitaba ojo. Se inclinó, y me besó; un beso largo, apasionado, excitado. Cuando se separó, comprobé lo que sospechaba: sus dedos se movían lentamente en la zona de su clítoris, rodeándolo y dirigiéndose de vez en cuando a la entrada de la vagina. Allí se introducían ligeramente para volver húmedos de nuevo a su zona más sensible.

Nuestras respiraciones comenzaron a acelerarse. Ninguno de los dos disimulábamos nuestra excitación, nuestro placer con nuestras caricias, nuestro acercamiento al clímax.

Los jadeos de ambos fueron aumentando. Los dos nos vigilábamos, nos observábamos, escudriñábamos los movimientos que nos dirigían al orgasmo, aprendíamos de cada movimiento y la respuesta que producía. Sincronizamos nuestros ritmos, acelerando, parando, bailando nuestras manos en nuestros sexos buscando el difícil orgasmo simultáneo.

Ocurrió así. Francesca estaba jadeando, se movía, se retorcía de placer, cuando aceleró el ritmo de sus dedos, y la intesidad de sus vocalizaciones. En ese momento aceleré ligeramente el ovimiento de mi mano y aumenté la presión. En pocos segundos me recorría el espasmo de mi orgasmo, una corrida menor que la anterior pero generosa, placentera, deliciosa...

Francesca seguía tocándose, retorciéndose. Al ver mi eyaculación aumentó un grado su excitación y tardó sólo un instante en correrse y quedar jadeando junto a mi.

"Ha sido la primera vez que me masturbo delante de nadie"

"Tambien la mia", le dije "y me ha gustado mucho".

"Otro día compramos condones".

La historia siguió. Quizás otro día cuente algo más de Francesca.
 
Hace mucho... (fantasía) (I)
Ella era Italiana. De Roma. Frachesca.

Menudita, delgada, pelo largo, rizado y pelirrojo, y con una de esas miradas felinas y coquetas que encandilan nada más verla.

Fue hace tiempo, siendo estudiante. Nos conocimos en la universidad y coincidíamos en un grupo que cenábamos casi todas las semanas juntos.

Nos llevábamos bien, y un día de invierno quedamos para ir a nadar a la piscina cubierta del campus. Fuimos tarde, como a las 9. Nos juntamos en el vaso de la piscina e hicimos unos largos.

Entre largo y largo parábamos y charlábamos de cosas insustanciales, pero bajo el agua, nuestras piernas se rozaban tímidamente, y en la superficie nuestros ojos escudriñaban e intentaban adivinar los deseos del otro.

Salimos ya tarde, cosa de las diez. Invierno y tan tarde el mejor sitio para cenar algo era mi casa. Aceptó de buena gana.

La verdad es que por el camino recogimos una pizza y un par de cervezas de un local regentado por Indios. En casa, nos sentamos en el sofa de mi habitación y dimos buena gana de la comanda.

No tardamos en encontrarnos besándonos locamente en el sofá. Mis dedos se enredaban en su pelo, acercando su cabeza para besarla con fuerza, compulsivamente, buscando nuestras lenguas, lamiéndonoslas.

Tumbé a franchesca en la cama y fuí despojándola de su ropa. Su piel era de una blancura y suavidad tremenda. Sus pechos eran pequeñitos, pero graciosamente erguidos y coronados por unos pezones deliciosos, casi siempre agradecidamente erectos, y sabrosos. Su sexo parecía acicalado, su vello perfectamente recortado, y unos labios menores que asomaban traviesamente incitando a explorarlos.



Me desnudé yo tambien, despacio, mostrando mi torso, mis piernas y despojándome del boxer lentamente al final para mostrar una erección ya considerable.

En ese momento caí. No tenía condones. Ella tampoco. Nos dio por reir. Me tumbé, nos abrazamos y reimos nuestra imprevisión. "Da igual. Podemos seguir jugando".

Hicimos un juego. Cada uno decía que quería que hiciera el otro durante los dos minutos siguientes...

Francesca: Quiero que te comas mi boca. Yo estaré quieta, y tus labios y tu lengua recorrerán los mios, los saborearan y llenaran mi boca.

Yo: quiero que me beses el cuello, y quiero sentir tu lengua en mi piel.

Francesca: Cómete mis pezones. Lámelos hasta ponerlos duros...

Yo: Ahora quiero que tus pezones recorran mi pecho, mi vientre, que rocen mi polla...

Francesca: besa mis muslos, deseo sentir tu lengua en mis muslos, hasta el mismo coño, pero sin tocarlo.

Yo: Acaricia mis huevos, cógelos, pésalos, tenlos en la mano...

Francesca: haz lo que desees...

Y mientras decía esto, tumbada, las piernas dobladas, abiertas, cogió con sus dos manos y abrió su coño, mostrándomelo húmedo, rosado, sabroso, expectante. No resistí. Me coloqué entre sus piernas y lancé mi lengua al sabroso canal que va desde la vagina al clítoris.

Lo recorrí con mi lengua llena, entera, lamiendo despacio, saboreando, hasta acabar concentrándome en su clítoris.

Ella mantenía su coño abierto exponiéndolo a la punta de mi lengua, que se movía juguetona en su delicioso botón.

Desde el primer momento pequeños espasmos recorrieron su cuerpo. Poco a poco aumentaron, y alcanzaron un nivel considerable cuando mis dedos agarraron sus pezones y los pellizcaron suavemente.

Francesca se retorcía de placer y se abandonó por completo a mi. Me dejó hacer a mi manera, y su cuepo respondió agradecido a mis estímulos regalándole una corrida larga, intensa, extenuante...

Francesca quedó jadeando tumbada cuando me incorporé y la besé. Ella lamió mi boca buscano los restos de sus jugos y agarró mi poya erecta. "¿Cuantas pajas te has heco pensando en mi? Yo unas cuantas". ´Le respondí "yo tambien". Me tumbó, cogió mi albornoz y fue a la cocina.

Volvió con aceite de oliva. Lo dejó en la mesilla y se lanzó a mi polla.



Su boca era una delicia. Su lengua buscaba rincones que lamer en mi capullo, su boca y sus labios se acoplaban a mi glande en cada movimiento y me arrancaba pinchazos de placer.

Cuando mi polla estaba a cien, cogió aceite me la embadurnó cuidadosamente, como cuando se aplica delicadamente una crema. La dejó totalmente empapada y empezó a masturbarme.

La lubricación del aceite hacía que su mano fuera milagrosa. Empecé a jedear, casi gritaba. Ella sabía como y donde aplicar presión, estudió mis suspiros, mis movimientos, adaptaba el ritmo de su mano, me llevaba hasta el límite y me dejaba reposar... durante rato, y rato, jugando conmigo, por lo menos 6 veces a punto de correrme, pero sabía como cortar mi inminente corrida.

Yo casi no podía más cuando por fin me dejó ir. Fue una corrida espectacular, larga, intensa, productiva. El semen saltó en oleadas de intenso placer impregnándome a mi y sus manos.

No se cortó nada a la hora de racorrer de nuevo con su lengua mi vientre y retirar buena parte de lo eyaculado.

Fue una de las mejores corridas de mi vida. Desde luego de las mejores pajas que me han hecho... pero la noche no había acabado todavía...
 
messenger
No se como funciona muy bien eso del messenger. Por si acaso, mi dirección, nombre o que se yo (como veis mis tecnicismos informáticos son de última generación) es arnand32es@yahoo.es

Cuidaros
 
La mujer del tren
No he hecho más que llegar a casa y ponerme a contarlo.

No eres una mujer espectacular, de las de revista, pero había algo en ti, un imán sexual bestial, que despertó mis deseos.

Ibas en el asiento de atrás al mio en el tren. Me pediste el periódico y ya algo en tu cara me despertó un instinto. Nada más durante el viaje hasta la llegada a Madrid.

Salí detrás de ti, y caminé cerca, observándote, por la estación de Atocha hacia el metro.

No tienes mucho pecho, pero se adivina delicioso. Unas tetas casi siempre son deliciosas.

Yu falda era generosa. Generosa en marcar tu figura y mostrar tus piernas.

Durante los 3 minutos que estuve hipnotizado por el vaiven de tu culo camino al metro mis fantasías se centraron en el.

Te imaginé con el culo en pompa, y yo adorándolo con mis manos, mi boca, saboreándo tu sexo así espuesto y lamiendo tu agujero complaciente y deseoso. Imaginé agarrándote las caderas y clavándote mi poya, poseyéndolo, mientras mis dedos hurgaban tu sexo.

Te imaginaba gimiendo de placer, gozando con mis movimientos, dejándote poseer, y desparramándome entre tus glúteos, dejando tu precioso y delicioso canal anegado de semen caliente mientras tus últimos espasmos acaban por derrumbarte en la cama.

Sí cielo. Hacía tiempo que no me quedaba inmantado por un culo como ayer por el tuyo. Espero que perdones que te haya reducido a eso en estas lídeas, pero no me lo tomes en cuenta. Solo es una fantasía que tu me regalaste sin saberlo.
 
Confesión: después de escribir
Pues sí. Escribir, imaginar, recordar y compartirlo aquí me excita.

No se si le pasa a todo el mundo, pero acabar una historia, adornarla con alguna foto, releerla y verla publicada me suele dejar una buena erección.

Tambien lo confieso (ya lo he hecho otras veces): me encanta resolverla. Me gusta masturbarme, y más si imagino que alguien (en particular imagino que es fémina) se ha excitado con lo que cuento y quizás haga lo mismo. Al fin y al cabo, ver a una mujer hacerlo es una de mis fatasías recurrentes.

¿Por qué lo cuento? Pues gracias a Ladina, que cuando comencé a escribir por aquí me dijo eso, que escriba lo que quiera. Y hoy me apetecía contarlo.

Hay mucha imaginación en el blogg. También un poco de insatisfacción, ya que parte de lo que escribo me encantaría hacerlo realidad, y de momento es eso: una fantasía.

Mi exciberamante lo dejó con su novio. Sin embargo, todo ha quedado en eso: ex. Hamos vuelto a hablar pero me he convertido en una especie de hermano mayor. No me importa, pero alguna vez he echado de menos su aliento al teléfono.

Espero mantener la temperatura cuando llegue el otoño.

 
Madrid
Fue totalmente increíble.

Después de varios años sin verte, un viaje de trabajo me llevaba a Madrid, y en el primer metro que tomé desde Atocha apareciste tú.

Te encontré estupenda. Subiste en aquel vagón con aplomo, seductora y segura de ti misma, consciente de que parte de los pasajeros repararían en tu figura generosamente sugerida por tu ajustado vestido. Los años te habían mejorado, como a un buen vino. Tus pechos, tus caderas, tus piernas en gran medida expuestas… Estupenda.

Nos quedamos mirando embobados por unos momentos y luego nos fundimos entre risas en un fuerte abrazo. Me alegró muchísimo aquel encuentro. Y me encantó que me invitaras a cenar a tu casa. Tu estabas sola esa semana y yo estaba solo en Madrid.

Tienes suerte. Conseguiste un piso estupendo en Madrid. Además, jamás hubiera sospechado que fueras tan buena cocinera.

Me debería hacer marchado pronto al hotel, pero fue tentadora esa copa en el sofá. Ya sabes que no sé decir que no a un buen brandy.

Hablamos de los tiempos pasados, de lo que vivimos juntos, y era inevitable que tocásemos el tema. Al fin y al cabo, yo fui el primero para ti y tu la primera para mi.

Recordamos nuestros primeros escarceos, tímidos, casi inocentes, que con el tiempo adquirieron tintes más lascivos y se convirtieron en totalmente lujuriosos. Empezamos juntos y aprendimos juntos.

El lenguaje de los cuerpos no se olvida. Leí lo que el tuyo me decía en ese momento. Sentada en el sofá junto a mi, el cuerpo ligeramente ladeado, con el brazo más próximo a mi apoyado en el respaldo, la pierna correspondiente doblada encima del sofá y la otra pierna apoyada en el suelo. Tu falda apenas cubría mitad del muslo. Yo en una postura similar, ladeado para estar semi enfrentado a ti.

Aquel movimiento siempre fue una señal de salida, y no sé si conscientemente lo repetiste a la perfección. Tu mano se apoyó en tu pierna, alzó ligeramente la falda para mostrarme unos centímetros más de tus muslos y los entreabriste casi imperceptiblemente.

Te diste cuenta de inmediato de que mi reacción no había cambado: miraste a mi entrepierna y percibiste que tu hechizo seguía actuando. Al principio me sonrojé un poco, pero en cuestión de un segundo deseaba seguir como tantas otras veces.

Apoyé mi mano en tu muslo, me sonreíste, y tu cabeza asintió.

La mano ascendió por tu muslo, recordando su suavidad, lo voluptuoso de su tacto, mientras me inclinaba hacia a ti para encontrar tu boca entreabierta esperando mi lengua.

Tus labios permanecieron impasibles un momento mientras los recorría, los humedecía, los saboreaba de nuevo. Tu boca no tardó en cobrar vida y nos besamos como cuando éramos adolescentes. Mi mano buscó tus pechos. Los acarició por encima del vestido comprobando lo evidente: que no llevabas nada debajo.

Tus pezones no tardaron en hacerse notar a través de la tela y no pude esperar ni un segundo más para encontrármelos directamente. Bajé la cremallera del lateral, y sin desnudarte, me abrí paso hacia el terciopelo de tus pechos.

Mi boca quería seguir los pasos de mis manos. Te besé el cuello, los hombros, y despojándote del vestido poco a poco, devoré esos pezones llenos, grandes, rosados, que siempre me han vuelto loco.

Podíamos haber seguido en el sofá pero decidiste llevarme a la cama. Me cogiste de la mano y te seguí.

Tu ya sólo llevabas tu braguita. Te quedase de pie. Me agaché y la deslicé lentamente mientras la acompañaba con mi boca por el trayecto de tus piernas. De vuelta hacia arriba devoré todo lo que pude de tu piel. Busqué la parte interna de tus muslos, y conforme ascendía, no tardé en encontrar la humedad de tu sexo.



Siempre me ha sorprendido la cantidad de secreción de tu sexo. Me sorprendió descubrirla de nuevo humedeciendo parte de tu entrepierna, cayendo por entre tus muslos. Lo lamí como siempre me gustó hacerlo, saboreando tu sexo sin tocarlo, paladeando tu sabor, aspirando cada molécula de tu esencia sexual, excitándome con las reacciones que todo ello me producía en el más primitivo de nuestros sentidos.

El olor de tu sexo me volvió loco. Y terminé de enloquecer al ascender y descubrir tu sexo delicadamente entreabierto y expuesto para mi.

Te conozco, y sabía que con mi lengua, tu primer orgasmo no tardaría en llegar. Te tumbé en la cama, doblaste las rodillas, entreabriste las piernas, arqueaste las caderas y casi antes de que mi lengua se acercase a ti te anticipaste y lanzaste un pequeño gemido.

No me hice de rogar. Mi lengua se encontró con un coño empapado, henchido, abierto, erecto, sabroso, delicioso, voluptuoso, casi adictivo. Mi lengua se volvía loca con tu expuesto clítoris y tus generosos jugos. No quería dejar ni una gota por lamer, y a la vez, quería estimular cada terminación nerviosa de tu delicioso botón de placer.

No me equivoqué. Mi lengua en tu sexo era una apuesta segura, y los gemidos, los temblores y los espasmos no tardaron en recorrer tu voluptuoso cuerpo.

Te enderezaste, me tumbaste y me desnudaste. Mi poya llevaba rato erecta, y la babilla que rezumaba delataba mi estado. Fuiste directa, sin rodeos. Casi la engulliste. Te la metiste en la boca y la rodeaste con tus carrillos, tus labios, tu lengua. Succionaste y saboreaste la humedad que la recubría por unos momentos, pero te podía el deseo de tenerla dentro. Te pusiste de cuclillas sobre mi, la cogiste, la dirigiste con habilidad no olvidada a la entrada da tu vagina, y lentamente la hiciste desaparecer dentro.



Tus movimientos al principio fueron lentos, como buscando el acomodo de nuestros cuerpos. Luego empezaste a moverte más rápidamente y dirigiste una mano a tu clítoris. Tus movimientos se aceleraron cada vez más y me dejé llevar por la visión de tu coño engullendo mi poya, tu mano en tu clítoris, y la deliciosa sensación de que te me estabas follando.

Sabes perfectamente cuando estoy a punto, y manejaste el polvo como una directora de orquesta: acelerando o parando hasta que los dos estuvimos apunto y me dejaste desparramar dentro de ti en una sinfonía de sexo, humedad, semen, sudor, tus gemidos, los míos y el temblor de nuestros dos cuerpos.

Te gusta ir todo seguido. Te levantaste de encima mío y volviste a buscar mi poya. Te encanta la mezcla de sabores: tu sexo, el mío, mi semen. Te gusta jugar de nuevo nada más corrernos.

Sin darme descanso comenzaste de nuevo a lamérmela, casi como limpiándola, delicadamente. Me miraste, sonreiste, y girando pusiste tu sexo en mi boca en un 69 que sabía a donde me iba a llevar.

Tu lengua recorrió mi poya hacia los huevos. Comenzaste a lamerlos, a succionarlos, a comerte uno, el otro. Entreabrí mis piernas. Sabía lo que querías hacer. Me enderecé para buscar con mi lengua tu sexo, ascendí de tu clítoris a tu vagina, saboreé la mezcla de nuestros sabores, y seguí hasta la entrada de tu culo.

En el mismo instante en que mi lengua comenzó a tantear, humedecer, rodear, hurgar y penetrar en tu culo, la tuya encontraba el mío. Siempre nos puso a cien a los dos esto. Estuvimos unos momentos así, humedeciéndonos, y lentamente volvimos a nuestros sexos.

Mientras nos devorábamos de nuevo el coño y la poya, un dedo mío se deslizaba por el agujero que acababa de lubricar. El temblor de placer que te recorrió fue inmediato. Arqueaste un poco más la cadera para permitirme penetrarlo mejor. Entraba perfecto y, por tus movimientos, adiviné que querías que fueran dos.

Mientras te follaba el culo con dos dedos, tu deslizaste uno en el mío. Lentamente sentí como se deslizaba y buscaba la nuez de mi próstata, para, de nuevo conociéndome, estimularla lentamente.

Mi excitación aumentó un punto. Mi poya llenaba tu boca, tu raja en mi cara, en mi boca, mis dedos en tu culo y el tuyo en el mío. Tu orgasmo casi me pilla por sorpresa. Mi poya ahogaba tus gemidos, te deslizaste hacia un lado y temblabas sudorosa de placer mientras mi lengua perseguía tu clítoris palpitante.

Sin sacarte la poya de la boca, sin parar ni un segundo, te arrodillaste a mi lado. Sentía mi poya en tu boca en una mamada que me estaba volviendo loco. Tu dedo volvió a buscar mi culo, y la presión sobre mi punto mágico aumentó, con un ritmo que acompañaba el movimiento de tu boca. Mi estallido no tardó en llegar, en forma de un orgasmo bestial, acrecentado por tu presión en mi secreto punto, arrancándome una oleada de semen que aterrizó en tus labios y en tu boca.

Lo saboreaste y nos tumbamos juntos. Yo me tenía que volver al hotel, pues al día siguiente me tenían que recoger temprano, así que una media hora más tarde me vestí y me dirigí a la puerta. Me acompañaste desnuda, y al despedirte de mi, me susurraste:

- “Mañana, cuando estés en tu reunión de las 9, yo estaré aquí masturbándome y acordándome de lo de esta noche”

Al día siguiente, durante la reunión de las 9, me acordé de tus palabras. La erección duró gran parte de la reunión: lo que tardé en recordar cada segundo de la noche anterior a la vez que te imaginaba masturbándote.



 
De vuelta al curro
Joder, mira que lo intento pero no encuentro nada para animar la vuelta a la rutina. Espero recuperarme pronto, e ideas me rondan...

Perdonad, pero este lunes ha sido especialmente deprimente.

Gracias a los que me leeis, y especialmente a Ladina y Galilea (entre otr@s) por los comentarios. Si mis relatos no se pierden en el mar de electrones de un servidor me doy por satisfecho. Yo sigo con mis historias y mis fantasías.


 
Un buen día de playa
Todo perfecto.

La playa, la temperatura, tú.

Estamos casi solos. Kilómetros de arena y apenas cuatro paseantes por tan aislada playa. Corre un poco de brisa, y las pocas nubes que nos cubren alivian el azote del sol.

Desplegamos nuestra sombrilla, la colocamos estratégicamente y nos desnudamos. Es una playa estupenda para estar desnudo. Es más, casi nadie está vestido en aquella playa.

Unos 100 metros a la derecha otra pareja. También desnudos.

Paseamos, nos bañamos, dormitamos, nos acariciamos.



Primero mis caricias inocentes. Tu espalda, tus piernas, tus brazos. Te giras y sigo por tu vientre, tus piernas. Miro. Vía libre. Tus pechos, tus pezones, de nuevo tu vientre, juego con el vello recortado de tu pubis, recorro tu sexo…



Entreabres un poco tus piernas. Mis dedos recorren tus labios mojados, buscan en su profundidad la apertura de tu vagina e inspeccionan su entrada. La tienes muy mojada. Asciendo hacia tu clítoris y lo encuentro expectante. Lo rozo, y observo tu reacción.

Vacilante miras a ambos lados de la playa y me pides que siga.

No dudo ni un instante. Mi mano sigue con su deliciosa y delicada tarea. Tu sexo se abre y me expone mejor su pequeño secreto, henchido, sensible, deseoso de ser pulsado. Mis dedos lo descubren y lo recorren en pequeños círculos. Tú me guías con ligeros movimientos de caderas.

Tu respiración se acelera. Mi presión aumenta lo justo. Me pides que no pare… un poco más despacio… sí… este es el punto que poco a poco te lleva a un delicioso orgasmo. Tu boca se entreabre, te arqueas un poco, gimes tímidamente, pero te das cuenta de que la playa es tuya y gritas desinhibida mientras tu cuerpo se estremece junto al mío.

Me besas, acercas tu mano a mi vientre y encuentras mi poya erecta. Miras de nuevo a ambos lados, me sonríes y me dices “ahora te toca a ti”.



Te dejo hacer. Humedeces tu mano con un poco de saliva y coges mi capullo. Lo encuentras húmedo, palpitante, expectante, duro. Empiezas a masajearlo lentamente, como sabes que me gusta. Ajustas un poco la presión y empiezo a sentir la deliciosa sensación de tu mano ajustándose a mis zonas más sensibles.

Empiezo a retorcerme ligeramente conforme el placer comienza a recorrerme. Poco a poco ajustas el movimiento de tu mano. Un poco más de presión, un tenue cambio de movimiento, tu mano recorriendo mi glande un poco más rápido, mis gemidos, mi tensión, y mi explosión en tres chorros de semen que caen sobre tus manos y mi vientre mientras el placer inunda todo mi cuerpo.

Nos miramos sonriendo. Acercas tu mano a la boca y lames el semen que la cubre. Me miras lascivamente y me sorprendes con un largo beso lleno de mis fluidos.

Miramos a ambos lados de la playa. No hemos pasado tan desapercibidos. Nuestros acompañantes de la derecha parece que se han animado, y todo apunta por sus movimientos que están repitiendo nuestro juego.

Ha sido un buen día de playa.
 
Ya estoy de vuelta
Ya se acabó lo bueno. Os seguiré contrando cositas. La que sigue es real (las fotos son mangadas, pero son para ilustrar, ¿vale?).

Besines