Francesca (Fantasía II)
Eran las 6 de la tarde, la biblioteca estaba concurrida, y planeaba estar hasta por lo menos las 9 de la noche estudiando.
Siempre subía a la misma planta, a la misma zona, y si podía, a la misma mesa.
Llevaba ya tres horas concentrado cuando me sorprendió un susurro, un aliento en mi oreja: “estuvo muy bien lo del otro día, pero podemos mejorarlo”. Inmediatamente me dejé llevar por las sensación, el escalofrío que me recorrió conforme unos deliciosos labios recorrían mi nuca.
El recuerdo de hacía dos noches y el húmedo camino que se trazaba hacia mi cuello desataron inmediatamente una ola de calor en mi cuerpo, irradiando en el contacto de sus labios, bajando por mi espalda, cruzando a mi vientre y alcanzando mi sexo.
Me volví lentamente buscando los labios de Francesca y me encontré con su boca sedienta de mi boca. Permanecimos así, yo sentado y ella de pie, a mi lado, besándonos. Mi mano se acercó a sus piernas, acercándola hacia mi, encontrándome con unas piernas denudas hasta medio muslo, cubiertas por unas seductoras medias y realzadas por una minifalda de lo más excitante. Mi mano subió hacia su culo y lo acarició tímidamente.
Nos miramos y reímos. “Vamos a las escaleras”. Ese era un sitio con poco tránsito y donde podíamos hablar.
Allí de nuevo me abrazó y nos besamos. Le sacaba casi la cabeza, y ella se colocaba graciosamente de puntillas. “Tengo condones”, le dije, “te iba a llamar luego”. Inmediatamente quiso estrenarlos. “¿Ya? ¿Aquí?”. “Sí, ya” me contestó. Me cogió de la mano y subimos a la planta alta del edificio, la más desierta.
Recorrimos unos pasillos llenos de estanterías con libros, abrimos una puerta y nos encontramos con unos servicios. Entramos en el de señoras y cerramos la puerta por dentro.
Allí seguimos besándonos. Yo ya estaba totalmente excitado y busqué como un loco sus graciosos pechos y deliciosos pezones por debajo de la blusa. Los acaricié, los pellizqué y busqué con otra mano su culo, levantando su falda y metiendo mi mano por debajo de las bragas.

Ella se dejaba hacer y facilitó con su posición que mis dedos recorrieran el surco entre sus glúteos, alcanzaran su delicioso agujero del ano y descubrir la incipiente humedad de su sexo.
Nos separamos y Francesca se agachó, me desabrochó y bajó los pantalones, mis boxer, agarró mi polla y empezó a lamer el capullo. Era delicioso sentir su lengua recorriéndolo, rodeándolo, y acercándose al centro hasta la punta, momento en que la engulló y comenzó a mover su boca, su lengua, succionándome.

Unos minutos más tarde se levantó he hice lo mismo: levanté sus faldas, bajé sus pantys, sus bragas ya húmedas y bebí de la deliciosa miel que brotaba de entre sus labios. Recorrí su sexo, busqué su clítoris y, mientras ella arqueaba su pelvis para facilitarme el acceso a tan delicioso botón, y lo lamí ansiosamente.
Me encantaba sentir como se arqueaba, de pie, yo semicubierto por su falda, sus manos en mi cabeza, acercándome a ella, sujetándome, evitando que me separara, agachado, semidesnudo, erecto, deseoso, ansioso por poseerla.
Me soltó y me levanté y buscó en mi boca el sabor de su sexo. Lamió mis labios y dijo “¿Dónde está ese condón?:
Lo busqué en mi bolsillo. Francesca lo cogió, rompió el precinto y dulce, suave y expertamente lo colocó en mi pene erecto.
Se dio media vuelta, se inclinó, se apoyó en el lavabo y, de pie, entreabrió las piernas. Yo levanté su falda y contemplé extasiado su delicioso culo. Me agaché y lamí traviesamente su agujero mientras masajeaba su sexo. Ella se excitó y dejó hacer, pero pronto me pidió “clávamela”.
Mi polla buscó la entrada a su ansiada y ansiosa vagina. Yo la tenía tremendamente excitada y entró lentamente, arrancándole quejidos de placer conforme ganaba en mi avance centímetro a centímetro.
Agarré sus caderas y comencé a moverme lentamente, empujando hasta el fondo de su sexo, exhalando quejidos que se fundían con los de ella con cada empujón. Era delicioso sentirme dentro de ella, poseerla de esa manera, empujar como un animal que con cada embestida encuentra un punto más salvaje y desinhibe sus vocalizaciones fundidas en los gemidos de su hembra.
Francesca dirigió una mano hacia atrás, entre sus piernas. Alcanzó mis huevos y los masajeó un momento, buscando luego y sintiendo la fricción de mi polla entrando en su sexo, notando nuestra humedad y buscando luego su clítoris. Empezó a masajearlo mientras mi empuje iba camino de un delicioso clímax. Los dos estábamos a punto de corrernos y sabíamos que quedaba poco para ello.
Primero fue ella. Sentí como aceleraba su mano, y aproveché para acelerar mi ritmo. En el momento en que ella se deshacía en un orgasmo casi salvaje, las contracciones de su vagina desencadenaron mi deliciosa corrida, casi succionada por los músculos de su sexo.
Nos separamos exhaustos, nos abrazamos y Francesca se agachó. Lamió el condón y lo retiró con su boca.
“Tengo más condones cielo”.
“Nos vemos el viernes en mi casa. Te invito a cenar”.
Salimos del cuarto de baño, bajamos de la mano a nuestras mesas de estudio. Nos besamos de nuevo, lamiendo salvajemente nuestras lenguas y nos dspedimos hasta el viernes.
Siempre subía a la misma planta, a la misma zona, y si podía, a la misma mesa.
Llevaba ya tres horas concentrado cuando me sorprendió un susurro, un aliento en mi oreja: “estuvo muy bien lo del otro día, pero podemos mejorarlo”. Inmediatamente me dejé llevar por las sensación, el escalofrío que me recorrió conforme unos deliciosos labios recorrían mi nuca.
El recuerdo de hacía dos noches y el húmedo camino que se trazaba hacia mi cuello desataron inmediatamente una ola de calor en mi cuerpo, irradiando en el contacto de sus labios, bajando por mi espalda, cruzando a mi vientre y alcanzando mi sexo.
Me volví lentamente buscando los labios de Francesca y me encontré con su boca sedienta de mi boca. Permanecimos así, yo sentado y ella de pie, a mi lado, besándonos. Mi mano se acercó a sus piernas, acercándola hacia mi, encontrándome con unas piernas denudas hasta medio muslo, cubiertas por unas seductoras medias y realzadas por una minifalda de lo más excitante. Mi mano subió hacia su culo y lo acarició tímidamente.
Nos miramos y reímos. “Vamos a las escaleras”. Ese era un sitio con poco tránsito y donde podíamos hablar.
Allí de nuevo me abrazó y nos besamos. Le sacaba casi la cabeza, y ella se colocaba graciosamente de puntillas. “Tengo condones”, le dije, “te iba a llamar luego”. Inmediatamente quiso estrenarlos. “¿Ya? ¿Aquí?”. “Sí, ya” me contestó. Me cogió de la mano y subimos a la planta alta del edificio, la más desierta.
Recorrimos unos pasillos llenos de estanterías con libros, abrimos una puerta y nos encontramos con unos servicios. Entramos en el de señoras y cerramos la puerta por dentro.
Allí seguimos besándonos. Yo ya estaba totalmente excitado y busqué como un loco sus graciosos pechos y deliciosos pezones por debajo de la blusa. Los acaricié, los pellizqué y busqué con otra mano su culo, levantando su falda y metiendo mi mano por debajo de las bragas.

Ella se dejaba hacer y facilitó con su posición que mis dedos recorrieran el surco entre sus glúteos, alcanzaran su delicioso agujero del ano y descubrir la incipiente humedad de su sexo.
Nos separamos y Francesca se agachó, me desabrochó y bajó los pantalones, mis boxer, agarró mi polla y empezó a lamer el capullo. Era delicioso sentir su lengua recorriéndolo, rodeándolo, y acercándose al centro hasta la punta, momento en que la engulló y comenzó a mover su boca, su lengua, succionándome.

Unos minutos más tarde se levantó he hice lo mismo: levanté sus faldas, bajé sus pantys, sus bragas ya húmedas y bebí de la deliciosa miel que brotaba de entre sus labios. Recorrí su sexo, busqué su clítoris y, mientras ella arqueaba su pelvis para facilitarme el acceso a tan delicioso botón, y lo lamí ansiosamente.
Me encantaba sentir como se arqueaba, de pie, yo semicubierto por su falda, sus manos en mi cabeza, acercándome a ella, sujetándome, evitando que me separara, agachado, semidesnudo, erecto, deseoso, ansioso por poseerla.
Me soltó y me levanté y buscó en mi boca el sabor de su sexo. Lamió mis labios y dijo “¿Dónde está ese condón?:
Lo busqué en mi bolsillo. Francesca lo cogió, rompió el precinto y dulce, suave y expertamente lo colocó en mi pene erecto.
Se dio media vuelta, se inclinó, se apoyó en el lavabo y, de pie, entreabrió las piernas. Yo levanté su falda y contemplé extasiado su delicioso culo. Me agaché y lamí traviesamente su agujero mientras masajeaba su sexo. Ella se excitó y dejó hacer, pero pronto me pidió “clávamela”.
Mi polla buscó la entrada a su ansiada y ansiosa vagina. Yo la tenía tremendamente excitada y entró lentamente, arrancándole quejidos de placer conforme ganaba en mi avance centímetro a centímetro.
Agarré sus caderas y comencé a moverme lentamente, empujando hasta el fondo de su sexo, exhalando quejidos que se fundían con los de ella con cada empujón. Era delicioso sentirme dentro de ella, poseerla de esa manera, empujar como un animal que con cada embestida encuentra un punto más salvaje y desinhibe sus vocalizaciones fundidas en los gemidos de su hembra.
Francesca dirigió una mano hacia atrás, entre sus piernas. Alcanzó mis huevos y los masajeó un momento, buscando luego y sintiendo la fricción de mi polla entrando en su sexo, notando nuestra humedad y buscando luego su clítoris. Empezó a masajearlo mientras mi empuje iba camino de un delicioso clímax. Los dos estábamos a punto de corrernos y sabíamos que quedaba poco para ello.
Primero fue ella. Sentí como aceleraba su mano, y aproveché para acelerar mi ritmo. En el momento en que ella se deshacía en un orgasmo casi salvaje, las contracciones de su vagina desencadenaron mi deliciosa corrida, casi succionada por los músculos de su sexo.
Nos separamos exhaustos, nos abrazamos y Francesca se agachó. Lamió el condón y lo retiró con su boca.
“Tengo más condones cielo”.

“Nos vemos el viernes en mi casa. Te invito a cenar”.
Salimos del cuarto de baño, bajamos de la mano a nuestras mesas de estudio. Nos besamos de nuevo, lamiendo salvajemente nuestras lenguas y nos dspedimos hasta el viernes.
Comentario:
Excelente, querido...
Comentario:
Sí señor, haciendo apología del sexo seguro, como tiene que ser. Podrían vender condones en las bibliotecas, no te parece ???, para un caso de necesidad..... jajajajaa.
A mi también me pasa lo que explicas en el anterior post (no me refiero a las ganas de masturbarme), a veces me apetece leer blogs por ahí y no tengo ganas de escribir en el mío.
Besurris.
A mi también me pasa lo que explicas en el anterior post (no me refiero a las ganas de masturbarme), a veces me apetece leer blogs por ahí y no tengo ganas de escribir en el mío.
Besurris.
Comentario:
Uyyyy los lavabos, cuanto juego dan... si los lavabos hablasen....
Un besito.
Un besito.





