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Casado de noche y solo
Soy casado, pero por por la noche estoy solo... ¿qué hago? Pues imaginarlo...
Acerca de
Hola majet@s. Soy un casado de 37 tacos, sin hijos, que por la noche a veces navega y ha decidido crear su blogg. Lo que meobsesiona un poco es el sexo, por que lo practico poco con mi mujer, y no me queda más remedio que hacerlo solo... Me teneis tambien en arnand32es@yahoo.es
Sindicación
 
Lasagna (o lo que pasó después)
La lasagna me sentó muy bien después del ejercicio en el parque y en la ducha. No había mucha pero fue más que suficiente como para recuperar fuerzas.

Recogimos los cacharros de la cena. Seguíamos tapados sólo por las toallas y aquel cuerpo me seguía volviendo loco, y no podía dejar de quitar la mirada de sus piernas, su espalda, sus pechos, su culo... ella se dio cuenta y de vuelta de la cocina se desvió, y en vez de dirigirse al salón me dijo "ven, acompáñame por aquí".

Llegamos a su habitación. Se quedó de pié, al lado de un espejo alto que reflejaba toda su figura, cerca de la cama. Con un movimiento imperceptible hizo que la toalla se deslizara hacia el suelo. "Mírame mejor así".

Me acerqué y comencé a besar su cuello, mientras mis manos acariciaban de nuevo sus pechos. Dí la vuelta y me coloqué a su espalda, situándomos los dos frente al espejo. Ella miraba mi boca en su cuello y mis manos agarrando sus pechos primero y luego provocando traviesamente a sus pezones.

Bajé a explorar sus caderas, su vientre. Mis manos alcanzaron la parte anterior de los muslos. Ella echaba la cabeza hacia atrás, y buscaba mi boca con la suya, lamiéndomela cuando la encontraba, buscando mi lengua.

Mis manos acariciaron su pubis, rondaron su sexo, pero sólo levemente, buscando sólo el roce.

Me deslicé hacia abajo con mi boca, recorriendo la espalda, pero sin detenerme hasta sus glúteos. Estaba deseando este momento: disfrutar de su culo, de su visión, de su tacto.

Ella se tumbó en la cama, con las piernas ligeramente abiertas y el culo levemente en pompa.

No dudé en disfrutar de ese regalo. Mis labios comenzaron a disfrutar de la piel de sus glúteos y de sus muslos: piel suave, cálida, sensible,
excitante... Mi lengua pugnaba por saborear la porción de su sexo así expuesto, consiguiendo en cada intento una mayor sensación de humedad y sabor.

Mis manos separaron levemente los glúteos y seguí explorando el canal que así quedaba expuesto. Me entretuve en rodear su agujero más secreto, esquivando el roce con la zona de sensibilidad más prohibida, sensibilidad sodomita, placer secreto.

Ella parecía expectante, y, el suspiro que exhaló en el momento que notó la humedad de mi lengua rozando su esfínter, le traicionó.

Conforme mi lengua ganaba confianza explorando su ano, sus movimientos se hicieron más patentes, el arquemiento de su espalda más pronunciado, su respiración más profunda.

Me encantaba la situación. Y a ella le gustaba que mi lengua follara su culo, que lo humedeciera, que lo preparara...

Su sexo estaba ahora muy expuesto, y avancé para saborearlo. Sus labios entreabiertos eran antesala a un mundo de olor, sabor y humedad sexual irresistible. Saboreé aquel paraiso para mis sentidos, hundí mi lengua en cada rincón que logré alcanzar. Alcancé los primeros centímetros de su vagina.

Se arqueó más y alcancé de nuevo su clítoris y ella agradeció la caricia de mi lengua con una serie de gemidos que seguían el ritmo de mis lametazos. Mientras, ella cogió mi mano y la dirigió a su culo, como suplicando que siguiera mi trabajo allí.

Su agujero estaba muy humedecido con mi saliva, por lo que fue tremendamente fácil penetrarlo con un dedo. La posición no era cómoda, pero logré introducir mi anular casi por completo.

La situación a mi me estaba poniendo cardiaco. Su sexo llenaba mi boca de sensaciones, y yo intentaba devolverle el máximo placer con mi lengua.

No sé de donde salió, me encontré con un bote de aceite corporal junto a mi. Lo cogí y vertí una pequeña cantidad en el canalillo del culo. Jugué con el lubricándolo y penetrándolo de nuevo con mi anular. Ahora entraba con tremenda suavidad. Sin dejar de lamer, intenté penetrar con dos dedos, el anular y el índice. No me costó casi ningún trabajo.

Ella se dio la vuelta. Cogió el aceite y derramó una generosa cantidad en mi capullo. Con su mano comenzó a distribuirlo, arrancándo de mi sensible glande increíbles pinchazos de placer. "Ahora quiero que poseas". Volvió a su posición original, con el culo expuesto y desafiante para mi. Volví a derramar un poco de aceite, excitado por el inesperado regalo que se me ofrecía. Volví a introducir un dedo, dos, e, inmediatamente, despacio, cuidadosamente, acerqué mi verga a su delicada entrada, y centímetro a centímetro gané entrada en tan placentero cobijo.

Ella lanzó unos pequeños gemidos con cada avance, gemidos de dolor y placer, de temor y deseo, de sometimiento y entrega. Yo sentía la sabrosa opresión que ejercía en mi polla, la sensación de acogida en ese maravilloso culo.

Poco a poco su esfínter se fue relajando, permitiendo que mis movimientos fueran ganando en intensidad, en recorrido. Sus gemidos acompañaban mis empujes, acrecentados por las sensaciones que su mano arrrancaba de su clítoris.

Alargué mi mano y sustituí a la suya en sus caricias. No protestó, aunque mis embestidas se vieron un poco penalizadas. Yo no podía más. Estaba a punto de correrme. Mi respiración me delató, y ella me dijo, casi en un suspiro, que quería que me corriera fuera.

Bajé un poco el ritmo. quería disfrutar un poco más. Me deleité un momento viendo la panoramica de mi polla penetrando en ese delicioso culo. Casi no podía más. Saqué mi poya. Ella intuyó el final y se dió la vuelta rápidamente. Mi mano agarró mi capullo para terminar mi inminente corrida. Yo estaba de rodillas, y ella había quedado tumbada casi debajo mía. Alargó su mano y comenzó a tocar su clítoris, con una intensidad y firmeza que me sorprendió. Yo me corrí casi de inmediato. Mi mano, experta en estos menesteres, arrancó mi desado orgasmo y mi eyaculado sobre el vientre de ella. Casi en ese instante, con la visión de mi poya escupiéndole el semen, su dedo se aceleró, su cabeza se arqueó hacia atrás, y un largo y gutural gemido delató su profundo y largo orgasmo.

Ella se quedó temblorosa, tumbada. Acercó sus dedos a su boca, probando sus fluidos, y me dijo "quédate a dormir".

Y así, empapados de sexo, sudor, semen, flujos y aceite, nos quedamos dormidos uno junto al otro.
 
Lasagna...
Algunas tardes, sobre todo de primavera hasta noviembre, aprovecho los días que llego temprano del trabajo y voy a correr. Mi lugar preferido es el Parque Grande: un rincón perfecto de la ciudad para perderte por paseos de plátenos, subir hacia unos tranquilos pinares y acompañar unos metros al cauce del viejo canal.

Un día, al terminar la carrera, me dispuse a hacer unos ejercicios de
estiramiento. Era tarde, ya de noche. Me acerqué a una zona de cesped con bancos ideal para estos menesteres y a los pocos minutos llegó ella corriendo, paró casi en seco cerca de donde yo estaba y se tumbó muy cerca jadeando, sudorosa.

Vestía un top deportivo ajustado y una mallas que dejaban al aire sus
pantorrillas. No se veía excesivamente atlética (yo tampoco, no penséis), pero su indumentaria de deporte se ajustaba a su cuerpo de tal manera que mi imaginación no tuvo que trabajar mucho para regalarme imágenes de ella sin ropa: sus pechos firmes, generosos, sus muslos turgentes, firmes, un culo redondo y sugerente, un cuerpo delicioso.

"Estiramos juntos". Me sorprendió. Me fijé en su sonrisa, su mirada
clavada en mis ojos de sorpresa, en sus labios rojos, rodeando una boca grande, sugerente, y un pelo ahora sujeto pero que se adivinaba bastante largo.

"Por qué no". Nos presentamos y comenzamos a hacer ejercicios juntos, ayudándonos el uno al otro a estirar. Ella controlaba y me enseñó algunos movimientos. Charlábamos de nuestra afición por correr, del poco tiempo que nos deja la vida, de lo tarde que llagamos a casa si a las 9 de la noche te vienes al parque, de que ahora tengo que hacer la cena... "¿Hacer la cena? Yo tengo lasagna hecha, si quieres te invito". De nuevo me sorprendió, y no lo pude disimular. "Te vienes conmigo a casa, te duchas y cenamos". Ahora mi imaginación se aceleraba como los latidos de mi corazón.

Una chica preciosa y sugerente, que me invita a cenar y ducharme en su casa, con la que he conectado bien, buena conversación...

"Pero..."

"De pero nada: tu tienes que ducharte y hacete la cena en casa. No te
espera nadie, ¿que más te da hacerlo en la mia? ¿Te doy miedo?"

"La verdad es que sí", y me eché a reir. "Vamos".

Ella había venido paseando al parque y fuimos en mi coche. Su piso estaba relativemente cerca. Era un piso pequeño pero coqueto, bien decorado, con muy buen gusto.

Me dio una toalla y me indicó el camino al cuarto de baño. Saqué mi ropa de calle y la dejé preparada para vestirme. Me duché, e imaginando su cuerpo, no pude evitar tener una erección. Intenté quitérmela de la cabeza. Salí de la ducha, me sequé y puse la toalla alrededor de la cintura mientras me peinaba.

En ese momento entró ella y me dijo "te importa que me duche mientras acabas". "Adelante"

Dios mio. Mi imaginación me había traicionado. Se desnudó y a través del espejo pude comprobar que sus pechos lucían unos pezones grandes y deliciosos, que su cuerpo era un auténtico iman para mi mirada, y que el efecto se había dejado notar inmediatamente en mi pene.

Ella comenzó a ducharse, pero en el hueco entre la cortina y la pared, a través del espejo, podía vislumbrar perfectamente la escena: como sus manos recorrían su cuerpo, lo enjabonaban y se delizaban por todos sus recovecos.

Ella me cazó: me miró a los ojos, sonrió, y miró mi entrepierna. La toalla no pudo ocultar mi erección.

"Ven". Deslizó su mano fuera de la ducha, y cogiéndome la mia tiró de mi hacia ella. Dejé caer la toalla y de nuevo me vi bajo la reconfortante
ducha, pero esta vez con unos labios rondando mi polla, besando su tallo, racorriéndolo hacia mis huevos, succionando, lamiendo, y finalmente dando un húmedo abrazo a mi capullo.. Comenzó a mover su boca, su lengua, sus labios saboreando cada milímetro de mi glande, buscando los puntos donde mis temblores delataban mi placer, incidiendo en los puntos secretos de tan rosada anatomía, llenándose la boca con mi sexo.

Su mano buscó mis huevos, los sopesó, jugó con ellos. Buscó un poco de jabon y me los enjabonó, para sigilosamente buscar mi culo, enjabonar la zona lentamente y clavarme suavemente un dedo. Me pareció ver las estrellas de gusto, la sensación era descomunal.

Paró cuando yo ya creía que no aguantaba un segundo más. Se puso de pie y me besó. Mis manos buscaron sus pechos. Bajo el jabón y el agua eran suaves, excitantes. Me agaché y los besé. Busqué sus pezones duros, grandes, llenos en unos pechos llenos, sensibles, cálidos bajo aquella ducha. Los devoré, quería tenerlos en mi boca, quería que ella sintiera mi lengua en cada punto sensible de sus aureolas. Acerqué mi mano a su sexo y comprobé que estaba terriblemente húmedo. Comencé a recorrerlo: introduje un dedo entre unos labios turgentes y encontré el calor de un sexo expectante, ansioso por encontrar una recompensa. Su vagina estaba completamente abierta, expuesta, y su clítoris asomaba desafiante. No me pude resistir a acariciarlo y comprobar el efecto en el resto del cuerpo: el jadeo, el imperceptible contorneo, el temblor... La ducha no me dejaba mucho espacio para lamerlo, pero lo deseaba con toda mi
alma.

Bajé mi boca hacia tan sabroso bocado, ella arqueó su cintura y expuso su coño: allí estaba, esperando mi lengua. No defraudé a su delicioso botón, y le obsequié con unos lametazos largos al principio, con mi lengua totalmente fuera, llana sobre el clítoris, recorriéndolo entero. Luego fue la traviesa punta la que se encargó, con sus rápidos pero suaves movimientos, de acelerar los templores, los movimientos y jadeos de mi nueva amiga.

De pronto me cogió la cabeza, me hizo levantar y, una vez de pie se dió la vuelta, se arqueó y me invitó con esa posición a que se la clavara por detrás... Era delicioso: mi polla entró entera, suavemente, sin
resistencia, en una vagina Hambrienta que me la devoraba deliciosamente.

Con mi mano alcancé a acariciar su clítoris, y manteniendo el ritmo de la manos y de mis embestidas, rápidamente noté sus gemidos, sus movimientos y el tremendo orgasmo que recorría ese cuerpo sensual y sexual, delicioso, cálido. Se dió la vuelta y se derrumbó en el suelo de la ducha, sonriendo, jadeando y cogiéndome la polla comenzó a menearla. Apenas bastaron 4 o 5 movimientos para que me sorprendiera una sabrosa corrida. Mi semen salió disparado hacia ella, agachada: a su cara, a su pecho, por sus manos. Me lamió la polla ligeramente, arrancándome mis últimos gemidos.

Nos miramos, y me dijo: "no te creas que invito a cenar a cualquiera...".

"Ni que yo me voy a cenar con cualquiera".

"Vamos, espera la lasagna". Nos terminamos de duchar juntos, salimos y fuimos semidesnudos, sólo con la toalla, a cenar al salón.
 
Hoy saludé a una vieja amiga
Hoy hemos charlado unos minutos. Hacía más de un año que no nos oíamos y fue mi mejor, mi más querida y más deseada de mis ciberamantes.

Últimamente nos hemos reencontrado en el Chat de movistar, y nos hemos mandado unos pocos mensajes. Ya no estamos solos en casa ninguno de los dos, y no podemos charlar como antes.

Entonces nos gustaba calentarnos el uno al otro por mensajes. Nos contábamos cosas que imaginábamos, lo que nos gustaría hacer, fantasías, lo que empezábamos a hacer en ese momento… Yo muchas noches acababa desnudo en el sofá, excitado, acariciándome lentamente mientras leía los mensajes que me llegaban de ella diciéndome como se había desprendido de su ropa interior y sus dedos rozaban su sexo detectando su humedad, su calor, su sensibilidad.

En ese momento nos llamábamos. “Como me has puesto, estoy a mil”. Ella me pedía que describiese como la tenía y como me la estaba tocando. Entonces nos dejábamos llevar por la imaginación: “Arnand, imagina que tu mano es mi boca, rodeando y saboreando tu capullo”.

A partir de aquí valía todo. Imaginábamos como nos besábamos, como nos acariciábamos, como nos espiábamos el uno al otro masturbándonos, como lamíamos compulsiva y devotamente nuestros sexos, como explorábamos con las lenguas nuestras zonas testiculares, perineales, anales. Como pedíamos sí, o más, o penétrame, fóllame, tócame.

Imaginábamos posturas, marcábamos un ritmo a nuestras manos, a nuestros jadeos, acompasados a nuestro delicioso polvo imaginario. Nos deshacíamos del morbo de escuchar el sonido de nuestras pajas: mi mano deslizándose por mi polla y tus dedos en un coño tremendamente húmedo.

Nos acercábamos al clímax juntos y lográbamos corrernos deliciosamente, casi a la vez. Sus gemidos eran profundos, como provenientes de más allá del estómago, del mismo vientre en el que se sucedían sus contracciones orgásmicas. Mis corridas, mis jadeos, se fundían con los suyos, e, inmediatamente, me pedía que describiera cuanto había eyaculado, donde había caído, como me había quedado.

Esas conversaciones llegaron a durar más de media hora. Y la verdad, las echo de menos. El cibersexo con ella era maravilloso. Y espero que algún día podamos repetirlo.
 
Cosas que me apetece hacer...
Aquí van algunas de mis fantasías. Muchas de ellas os pareceran pueriles a algunos, pero a mi me falta por hacerlo e incorporarlo a mi vida sexual:

- Sexo anal: me encantaría probarlo. Me encanta el culo, jugar con el, lamerlo, pero me gustaría follarlo, poseerlo, y derramarme dentro.

- Sexo anal (II): Me gustaría que a la vez de una buena mamada o una buena paja, me hiciera mi pareja un beso negro o que me penetrase con un dedo... lo hice hace muuuucho tiempo, tanto que lo tengo olviado y lo pongo como por realizar.

- Masturbación: me encantaría masturbarme mientras mi pareja se masturba. Me excita mucho una mujer masturbándose, es de lo más sexual.

- Tríos: me gustaría probar, y no soy egoista, que me apunto a HMH y MHM.

- Hacerlo rodeado de parejas follando... una orgía pero en simple: cada oveja con su pareja, y todos follando a la vez. Aunque no descartaría lo de la orgía..

- Que me ate y... que haga lo que quiera...

- Que quiera extrenar el vibrador que le regalé...

¿Pido mucho?
 
Tengo hambre...
... y me muero por devorarte. Te tengo así colocada, esperando.
No tengo ganas de perderme en caricias. No va a haber preámbulos, porque me muero por recorrer tu culo con mi lengua, por lamer tus agujerito, por clavarte la punta, por saborear tu sexo, por bebérmelo, por no parar de jugar con mi lengua hasta que tu cuerpo me diga basta, hasta que te corras y mi boca se llene de tu pasión, de tu excitación, de tu vulva, tu clítoris y tu orgasmo.


No me puedo resistir si te veo así...
 
Francesca (II)
Nos fuimos pronto de la biblioteca. El sexo en los lavabos estuvo bien, pero hoy el cuerpo nos pedía algo más tranquilos, mullidos, en una cama, desnudos.

Fuimos hacia mi casa. Por el camino paramos a tomar una cerveza. En el pub en el que paramos nos acomodamos en una esquina y casi no hablamos: nos besamos, nos acariciamos y nos bebimos nuestras pintas de la boca del otro.

Ya en casa, fuimos directos a mi habitación, y sin preámbulos, nos desnudamos y nos tendimos abrazados, enredados, enrollados, unidos por nuestras bocas, mezclados en nuestra piel, atados por nuestros brazos y por nuestras piernas.

Veníamos excitados, y cada movimiento de Francesca le procuraba un delicioso roce con mi pierna, dejándomela untada de sus deliciosos jugos.

Me tumbé y ella se puso encima de mi, a 4 patas, y acarició mi pecho con sus deliciosos pezones. Siguió más hacia arriba y acercó primero uno, luego el otro, a mi boca. Los devoré, los succioné, los lamí al ritmo que ella me marcaba, notando su erección en mis labios y su textura en mi lengua.

Bajó y de nuevo dirigió sus pezones a mi pecho, vientre y a mi polla, dejándolos empapar uno a uno, rozando mi capullo, golpeándolo levemente, rodeándolo. De nuevo los acercó a mi boca y lamí el sabor de mi polla. Ella se excitó aún más.

De nuevo recorrió mi cuerpo, esta vez con su boca, alcanzando mi pierna y lamiendo esta vez el sabor que había dejado en ella su coño. Ascendió lentamente buscando mis huevos, los lamió y sin mucha interrupción dio unos deliciosos lametazos a mi polla.

Se incorporó, buscó un condón y me lo colocó. Inmediatamente se sentó a horcajadas sobre mi verga erecta, penetrándose lentamente.

Francesca comenzó a moverse lentamente, marcándose un ritmo y acariciándose a su vez el sabroso y excitado clítoris.

La visión de mi polla entrando en ella con cada subida y bajada, y sus dedos en su clítoris me estaban volviendo loco de excitación. Estiré mis manos, y cogí sus pezones pellizcándolos entre mis dedos. Francesca estaba muy excitada, su lubricación era bestial y nuestros sexos estaban totalmente empapados. Estábamos los dos a punto de corrernos.

Francesca bajó el ritmo un poco. Yo pensé que quería alargar nuestro polvo, pero de repente ella se clavó mi polla hasta el fondo, comenzó a moverse imperceptiblemente, casi retorciéndose, aceleró el movimiento de sus dedos y lanzó unos gemidos deliciosos, sublimes, húmedos, que la dejaron casi exhausta.

Entonces comenzó de nuevo a moverse, cada vez más rápido, buscando mi orgasmo. Esta vez el movimiento abarcaba mi polla entera. Notaba mi capullo a punto de escapar de ten deliciosa guarida cuando de nuevo se clavaba hasta el fondo. Yo casi no podía más, comencé a gemir, a suspirar, a prepararme a una corrida deliciosa cuando rápidamente se levantó, me arrancó el condón y terminó con su mano.

Mi corrida fue fantástica, sintiendo oleadas de placer acrecentada por la visión de la boca de Francesca recibiendo los impulsos de mi eyaculado y devorando cada gota de mi semen.

La verdad es que ese día nos quedamos abrazados y dormimos hasta casi media noche. Preparamos algo de cena y Francesca se quedó a dormir conmigo. Aun teníamos que probar más cosas juntos.
 
Recuerdos... (real)
Recuerdo un verano de hace unos cuantos años...

Yo apenas tenía 20 años. Tu alguno menos.

Pasábamos bastantes tardes en la piscina del pueblo. Una piscina curiosa, pues es la única que jamás he visto en la que las duchas eran comunes, mixtas.

Solíamos acudir temprano. Cogíamos buena sombra y dormitábamos un rato abrazados.

A veces nos despertábamos el uno al otro con nuestros labios o con un leve intento de penetrar la boca del otro con la punta de la lengua. A ti te gustaba dejarte hacer, dejar que recorriera tus comisuras, tus dientes, que buscase tu lengua aparentemente dormida y repentinamente despierta y excitada...

Nuestras manos jugaban como podían. Un dedo mío jugaba con el sujetador de tu bikini, buscando tu sabroso pezón, rozándolo, excitándolo. Buscábamos la posición que me permitía rozar tu sexo por encima de tu braguita, e incluso buscar el pliegue de tu ingle para penetrar a la zona más deseada.

Tu dirigías tu mano en busca de mi erección. Rozabas mi polla por encima del bañador, la cogías, la meneabas. Nos excitábamos terriblemente.

Luego te levantabas y te ibas a las duchas. Siempre que era posible a la cuarta puerta. A los pocos minutos, cuando mi erección me lo permitía, iba yo.

Tu me esperabas ya desnuda, en la cuarta ducha, y te abalanzabas a bajar mi bañador cuando yo entraba.

Nos besábamos como posesos durante un buen rato. A mi me gustaba dirigir mi mano a tu muslo y notar tus fluidos resbalando por el. Me agachaba y comenzaba a lamerlos desde abajo, dirigiéndome a tu delicioso sexo, siempre dispuesto a recibir mi lengua.

Me recibías entreabierta, siempre mirando como hundía mi cara entre tur piernas. A veces te echabas hacia atrás para exponerte mejor. A veces te corrías así, con mi boca, ahogando tus gemidos con una mano y sujetando mi cabeza en tu coño con la otra.

Tu te agachabas y cogías mi polla con las manos, la masajeabas levemente mientras tu boca buscaba mis huevos. Los lamías, los mordisqueabas y ascendías lamiéndomela entera hasta la punta, le engullías y me regalabas unas deliciosas mamadas que conseguían depertar cada nervio, cada punzada, cada punto de placer y esprimir cada gota de mi semen.

Otras veces nos sentábamos en el suelo, con el agua corriendo sobre nosotros, uno enfrente del otro. Tu cogías mi capullo y lo masajeabas expertamente y mi dedo buscaba tu raja húmeda, recorriéndola y hurgando en cada hueco accesible. Luego buscaba tu punto infalible, tu agradecido clítoris, y lo acariciaba lentamente, hasta que me decías más y aumentaba mi ritmo.

Daba igual quien se corría primero. Generalmente el otro seguía de inmediato, fundiéndose los gemidos ahogados de uno con los del otro, excitados por el sabor de nuestros sexos en nuestras manos, lamiendo nuestros fluidos, juntando nuestras lenguas en busca del sabor del deseo.

Siempre nos gustó esa piscina. Hasta que las duchas dejaron de ser mixtas.
 
¿Y yo como me quedo?
Me gusta leer, y me gusta escribir.

Leo blogs y escribo en el mio, y acabo irremediablemente excitado. Disfruto imaginando una situación, describiéndola y plasmándola acompañada de alguna foto. Pero tambien disfruto aliviando mi excitación masturbándome.

No es ningún secreto. Lo he escrito otras veces. Me gusta disfrutar del placer que he descrito, de la sensación de mi polla llena, de la suavidad con que se desliza mi mano, del bombeo que poco a poco me lleva al orgasmo. Me gusta escribirlo aquí. Es parte de mi sexualidad, igual que mis fantasías.

Imagino además que no me masturbo solo, sino que lo comparto, especialmente con mis lectoras, y que a su vez, he sido capaz de desencadenar una excitación que lleve a alguna de ellas a aliviarse como yo, en la intimidad pero compartida.

Espero que no os moleste que os cuente esto... pero es mi blogg, y a veces, todo empieza escribiendo aquí...
 
Elena (I)
Aquella agradable tarde de octubre quedamos pronto. Era jueves, buen día para ir al cine y tomar algo.

Quedamos en el bar que hace esquina en una céntrica plaza. Un bar con amplios ventanales, y con una panorámica perfecta del devenir de la gente en ese pequeño universo peatonal.

Acababa de recoger mi caña de la barra, cuando le vi llegar. Paso firme, segura, seductora, femenina. El pelo largo castaño ondulaba a cada paso. Su delicada figura embutida en un chaqueton de cuero largo, muy largo, que acababa centímetros por encima de su rodilla, que a su vez escapaba por dos dedos de unas botas altas, de medio tacón.

Me quedé un poco hipnotizado recordando la noche que pasamos juntos hacía un tiempo (ver las historias de agosto). Tanto que casi me sobresaltó su mano en mi hombro, su ligero beso en mi mejilla, el delicioso olor de su perfume y la sedosa voz que me dijo "tenía ganas de verte".

Elena no tomó nada. Me ayudó a terminar mi cerveza, me cogió de la mano y me dijo "vamos, ya he elegido la peli".

El cine casi estaba desierto. Elena me aseguró que aunque hubiera poca gente, me iba a gustar. Nos sentamos en la última fila, y a pesar de la calefacción, ella no se quitó el abrigo. No creo que estuviésemos más de 10 personas en la sala.

La peli era un absoluto peñazo. Se veía desde el principio... pero no me acuerdo de mucho. A los cinco minutos, sentí su mano en mi pierna, y con pocos preámbulos, con su uña, empezó a dibujar por encima de mi pantalón caminitos que se dirigían hacia mi entrepierna, cada vez más arriba.

Me giré hacia ella y me acerqué para besarla. "No. Imagina que somos desconocidos. Nada de besos".

Yo dirigí mi mano a su rodillla. La acaricié y sin mucho preámbulo ascendí hacia su muslo. El abrigo me estorbaba un poco, y desabroché un par de los botones de abajo. Esperaba encontrarme con su falda, pero ese obstáculo no apareció. Ascendí por la cara interna de su muslo, cada vez más excitado, y alcancé su sexo, cubierto por le delicada tela de su braga.

Su dedo ya estaba centrado en el bulto que marcaba mi polla en el pantalón. Buscó la bragueta, el botón, y se deshizo de obstáculos. Buscó por debajo de mi boxer y agarró mi capullo duro, húmedo, delicadamente.

Mi mano buscó un hueco hacia su sexo. Estaba excitada. Húmeda, espectante.

"Quiero correrme así. Despacio. No hay prisa"

El resto fue muy muy sencillo... pero muy muy excitante.

Me acomodé para dejar totalmente expuesta mi polla, en la oscuridad del cine, al tacto de su mano. Elena se deshizo de su braga.

Los dos teníamos nuestros sexos expuestos para el otro. Expuestos a nuestras manos, a nuestras caricias.

Elena agarró firmememente mi capullo. Lo tenía húmedo, excitado, expectante. Acomodó sus dedos expertamente rodeándolo y comenzó a mover su mano de arriba abajo, ayudada por la lubricación que le brindaba mi incipiente secrección.

Yo acomodé mi dedo entre sus labios húmedos, hinchados, calientes y deslicé mi dedo buscando humedad que llevarme a la boca. Lamí mi dedo empapado de su secrección y volví a colocarlo en su surco pero esta vez buscando su clítoris.

No era nada tímido. Su clítoris no tenía verguenza y estaba totalmente expuesto, esperando mi caricia, desafiante al placer que se le avecinaba, dispuesto a transmitirle miles de estímulos al resto del cuerpo de Elena.

Mi dedo se apoyó levemente, y lo comencá a mover ligeramente, en círculos. Aumenté le presión guiado por los gemidos y movimientos de Elena, identificando el ritmo, la presión y el tipo de movimiento que aceleraba su respiración.

Su mano abrazaba mi capullo y se movía firme pero lentamente. Del borde de mi capullo nacían corrientes que ascendían por mi espalda hasta mi nuca. En la punta, con un ligero movimiento circular con la muñeca, conseguía nublarme la vista de placer.

Nos masturbamos el uno al otro despacio, alargando en lo posible el placer al otro, retrasando nuestro inevitable orgasmo... orgasmo que cuando llegó fue delicioso, tambien largo, placentero, abundante, húmedo, ahogado, silencioso, divertido, prohibido.

Los dos nos corrimos casi a la vez. Primero me retorcí yo cuando tres bocanadas de semen salieron despedidas hacia mi otra mano, intentando proteger mi ropa. Mis gemidos ahogados despertaron aun más la excitación de Elena, que aceptó de buen grado el semen que le ofrecí de mi mano. La lamió entera y en el último momento, la última gota, un temblor despertó del centro del clítoris y desplazándose por todo su cuerpo, desencadenó unos espasmos silenciosos, ahogados por mi mano en su boca, paralizantes al final, hasta que violentamente retiró mi mano de su sexo.

"Creía que iba a gritar" me dijo jadeante. "La película es interesante, pero creo que es mejor que veamos el final en casa".

Salimos del cine, me cogió del brazo, y con paso rápido nos dirigimos a su casa.



 
Verano (Fantasía)
Me gustaban esos capichos tuyos. A veces me sorprendías de una manera inimaginable para mi.

Recuerdo aquella noche de verano en tu ciudad. Sí, aquella calurosa noche en la que no dormimos solos. Aquella calurosa noche en la que, en un bar semidesierto, en la mitad de agosto, entablamos conversación con la camarera.

Fue una tontería. Ella nos pidió fuego y tu le contestaste que eso no, que otra cosa quizás le podías dar, pero fuego no, que no fumábamos.

Ella te contestó riendo "pues dame a tu chico", y tu le contestaste un lacónico "vale".

Pegué un bote en el taburete. La camarera me miró sonriendo pícaramente. "No lo dirás en serio". Tu contestación me remató: "sí, ¿por qué no?".

Seguimos hablando los tres. Tu, Raquel y yo. Temas insustanciales. Un par de cervezas, quizás tres. Unas risas. Unas cuantas miradas.

Raquel era una morena muy guapa, de pelo corto, alta, casi 1.80. Vestía un top ajustado y escotado (mi vista se me perdía en la fantástica visión que me ofrecía) y una faldita corta, muy corta, que apenas cubría unas piernas largas, muy largas.

Cerró el bar y decidimos echar una copa en tu casa. Ella accedió encantada. Nos sentamos en el cuarto de estar y nos servimos unos gin tonics. Seguimos charlando, y en un silencio de esos que se dice que pasa un ángel, Raquel te preguntó "Bueno ¿me dejas a tu chico o no?".

Yo estaba sentado entre las dos. Me cogiste la cabeza, te acercaste a mi y me sorprendiste con un largo y cálido beso. Me soltaste y contestaste: "lo compartimos, ¿vale?" y seguiste besándome.

Me dejaste al momento y dijiste "Raquel, ahora tú". Ella no dudo. Se acercó y sentí su lengua en mi boca entreabierta. La mía salió a su encuentro, y nos lamimos lentamente, sintiendo el sabor, la humedad, el tacto de nuestras lenguas.

Sentí tu mano en mi bragueta. Desabrochaste los 6 botones, de arriba abajo, y metiste tu mano buscando mi polla. La cogiste, la sacaste, y como si tan solo trataras de comprobar que estaba erecta, la dejaste estar. Cogiste una mano de Raquel y la acercaste a mi capullo para que ella tambien comprobara su estado.

Raquel se detuvo unos segundos en ella. Mi mano se había lanzado por debajo de su top buscando sus lujuriosas tetas. Tenía ganas de comérselas, de estrujarlas, de saborear sus pezones. Ella se quitó la prenda que me dificultaba disfrutar y me sorprendió con unas aureolas grandes, rosadas, sensuales. Me acerqué a lamérselas y gocé de la sensación de tenerlas en mi boca.

Me volví hacia tí, sin dejar de tocar las tetas de Raquel con una mano, y vi que te habías despojado de tu blusa y de tu pantalón. Acaricié con la otra mano las tuyas y sonreiste pícaramente.

Me volví de nuevo a Raquel y busqué esta vez por debajo de su falda. Sus muslos me parecieron firmes, suaves, perfectos, la deliciosa antesala a su sexo. Esto no podía seguir así: me levanté, me quité mi polo, mis pantalones y mi boxer, mientras tu te despojabas de la única prenda que te quedaba y ella hacía lo mismo.

Me senté y te agachaste delante de mi, buscaste mi polla con la boca, bajando por mis pechos, mordisqueándolos, haciéndome esperar un poquito. Sacaste la lengua y empezaste a recorrerla desde mis huevos hasta la punta. Cada lametazo me generaba aguijonazos de placer.

Raquel comenzó a besarme, acomodada a mi lado, mientras mi mano buscaba su entrepierna y hundía un dedo en su sexo. Estaba húmedo, caliente, excitado. Busqué la entrada de su vagina y jugueteé un poco en ella. Luego ascendí buscando su clír¡toris, recorriendo un sexo húmedo, lubricado.

Su botón estaba duro, expectante. Comencé a masajearlo lentamente, disfrutando con tus lametazos y con la sensación de un clítoris tan predispuesto, tan agradecido a mis caricias. Cada roce, cada movimiento de mis dedos se acompañaba de un quejido de Raquel.

Me sorprendió que se corriera tan rápido. Fue cuestión de pocos minutos el sentir sus espasmos, sus jedeos y unos pequeños grittitos que luego comprobamos eran característicos de ella.

Raque se agachó, se colocó a tu lado, y comenzó a lamer mi polla contigo. A mi me ponía veos a las dos alllí, agachadas, lamiéndome, peleándoos por mi miembro. Raque cogió con una mano mis huevos y comenzó a masajearlos. A ti te sorprendió buscando tu sexo y acariciándotelo. No sé que sensación te produjo el notar la caricia de otra mujer, pero por la reacción de tu cuerpo, no fue nada desagradable.

Tu y yo nos corrimos casi a la vez. Vuestras lenguas en mi capullo desencadenaron una corrida intensa, un orgasmo delicioso, una producción de semen abundante. Vosotras seguisteis lamiéndome, recogiendo cada gota de esperma, lamiéndolo, peleándoos con vuestras lenguas por el rastro que había dejado en mi vientre, en mi polla y en vuestras manos. En ese momento os besasteis y tu sentistes un orgasmo intenso que casi te deja sin aliento.

Yo tenía ganas de comerme el coño de Raquel. Me había sorprendido su humedad, su tacto. Quería olerlo, saborearlo y sentirlo con mi lengua.

Le hice tumbarse en el sofá. Entreabrió las piernas y hundí mi cabeza entre ellas. Mi lengua se llenó de sensaciones, de sexo, de lujuria, de sabor, de placer, de devoción por lo que lamía. Raquel, de nuevo agradecida comenzó a gemir y moverse con cada lametazo.

Tu no querías perder comba. Te sentaste a horcajadas sobre la cara de Raquel, mirándome. Primero un poco alta, ella no llegaba, me miraste y comenzaste a masajear tu sexo entreabierto.

Raquel, al darse cuenta, intentó incorporarse un poco, sacó la lengua, y tu le dejaste hacer. Era delicioso ver como te lamía, como su lengua recorría tu sexo y como tu cara se transformaba en un poema de placer y entrega a los sentidos. Una de tus manos pellizcaba tus pezones y la otra se dirigió a los de ella, cosa que agradeció con una erección inmediata de ambos.

Esta vez fue de nuevo Raquel, con su lengua parece que experta, la que te llevó al extasis. Casi te caes con los movimientos y espasmos de tu cuerpo. Parece que era toda una experta con la lengua.

Raquel se incorporó un poco y me dejó seguir haciendo. Tu te quedaste sentada en el suelo mirando unos minutos. Pronto nos sorprendió Raquel con una nueva orquesta de sonidos, temblores y grittitos a la par que echaba la cabeza muy hacia atrás y tu le pellizcabas un poquito, sonriendo, sus deliciosos pezones.

"Raquel, ¿no quieres que te la meta?" Ella, todavía jadeando, sonrió. "Por supuesto":

Me incorporé. Ella levantó las piernas, casi verticales, y mi polla buscó la entrada de su vagina. Estaba muy abierta, muy expectante, muy húmeda, y penetró limpia y rápidamente. Ella se notó llena y casi de inmediato comenzó a gemir de nuevo, con cada uno de mis movimientos. Tu nos mirabas, desde el suelo, las piernas entreabiertas, tus dedos en tu sexo, penetrándote a ratos con dos dedos, masajeándote a ratos el clítoris, suspirando con tus propias caricias.

Nos separamos y Raquel se puso a 4 patas, con el culo levantado. Me encanta esa postura. Antes de metérsela, mi lengua no quiso perderse el tacto de su culo. Me puse a 4 patas y comencé a lamer su delicioso ano. Se dejó hacer y me ayudó con su postura a que mi lengua penetrara un poquito en el. En ese momento tu hiciste lo mismo conmigo. Sentí tu lengua en mi culo, rodeándolo, humedeciéndolo.

Tambien sentí tu dedo penetrándome. Hice lo mismo con Raquel, penetrarla con un dedo, moviéndolo lentamente mientras tu hacías lo mismo conmigo. Era delicioso, casi orgásmico.

Me incorporé un poquito para clavar de nuevo mi polla en Raquel. La cogí de las caderas y comencé a bombear, intentando alargar el placer de ese momento. Ella comenzó a masajear su clítoris y tú, por detras, acariciabas con una mano el tuyo y con otra jugabas con mis pelotas, inspeccionabas la entrada de mi verga en Raquel y hurgabas de vez en cuendo en mi culo.

Primero los grititos de Raquel. De seguido mi corrida dentro, deliciosa, casi brutal, empujando como un animal, buscando poseer el último centímetro de su vagina. Luego tú, tumbada, y las lenguas de Raquel y mía terminando un orgasmo en tu clítoris que te terminó de dejar exhausta.

Fue deliciosa la noche. Fuimos a la cama y nos quedamos los tres dormidos. No había pasado mucho cuando me despertasteis con vuestros besos y pronto vuestras caricias, vuestros cunnilingus, 69, penetraciones vaginales y anales con vuestros dedos. Os dejé hacer. No quería deshacer el encanto de lo que veía. Preferí quedarme mirando, masturbándome y dejándome llevar por el espectáculo que tenía ante mi.

A vosotras os excitó tenerme de expectador, verme masturbarme excitado con vuestros juegos, y fue genial correrme de nuevo con vosotras en un último orgasmo de la noche.

Una noche, desde luego, inolvidable.
 
Déjame

Déjame acercarme, observarte.
Déjame acariciar tus sedosos glúteos, realizar dibujos imaginarios con las puntas de mis dedos.
Déjame investigar los secretos de tu maravilloso surco. Entreabrirlo un poco, contemplarlo y recorrerlo levemente.
Deja que la punta de mi lengua busque el camino a tu placer.
Déjame rozar con ella tu agujero más escondido, humedecerlo, rodearlo, tentarlo, explorarlo.
Déjame avanzar hacia la incipiente humedad entre tus labios. Déjame saborearla, catarla.
Déjame avanzar en tu canal, explorando cada milímetro, lamiendo cada rincón.
Déjame encontrar tu más codiciado botón.
Déjame lamerlo, lamerlo, lamerlo...
Déjame perder mi cabeza al sentir tu clítoris con cada roce de mi lengua, con cada movimiento de tu cadera, con cada suspiro, con cada gemido.
Déjame emborracharme con tu sabroso licor.
Déjame llevarte por el camino del placer, y déjame sentir cuando te dejas llevar y te corres.