Madrid
Fue totalmente increíble.
Después de varios años sin verte, un viaje de trabajo me llevaba a Madrid, y en el primer metro que tomé desde Atocha apareciste tú.
Te encontré estupenda. Subiste en aquel vagón con aplomo, seductora y segura de ti misma, consciente de que parte de los pasajeros repararían en tu figura generosamente sugerida por tu ajustado vestido. Los años te habían mejorado, como a un buen vino. Tus pechos, tus caderas, tus piernas en gran medida expuestas… Estupenda.
Nos quedamos mirando embobados por unos momentos y luego nos fundimos entre risas en un fuerte abrazo. Me alegró muchísimo aquel encuentro. Y me encantó que me invitaras a cenar a tu casa. Tu estabas sola esa semana y yo estaba solo en Madrid.
Tienes suerte. Conseguiste un piso estupendo en Madrid. Además, jamás hubiera sospechado que fueras tan buena cocinera.
Me debería hacer marchado pronto al hotel, pero fue tentadora esa copa en el sofá. Ya sabes que no sé decir que no a un buen brandy.
Hablamos de los tiempos pasados, de lo que vivimos juntos, y era inevitable que tocásemos el tema. Al fin y al cabo, yo fui el primero para ti y tu la primera para mi.
Recordamos nuestros primeros escarceos, tímidos, casi inocentes, que con el tiempo adquirieron tintes más lascivos y se convirtieron en totalmente lujuriosos. Empezamos juntos y aprendimos juntos.
El lenguaje de los cuerpos no se olvida. Leí lo que el tuyo me decía en ese momento. Sentada en el sofá junto a mi, el cuerpo ligeramente ladeado, con el brazo más próximo a mi apoyado en el respaldo, la pierna correspondiente doblada encima del sofá y la otra pierna apoyada en el suelo. Tu falda apenas cubría mitad del muslo. Yo en una postura similar, ladeado para estar semi enfrentado a ti.
Aquel movimiento siempre fue una señal de salida, y no sé si conscientemente lo repetiste a la perfección. Tu mano se apoyó en tu pierna, alzó ligeramente la falda para mostrarme unos centímetros más de tus muslos y los entreabriste casi imperceptiblemente.
Te diste cuenta de inmediato de que mi reacción no había cambado: miraste a mi entrepierna y percibiste que tu hechizo seguía actuando. Al principio me sonrojé un poco, pero en cuestión de un segundo deseaba seguir como tantas otras veces.
Apoyé mi mano en tu muslo, me sonreíste, y tu cabeza asintió.
La mano ascendió por tu muslo, recordando su suavidad, lo voluptuoso de su tacto, mientras me inclinaba hacia a ti para encontrar tu boca entreabierta esperando mi lengua.
Tus labios permanecieron impasibles un momento mientras los recorría, los humedecía, los saboreaba de nuevo. Tu boca no tardó en cobrar vida y nos besamos como cuando éramos adolescentes. Mi mano buscó tus pechos. Los acarició por encima del vestido comprobando lo evidente: que no llevabas nada debajo.
Tus pezones no tardaron en hacerse notar a través de la tela y no pude esperar ni un segundo más para encontrármelos directamente. Bajé la cremallera del lateral, y sin desnudarte, me abrí paso hacia el terciopelo de tus pechos.
Mi boca quería seguir los pasos de mis manos. Te besé el cuello, los hombros, y despojándote del vestido poco a poco, devoré esos pezones llenos, grandes, rosados, que siempre me han vuelto loco.
Podíamos haber seguido en el sofá pero decidiste llevarme a la cama. Me cogiste de la mano y te seguí.
Tu ya sólo llevabas tu braguita. Te quedase de pie. Me agaché y la deslicé lentamente mientras la acompañaba con mi boca por el trayecto de tus piernas. De vuelta hacia arriba devoré todo lo que pude de tu piel. Busqué la parte interna de tus muslos, y conforme ascendía, no tardé en encontrar la humedad de tu sexo.

Siempre me ha sorprendido la cantidad de secreción de tu sexo. Me sorprendió descubrirla de nuevo humedeciendo parte de tu entrepierna, cayendo por entre tus muslos. Lo lamí como siempre me gustó hacerlo, saboreando tu sexo sin tocarlo, paladeando tu sabor, aspirando cada molécula de tu esencia sexual, excitándome con las reacciones que todo ello me producía en el más primitivo de nuestros sentidos.
El olor de tu sexo me volvió loco. Y terminé de enloquecer al ascender y descubrir tu sexo delicadamente entreabierto y expuesto para mi.
Te conozco, y sabía que con mi lengua, tu primer orgasmo no tardaría en llegar. Te tumbé en la cama, doblaste las rodillas, entreabriste las piernas, arqueaste las caderas y casi antes de que mi lengua se acercase a ti te anticipaste y lanzaste un pequeño gemido.
No me hice de rogar. Mi lengua se encontró con un coño empapado, henchido, abierto, erecto, sabroso, delicioso, voluptuoso, casi adictivo. Mi lengua se volvía loca con tu expuesto clítoris y tus generosos jugos. No quería dejar ni una gota por lamer, y a la vez, quería estimular cada terminación nerviosa de tu delicioso botón de placer.
No me equivoqué. Mi lengua en tu sexo era una apuesta segura, y los gemidos, los temblores y los espasmos no tardaron en recorrer tu voluptuoso cuerpo.
Te enderezaste, me tumbaste y me desnudaste. Mi poya llevaba rato erecta, y la babilla que rezumaba delataba mi estado. Fuiste directa, sin rodeos. Casi la engulliste. Te la metiste en la boca y la rodeaste con tus carrillos, tus labios, tu lengua. Succionaste y saboreaste la humedad que la recubría por unos momentos, pero te podía el deseo de tenerla dentro. Te pusiste de cuclillas sobre mi, la cogiste, la dirigiste con habilidad no olvidada a la entrada da tu vagina, y lentamente la hiciste desaparecer dentro.

Tus movimientos al principio fueron lentos, como buscando el acomodo de nuestros cuerpos. Luego empezaste a moverte más rápidamente y dirigiste una mano a tu clítoris. Tus movimientos se aceleraron cada vez más y me dejé llevar por la visión de tu coño engullendo mi poya, tu mano en tu clítoris, y la deliciosa sensación de que te me estabas follando.
Sabes perfectamente cuando estoy a punto, y manejaste el polvo como una directora de orquesta: acelerando o parando hasta que los dos estuvimos apunto y me dejaste desparramar dentro de ti en una sinfonía de sexo, humedad, semen, sudor, tus gemidos, los míos y el temblor de nuestros dos cuerpos.
Te gusta ir todo seguido. Te levantaste de encima mío y volviste a buscar mi poya. Te encanta la mezcla de sabores: tu sexo, el mío, mi semen. Te gusta jugar de nuevo nada más corrernos.
Sin darme descanso comenzaste de nuevo a lamérmela, casi como limpiándola, delicadamente. Me miraste, sonreiste, y girando pusiste tu sexo en mi boca en un 69 que sabía a donde me iba a llevar.
Tu lengua recorrió mi poya hacia los huevos. Comenzaste a lamerlos, a succionarlos, a comerte uno, el otro. Entreabrí mis piernas. Sabía lo que querías hacer. Me enderecé para buscar con mi lengua tu sexo, ascendí de tu clítoris a tu vagina, saboreé la mezcla de nuestros sabores, y seguí hasta la entrada de tu culo.
En el mismo instante en que mi lengua comenzó a tantear, humedecer, rodear, hurgar y penetrar en tu culo, la tuya encontraba el mío. Siempre nos puso a cien a los dos esto. Estuvimos unos momentos así, humedeciéndonos, y lentamente volvimos a nuestros sexos.
Mientras nos devorábamos de nuevo el coño y la poya, un dedo mío se deslizaba por el agujero que acababa de lubricar. El temblor de placer que te recorrió fue inmediato. Arqueaste un poco más la cadera para permitirme penetrarlo mejor. Entraba perfecto y, por tus movimientos, adiviné que querías que fueran dos.
Mientras te follaba el culo con dos dedos, tu deslizaste uno en el mío. Lentamente sentí como se deslizaba y buscaba la nuez de mi próstata, para, de nuevo conociéndome, estimularla lentamente.
Mi excitación aumentó un punto. Mi poya llenaba tu boca, tu raja en mi cara, en mi boca, mis dedos en tu culo y el tuyo en el mío. Tu orgasmo casi me pilla por sorpresa. Mi poya ahogaba tus gemidos, te deslizaste hacia un lado y temblabas sudorosa de placer mientras mi lengua perseguía tu clítoris palpitante.
Sin sacarte la poya de la boca, sin parar ni un segundo, te arrodillaste a mi lado. Sentía mi poya en tu boca en una mamada que me estaba volviendo loco. Tu dedo volvió a buscar mi culo, y la presión sobre mi punto mágico aumentó, con un ritmo que acompañaba el movimiento de tu boca. Mi estallido no tardó en llegar, en forma de un orgasmo bestial, acrecentado por tu presión en mi secreto punto, arrancándome una oleada de semen que aterrizó en tus labios y en tu boca.
Lo saboreaste y nos tumbamos juntos. Yo me tenía que volver al hotel, pues al día siguiente me tenían que recoger temprano, así que una media hora más tarde me vestí y me dirigí a la puerta. Me acompañaste desnuda, y al despedirte de mi, me susurraste:
- “Mañana, cuando estés en tu reunión de las 9, yo estaré aquí masturbándome y acordándome de lo de esta noche”
Al día siguiente, durante la reunión de las 9, me acordé de tus palabras. La erección duró gran parte de la reunión: lo que tardé en recordar cada segundo de la noche anterior a la vez que te imaginaba masturbándote.

Después de varios años sin verte, un viaje de trabajo me llevaba a Madrid, y en el primer metro que tomé desde Atocha apareciste tú.
Te encontré estupenda. Subiste en aquel vagón con aplomo, seductora y segura de ti misma, consciente de que parte de los pasajeros repararían en tu figura generosamente sugerida por tu ajustado vestido. Los años te habían mejorado, como a un buen vino. Tus pechos, tus caderas, tus piernas en gran medida expuestas… Estupenda.
Nos quedamos mirando embobados por unos momentos y luego nos fundimos entre risas en un fuerte abrazo. Me alegró muchísimo aquel encuentro. Y me encantó que me invitaras a cenar a tu casa. Tu estabas sola esa semana y yo estaba solo en Madrid.
Tienes suerte. Conseguiste un piso estupendo en Madrid. Además, jamás hubiera sospechado que fueras tan buena cocinera.
Me debería hacer marchado pronto al hotel, pero fue tentadora esa copa en el sofá. Ya sabes que no sé decir que no a un buen brandy.
Hablamos de los tiempos pasados, de lo que vivimos juntos, y era inevitable que tocásemos el tema. Al fin y al cabo, yo fui el primero para ti y tu la primera para mi.
Recordamos nuestros primeros escarceos, tímidos, casi inocentes, que con el tiempo adquirieron tintes más lascivos y se convirtieron en totalmente lujuriosos. Empezamos juntos y aprendimos juntos.
El lenguaje de los cuerpos no se olvida. Leí lo que el tuyo me decía en ese momento. Sentada en el sofá junto a mi, el cuerpo ligeramente ladeado, con el brazo más próximo a mi apoyado en el respaldo, la pierna correspondiente doblada encima del sofá y la otra pierna apoyada en el suelo. Tu falda apenas cubría mitad del muslo. Yo en una postura similar, ladeado para estar semi enfrentado a ti.
Aquel movimiento siempre fue una señal de salida, y no sé si conscientemente lo repetiste a la perfección. Tu mano se apoyó en tu pierna, alzó ligeramente la falda para mostrarme unos centímetros más de tus muslos y los entreabriste casi imperceptiblemente.
Te diste cuenta de inmediato de que mi reacción no había cambado: miraste a mi entrepierna y percibiste que tu hechizo seguía actuando. Al principio me sonrojé un poco, pero en cuestión de un segundo deseaba seguir como tantas otras veces.
Apoyé mi mano en tu muslo, me sonreíste, y tu cabeza asintió.
La mano ascendió por tu muslo, recordando su suavidad, lo voluptuoso de su tacto, mientras me inclinaba hacia a ti para encontrar tu boca entreabierta esperando mi lengua.
Tus labios permanecieron impasibles un momento mientras los recorría, los humedecía, los saboreaba de nuevo. Tu boca no tardó en cobrar vida y nos besamos como cuando éramos adolescentes. Mi mano buscó tus pechos. Los acarició por encima del vestido comprobando lo evidente: que no llevabas nada debajo.
Tus pezones no tardaron en hacerse notar a través de la tela y no pude esperar ni un segundo más para encontrármelos directamente. Bajé la cremallera del lateral, y sin desnudarte, me abrí paso hacia el terciopelo de tus pechos.Mi boca quería seguir los pasos de mis manos. Te besé el cuello, los hombros, y despojándote del vestido poco a poco, devoré esos pezones llenos, grandes, rosados, que siempre me han vuelto loco.
Podíamos haber seguido en el sofá pero decidiste llevarme a la cama. Me cogiste de la mano y te seguí.
Tu ya sólo llevabas tu braguita. Te quedase de pie. Me agaché y la deslicé lentamente mientras la acompañaba con mi boca por el trayecto de tus piernas. De vuelta hacia arriba devoré todo lo que pude de tu piel. Busqué la parte interna de tus muslos, y conforme ascendía, no tardé en encontrar la humedad de tu sexo.

Siempre me ha sorprendido la cantidad de secreción de tu sexo. Me sorprendió descubrirla de nuevo humedeciendo parte de tu entrepierna, cayendo por entre tus muslos. Lo lamí como siempre me gustó hacerlo, saboreando tu sexo sin tocarlo, paladeando tu sabor, aspirando cada molécula de tu esencia sexual, excitándome con las reacciones que todo ello me producía en el más primitivo de nuestros sentidos.
El olor de tu sexo me volvió loco. Y terminé de enloquecer al ascender y descubrir tu sexo delicadamente entreabierto y expuesto para mi.
Te conozco, y sabía que con mi lengua, tu primer orgasmo no tardaría en llegar. Te tumbé en la cama, doblaste las rodillas, entreabriste las piernas, arqueaste las caderas y casi antes de que mi lengua se acercase a ti te anticipaste y lanzaste un pequeño gemido.
No me hice de rogar. Mi lengua se encontró con un coño empapado, henchido, abierto, erecto, sabroso, delicioso, voluptuoso, casi adictivo. Mi lengua se volvía loca con tu expuesto clítoris y tus generosos jugos. No quería dejar ni una gota por lamer, y a la vez, quería estimular cada terminación nerviosa de tu delicioso botón de placer.
No me equivoqué. Mi lengua en tu sexo era una apuesta segura, y los gemidos, los temblores y los espasmos no tardaron en recorrer tu voluptuoso cuerpo.
Te enderezaste, me tumbaste y me desnudaste. Mi poya llevaba rato erecta, y la babilla que rezumaba delataba mi estado. Fuiste directa, sin rodeos. Casi la engulliste. Te la metiste en la boca y la rodeaste con tus carrillos, tus labios, tu lengua. Succionaste y saboreaste la humedad que la recubría por unos momentos, pero te podía el deseo de tenerla dentro. Te pusiste de cuclillas sobre mi, la cogiste, la dirigiste con habilidad no olvidada a la entrada da tu vagina, y lentamente la hiciste desaparecer dentro.

Tus movimientos al principio fueron lentos, como buscando el acomodo de nuestros cuerpos. Luego empezaste a moverte más rápidamente y dirigiste una mano a tu clítoris. Tus movimientos se aceleraron cada vez más y me dejé llevar por la visión de tu coño engullendo mi poya, tu mano en tu clítoris, y la deliciosa sensación de que te me estabas follando.
Sabes perfectamente cuando estoy a punto, y manejaste el polvo como una directora de orquesta: acelerando o parando hasta que los dos estuvimos apunto y me dejaste desparramar dentro de ti en una sinfonía de sexo, humedad, semen, sudor, tus gemidos, los míos y el temblor de nuestros dos cuerpos.
Te gusta ir todo seguido. Te levantaste de encima mío y volviste a buscar mi poya. Te encanta la mezcla de sabores: tu sexo, el mío, mi semen. Te gusta jugar de nuevo nada más corrernos.

Sin darme descanso comenzaste de nuevo a lamérmela, casi como limpiándola, delicadamente. Me miraste, sonreiste, y girando pusiste tu sexo en mi boca en un 69 que sabía a donde me iba a llevar.
Tu lengua recorrió mi poya hacia los huevos. Comenzaste a lamerlos, a succionarlos, a comerte uno, el otro. Entreabrí mis piernas. Sabía lo que querías hacer. Me enderecé para buscar con mi lengua tu sexo, ascendí de tu clítoris a tu vagina, saboreé la mezcla de nuestros sabores, y seguí hasta la entrada de tu culo.
En el mismo instante en que mi lengua comenzó a tantear, humedecer, rodear, hurgar y penetrar en tu culo, la tuya encontraba el mío. Siempre nos puso a cien a los dos esto. Estuvimos unos momentos así, humedeciéndonos, y lentamente volvimos a nuestros sexos.
Mientras nos devorábamos de nuevo el coño y la poya, un dedo mío se deslizaba por el agujero que acababa de lubricar. El temblor de placer que te recorrió fue inmediato. Arqueaste un poco más la cadera para permitirme penetrarlo mejor. Entraba perfecto y, por tus movimientos, adiviné que querías que fueran dos.
Mientras te follaba el culo con dos dedos, tu deslizaste uno en el mío. Lentamente sentí como se deslizaba y buscaba la nuez de mi próstata, para, de nuevo conociéndome, estimularla lentamente.
Mi excitación aumentó un punto. Mi poya llenaba tu boca, tu raja en mi cara, en mi boca, mis dedos en tu culo y el tuyo en el mío. Tu orgasmo casi me pilla por sorpresa. Mi poya ahogaba tus gemidos, te deslizaste hacia un lado y temblabas sudorosa de placer mientras mi lengua perseguía tu clítoris palpitante.
Sin sacarte la poya de la boca, sin parar ni un segundo, te arrodillaste a mi lado. Sentía mi poya en tu boca en una mamada que me estaba volviendo loco. Tu dedo volvió a buscar mi culo, y la presión sobre mi punto mágico aumentó, con un ritmo que acompañaba el movimiento de tu boca. Mi estallido no tardó en llegar, en forma de un orgasmo bestial, acrecentado por tu presión en mi secreto punto, arrancándome una oleada de semen que aterrizó en tus labios y en tu boca.
Lo saboreaste y nos tumbamos juntos. Yo me tenía que volver al hotel, pues al día siguiente me tenían que recoger temprano, así que una media hora más tarde me vestí y me dirigí a la puerta. Me acompañaste desnuda, y al despedirte de mi, me susurraste:
- “Mañana, cuando estés en tu reunión de las 9, yo estaré aquí masturbándome y acordándome de lo de esta noche”
Al día siguiente, durante la reunión de las 9, me acordé de tus palabras. La erección duró gran parte de la reunión: lo que tardé en recordar cada segundo de la noche anterior a la vez que te imaginaba masturbándote.

Comentario:
Ufff... no tendría que leerlo en la oficina... ahora que hago yo?.. ummmm QUIERO UN REENCUENTRO IGUAL QUE ESE....YAAAA.
Besitos, y me alegro mucho que sigas escribiendo.
Besitos, y me alegro mucho que sigas escribiendo.
Comentario:
Guau Arnand37... y dices que es excitante mi blog!!! Pues el tuyo no se queda corto!!! Uffff, me ha encantado tu post... menuda invitación a cenar!!! Yo quiero una invitación de esas, jajaajaj.
Besos guapo y sigue así.
Besos guapo y sigue así.
Comentario:
No sé si es realidad o fantasía pero ese 69 es un deleíte para los sentidos......Me pido uno, o dos, o tres!!!!
La última foto, una gozada!!!
P.D: Como siempre es un placer leerte.
Besos Humedos,
Lalola
La última foto, una gozada!!!
P.D: Como siempre es un placer leerte.
Besos Humedos,
Lalola





