Marta
No logro recordar que es lo que me llevó a salir de casa aquella tarde.
Era agosto, hacía calor, y yo estaba de rodríguez. Llegué de trabajar
sobre las 8, me duché, me cambié de ropa y me acerqué al bar de moda que hay en la esquina de la avenida. Mi objetivo era estar en un sitio fresco,y aquella era una apuesta segura.
La ciudad estaba desierta. Nadie por la calle. Casi nadie en el bar.
Yo no era parroquiano del local, aunque sí que había estado algunas veces. Cogí un taburete alto, me acerqué a la barra y agarré un periódico de una de las mesas.
Su "¿qué deseas?" fue hipnótico. Al levantar la vista y ver a la camarera no sabía que contestar: "a ti" o "una cerveza". Siempre fuí un poco tímido y pedí lo segundo.
Se llamaba Marta. Era alta, 1,74. Su piel muy morena. El pelo largo y
negro. Sus ofos negros sin fondo. Vestía un top ajustado, generoso a la hora de mostrar piercing por debajo y escote por arriba. Sus pechos, no muy grandes, pero juguetones, libres, debajo de la tela.
Su falda apenas cubría la mitad del muslo, y nos dejaba al resto de los mortales imaginar como sería el corto camino que quedaba hasta la entrepierna.
Seguramente estaba aburrida y emmpezamos a hablar. Ella era de fuera, estaba un par de semanas currando aquí, y sobre todo, salía de trabajar a las 11 y se dejaba acompañar a comer algo.
Salimos juntos del bar, fuimos a un par de tabernas que quedaban cerca y le invité a tomar una copa en casa.
No tomamos ninguna copa.
No llevábamos 15 segundos en casa cuando nuestras lenguas se lamían compulsivamente buscando la oportunidad de penetrar la boca del otro. Caímos abrazado de esta manera en el sofá, yo encima de ella, y permanecimos besándonos un buen rato.
Me levanté y me despojé de mi pantalón y mi camiseta, quedánndome con un boxer bajo el que se me adivinaba una erección ya completa.
Marta se enderezó y se quitó el top, dejándo expuestos sus golosos pechos. Con un rápido movimiento de cadera deslizó la minifalda hasta sus pies y quedó con un diminuto tanga negro que apenas cubría su sexo depilado.

Me encanta que esté depilado. Me abalancé sobre sus pezones. Los lamí repatidamente mientras nos despojábamos de nuestra ropa interior y busqué con mi boca el camino hacia mi festín húmedo. Deseaba como un loco explorar ese monte desnudo de vello, los labios casi infantiles y buscar entre ellos el sabor de lo prohibido, calmar mi sed de sexo y desatar mis deseos de lujuria.
Mi lengua empezó a recorrer el sabroso camino entre su clítoris y la entrada de su vagina. Quería probar cada centímetro. Jugué con la lengua en la entrada de su culo y ella se posicionó para facilitarme el trabajo en ese hueco.
Volví hacia su clítoris. Estaba deseoso, precioso, ansioso. La punta de mi lengua se encontró con esa pequeña masa erecta y la empezó a rodear lentamente. Luego la recorría suave pero rápidament, mientras Marta se retorcía y me pedía que no parase.
Me gustó ver como se enderezaba para ver mi lengua en su sexo moviéndose en un baile húmedo y placentero. Yo quería que se corriese así, y, siguiendo sus instrucciones, aumenté ligeramente la presión y con una mano pellizcaba suavemente sus pezones erectos.
Me encantó sentir su vibración cuando se aceleró su respiración, sus jadeos empezaron a transformarse en gemidos, y estos, en medio de un espasmo delicioso, se transformaron en unos grititos encantadores.
Marta se enderezó, me besó y recorrió con su lengua mis labios, deleitándose con el sabor que quedaba de su sexo en mis labios.
Me tumbó, me miró a los ojos, y me susurró "ahora me toca a mi disfrutar de tu polla".
Sus labios se detuvieron en mis pezones, y sentí su lenga en ellos. Me excitaba esa sensación, ese escalofrío. Luego descendió hacia mi sexo, pero pasó de largo. Buscó mis tesículos, y comenzó a lamerlos dulcemente, consiguiendo que poco a poco me sintiese a punto de estallar.
Sentí como por el tronco de mi polla, y casi haciéndose rogar, comenzó a lamer la base de mi glande, en círculos, desplazándose hacia la punta. Al llegar a esta, comenzó a lamerla toda como quien se come un cucurucho: primero unos deliciosos lametazos, luego los labios quieren abarcar más bocados por aquí y por allá, y finalmente todo desapareció dentro de su boca.
Marta sabía lo que se hacia. Jamas me la habían hecho así. Era delicioso sentir el movimiento de su boca y de su lengua alrededor de mi capullo. Yo no podía dejar de jadear, de gemir y de pedir que no parara. Era fantástico, pero no me iba acorrer así.
Marta quería más. Me sorprendió cuando, no sé de donde, sacó un condón retardante y me lo puso. "Yo quiero más cariño". Se puso encima mío, en cuclillas, buscó su agujero y se sentó en mi polla.

Comenzamos a follar así, lentamente. Yo estiraba los brazos y acariciaba sus pechos. Nos movimos para quedar yo sentado en el sofá y ella todavía encima mío, de cuclillas. Así yo podía lamer sus pechos, jugar con sus pezones en mi boca, y con las manos sujetar su culo miesntras se movía. No parecía desagradarle que aprovechara para jugar con un dedo en su culo.
Marta se agarraba a mí, echó la cabeza hacia atras y empezó a jadear con cada movimiento.
Fue ella quien se levantó, y sin decir nada, se subió al sofá y se puso a 4 patas. Levantó el culo y me lancé a lamerlo. Me encanta... Con una mano busqué su clítoris y todas las sensaciones que me transmitió fue que el cuerpo de Marta estaba listo para otro orgasmo.
Me enderecé y volví a metérsela. Empecé a empujar. Cojí sus caderas y marqué un ritmo. Marta jadeaba, y ví como con su mano buscaba su sexo. "Quiero que empujes más, más fuerte".
El condón hizo su efecto y me permitió mantener el tipo. Los dos vibrábamos con cada empuje, y de pronto, mucho antes de lo que me esperaba, Marta estalló en un gemido y las contracciones de su vagina succionaron mi pene.
Se quedó quieta. Se volvió y me preguntó: "¿Te has corrido?". "No". "Estupendo. Déjame terminar a mi".
Se sacó la polla. Me volvió a tumbar. Me quitó el condón y sin preámbulos se tragó mi polla. Esta vez no paró. Su boca se movía y succionaba mi glande, lo acariciaba con cus labios, lo presionaba donde y cuando había que presionar. Yo creía que perdía el conocimiento cuando me corrí en su boca en unos espasmos interminables, en un temblor increible, en un orgasmo casi inimaginable.
Nos quedamos abrazados unos minutos. Marta se levantó. Se vistió, me dió un beso y me dijo "ha sido un placer conocerte". Ví su silueta en el pasillo cuando en la penumbra abrió la puerta y desapareció.
No volví al bar en unos días. Cuando lo hice era tarde por que ya no estaba en la ciudad. Sin embargo, muy de vez en cuando paro a tomar una caña, y a recordar se "qué deseas" de aquel día.
Era agosto, hacía calor, y yo estaba de rodríguez. Llegué de trabajar
sobre las 8, me duché, me cambié de ropa y me acerqué al bar de moda que hay en la esquina de la avenida. Mi objetivo era estar en un sitio fresco,y aquella era una apuesta segura.
La ciudad estaba desierta. Nadie por la calle. Casi nadie en el bar.
Yo no era parroquiano del local, aunque sí que había estado algunas veces. Cogí un taburete alto, me acerqué a la barra y agarré un periódico de una de las mesas.
Su "¿qué deseas?" fue hipnótico. Al levantar la vista y ver a la camarera no sabía que contestar: "a ti" o "una cerveza". Siempre fuí un poco tímido y pedí lo segundo.
Se llamaba Marta. Era alta, 1,74. Su piel muy morena. El pelo largo y
negro. Sus ofos negros sin fondo. Vestía un top ajustado, generoso a la hora de mostrar piercing por debajo y escote por arriba. Sus pechos, no muy grandes, pero juguetones, libres, debajo de la tela.
Su falda apenas cubría la mitad del muslo, y nos dejaba al resto de los mortales imaginar como sería el corto camino que quedaba hasta la entrepierna.
Seguramente estaba aburrida y emmpezamos a hablar. Ella era de fuera, estaba un par de semanas currando aquí, y sobre todo, salía de trabajar a las 11 y se dejaba acompañar a comer algo.
Salimos juntos del bar, fuimos a un par de tabernas que quedaban cerca y le invité a tomar una copa en casa.
No tomamos ninguna copa.
No llevábamos 15 segundos en casa cuando nuestras lenguas se lamían compulsivamente buscando la oportunidad de penetrar la boca del otro. Caímos abrazado de esta manera en el sofá, yo encima de ella, y permanecimos besándonos un buen rato.
Me levanté y me despojé de mi pantalón y mi camiseta, quedánndome con un boxer bajo el que se me adivinaba una erección ya completa.Marta se enderezó y se quitó el top, dejándo expuestos sus golosos pechos. Con un rápido movimiento de cadera deslizó la minifalda hasta sus pies y quedó con un diminuto tanga negro que apenas cubría su sexo depilado.

Me encanta que esté depilado. Me abalancé sobre sus pezones. Los lamí repatidamente mientras nos despojábamos de nuestra ropa interior y busqué con mi boca el camino hacia mi festín húmedo. Deseaba como un loco explorar ese monte desnudo de vello, los labios casi infantiles y buscar entre ellos el sabor de lo prohibido, calmar mi sed de sexo y desatar mis deseos de lujuria.
Mi lengua empezó a recorrer el sabroso camino entre su clítoris y la entrada de su vagina. Quería probar cada centímetro. Jugué con la lengua en la entrada de su culo y ella se posicionó para facilitarme el trabajo en ese hueco.
Volví hacia su clítoris. Estaba deseoso, precioso, ansioso. La punta de mi lengua se encontró con esa pequeña masa erecta y la empezó a rodear lentamente. Luego la recorría suave pero rápidament, mientras Marta se retorcía y me pedía que no parase.
Me gustó ver como se enderezaba para ver mi lengua en su sexo moviéndose en un baile húmedo y placentero. Yo quería que se corriese así, y, siguiendo sus instrucciones, aumenté ligeramente la presión y con una mano pellizcaba suavemente sus pezones erectos.
Me encantó sentir su vibración cuando se aceleró su respiración, sus jadeos empezaron a transformarse en gemidos, y estos, en medio de un espasmo delicioso, se transformaron en unos grititos encantadores.
Marta se enderezó, me besó y recorrió con su lengua mis labios, deleitándose con el sabor que quedaba de su sexo en mis labios.
Me tumbó, me miró a los ojos, y me susurró "ahora me toca a mi disfrutar de tu polla".
Sus labios se detuvieron en mis pezones, y sentí su lenga en ellos. Me excitaba esa sensación, ese escalofrío. Luego descendió hacia mi sexo, pero pasó de largo. Buscó mis tesículos, y comenzó a lamerlos dulcemente, consiguiendo que poco a poco me sintiese a punto de estallar.
Sentí como por el tronco de mi polla, y casi haciéndose rogar, comenzó a lamer la base de mi glande, en círculos, desplazándose hacia la punta. Al llegar a esta, comenzó a lamerla toda como quien se come un cucurucho: primero unos deliciosos lametazos, luego los labios quieren abarcar más bocados por aquí y por allá, y finalmente todo desapareció dentro de su boca.
Marta sabía lo que se hacia. Jamas me la habían hecho así. Era delicioso sentir el movimiento de su boca y de su lengua alrededor de mi capullo. Yo no podía dejar de jadear, de gemir y de pedir que no parara. Era fantástico, pero no me iba acorrer así.
Marta quería más. Me sorprendió cuando, no sé de donde, sacó un condón retardante y me lo puso. "Yo quiero más cariño". Se puso encima mío, en cuclillas, buscó su agujero y se sentó en mi polla.

Comenzamos a follar así, lentamente. Yo estiraba los brazos y acariciaba sus pechos. Nos movimos para quedar yo sentado en el sofá y ella todavía encima mío, de cuclillas. Así yo podía lamer sus pechos, jugar con sus pezones en mi boca, y con las manos sujetar su culo miesntras se movía. No parecía desagradarle que aprovechara para jugar con un dedo en su culo.
Marta se agarraba a mí, echó la cabeza hacia atras y empezó a jadear con cada movimiento.
Fue ella quien se levantó, y sin decir nada, se subió al sofá y se puso a 4 patas. Levantó el culo y me lancé a lamerlo. Me encanta... Con una mano busqué su clítoris y todas las sensaciones que me transmitió fue que el cuerpo de Marta estaba listo para otro orgasmo.
Me enderecé y volví a metérsela. Empecé a empujar. Cojí sus caderas y marqué un ritmo. Marta jadeaba, y ví como con su mano buscaba su sexo. "Quiero que empujes más, más fuerte".
El condón hizo su efecto y me permitió mantener el tipo. Los dos vibrábamos con cada empuje, y de pronto, mucho antes de lo que me esperaba, Marta estalló en un gemido y las contracciones de su vagina succionaron mi pene.
Se quedó quieta. Se volvió y me preguntó: "¿Te has corrido?". "No". "Estupendo. Déjame terminar a mi".
Se sacó la polla. Me volvió a tumbar. Me quitó el condón y sin preámbulos se tragó mi polla. Esta vez no paró. Su boca se movía y succionaba mi glande, lo acariciaba con cus labios, lo presionaba donde y cuando había que presionar. Yo creía que perdía el conocimiento cuando me corrí en su boca en unos espasmos interminables, en un temblor increible, en un orgasmo casi inimaginable.
Nos quedamos abrazados unos minutos. Marta se levantó. Se vistió, me dió un beso y me dijo "ha sido un placer conocerte". Ví su silueta en el pasillo cuando en la penumbra abrió la puerta y desapareció.
No volví al bar en unos días. Cuando lo hice era tarde por que ya no estaba en la ciudad. Sin embargo, muy de vez en cuando paro a tomar una caña, y a recordar se "qué deseas" de aquel día.
Comentario:
Me a gustado muxo tu isrotia me e masturbado con está.
ojala y te vuelvas a encontrar a la tal marta para ke tngan otra aventurilla como eso y ke la puedas contar
ojala y te vuelvas a encontrar a la tal marta para ke tngan otra aventurilla como eso y ke la puedas contar
Comentario:
Ya estoy de vuelta, pero perezosa, aún no he escrito nada en mi blog.
Después de esto, cualquiera se atreve a preguntarte "qué deseas"....???, jajajajaa.
Me ha encantado.
Saludis.
Después de esto, cualquiera se atreve a preguntarte "qué deseas"....???, jajajajaa.
Me ha encantado.
Saludis.





