Hace mucho... (fantasía) (I)
Ella era Italiana. De Roma. Frachesca.
Menudita, delgada, pelo largo, rizado y pelirrojo, y con una de esas miradas felinas y coquetas que encandilan nada más verla.
Fue hace tiempo, siendo estudiante. Nos conocimos en la universidad y coincidíamos en un grupo que cenábamos casi todas las semanas juntos.
Nos llevábamos bien, y un día de invierno quedamos para ir a nadar a la piscina cubierta del campus. Fuimos tarde, como a las 9. Nos juntamos en el vaso de la piscina e hicimos unos largos.
Entre largo y largo parábamos y charlábamos de cosas insustanciales, pero bajo el agua, nuestras piernas se rozaban tímidamente, y en la superficie nuestros ojos escudriñaban e intentaban adivinar los deseos del otro.
Salimos ya tarde, cosa de las diez. Invierno y tan tarde el mejor sitio para cenar algo era mi casa. Aceptó de buena gana.
La verdad es que por el camino recogimos una pizza y un par de cervezas de un local regentado por Indios. En casa, nos sentamos en el sofa de mi habitación y dimos buena gana de la comanda.
No tardamos en encontrarnos besándonos locamente en el sofá. Mis dedos se enredaban en su pelo, acercando su cabeza para besarla con fuerza, compulsivamente, buscando nuestras lenguas, lamiéndonoslas.
Tumbé a franchesca en la cama y fuí despojándola de su ropa. Su piel era de una blancura y suavidad tremenda. Sus pechos eran pequeñitos, pero graciosamente erguidos y coronados por unos pezones deliciosos, casi siempre agradecidamente erectos, y sabrosos. Su sexo parecía acicalado, su vello perfectamente recortado, y unos labios menores que asomaban traviesamente incitando a explorarlos.

Me desnudé yo tambien, despacio, mostrando mi torso, mis piernas y despojándome del boxer lentamente al final para mostrar una erección ya considerable.
En ese momento caí. No tenía condones. Ella tampoco. Nos dio por reir. Me tumbé, nos abrazamos y reimos nuestra imprevisión. "Da igual. Podemos seguir jugando".
Hicimos un juego. Cada uno decía que quería que hiciera el otro durante los dos minutos siguientes...
Francesca: Quiero que te comas mi boca. Yo estaré quieta, y tus labios y tu lengua recorrerán los mios, los saborearan y llenaran mi boca.
Yo: quiero que me beses el cuello, y quiero sentir tu lengua en mi piel.
Francesca: Cómete mis pezones. Lámelos hasta ponerlos duros...
Yo: Ahora quiero que tus pezones recorran mi pecho, mi vientre, que rocen mi polla...
Francesca: besa mis muslos, deseo sentir tu lengua en mis muslos, hasta el mismo coño, pero sin tocarlo.
Yo: Acaricia mis huevos, cógelos, pésalos, tenlos en la mano...
Francesca: haz lo que desees...
Y mientras decía esto, tumbada, las piernas dobladas, abiertas, cogió con sus dos manos y abrió su coño, mostrándomelo húmedo, rosado, sabroso, expectante. No resistí. Me coloqué entre sus piernas y lancé mi lengua al sabroso canal que va desde la vagina al clítoris.
Lo recorrí con mi lengua llena, entera, lamiendo despacio, saboreando, hasta acabar concentrándome en su clítoris.
Ella mantenía su coño abierto exponiéndolo a la punta de mi lengua, que se movía juguetona en su delicioso botón.
Desde el primer momento pequeños espasmos recorrieron su cuerpo. Poco a poco aumentaron, y alcanzaron un nivel considerable cuando mis dedos agarraron sus pezones y los pellizcaron suavemente.
Francesca se retorcía de placer y se abandonó por completo a mi. Me dejó hacer a mi manera, y su cuepo respondió agradecido a mis estímulos regalándole una corrida larga, intensa, extenuante...
Francesca quedó jadeando tumbada cuando me incorporé y la besé. Ella lamió mi boca buscano los restos de sus jugos y agarró mi poya erecta. "¿Cuantas pajas te has heco pensando en mi? Yo unas cuantas". ´Le respondí "yo tambien". Me tumbó, cogió mi albornoz y fue a la cocina.
Volvió con aceite de oliva. Lo dejó en la mesilla y se lanzó a mi polla.

Su boca era una delicia. Su lengua buscaba rincones que lamer en mi capullo, su boca y sus labios se acoplaban a mi glande en cada movimiento y me arrancaba pinchazos de placer.
Cuando mi polla estaba a cien, cogió aceite me la embadurnó cuidadosamente, como cuando se aplica delicadamente una crema. La dejó totalmente empapada y empezó a masturbarme.
La lubricación del aceite hacía que su mano fuera milagrosa. Empecé a jedear, casi gritaba. Ella sabía como y donde aplicar presión, estudió mis suspiros, mis movimientos, adaptaba el ritmo de su mano, me llevaba hasta el límite y me dejaba reposar... durante rato, y rato, jugando conmigo, por lo menos 6 veces a punto de correrme, pero sabía como cortar mi inminente corrida.
Yo casi no podía más cuando por fin me dejó ir. Fue una corrida espectacular, larga, intensa, productiva. El semen saltó en oleadas de intenso placer impregnándome a mi y sus manos.
No se cortó nada a la hora de racorrer de nuevo con su lengua mi vientre y retirar buena parte de lo eyaculado.
Fue una de las mejores corridas de mi vida. Desde luego de las mejores pajas que me han hecho... pero la noche no había acabado todavía...
Menudita, delgada, pelo largo, rizado y pelirrojo, y con una de esas miradas felinas y coquetas que encandilan nada más verla.
Fue hace tiempo, siendo estudiante. Nos conocimos en la universidad y coincidíamos en un grupo que cenábamos casi todas las semanas juntos.
Nos llevábamos bien, y un día de invierno quedamos para ir a nadar a la piscina cubierta del campus. Fuimos tarde, como a las 9. Nos juntamos en el vaso de la piscina e hicimos unos largos.
Entre largo y largo parábamos y charlábamos de cosas insustanciales, pero bajo el agua, nuestras piernas se rozaban tímidamente, y en la superficie nuestros ojos escudriñaban e intentaban adivinar los deseos del otro.
Salimos ya tarde, cosa de las diez. Invierno y tan tarde el mejor sitio para cenar algo era mi casa. Aceptó de buena gana.
La verdad es que por el camino recogimos una pizza y un par de cervezas de un local regentado por Indios. En casa, nos sentamos en el sofa de mi habitación y dimos buena gana de la comanda.
No tardamos en encontrarnos besándonos locamente en el sofá. Mis dedos se enredaban en su pelo, acercando su cabeza para besarla con fuerza, compulsivamente, buscando nuestras lenguas, lamiéndonoslas.
Tumbé a franchesca en la cama y fuí despojándola de su ropa. Su piel era de una blancura y suavidad tremenda. Sus pechos eran pequeñitos, pero graciosamente erguidos y coronados por unos pezones deliciosos, casi siempre agradecidamente erectos, y sabrosos. Su sexo parecía acicalado, su vello perfectamente recortado, y unos labios menores que asomaban traviesamente incitando a explorarlos.

Me desnudé yo tambien, despacio, mostrando mi torso, mis piernas y despojándome del boxer lentamente al final para mostrar una erección ya considerable.
En ese momento caí. No tenía condones. Ella tampoco. Nos dio por reir. Me tumbé, nos abrazamos y reimos nuestra imprevisión. "Da igual. Podemos seguir jugando".
Hicimos un juego. Cada uno decía que quería que hiciera el otro durante los dos minutos siguientes...
Francesca: Quiero que te comas mi boca. Yo estaré quieta, y tus labios y tu lengua recorrerán los mios, los saborearan y llenaran mi boca.
Yo: quiero que me beses el cuello, y quiero sentir tu lengua en mi piel.
Francesca: Cómete mis pezones. Lámelos hasta ponerlos duros...
Yo: Ahora quiero que tus pezones recorran mi pecho, mi vientre, que rocen mi polla...
Francesca: besa mis muslos, deseo sentir tu lengua en mis muslos, hasta el mismo coño, pero sin tocarlo.
Yo: Acaricia mis huevos, cógelos, pésalos, tenlos en la mano...
Francesca: haz lo que desees...
Y mientras decía esto, tumbada, las piernas dobladas, abiertas, cogió con sus dos manos y abrió su coño, mostrándomelo húmedo, rosado, sabroso, expectante. No resistí. Me coloqué entre sus piernas y lancé mi lengua al sabroso canal que va desde la vagina al clítoris.
Lo recorrí con mi lengua llena, entera, lamiendo despacio, saboreando, hasta acabar concentrándome en su clítoris.
Ella mantenía su coño abierto exponiéndolo a la punta de mi lengua, que se movía juguetona en su delicioso botón.
Desde el primer momento pequeños espasmos recorrieron su cuerpo. Poco a poco aumentaron, y alcanzaron un nivel considerable cuando mis dedos agarraron sus pezones y los pellizcaron suavemente.
Francesca se retorcía de placer y se abandonó por completo a mi. Me dejó hacer a mi manera, y su cuepo respondió agradecido a mis estímulos regalándole una corrida larga, intensa, extenuante...
Francesca quedó jadeando tumbada cuando me incorporé y la besé. Ella lamió mi boca buscano los restos de sus jugos y agarró mi poya erecta. "¿Cuantas pajas te has heco pensando en mi? Yo unas cuantas". ´Le respondí "yo tambien". Me tumbó, cogió mi albornoz y fue a la cocina.
Volvió con aceite de oliva. Lo dejó en la mesilla y se lanzó a mi polla.

Su boca era una delicia. Su lengua buscaba rincones que lamer en mi capullo, su boca y sus labios se acoplaban a mi glande en cada movimiento y me arrancaba pinchazos de placer.
Cuando mi polla estaba a cien, cogió aceite me la embadurnó cuidadosamente, como cuando se aplica delicadamente una crema. La dejó totalmente empapada y empezó a masturbarme.
La lubricación del aceite hacía que su mano fuera milagrosa. Empecé a jedear, casi gritaba. Ella sabía como y donde aplicar presión, estudió mis suspiros, mis movimientos, adaptaba el ritmo de su mano, me llevaba hasta el límite y me dejaba reposar... durante rato, y rato, jugando conmigo, por lo menos 6 veces a punto de correrme, pero sabía como cortar mi inminente corrida.
Yo casi no podía más cuando por fin me dejó ir. Fue una corrida espectacular, larga, intensa, productiva. El semen saltó en oleadas de intenso placer impregnándome a mi y sus manos.
No se cortó nada a la hora de racorrer de nuevo con su lengua mi vientre y retirar buena parte de lo eyaculado.
Fue una de las mejores corridas de mi vida. Desde luego de las mejores pajas que me han hecho... pero la noche no había acabado todavía...
Comentario:
y tú has hecho algo como la segunda foto a alguien, a tus 37 no es fantasía?
Comentario:
Fantástico, he descubierto una mina con vuestros relatos. Muchas gracias
son historias fantásticas.
son historias fantásticas.
Comentario:
Como me alegro que hayas decidido seguir escribiendo y deleitandonos con tus fantasias.
Teneis razón chicas... no podemos leer a Arnand en la oficina.... jajaja
Yo, ya estoy húmeda...
Un besito.
Teneis razón chicas... no podemos leer a Arnand en la oficina.... jajaja
Yo, ya estoy húmeda...
Un besito.
Comentario:
Yo tampoco te vuelvo a leer en la oficina... ésto no se hace... y ahora qué hago?? Ay... si el cuarto de baño de mi oficina hablara... ufffffffff.
Besos sr. arnand
Besos sr. arnand
Comentario:
uf... me ha costado disimular mi emocion ante esta historia, he sudado toooooda la camisa del trabajo.
te continuo leyendo, besos.
te continuo leyendo, besos.
Comentario:
que buena memoria tienes, me gusto tu historia