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guiada por el canto de las dunas
Cuentos, desvaríos y demás incoherencias
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Casiopea
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Ladrón
Era un bar oscuro. El camarero, apoyado al final de la barra mientras masticaba un palillo, observaba con desdén el programa del corazón que estaba puesto en la televisión. Era la tarde del 4 de agosto y hacía calor fuera, lo que había obligado al camarero a encender el aire acondicionado, que ambientaba el bar con olor a polvo.
El lugar estaba tan vacío como de costumbre, sólo había dos mesas ocupadas. Una de ellas con cuatro viejos del asilo que acostumbraban a ir las tardes a jugar a las cartas y beber chatos de vino, y en la otra, un hombre solo tomándose un licor de hierbas mientras se fumaba un cigarro Ducados tras otro. Nadie se había dado cuenta de que éste escuchaba con atención la conversación de los viejos. Hablaban sobre la Manuela.

Era una mujer que ya vivía los días de invierno de su vida en una casa a las afueras del pueblo, donde, según se rumoreaba, guardaba un tesoro. Se decía que todas las noches, antes de dormir, lo miraba para dormir en paz. Nadie sabía qué podía ocultar, pero seguramente tuviera un valor incalculable.
Así, Arcadio, fumando sin parar, escuchó toda la conversación y, como buen ladrón que se consideraba, empezó a planear cómo ir a por el tesoro de la Manuela, sin poder evitar sonreir para sí...

A pesar de su edad, la Manuela era una mujer coqueta, a la que gustaba arreglarse para ir a por el pan por las mañanas. ¡Qué barbaridad salir sin pendientes a la calle, por dios! Los chiquillos, cuando la veían pasar por el parque del pueblo, reían y la seguían. Hay que admitir que la Manuela era una vieja extravagante.

Era la noche del 4 de agosto y seguía haciendo calor fuera, así que la Manuela había abierto las ventanas de su casa. Mientras la Manuela se aseaba después de su baño de sales habitual, Arcadio intentaba entrar por una de las ventanas. Una de ellas, a pesar de ser una segunda planta, tenía fácil acceso: una hiedra cubría la pared y Arcadio decidió trepar hasta ella. No estaba siendo tan sencillo como le había parecido al principio, y a mitad del ascenso, uno de sus pies resbaló y le dejó colgando, agarrado a una de las tuberías de la pared. Dios, ¿habré hecho mucho ruido? Efectivamente, la Manuela lo oyó, pero siguió con su aseo. Se había comprado esa tarde una mascarilla para la cara, ¡qué ganas de ver el resultado! Para obtener la máxima ventaja de la Mascarilla Anti-Arrugas, le recomendamos que antes de cada aplicación, limpie su piel con un exfoliador, seguido de Crema Exfoliante... Abra la mascarilla y aplíquela en el cutis y el cuello. A todo esto, Arcadio ya había conseguido llegar a la ventana. La casa estaba aparentemente vacía, no contaba con la presencia de la Manuela. Por suerte, la ventana era la del dormitorio de Manuela, y comenzó a remover el armario y los cajones de la cómoda. Manuela ya había terminado de aplicarse la mascarilla, y, con la cara verde y tras haberse limpiado las manos, se puso las bragas y comenzó a dirigirse al cuarto. Si es posible, permanezca de 20 a 25 minutos con la mascarilla, en una atmósfera relajada (idealmente acostada). Me terminaré de vestir después de quitarme la mascarilla... pensó sonriendo.
Arcadio ya lo había revuelto todo, sin encontrar nada de valor. Sólo faltaba mirar debajo de la cama. Ahí encontró una caja de madera vieja. Entusiasmado, la puso encima de la cama para abrirla. En el momento preciso en el que Arcadio iba a abrirla, la Manuela abrió la puerta del cuarto y al verle, su chillido llegó hasta el bar del pueblo, donde todos levantaron la cabeza con gesto de interrogación. Arcadio, por su lado, al oir la puerta, levantó la cabeza y al ver a la Manuela en bragas con la mascarilla en la cara, se llevó una mano al pecho con la cara desencajada y cayó muerto del susto.
Manuela, despreocupada por la situación de aquél desconocido, fue directa hacia su caja, la abrió y, aliviada, vio que su tesoro estaba a salvo. Tranquilamente se vistió y fue hacia el salón, donde llamó a la policía.

Una caja con llave, por favor. Metálica, si puede ser. Menudo susto, señora. Pues si, la verdad, no sé qué habría hecho yo si ese hombre se hubiese llevado mi colección de figuritas. Deben ser muy valiosas señora. Sí, llevo guardándolas desde la primera vez que me tocó una en el roscón de reyes.
 
Arte de Ayer y Arte Hoy






(qué bestia)
 
El Canto de las Dunas
Algunos desiertos del mundo emiten el llamado Canto de las Dunas, sobre todo en América y China. Marco Polo mencionó que en sus viajes le cantaban los desiertos a medida que los atravesaba. Un ligero zumbido llegaba a sus oídos, constante, envolvente, placentero. Lord Curzon también habló de este extraño fenómeno.
El Canto de las Dunas siempre había sido una leyenda como la de las dulces melodías que las sirenas utilizaban para seducir a los marineros y luego ahogarlos en la mar o como los cuentos que los viejos contaban a sus nietos, en fin, un misterio.
Pero no es una melodía de tono ligero. Llegué a oir este Canto y comprobé que es un sonido fuerte y penetrante, pero que al escucharlo atrapa y traslada a un estado embriagador durante unos segundos. Parece que los espíritus de la arena quisieran alimentarse de tus sensaciones, tragarte y envolverte en sus cálidas dunas, mientras murmullan una melodía mágica.
Escúchalo, que aún creo oirlo...


 
Binta y la Gran Idea


A Casiopea también le gusta que le cuenten historias, y más si son como ésta.
 
imbecilidad
- Ves? Te ha castigado Dios.
- Pero si Dios no existe.
- Ya, eso mismo me dijo él.
- Sí?
- Si.
- Joder, pues cuándo te lo he dicho?

 
Puta
Una puta llamada Vejez pasea su cuerpo cansado chillándole a los cuatro vientos que no somos nada.
Va regalando melancolía y soledad, afeando lo que toca. Y tú vas y te la encuentras.
Una puta llamada Vejez vuelve blanco tu pelo y lo vuelve lacio, pliega la piel de tu cara y tu cuerpo en pequeñas arrugas. Roba el brillo y la ilusión de tus ojos y se lleva sin piedad tus gestos, cualquier signo de lo que sientes. No te deja sonreir o llorar, tampoco deja que puedas hablar con fluidez, entorpeciendo tus palabras y poniéndole muros a la claridad de tus frases. Con esta técnica, una puta llamada Vejez ha querido que la acompañes en un mutismo tu día a día y que no puedas ofrecer más que largos silencios o un habla baja y monótona a los que te rodean.
Una puta llamada Vejez te ha regalado una silla de ruedas de la que no quieres levantarte porque te la dio acompañada de miedo e inseguridad. Tú no lo sabes, pero con esto, cada vez que vuelve a visitarte, sonríe al observar que esa silla absorbe la fuerza de tus piernas, atrofiando tus músculos y ofreciéndoles rigidez.
Una puta llamada Vejez ha envenenado tu cerebro, quitándole el don del equilibrio y el control de tus acciones.
Una puta llamada Vejez no se ha querido llevar lo que más te hace sufrir: tu lucidez; una lucidez que te permite escuchar cómo te susurra al oído su nombre y ver todo lo que te ha regalado y se ha llevado a cambio de su compañía.






***La enfermedad (o mal) de Parkinson es una enfermedad neurodegenerativa que se produce en el cerebro, por la pérdida de neuronas en la sustancia negra (también conocida por su nombre latino de substantia nigra) cerebral. La enfermedad suele comenzar entre los 50 y 65 años, afecta a todas las razas y se observa en todas las regiones del mundo sin que tenga predilección por uno de los dos sexos. Afecta a una de cada cien personas mayores de 65 años.
 
toxicomanía II, corregida
El síndrome de abstinencia, una toxicomanía mucho más frecuente que conocida...
Admito que fui lo que los expertos de la Psicología Social llaman una “adicta romántica”. Dependía del proceso de enamoramiento y de todo lo que éste producía, me había acostumbrado a vivirlo una y otra vez. En cuanto me encontraba con el síndrome de abstinencia, es decir, al sufrir un desamor, hacía lo posible por paliarlo, por volver a comenzar el ciclo con otra persona que produjese los mismos efectos en mí.
Esta enfermedad o dependencia aún se encuentra en terreno desconocido para los especialistas de la materia, aunque ya hay síntomas y comportamientos identificados que desenmascaran la existencia de esta dolencia. Existen y se conocen factores fisiológicos que se dan en el enamoramiento, muchos más poderosos y efectivos en el cuerpo humano que los sentimentales. En primer lugar, la víctima del amor sufre una drástica elevación de la actividad fisiológica general, lo que conlleva excitación, nerviosismo, sudoración de manos ,aceleración cardiaca, euforia...
También se ha observado una activación sexual, es decir, que aumenta el deseo y la excitación sexual. Las mujeres en concreto, pasamos a ser creadoras de una ovulación silenciosa, ausencia del periodo estro y, mira tú qué bien, adquirimos la capacidad de tener orgasmos múltiples.
Se produce igualmente una activación de los receptores sensoriales. La vista influye en la importancia de la atracción; sentimos más necesidad de dar y recibir caricias o besos en lo que se refiere al tacto; las feromonas actúan poderosamente en el olfato, como “sustancias químicas que nuestros cuerpos producen en el proceso de enamoramiento y que tienen como única misión afectar nuestro comportamiento sexual y atraer al sexo opuesto” (usadas actualmente en las fórmulas de algunos perfumes); el oído se agudiza para captar cada uno de los susurros y gemidos que puedan provenir del amado y los besos hacen activar nuestro sentido del gusto.
Si quisiéramos hablar de qué partes de nuestro cuerpo actúan en este fenómeno, habría que hablar sin duda de las estructuras de la anatomía cerebral: el cortex como responsable de los aspectos cognitivos, el sistema límbico como posada del dolor y el placer, la hipófisis, donde se crean las hormonas que condicionan nuestro comportamiento, que a su vez está situado en el hipotálamo, regulador de éste. Y, cómo no, el tejido neuronal, que controla las neurotransmisiones.
He aquí cuando debemos preguntarnos si no es verdaderamente el cerebro nuestro principal órgano sexual...
En fin, cuando hablamos de los síntomas del enamorado y posible adicto romántico, enseguida nos vienen a la cabeza los producidos por algunas de las sustancias psicotrópicas más conocidas actualmente, como la cocaína y la morfina: euforia, hiperactividad, falta de concentración, exageración, vivencias intensas, obnubilamiento, pérdida del sueño, del hambre y del cansancio físico, “subidas”, síndrome de abstinencia y tolerancia. Esto porque el cuerpo, cuando entra en contacto con el amor, crea una serie de sustancias químicas que si se producen de manera repetitiva, muchas de ellas llegan a ser altamente adictivas. Las más comunes y conocidas_quedan muchas por descubrir_, son las endorfinas, la progesterona, los estrógenos, la dopamina, la noradrenalina, la serotonina y la feniletilamina, sustancias que a la larga pueden convertir al enamorado común en un posible “adicto romántico”, es decir, un yonqui del amor. Un toxicómano que tras el desamor (abstinencia), necesita buscar una y otra vez a alguien que le enamore, a alguien que le obligue a producir esas sustancias nombradas para quitarse ese mono horrible que le hunde en la más profunda tristeza y que a muchos, como podemos observar sólo como ejemplo, a lo largo de la Historia de la Literatura, ha llevado al suicidio.
Lo admito de nuevo. Fui una adicta romántica. Necesitaba que me ayudase alguien a rehabilitarme de esta dependencia. Que alguien tomase en serio mis esfuerzos, que nadie me diera consejos para cambiar mi comportamiento. Que evitarae controlar mis progresos o ponerlos a prueba, sólo que reconozciese y alabase mi lucha. Que ignorasen recaídas temporales y no criticasen mis deslices. Que me pidiera qué era lo que quería que hiciera o dijera para ayudarme. Era yo quien tenía la responsabilidad sobre mi vida, no quería que nadie cargase con mi dependencia, sólo que tuviera una actitud positiva y de estímulo.
Esto ya no es un grito de auxilio, es de agradecimiento, a todos los que me habéis ayudado a plantarle cara a la vida con una sonrisa.

 
Casiopea. (Composición: Silvio Rodríguez)
Como una gota fui de la marea
la playa me hizo grano de la arena.

Fui punto en multitud por donde fui
nadie me detectó y así aprendí.

Cuando creí colmada la tarea
volví mi corazón a Casiopea.

Cumplí celosamente nuestro plan:
por un millón de años esperar.

Hoy llevo el doble dando coordenadas
pero nadie contesta mi llamada.

¿Qué puede haber pasado a mi señal?
¿Será que me he quedado sin hogar?.

Hoy sobrevivo apenas a mi suerte
lejano de mi estrella de mi gente.

El trance me ha mostrado otra lección:
el mundo propio siempre es el mejor.

Me voy debilitando lentamente
Quizás ya no sea yo cuando me encuentren.
 
marco
Por las mañanas, como solía llevar el tiempo pegado, Marco salía de casa y cogía el autobús número 54 en la acera de su portal hasta la Plaza de la Libertad. Ahí se bajaba para andar a paso rápido unos 200 metros hasta su facultad, intervalo en el normalmente se fumaba un pitillo a medias que la mayoría de las veces le revolvía el estómago. Pero el camino de vuelta era distinto. A pesar de tener hambre a la hora de regresar, se lo tomaba con tranquilidad. Caminaba despacio hasta la boca del metro, donde se adentraba para coger la línea circular. Dos paradas antes de la suya se bajaba para dar un paseo hasta su casa, durante el cual tenía como rutina repasar las cosas que haría por la tarde mientras se fumaba otro pitillo que normalmente también le revolvía el estómago.
Aquél día se entretuvo más de la cuenta al volver a casa porque hacía un día especialmente bonito después de unos días nublados y fríos. Cuando llegó al portal estuvo un buen rato buscando sus llaves en el fondo de su mochila, y al entrar al portal, miró el buzón como tenía por costumbre, a pesar de que nunca le llegaran cartas. Pero aquél día sí había una. Lo abrió impaciente y descubrió dentro un sobre en blanco bastante arrugado. Mientras esperaba el ascensor lo abrió, y una vez dentro, empezó a leer. Estaba escrita en sucio, con muchos tachones y una mala letra por una escritura inquieta y rápida que reconoció al instante. Marco sintió como los pelos de sus brazos se erizaban a la vez que se le hacía un nudo en la garganta.

He aquí la copia literal de la carta que había recibido:

"Noche de insomnio. (Otra más).
Pensamientos de ascensor. Son aquellos que te vienen a la cabeza después de que te haya pasado algo y no hayas sabido reaccionar al instante, debería haber dicho tal o debería haber hecho cual; después de situaciones tan inesperadas que te has quedado en blanco, sin saber cómo actuar.
¿Y aquéllos que imaginas durante una noche de insomnio, seguramente provocado por éstos? ¿Cómo llamarlos? ¿Pensamientos de almohada quizá? Éstos son en los que imaginas cosas que vas a hacer y decir. Suelen ser sobre vivencias inacabadas, remordimientos, orgullos, espinitas al fin y al cabo. Las que quieres arreglar... o vivir. Situaciones que sueñas que ocurran, en las que todo es perfecto, exactamente como tú deseas que sean. Y cuando por fin amanece o consigues reconciliar el sueño, se quedan ahí, en lo más profundo del inconsciente y al día siguiente parecen haber desaparecido. Pero vuelven noche tras noche, entre días de cansancio.
Marco, me vuelvo loco, a lo mejor escribiéndote dejen de perturbarme:
He cambiado. Ya no soy el mismo. No me conoces porque ya no queda nada de lo que era. Solamente he guardado aquellas cosas que creo que hacía bien, que son pocas, las que me hacen sentir a gusto conmigo mismo y que tú nunca quisiste descubrir. Me he mirado al espejo y he corregido mi egoísmo, mi miedo, mi imprudencia. Ya no hablo tan rápido, pienso más las cosas. Quiero dejar de culparme por haber sido como era, pues no era más que inmadurez. He hecho daño y he pasado miedo, mucho miedo, me he quedado solo para averiguar cómo quiero ser, en quién debo confiar y encontrar apoyo. Tú puedes descubrir cómo he evolucionado. Quiero que lo hagas. Quiero que veas y admires cómo he avanzado y cómo sigo apartando las piedras que no me dejaban avanzar. Pero con la condición de que no dejes que me aparte de ese camino y de que nadie se interponga para seguir haciéndome daño. Quiero que me preguntes por qué desaparecí, que por qué no he vuelto. Tienes que saber que nunca volveré, porque aquello que conociste ya no existe. Si lo hago, no será una vuelta, sino una llegada, y podremos conocernos de nuevo. Lo mejor será que conservaremos los buenos momentos, que no se pueden borrar.
A la vez me contradigo y te echo de menos, desearía volver a vivirlo todo otra vez."

Una lágrima tardó exactamente 5 segundos en bajar por la mejilla de Marco hasta la comisura de sus labios. Posó la carta sobre su escritorio, fue a buscar el teléfono y, temblando, marcó.
 
mmmmmmmm................
el cosquilleo del momento justo en que escuchas el principio de una canción que te gusta
cantar en la ducha
por fin estornudar
encontrar una solución
la risa de un niño pequeño
acordarte de lo que has soñado
charlar sin notar que han pasado horas y horas
ser el primero en dejar tus huellas sobre la nieve
que haya chocolate en casa cuando te apetece algo dulce
la lagrimilla de después de una peli que te ha gustado mucho
recordar algo que tenías en la punta de la lengua desde hace un rato
sentir mariposas en el estómago cuando piensas en alguien más de la cuenta
echar una carrera
oir silbar a alguien por la calle
que te susurren un secreto al oído
leer cuentos de cuando eras pequeño
que te digan que te han echado de menos
sonreir hacia dentro por algo de lo que te has acordado
que haga mucho frío cuando estas bien abrigado
escuchar batallitas de personas mayores
la ilusión de ver una estrella fugaz
el olor a café desde la cama
hacer planes y cumplirlos
que te acaricien el pelo
pasear sin rumbo
reconciliarse
comprar un libro nuevo
una mirada de complicidad
oler las hojas del libro nuevo
escuchar una buena frase


 
Imagina
"La imaginación es el primer privilegio que tenemos." _ Luis Buñuel



Y así es... ¿Qué más se puede pedir? Con esto que dijo Buñuel nos podemos dar cuenta de que disponemos de toda la libertad que siempre hemos deseado con la imaginación. Si te das cuenta, con ella podemos hacer lo que queramos, los límites que puedan existir sólo nos los podemos poner nosotros mismos. ¡Usémosla!
Desde imaginar que volamos hasta hacer que toda la gente, una mañana cualquiera, se ponga a bailar en el metro; que alguien nos abrace por la calle o que con todo el morro del mundo te levantes en medio de clase y le chilles al catedrático de turno que lo que dice no te importa nada. Sobrepasar los límites de la moralidad, de la coherencia o de la gravedad misma, ¡qué más dará!
¿No te ha pasado nunca lo de reir sin querer al imaginarte algo divertido por la calle?
Imaginarte que de repente, cuando estás en el cine y tienes a una persona delante que no para de hablar y hablar, y ¡zas! le ilumina un foco delatando su pesadez.
Que vas en un cercanías y en vez de sonar esa musiquita aburrida empieza a sonar el sonido de la peli porno que lleva el conductor en su cabina al conectarse sin querer al sistema de su micrófono... y así miles de cosas, las más absurdas o las más deseadas.
Con esto, Momo, hago un llamamiento a las imaginaciones de todo el mundo y les digo: ¡Seguid imaginando! ¡Despertad vuestras mentes y hacedlas trabajar! ¡Reid, llorad, temblad todos con vuestros pensamientos! En fin, vivid, dejando de lado de vez en cuando el mundo "real" y dando paso a todo aquello que no se os pueda arrebatar, pues sólo es vuestro.
 
yupi
Soy un muñeco de trapo. Estoy hecho de tela vaquera desgastada, por eso mi tacto es suave. Mi ojo derecho es un botón de nácar imitado y el izquierdo es otro botón forrado de tela azul oscuro, un poco más pequeño que el otro. No tengo nariz. Mi boca está bordada con hilo rojo, pero los puntos hacen parecer que la tengo cosida. Así contado, parece que soy mounstruoso, pero en realidad soy bastante mono. Mi cuerpo es redondo, como si tuviera la tripa hinchada, efecto producido por mi relleno, que está compuesto de lentejas pequeñas y cuscús seco. Tengo una hilera de botones con formas como los que se usan para trajes de niño pequeño en el centro, así, aunque no me hayan puesto ropa parece que estoy vestido, cosa que me reconforta, qué vergüenza sino, no? También me han bordado la forma de un bolsillo en lo que sería mi culo, así también parece que llevo pantalones. Mis extremidades son cilindros hechos con la misma tela desgastada, pero claro, como hacer dedos sería complicado, pues no tengo.
Me cuesta mantenerme en pie, asi que casi siempre estoy sentado con la cabeza ligeramente caída, eso en el caso de que no esté tirado por el suelo, porque como mi lugar impuesto por mi dueño es estar en la cama, en la parte de las almohadas, ya sabes, a veces sobro. Pero aparte de estas pequeñas incidencias y lo de ser testigo de algunas cosas algo violentas que hace mi dueño en su cuarto, llevo una vida tranquila. No dejo de sonreir, claro, no puedo, pero no es algo que contradiga las emociones que suelo sentir, porque como ya he dicho, llevo una vida agradable.
A veces el chico al que le sirvo de muñeco me coge y me mira mucho, me da un poco de vergüenza la verdad, supongo que seré un regalo especial que le han hecho, pero no lo tengo muy claro. Otras veces, juega conmigo como si yo fuera una especie de Neo de Matrix, me hace volar, dar piruetas y cosas por el estilo, todo acompañado de ruidos rarísimos que él hace para ambientar, eso sí que me divierte, lo único es que me preocupa un poco porque el chaval ya tiene sus 21 años cumplidos y, en fin, no sé, puede llegar a ser un poco patético. Aun así, suele pasar bastante de mí. Eso sí, todas las tías que vienen a visitarle suelen decir cosas como ayyy qué monoooo y sobarme un rato, pero luego me dejan tirado en el suelo y como si no me hubiesen visto nunca. Cosas de la vida, qué se le va a hacer, yo no voy a dejar de sonreir.
Oh, dios mío, ¡acaba de subirse el animal peludo a la cama y no para de morderme el ojo! Qué desagradable, ay. Joder, me lo va a arrancar, menuda bestia. Y ahora el brazo... ojalá pudiera darle una patada para que me dejara en paz.
En fin, soy un muñeco de trapo. Yupi.
 
Pisto
-Me gusta el pisto.
-Sí, a mí también. ¿Pero con los trozos de las movidas cortados en grande o en pequeño?
-En pequeño, claro.
-Ah...
-Creo que nunca he comido pisto hecho por mi madre. El pisto es comida de madres. LLeva mucho rato hacerlo, sabes? Mi vieja seguro que lo hace de puta madre. De hecho sólo lo hacen bien las madres. Es cosa de madres.
-Sin duda.
-A mí no me sale tan bien.
-Ya...
-Fijo que mi madre lo hace bien, estoy convencido. ¿Cómo no va a saber hacer pisto una madre? Mi madre lo hace genial, te lo juro... Se lo tengo que preguntar.
-¿El qué?
-Pues qué va a ser, joder: ¡pisto!
-Ah, claro. Bueno, ¿qué vas a pedir?
 
Ya
Hay un momento, justo antes de llover, en el que las nubes son espesas, de un color gris oscuro y todo está iluminado por una luz especial. El verde de los árboles se vuelve muy intenso y los demás colores pierden vida. El olor también es único en ese rato, se parece un poco al del frío. Porque el frío huele, a que sí?
Hay que estar muy atento, porque dura poco tiempo y pasa pocas veces.
Estoy harta de perderme esos momentos, esos detalles. Estoy harta de mirar sólo hacia un punto fijo. Estoy harta de estar sumida en la nostalgia, en la tristeza, en la inseguridad, en el cansancio.
No me da la gana. No.
Y en cuanto me he dado cuenta, plin!, se han aparecido mil cosas ante mí. De repente, me he divertido. He hecho planes. He chillado y llorado todo lo que no quería, y lo que no puedo tener. Lo he aceptado. Ya está. A dar pasos hacia delante, coño. Lo estoy consiguiendo. Vuelvo a respirar. Vuelvo a sonreir.
 
¿?
¿Se pueden contar historias que aún no han acabado?
¿Cómo se sabe si una historia ha acabado realmente?
¿Acaban las historias?
¿La vida es una larga historia o está compuesta de muchas pequeñas?
¿Son independientes las unas de las otras?
¿A eso se refiere el "borrón y cuenta nueva"?
¿Qué se puede hacer cuando no se quiere que acabe una de esas historias, y qué se hace cuando acaba una de esas?
¿Con cuánta fuerza se puede dar un punto de giro a una de nuestras historias?


¿Qué hago yo aquí?
 
Madame Delafontaine


Salí de casa con el estómago encogido de los nervios. Billete, ropa interior, cepillo de dientes, llaves... A pesar de que me faltara algo ya no tenía más tiempo. Quedaba media hora para coger el autobús y no llegaría si me entretenía un minuto más.

Había conseguido convencer a mis padres para irme de vacaciones con Luís a Barcelona. Estaríamos en casa de su madre, que tenía una casita en Villanova i la Geltrú. La verdad es que nos habría gustado mucho más irnos a algún sitio solos, pero yo estaba estudiando y Luís ganaba lo justo para pagarse sus clases de guitarra y el piso donde vivía. Yo quería aprovechar el viaje para solucionar algunos papeleos para hacer mi traslado a la Universidad Autónoma de Barcelona, donde continuaría mis estudios. Al año siguiente tenía pensado mudarme a esa ciudad y comenzar así a controlar de verdad mi vida, a saborear el principio de mi emancipación.

Luís se había adelantado y se había ido la semana anterior. Me estaría esperando dentro de unas horas para recogerme en la estación.

Llegué al intercambiador de Avenida de América, pero tardé en encontrar dónde tenía que coger el autobús. La multitud me impedía avanzar más rápido. Por fin lo encontré, metí el macuto en el maletero del autobús y me senté. Acuérdate, el macuto está en lado de la izquierda, pensé. Menos mal, ya podía respirar tranquila.

Eché una ojeada a la gente que había a mi alrededor. Siempre me había gustado hacerlo para luego imaginarme las historias de cada persona, intentando descubrir sus secretos e ilusiones. Recordaba haberlo hecho desde que era muy pequeña. Fuera a donde fuera, me acompañaba un cuaderno de tapas rojas en el que las escribía. Algún día me dedicaría al mundo del cine y no me faltarían personajes para mis guiones.

Justo antes de arrancar, se subió una mujer al autobús. Era bastante excéntrica y al fijarme en ella me di cuenta de cuenta de que su ropa tenía pinta de estar un poco pasada de moda, juraría que me recordó a la moda de los años cincuenta... Estuvo bastante tiempo discutiendo con el conductor. Gesticulaba mucho aunque no levantaba la voz. Quise escuchar lo que decían, pero no se oía bien con el barullo que había fuera en el intercambiador. Cuando se dio la vuelta para ir a tomar asiento, se me heló la sangre. Era ella. No me lo podía creer.

Se sentó justo a mi lado. Muy digna, se quitó la chaqueta y susurró un “buenos días” mientras la colocaba en las estanterías. Yo no podía parar de mirarla.
- Usted es...
- No, seguro que te confundes –dijo.
- ¿No es usted...?
- No.

Sí que era ella, aunque fuera absolutamente imposible. Tenía que serlo, no se podía parecer tanto. De cerca se veía que era mucho mayor de lo que había imaginado. Finas arrugas le cubrían el rostro, y su delgadez marcaba sus mandíbulas y pómulos. Seguía llevando los labios rojos como cuando la veía actuando en el parque. Su pelo canoso estaba recogido en un moño italiano, pero se notaba algo enmarañado y algunos mechones le caían por la cara. La envolvía un perfume dulzón mezclado con olor a tabaco negro.

Día tras día, desde que yo me había mudado a Madrid, había ido a verla al parque de mi barrio. Se cubría siempre la cara con maquillaje blanco, resaltando así los labios pintados con carmín rojo vivo. El traje que llevaba era de franela negra, con un pañuelo rojo que sobresalía del bolsillo de la chaqueta, pero le estaba demasiado grande, lo que le daba un aire cómico. Y nunca soltaba su globo rojo, protagonista de la mayoría de los números que interpretaba. Solía tener poco éxito y alguna vez me la había encontrado en la entrada del metro pidiendo dinero para poder comer algo.

Ya habíamos arrancado hacía rato y atravesábamos las afueras de Madrid por la N-II. Intenté comenzar a leer la novela que había elegido para entretenerme durante el recorrido, pero seguía dándole vueltas a cómo era posible que la mujer del parque estuviera en aquél autobús. El chaval de delante se había puesto los cascos y podía oír perfectamente el horrible ritmo “umpa tumpa tum” del reggeaton martilleándole el cerebro, y de paso al de la gente que tenía sentada a su alrededor. Procuré no prestarle atención pero al final decidí cerrar el libro. Había leído cuatro veces el mismo párrafo.

Unas semanas antes yo me había fijado en que la mujer mimo había dejado de acudir a su cita habitual. Mi curiosidad me llevó a preguntar por ella a unos viejitos que jugaban al ajedrez todas las tardes en las mesitas del parque. Me contaron que se la conocía como Madame Delafontaine y que siempre había estado allí. Era una veterana del barrio, había pasado a mejor vida unos días antes.

Fijé la vista en la carretera y me puse a contar los coches de color rojo que iban en sentido contrario. Me acordé de mi hermana y de los viajes que hacíamos con mis padres en los que jugábamos a contar los objetos que cada una proponía a la otra. Estábamos pasando por Guadalajara. Desde la ventanilla vi cómo había crecido en tan poco tiempo para convertirse en una ciudad dormitorio. Cientos de edificios iguales iban abriéndose paso poco a poco hacia los alrededores de la ciudad. Enjambres de personas llenos de hombres grises, pensé recordando la historia de Momo.

Retomé la lectura de mi libro. Cuando al fin conseguí concentrarme, el autobús hizo la primera parada del trayecto. Todos salimos a estirar las piernas y algunos se metieron en la tienda de recuerdos de la gasolinera. Yo me encendí un pitillo y, tras comprobar que estaba permitido fumar en la cafetería, entré y pedí un café. Varios camioneros estaban en la barra y otros estaban en una mesa jugando a las cartas. Cuando se volvieron a mirarme, me di cuenta de que era la única mujer ahí en ese momento. Si me sentía incómoda en situaciones como ésa, solía fruncir el ceño y apretar la mandíbula.

Vi entrar a la mujer del parque, y por primera vez, se fijó en mí y se me acercó. Se me iba a salir el corazón por la boca. Dios mío, ¿era posible que un muerto me fuese a dirigir la palabra?
-¿Me das un cigarrillo, por favor? -dijo.
Su acento francés aún se nota, pensé.
-Sí.
-Yo no soy quién tú crees -dijo-. No soy la mujer del parque.

Me quedé petrificada, por un momento se me pasó por la cabeza que me hubiese estado leyendo el pensamiento.
-Soy su hermana gemela -aclaró-. Por eso me parezco tanto.
Mi sorpresa seguía sin dejarme pronunciar una palabra. Una sensación rara me invadió el estómago. Era parecido a los nervios de por la mañana.
-Se llamaba Charlotte, pero todos la conocían como Madame Delafontaine –me miró detenidamente-. Date prisa en tomarte ese café, la gente ya se está preparando volver al autobús.

Pagué el café y nos subimos al autocar. La cabeza me daba mil vueltas. ¿Por qué había adivinado que me podría interesar la supuesta Charlotte? ¿Era casualidad que se hubiese sentado a mi lado en el autobús esa mañana?
-¿Por qué ha sabido que yo conocía a su hermana?- me aventuré.
-Ella me lo dijo.
-¡Si yo nunca hablé con ella! No podía saber quién era yo.
-Eras la única persona que iba a verla al parque todos los días. Ella apreciaba eso. Te había seguido alguna vez y sabía dónde vivías. Pocos días antes de morir, fuimos a tu portal y esperamos a que salieras para verte por última vez.

Un cosquilleo desagradable me recorrió la espalda. Recordé haberme entristecido cuando me enteré de que había muerto, pero ahora me invadía una culpabilidad inexplicable. Noté que ella también se emocionaba.
-Era la más inquieta de las dos –sonrió-. Siempre leía el mismo libro, decía que sólo ése la entretenía de verdad. Una y otra, y otra vez, para que no se le escapase un solo detalle. –Le costó seguir-. Al cumplir los veinte años, juntó toda su valentía y anunció a nuestro padre que quería marcharse a España para dar a conocer allí sus novelas. A pesar de que él se enfureciera con ella y le prohibiera marcharse, ella cogió los pocos ahorros que tenía y se fue. Pensé que volvería, pues mi padre se había negado a dejarle dinero y sin esa ayuda ella no podría llegar lejos.

Yo me preguntaba por qué me estaría contado aquello. Decidí que podía llegar a ser una historia interesante y preferí aprovechar para escuchar aquél inesperado relato.
-¿Volvió? –pregunté.
-No. Era demasiado orgullosa. Al principio me escribió cartas cada semana. Se había instalado en un hostal de la Plaza Santa Ana de Madrid, al lado del Teatro Español. Era su teatro preferido, y la dejaban colarse para ver las obras cuando no habían llenado el aforo. Yo le mandaba dinero de vez en cuando. Me solía decir que iba progresando y que conocía a mucha gente, pero yo sabía que lo pasaba mal para comer todos los días. Tuvo que ser duro para ella, nuestro padre era el dueño de una de las más grandes fábricas textiles del sur de Francia y habíamos tenido una infancia fácil, llena de comodidades. Se codeó con los madrileños más bohemios que pudo encontrar por los bares del centro, pensando que alguno podría recomendarla a algún editor. No tuvo mucha suerte. Aunque yo insistía para que volviera, ella mantenía la esperanza de triunfar allí algún día. También era tozuda –rió-. Parece que un día, mientras leía en el Café de la plaza, se le acercó un hombre. En su carta me describía lo elegante que iba vestido y lo atractivo que era. Le dijo que era actor y se presentó. No me sorprendió, porque a pesar de ser gemelas, ella siempre fue mucho más bonita que yo. También era francés. Le dijo que estaba en Madrid visitando la ciudad. Estuvieron hablando horas y horas, hasta descubrir que en la plaza sólo quedaban ellos dos y que la última ventana con la luz encendida del hostal se apagaba. Juraría que fueron los días más felices de su vida. Nunca me había escrito tan entusiasmada. Maximilien se marchó tras pasar más tiempo del planeado en la ciudad y ella volvió a quedarse tan sola como antes.
-Le prometió que volvería a buscarla y no lo cumplió –deduje.
-Dejó de escribirme. Unos meses después recibí una carta del dueño del hostal diciéndome que mi hermana se había marchado.
-¿Qué pasó luego? –pregunté.

Pero ella se calló. No quise insistir, la mujer parecía afectada. Desde la ventanilla vi los vastos campos sembrados de ciclópeos molinos de viento. Era una visión que se me antojó solitaria y triste, como la historia que había estado escuchando. Me quedé dormida.

Madame Delafontaine estaba bajo la estatua del Ángel Caído del Retiro. Llovía a mares y no había un alma en el parque. Sólo se oía el sonido de la lluvia golpeando el suelo. El pelo se le pegaba a la cara, pues se le había deshecho el moño debajo del bombín. Absolutamente sola, sostenía su globo rojo en la mano, quieta, vestida con una gabardina gris y con el maquillaje de ojos corrido por la cara. Aunque las gotas de lluvia le mojaban la cara, su expresión no dejaba lugar a dudas. Estaba llorando. El sonido de su llanto subía de volumen paulatinamente, hasta ser ensordecedor.

Me desperté de golpe, sudando. La hermana del mimo me miraba preocupada.
-¿Te encuentras bien?
-Sí, sólo ha sido un mal sueño. Me he quedado dormida. Con los preparativos del viaje y los nervios que eso conlleva, apenas he descansado.

Empezaba a notar que tantas horas sentada empezaban a molestarme, y me dolía el cuello. Debía haberme dormido en una mala postura. Ya habíamos pasado Zaragoza. Era la mitad de nuestro trayecto, aún quedaba un buen rato para llegar.

-Por favor, siga contándome lo que pasó con Charlotte -le pedí y ella me sonrió.
-Madame Delafontaine pasó a vivir a otro hostal diferente para no atormentarse con los recuerdos impregnados en la habitación del de la plaza Santa Ana. Eso ya te lo he dicho, ¿verdad? Se obsesionó recordando aquellos días hasta perder la cabeza. Desde entonces siempre se vistió con un traje que se había dejado su amante y se dedicó a imitar los gestos y actuaciones de Maximilien por las calles de Madrid. No volvió a escribirme jamás.
-Entonces no comprendo cómo se enteró usted de que estaba a punto de morir.
-Me escribieron las monjas de un asilo al que ella solía ir a comer informándome de que estaba muy enferma. El alcohol y la mala vida le pasaron factura. Tenía el hígado destrozado.
-Aún así me parece que la historia cojea. No sé, me falta algo.
-Hablé con el dueño del hostal de la plaza de Santa Ana poco después de la muerte de Charlotte. Está muy mayor, pero aún se acordaba de mi hermana. Me contó que nunca hubo tal amante. Ella había ido una noche a una proyección de una película protagonizada por Maximilien. Le gustaba mucho el cine –añadió-. Un día empezó a desvariar y durante una temporada la oyeron hablar sola en su habitación. Un día apareció vestida ridículamente como el actor y se marchó.
-¡Le impresionó tanto que se obsesionó hasta creer que habían tenido un romance! –Vacilé un instante. -Puede que le parezca indiscreta, pero habla usted como si conociera bien al tal Maximilien...

Bajó la mirada y empezó a juguetear nerviosa con el reposacabezas del asiento que tenía delante. Creí distinguir que se le habían subido los colores. Me sentí mal por mi atrevimiento, pero tenía la sensación de que aquella historia no era redonda. Me admití a mí misma que las historias de verdad, las de la calle, no eran como en el cine.
Por fin me miró. Se le habían humedecido los ojos.
-Maximilien es mi marido.

Mi estupor tuvo que notarse porque creo que palidecí.
-Pero –balbuceé-, no puede ser. ¡Si ella se lo había inventado!
-¿No lo entiendes? El dueño del hostal se equivocó. Sí que existió el romance.
-Entonces no comprendo nada.
-Yo estaba muy preocupada por Charlotte. Había dejado de escribirme y le pedí a mi padre que me dejara ir a buscarla para ver cómo se encontraba, aún no se había ido del hostal. Ya en Madrid, en la estación de trenes, un hombre me miró desde lejos. Era tan atractivo... Se echó a correr hacia mí y cuando llegó me besó como si hiciera tiempo que me conocía. Empezó a contarme entusiasmado lo mucho que había esperado ese momento y el trabajo que le había costado conseguir volver a por mí. Entonces caí. Era el hombre que había conocido Charlotte y acababa de confundirme con ella. Era encantador. Pensé que no pasaría nada por hacerme pasar por mi hermana durante un rato. No sé por qué lo hice.

Tuvo que parar. Lágrimas como puños le caían por la cara.
-Se me fue de las manos. Me enamoré como una colegiala y no me atreví a decirle la verdad. Me trasladé a un hotel con él durante el tiempo que estuvimos en Madrid. Una tarde, mientras él dormía, me escabullí para ir a ver a mi hermana. Fui al hostal de la plaza Santa Ana y el dueño me indicó cómo podía llegar a una taberna a la que ella solía ir. La encontré muy diferente. Había adelgazado una barbaridad y estaba borracha perdida. Ella siempre había sido una muchacha alegre, y casi no me reconoció cuando me vio. No tuve valor para decirle lo que había pasado, así que le di el dinero que me había dado mi padre para ella y me fui a Francia con Maximilien. Al poco tiempo nos casamos.

Me compadecí de aquella mujer. Había vivido rodeada de una gran mentira y cargaba con la locura y el sufrimiento de su hermana a la espalda. Sin saber por qué, la abracé.

Estuvimos calladas el resto del trayecto. Me hizo ilusión ver el mar a lo lejos, eso significaba que ya quedaba menos para llegar a nuestro destino.

Al rato llegamos a la estación de autobuses de Barcelona. Bajamos del autobús, fui a por mi macuto y cuando me volví para despedirme de ella, había desaparecido entre la multitud. Mientras la buscaba con la mirada, apareció Luís. Corrí hacia él y le abracé todo lo fuerte que puede.
-¿Estás bien?- me preguntó.
-Sí.
-¿Qué tal el viaje, se te ha hecho muy largo?
-Qué va. Todo ha ido sobre ruedas.
 
Ella


Ella se mira al espejo y se pregunta quién, cómo y por qué es como es… Nunca se lo ha planteado así, directamente, porque sabe que le cuesta.
Siente las cosas multiplicadas por mucho, demasiado entusiasta quizá, es apasionada. Lucha por cosas que le vienen grandes, por ideales idealizados. Se crea su propia realidad porque la verdadera le angustia. Hasta que cae y se da cuenta de cómo son las cosas que la rodean, pero vuelve a levantarse y lo intenta de nuevo. No sabe hasta qué punto esto es bueno, pero le llena, le motiva, le ayuda a vivir.
Es torpe y mete la pata, a lo mejor por lo joven que es y por las infinidad de cosas que le quedan por comprender, pero siempre lo intenta hacer bien y se exige ser menos desastre. A veces es demasiado dura consigo misma y se entristece pensando que el mundo no es perfecto por su culpa.
Esto no significa que no sea una persona alegre como la que más. Ríe a carcajadas y habla alto, hace payasadas e inventa cosas divertidas con los pequeños detalles con los que se cruza por la calle. Prefiere una buena conversación a un bailoteo, le gusta ir a museos y al cine, escuchar música en directo, leer y cocinar.
Un día descubrió que el tiempo era una invención absurda y le molesta depender de él porque le agobia no poder hacer todas las cosas que le quedan por delante. Suele ser impaciente por llegar a las metas que se propone, pero le gusta seguir paso a paso la evolución de un aprendizaje e ir viendo cómo se van depositando los conocimientos en las primeras páginas del libro de su vida.
 
Vuela
Vuela, globo azul…
Vuela.
Vuela lejos hacia las nubes,
Hasta perderte en el olvido.
Llévate el polvo del que estás hinchado,
Que aparenta ser blanco y limpio
Pero es sucio y oscuro
Y en dolor y sufrimiento intenta
Transformar aquello que es
Puro, bueno y sincero
Que me llena de alegría,
Que me vuelve a hacer feliz.

Vuela, globo azul…
No vuelvas.

Has querido ensuciar con tu blancura
Lo que quiero
A base de mentiras, locura,
Noches eternas de insomnio,
Celos y odio.

Te rechazo y amenazo
Y soplo fuerte, muy fuerte
Para hacerte retroceder
Lejos, muy lejos
Hasta hacerte desaparecer.
Hasta que no puedas volver
A turbar la dulce paz
De la que está construida mi felicidad.

Vuela, hasta desaparecer.
Hasta que se puedan olvidar
Tu veneno, tu falsa dependencia,
Tu sucio negocio… el llorar,
Los miedos, la impotencia
Y la rabia que dejas al pasar.

Vuela, y llévate contigo
El terror que siento cada vez
Que intentas asomar tu silueta
Que parece inocente
Pero es traicionera y alcahueta.

¡Vuela, desaparece!
Intentarás aspirar
pero seguiré soplando.
No vuelvas, globo azul,
Porque le seguiré amando.


A ti.
 
"Las ciudades son libros que se leen con los pies" Emilio Frugoni

De esta frase me acordé, Momo, al pasear por las calles de Madrid. Era una tarde agradable, pues a pesar del calor que hacía, corría una brisa que me refrescaba los sentidos. Ya había llegado la primavera a la ciudad, y acercándome por el barrio de La Latina, pasé por calles plagadas de terrazas donde la gente charlaba alegremente... hasta llegar a la Calle del Limón. Me llamó la atención el nombre de la calle, así que decidí seguir mi camino por ahí, sin querer llegar a ningún lugar exacto.
Mientras ojeaba escaparates distinguí un viejito a lo lejos. No pude conseguir adivinar su edad, y aún así supe que era un hombre muy mayor. Llevaba un traje de hilo color marfil, con chaleco por dentro, muy elegante, y con un sombrero de igual tono que lo demás. Deduje que era cubano, pues al verlo se me vinieron a la cabeza Ibrahim Ferrer, Compay Segundo, Bebo Valdés... era del estilo de estos maravillosos músicos. Él acababa de salir del nº 13 de la Calle del Limón por la que yo estaba paseando, y, tras andar unos pocos pasos, entró en el bar que había entre su casa y la tienda que yo cotilleaba.
La ternura fue lo primero que me inundó en una profunda curiosidad y me obligó a entrar también en aquél café. Vi que se había sentado en la mesa más cercana al pequeño escenario que había a un lado de la barra en el que unos músicos ambientaban con jazz. Disimulando me senté cerca de él. Sentí cómo desprendía un agradable olor a habano mezclado con una ligera fragancia dulzona.
Notó enseguida cómo le miraba de reojo y me hizo una señal para que me sentara a su lado. Se presentó como el señor Barbarito.

Continuará...
 
Filosofando no quiero llegar a ningún lugar
Casiopea, ¿es un mundo sin sentido un mundo incierto e inseguro? ¿Es la vida sin destino una vida sin sentido? ¿Vivimos para cumplir algún objetivo, alguna misión que nadie nos ha encomendado? ¿Hay algo que nos vaya a recompensar por lo que hayamos hecho alo largo de la vida? ¿Es realmente esencial que las cosas tengan un sentido determinado? ¿Es necesario plantearse estas preguntas mientras podríamos estar haciendo que el día a día no sea heterogéneo, uniforme y rutinario?¿Por qué hemos de preocuparnos por lo hagamos o lo que no hagamos?
Vivir, aprovechar el tiempo, hacer cosas que nunca volverás a hacer o que descubrirás que querrás hacer mil veces más, morir pensando que has podido hacer todo lo que deseaste con una gran sonrisa.
Ser hedonistas, buscar el placer como fin, ¿por qué más? ¿por qué buscar algo que nunca vamos a alcanzar realmente?

 
Sueños
Metro. Interior. Día.
Barullo, locura, gentío, rutina, prisas...
Alguien me coge del brazo.
_¡Espera! No te vayas. Te conozco, no se cómo te llamas, pero te conozco. Te he visto varias veces en sitios diferentes. La primera vez que te vi, me costó varios días quitarte de la cabeza. Llevabas una camiseta verde y unos vaqueros grises desgastados. Desde entonces, supe que tenía que hablar contigo, que nos llevaríamos bien. Las otras veces que te he visto no me he atrevido a decirte nada por miedo al rechazo o la indiferencia, pero esta vez sabía que si no te decía nada, me arrepentiría toda la vida, que habría dejado escapar algo muy especial. No tengo nada que perder: soy Max. ¿Tienes algún plan ahora?¿Te apetece charlar un rato, tomar un café?




Todos lo hemos deseado, a tí te ha pasado, ¡ánimo Javi!, te queremos por ser como eres. Casiopea siempre cuidará de ti.

 
sin salida
Casiopea, estoy perdida. Estoy en un callejón que no tiene fin. Ando y ando y no veo el final. A ratos está vacío, pero avanzo y veo tiendas, gente hablando, una señora mayor que lleva la compra, una prostituta maquillada seguramente sin haberse mirado al espejo mientras se arreglaba, un vagabundo... y luego vuelve a estar vacío. Y así sin parar de andar, sin encontrar el final. Empiezo correr para llegar antes a algún lugar conocido, pero parece que cuantas más ganas tengo de llegar, más largo se hace. He parado dos o tres veces a descansar en un portal y me ha parecido ver que se acortaba, así que me he levantado pero se ha vuelto a hacer interminable.
Le he preguntado a un hombre que rozaba los cincuenta cómo salir, y cuando me ha ido a contestar, le han llamado al móvil ha tenido que contestar.
Luego le he pedido indicaciones a una señora que parecía abatida, y al verme, me ha dicho, con ojos tristes:
_ Cómo te pareces a mi sobrina!
Y, sin más, se ha desmayado. Se ha hecho un corro enorme a su alrededor, pero nadie ha intentado ayudarla, sólo la miraban, como atontados. Ninguno hablaba, sólo observaban la escena. Me he ido un poco asustada.
Un chico al que me he cruzado, iba canturreando una canción, supongo que sería una de las que estaba escuchando en su discman. Me he acercado a él a preguntarle, pero no me ha oído y ha seguido andando.
De repente, me he cruzado a un tío mío. Me ha costado saber quién era, sabía que me sonaba, pero no lo situaba. Y por fin, me he dado cuenta. He corrido hacia él, le he dicho, "Tío, ayúdame a salir de esta calle!". Pero hacía muchos años que no nos veíamos y él no ha conseguido reconocerme y me ha tomado por una demente y ni siquiera ha querido mirarme a la cara. Yo intentaba insistir, pero ha echado a correr y se ha metido en una tienda.
Y a así con otros. Sigo pidiendo que alguien me diga cuál es la salida de este pasadizo que cada vez se hace más estrecho y que me empieza a agobiar tanto que casi no puedo respirar. Nadie consigue responderme.
Al cabo de un rato, he seguido andando y he pasado de nuevo por una de las zonas del callejón que estaban desiertas. He intentado andar muy despacio para poder avanzar más rápido.¡Ha funcionado!

_Momo, ese callejon es tu vida, acepta que sólo tú puedes hacer que el callejón no se angoste y controlar lo rápido o despacio que caminas. ¡Ánimo!
 
Agfa 8mm
Momo, hace unos días me regalaron una Agfa 8mm, anterior a las famosas Super8. Estoy segura de que ya ni se fabrican películas para este tipo de cámara, pero me hizo mucha ilusión. Hay que darle "cuerda" para que la película vaya pasando, y cuando miras por el visor suena el ligero tactactac que hace imaginar que estás viendo una antigua proyección a medida que recorres cada una de las imágenes que tienes alrededor.
Es una cámara que ha tenido una vida ajetreada antes de llegar a mis manos…

Fue el regalo de cumpleaños de un padre de familia alemán, el señor Liebe. Cumplía 43 años. Sus hijas y su mujer habían estado ahorrando durante mucho tiempo para poder comprársela. Él era un apasionado de la fotografía, y la sorpresa le conmovió tanto, que decidió llevar a su familia de viaje a España. Le habían dicho que era un país muy bonito y con mucho sol.
Así fue que los Liebe, unas semanas después, hicieron su equipaje y fueron con su coche atravesando Francia hasta llegar a los Pirineos y pasar a atravesar la península hasta llegar a Madrid, donde pasarían unos días antes de ir a recorrer la costa del Mediterráneo, famosa por su sol, sus playas, y sus cómodos hoteles recién construidos.
Ya en Madrid, después de descansar tras el largo viaje, salieron a recorrer las calles del centro de la ciudad. Les parecía increíble que aún estas calles pareciesen un barrio de pequeño pueblo, perteneciendo a la capital de un país. El señor Liebe, por supuesto, iba filmando en películas de tres minutos el paseo con su familia.
Mientras tanto, el Pirri tomaba su cerveza acostumbrada en el bar del Chorizo, donde iba siempre a encontrarse con sus compañeros. Allí solían comentar sus adquisiciones callejeras y también conseguían venderlas por un buen precio a los clientes que tomaban algo ahí normalmente. Esa mañana el Pirri estaba de mal humor. Un par de tirones no le habían proporcionado más que diez duros y un mal reloj. Terminó la media cerveza que le quedaba de un trago y se fue. Al salir, de uno de los balcones de la calle se oía sonar una melodía de Django Reinhardt. Esto le puso de mejor humor y hasta se puso a silbar. Hacía sol. El Pirri decidió llegar esa noche a casa de buen humor y conseguir algo más fructífero a lo largo del día. Así fue como se dirigió hacia la Plaza Mayor. Allí encontró a una familia de turistas un poco perdidos, eran los Liebe. Miraban las casas de la plaza. Se aproximó a ellos y los siguió un rato. Al oírles conversar, vio que eran alemanes y que el padre de familia llevaba una bonita cámara de vídeo.
"Ésta es la mía", pensó.
Se acercó, y chapurreando un mal alemán que había aprendido trabajando en Berlín una temporada, les invitó a hacerles una visita guiada por las calles de Madrid. Tuvo que insistir un poco, pero accedieron. Les mostró esto y aquello, inventando falsas anécdotas a medida que paseaban. Cuando vio que ya estaban cansados, les llevó hasta el bar del Chorizo para que tomaran un refresco y terminar ahí la visita.
Al llegar, le gritó al Chorizo, "¡Traigo clientes!", quien servía al otro lado de la barra unas cañas al Mudo. Ambos entendieron al Pirri y se rascaron la nariz. El Pirri acomodó a los turistas y comenzó a hablar con ellos mientras el Chori los atendía y les hacía sentarse en una de las mesas. La familia dejó sus pertenencias en una silla.
"Qué gente más hospitalaria", pensó el señor Liebe, estaba encantado. El vino español le gustaba mucho y el dueño del bar ya le había invitado a un par de rondas. Su mujer estaba alegre y se notaba que las vacaciones le venían bien después de la racha de trabajo que había tenido. Las niñas estaban preciosas, cada día las veía crecer con ojos orgullosos, aunque nunca se lo decía. No era de esos. Conversaban todos contentos. Fue en ese momento cuando el Pirri le hizo una señal al Mudo. Éste se levantó de la barra, se rascó la nariz, pagó y se dirigió hacia la puerta. Fue entonces cuando el Pirri comenzó a explicarles a los Liebe el recorrido que harían a continuación por las calles que no habían visitado enseñándoles un viejo mapa. Al salir, el Mudo tropezó con la silla con las cosas de los Liebe y cuando ninguno miraba, cogió la cámara y se fue. El Pirri entonces miró su reloj, se disculpó explicando que tenía prisa y que debía irse. El señor Liebe le pagó unas monedas por los servicios prestados y le dio las gracias. La familia tenía pensado quedarse todavía un rato para terminar los refrescos y seguir paseando.
Al salir del bar del Chorizo, el Pirri echó a correr hasta el portal donde quedaba normalmente con el Mudo cuando actuaban juntos como aquél día. Allí lo encontró, y ambos echaron a reír. El siguiente paso era vender la cámara y repartirse el dinero, pero para eso deberían esperar a la noche. Fueron a celebrarlo a la Taberna del Matador.
Volvieron al bar del Chorizo a medianoche. Vieron que en una de las mesas estaba el Pintor con un grupo de gente que habían visto con él algunas veces. El Pirri se acercó a él a charlar un rato, pues se llevaba bien con él. El Pintor era una persona seria, que más que hablar, le gustaba sentenciar y se admiraba a sí mismo con las cosas que decía. Tenía fama de excéntrico, pues lo que sentenciaba no solía tener mucho sentido o simplemente demasiado complicado de entender para la gente con la que gustaba codearse. Siempre iba bien arreglado, aunque se rumoreaba que vivía modestamente porque sus cuadros no se vendían muy bien. Muchas veces se le veía entrar en su casa con señoritas que utilizaba como modelos, aunque más que pintarlas, las intentaba terminar de moldear él mismo.
El Pirri había oído que al Pintor se movía últimamente con personas que tenían contacto con el mundo del cine. Las dos semanas anteriores el Pintor no había parado de hablar de películas, fotografía y demás temas que al Pirri no le interesaban mucho y que no entendía bien. Así que le habló de la cámara que había conseguido "a través de un contacto", y como vió que el Pintor se interesaba, le hizo una buena oferta.
La Agfa 8mm pasó de esta manera a manos del Pintor, que la utilizó un par de veces mientras le duró su pasajera pasión por el mundo del cine y la fotografía. Pero la cámara acabó en un cajón del estudio de éste y sólo vio la luz las veces que el pintor se mudó para ser metida en una caja y acabar una vez más en un cajón.

Habrán pasado unos veinte años de todo esto. Conocí al Pintor hará unos cinco. Habla mucho más de lo que debería, pero es alguien agradable con quien me gusta pasar el rato. Él me regaló la cámara cuando hace dos semanas le comenté que me apasiona el cine.
"Ya no podrás hacer mucho con ella, me dijo, pero quiero que la conserves tú y le des más uso del que le he dado yo."
 
La casa
Jaime pasaba las horas muertas pensando en sus cosas. Salía poco con los amigos, prefería estar solo. Por las tardes bajaba a la facultad. Nadie se atrevía a hablar con él, y cuando se lo cruzaban, rumoreaban "¡qué chico más serio!, no le he visto sonreír ni una sola vez desde que empezó el curso." Pero simplemente era que no le gustaba relacionarse con la gente, era muy tímido. La verdad es que siempre iba con el ceño fruncido. Tenía una larga melena negra cogida en una coleta que le llegaba a mitad de la espalda.
Después de clase, se iba a trabajar a un videoclub en el que había conseguido un puesto de dependiente, con el que podía pagarse todos los CDs que iba amontonando en su pequeña discoteca. Coleccionaba también videos de todos los géneros. Secretamente solía escribir cuentos, la mayoría bastante tristes. Y lo que más le gustaba era tocar la guitarra.
Le gustaba ir al parque por las mañanas y sentarse siempre en el mismo banco para observar a la gente que pasaba por ahí. Alguna vez llevaba algún libro para entretenerse. Un martes, se sentó en el banco con él una chica.
_ No sé qué haces aquí solo con esa cara. ¿Qué haces aquí siempre? Todos los días paso y te encuentro en el mismo banco mirando al infinito o absorto con un libro.
_ Me gusta venir, ¿qué tiene de malo?
_ Nada, sólo era curiosidad. he pensado que si te lo preguntaba me lo dirías.
_ Pues ya ves. No es nada del otro mundo.
_ ¿Y después qué vas a hacer?
_ Irme a casa supongo.
_ Vente conmigo
_ ¿A dónde me vas a llevas?
Ella se dio la vuelta y Jaime pudo ver que en la espalda de la sudadera ponía NO TEMAS en letras muy grandes.
_ Te quiero enseñar algo. Me llamo Eva, ¿y tú?
_ Jaime.

Se levantaron y Eva le llevó en Metro a un barrio a las afueras de la ciudad en que ya no vivía mucha gente, en el que se veía que había sido un lugar donde vivían familias importante en otros tiempos. Tras andar por las calles estrechas de aquél sitio, Eva se paró delante de una puerta de hierro oxidada y escondida entre la yedra que había invadido la verja donde se encontraba.

_ Hemos llegado.
_ ¿Me has traído aquí para enseñarme una puerta? Tía estás como una regadera.
_ No espera. Mira, se puede entrar.

Eva abrió la puerta. Dentro había un jardín enorme y descuidado en el que la yedra ocupaba la mayor parte del espacio y cubría las paredes de una casa abandonada. Tenía un porche alargado donde aún estaban un par de butacas con el barniz de la madera levantado. Todo parecía colocado en el lugar donde había estado siempre. Como si nunca nadie hubiese tocado lo que un día se abandonó. Entraron al porche y fueron hacia la puerta de la casa. No fue difícil conseguir atravesarla y al entrar, tuvieron que encender uno de los mecheros para poder ver en el interior. Todo estaba cubierto de polvo. Al entrar en la cocina, vieron que la mesa seguía puesta, como si los dueños se hubiesen ido sin recoger nada.

_ Es increíble. Sólo había estado en el jardín. Cuando no sé que hacer vengo aquí.
_ ¿Qué pasaría? Lo dejaron todo tal cual. Como si hubiesen tenido que huir.
_ No lo sé. Mira, encima de la mesa hay un periódico. Es "El Socialista" del año 38. Quizá fueran unos republicanos que aguantaron aquí hasta el final de la guerra y tuvieron que marcharse para que no los cogieran. Sí, según las noticias tiene que ser cuando Franco ya estaba muy cerca. Éstos se lo olieron y prefirieron largarse antes.
_ O simplemente se fueron de vacaciones y no pudieron volver. No seas dramática.
_ No lo soy, mi abuelo no se fue cuando tomaron Madrid y lo fusilaron en la cárcel.

Continuaron investigando el resto de las habitaciones de la casa. El cuarto de los niños seguía igual, con los juguetes repartidos por el suelo. En el cuarto de los padres se veía la ropa del dueño preparada en una silla y el tocador de la mujer con la polvera aún abierta. A Eva se le ocurrió abrir uno de los cajones del tocador y descubrió que había un cuaderno cerrado con una cinta. Mientras tanto, Jaime seguía curioseando por las demás habitaciones. Y ella se puso a leer:

"… 10 de enero de 1938.
Hoy Luis ha vuelto a irse de repente a media tarde. Últimamente lo hace mucho. Le gusta pasar el rato en el Café de la calle del Limón con sus amigos. Cuando vuelve suele comentarme entusiasmado cómo avanzan los republicanos por aquí y allá. Pero ya lleva dos o tres días viniendo con el gesto preocupado. Al principio pensé que sería porque Franco avanza cada día más, pero ayer creí intuir un olor a perfume al lavarle la camisa. Sé que la señorita Carmen también acude a las reuniones del café ,¡ esa mujer tan liberal que ahora se pasea en pantalones! No quiero pensar que a mi Luis se le pase por la cabeza tener una amante. "

_ ¡Jaime! He encontrado el diario de la dueña.
_ No lo leas, es algo personal.
_ Qué más dará. Ella ya no se puede enterar. Venga, no seas rancio. Además se pone interesante, en el diario pone que sospechaba que el marido tuviera una amante.

Siguieron leyendo, aunque Jaime poco convencido de que estuviera bien hacerlo, y unas páginas más allá descubrieron que entre los relatos de días rutinarios, la mujer volvía a mencionar el tema:

"… Luis se fue ayer y no ha vuelto. No sé qué pensar. Estoy muy preocupada. A lo mejor le ha pasado algo. O se ha ido con ella. ¿Y los niños, qué será de ellos? No voy a poder soportarlo más tiempo. Cogeré ahora mismo a los niños y los llevaré a casa de mi madre, ella sabrá qué hacer con ellos. Y yo… me iré."

_ Ya está! Ella descubre que su marido se a fugado con la otra y decide dejar a los niños y abandonarlos a todos. Lo decidió tan rápido que no dejó que terminaran de comer siquiera.
_ Tienes una gotera importante Eva, eso es demasiado telenovelesco. Seguro que los dejó con la madre y se fue a buscar al cara ese y consiguió que la familia siguiera con la vida normal. Y ya está. Vámonos, que esto me está empezando a dar mal rollo.
_ Pero, ¿no te da curiosidad?
_ No, no me da ninguna curiosidad, vámonos. Yo me voy, tú quédate si quieres.
_ Vale, vale, nos vamos.

Eva y Jaime se fueron al fin. Se hicieron buenos amigos y volvieron al jardín muchas veces, pero nunca volvieron a entrar en la casa. Lo que nunca descubrieron fue que aquél día, al cerrar la puerta de la casa, del mueble que había en el recibidor cayó una carta al suelo, que decía así:

"Querido Luis,

Espero que al volver, si vuelves, puedas perdonarme por lo que he hecho. Los niños están con mi madre, ella los cuidará si no regresas. Porque yo no los voy a volver a ver más.
Me he marchado para siempre. Nunca he sido feliz a tu lado y por fin alguien me ha demostrado que en un mundo tal lleno de dolor y desgracia, que en medio de una guerra tan injusta aún cabe la posibilidad de ver la luz. Sí, me he enamorado, y ahora soy otra.
Perdóname si lees esto algún día. No estarás solo, siempre encontrarás señoritas que te hagan compañía, nunca te faltaron.


;Ana. "





 
El corro de encinas
_Casiopea, ¿cómo voy a poder contártelo todo?

NO TEMAS aparece en el caparazón.

_Momo, hoy es el cumpleaños alguien muy querido: Irene. Recuerdo cuando tenía dos o tres años. Era un niña callada, con el dedo siempre metido en la boca, esperando algo, una respuesta quizá, que me hacía sentir un costilleo debajo del caparazón. Ahora sé que era el afecto más grande que se puede sentir hacia alguien. Y lo mejor de todo, Momo, es que aún siento esa sensación cuando pienso en ella, o cuando la puedo ver después de mis largos viajes. Lo mejor de cuando vuelvo de explorar otro de los mil lugares que descubro, es que ella está ahí, esperándome. Siempre con una gran sonrisa.
Pasé toda mi vida a su lado y no me daba cuenta de lo que significaba ese cosquilleo. Ahora que la echo de menos veinticinco horas al día y ocho días a la semana, sé que en ella siempre encontraré la paz más grande, el consuelo más reconfortante, el hogar verdadero esté donde esté.

Te contaré una cosa que nos pasó.
Irene y yo andábamos por una de las laderas de los montes que forman el valle donde solíamos vivir ella y yo juntas. Ella era todavía un bebé que apenas andaba, pero me seguiría hasta donde yo quisiese. La llevaba de la mano y como vi que estaba cansada, nos tumbamos en un sitio al que te llevaré algún día. Es un pequeño corro de encinas donde el centro, siempre a la sombra, está cubierto de la hierba más reciente. A veces puedes ver cómo hay huellas de jabalíes que han estado reposando ahí, porque en los días de verano está muy fresquito. De pronto, cuando llevábamos un rato tumbadas y viendo cómo las nubes nos intentaban entretener con sus formas, Irene gritó la primera palabra que la oí mencionar: "¡Cielo!". Fue increíble. El color de sus ojos aún no se había definido porque aún era pequeña, pero esa tarde, le causó tanto impacto la perfecta uniformidad y estabilidad de éste frente a la naturaleza efímera de las nubes, que sus ojos absorbieron de repente todo el azul del cielo dejándonos a las dos en la más profunda oscuridad. Al cabo de un rato, volvió el día, todo quedó como estaba antes, menos sus ojos, que desde entonces siempre serán del azul más intenso.
Desde entonces, cuando ves que te mira, te parece intuir una nube dibujando formas entre el azul que Irene absorbió por unos instantes aquella tarde en el corro de encinas y que ahora refleja en esos ojos tremendos que ella tiene.
 
Mme Delafontaine
_ Casiopea, hoy he visto por la calle a una señora muy mayor vestida de Chaplin. Siempre está en el mismo lugar, ahí de pie, con el traje negro, demasiado grande para ella. Llevaba un bombín que parecía viejo y usado, como su atuendos, un poco sucio. Hacía mucho viento, y, de repente, el bombín ha salido volando. Ella, en vez de correr a buscarlo, ha caído al suelo y se ha echado a llorar. Como si hubiese dejado escapar el último objeto de valor que poseía.

_ Sí Momo, esa mujer es Madame Delafontaine.
Se dice que era una muchacha francesa que vivía en una de las habitaciones del hostal que hay en la plaza de Santa Ana. Todos los días le gustaba sentarse en el Café del Teatro Español a leer la misma novela. Cuando la terminaba, volvía a leerla por si se le había escapado algún detalle. Todos la tachaban de loca porque le gustaba hablar sola. Nadie sabía muy bien de dónde había salido y qué hacía una mujer francesa tan joven en un hostal de Madrid.
Un día, se le acercó un hombre. Iba vestido con el mismo bombín y un traje muy parecido al que le has visto puesto hoy. Se presentó chapurreando un mal castellano como Charles Chaplin. Le dijo que estaba en Madrid visitando la ciudad. Estuvieron hablando horas y horas, hasta descubrir que en la plaza sólo quedaban ellos dos y que la última ventana con la luz encendida del hostal se apagaba. Y subieron a la habitación de Madame Delafontaine. Él se marchó tras pasar más tiempo del planeado en la ciudad y ella volvió a quedarse tan sola como antes.
Madame Delafontaine pasó a vivir a otro hostal diferente para no atormentarse con los recuerdos impregnados en la habitación de la plaza Santa Ana. Desde entonces siempre se vistió con ese traje y se dedicó a imitar los gestos y actuaciones de las películas Chaplin por las calles de Madrid. Le tuvieron que hacer otro traje porque se lo rompieron dos estudiantes borrachos que se la cruzaron una noche por la calle del bar en el que a ella le gustaba ahogar las penas con la cerveza más barata. El bombín era lo único que conservaba del amante.
El dueño del hostal de la plaza de Santa Ana me contó que nunca hubo tal amante. Ella había ido una noche a una proyección de Chaplin que había organizado uno de sus conocidos. Había quedado tan asombrada que un día empezó a desvariar y durante una temporada se la oyó hablar sola en su habitación o como si mantuviera una conversación con alguien mientras estaba sentada en una de las mesas del Café que frecuentaba. De pronto apareció vestida ridículamente como el actor y se marchó.
Ahora es una anciana que vive en un piso minúsculo que heredó de su padre en una de las calles del centro. Sólo tiene los muebles imprescindibles, un tocador de su madre, y un montón de trajes de noche antiquísimos repartidos por la casa que fue comprando con sus ahorros por si algún día volvía a verle. Come de la monedas que le dan por las calles y el metro con sus malas y caricaturizadas representaciones.
Momo, has presenciado cómo Madame Delafontaine perdía el único testimonio que le quedaba de aquella relación. Una relación que nunca sabremos si existió en su realidad o en la nuestra.
 
Momo
Momo es una niña con la mirada perdida. Le gusta observar a la gente, pensar de dónde vienen, qué es lo que van a hacer, cómo son... También le gusta imaginar cómo son sus vidas e inventarles otra que le parezca a ella divertida.
No habla mucho. Prefiere escuchar, que le hablen de cualquier cosa. Pero lo que más le gusta es que le cuenten cuentos. Cuentos pensados sobre la marcha, cuentos sobre personas que pueda conocer algún día, sin mucha fantasía.
Casiopea es quien más cuentos le relata a Momo, es su compañera, es la tortuga que la acompaña vaya a donde vaya. Es quien le guía cuando no sabe muy bien a dónde ir o cuando simplemente no le importa a donde llegar. A ella le cuenta todo lo que le ha pasado por la cabeza durante el día, en ese momento en el que antes de dormirse estás relajado y repasas lo ocurrido y lo que ocurrirá mañana. Casiopea guarda cada uno de sus días para que no sean olvidados nunca, para poder recordárselo cuando quiere revivirlo.Después de escucharla, la tortuga le cuenta una parte de un cuento, y si no es muy largo, le cuenta uno entero. Cuando alguna noche la niña está asustada o se siente sola o nada más que aburrida, aparece en el caparazón de su amiga un NO TEMAS, y empieza otra de sus historias...