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guiada por el canto de las dunas
Cuentos, desvaríos y demás incoherencias
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Casiopea
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Agfa 8mm
Momo, hace unos días me regalaron una Agfa 8mm, anterior a las famosas Super8. Estoy segura de que ya ni se fabrican películas para este tipo de cámara, pero me hizo mucha ilusión. Hay que darle "cuerda" para que la película vaya pasando, y cuando miras por el visor suena el ligero tactactac que hace imaginar que estás viendo una antigua proyección a medida que recorres cada una de las imágenes que tienes alrededor.
Es una cámara que ha tenido una vida ajetreada antes de llegar a mis manos…

Fue el regalo de cumpleaños de un padre de familia alemán, el señor Liebe. Cumplía 43 años. Sus hijas y su mujer habían estado ahorrando durante mucho tiempo para poder comprársela. Él era un apasionado de la fotografía, y la sorpresa le conmovió tanto, que decidió llevar a su familia de viaje a España. Le habían dicho que era un país muy bonito y con mucho sol.
Así fue que los Liebe, unas semanas después, hicieron su equipaje y fueron con su coche atravesando Francia hasta llegar a los Pirineos y pasar a atravesar la península hasta llegar a Madrid, donde pasarían unos días antes de ir a recorrer la costa del Mediterráneo, famosa por su sol, sus playas, y sus cómodos hoteles recién construidos.
Ya en Madrid, después de descansar tras el largo viaje, salieron a recorrer las calles del centro de la ciudad. Les parecía increíble que aún estas calles pareciesen un barrio de pequeño pueblo, perteneciendo a la capital de un país. El señor Liebe, por supuesto, iba filmando en películas de tres minutos el paseo con su familia.
Mientras tanto, el Pirri tomaba su cerveza acostumbrada en el bar del Chorizo, donde iba siempre a encontrarse con sus compañeros. Allí solían comentar sus adquisiciones callejeras y también conseguían venderlas por un buen precio a los clientes que tomaban algo ahí normalmente. Esa mañana el Pirri estaba de mal humor. Un par de tirones no le habían proporcionado más que diez duros y un mal reloj. Terminó la media cerveza que le quedaba de un trago y se fue. Al salir, de uno de los balcones de la calle se oía sonar una melodía de Django Reinhardt. Esto le puso de mejor humor y hasta se puso a silbar. Hacía sol. El Pirri decidió llegar esa noche a casa de buen humor y conseguir algo más fructífero a lo largo del día. Así fue como se dirigió hacia la Plaza Mayor. Allí encontró a una familia de turistas un poco perdidos, eran los Liebe. Miraban las casas de la plaza. Se aproximó a ellos y los siguió un rato. Al oírles conversar, vio que eran alemanes y que el padre de familia llevaba una bonita cámara de vídeo.
"Ésta es la mía", pensó.
Se acercó, y chapurreando un mal alemán que había aprendido trabajando en Berlín una temporada, les invitó a hacerles una visita guiada por las calles de Madrid. Tuvo que insistir un poco, pero accedieron. Les mostró esto y aquello, inventando falsas anécdotas a medida que paseaban. Cuando vio que ya estaban cansados, les llevó hasta el bar del Chorizo para que tomaran un refresco y terminar ahí la visita.
Al llegar, le gritó al Chorizo, "¡Traigo clientes!", quien servía al otro lado de la barra unas cañas al Mudo. Ambos entendieron al Pirri y se rascaron la nariz. El Pirri acomodó a los turistas y comenzó a hablar con ellos mientras el Chori los atendía y les hacía sentarse en una de las mesas. La familia dejó sus pertenencias en una silla.
"Qué gente más hospitalaria", pensó el señor Liebe, estaba encantado. El vino español le gustaba mucho y el dueño del bar ya le había invitado a un par de rondas. Su mujer estaba alegre y se notaba que las vacaciones le venían bien después de la racha de trabajo que había tenido. Las niñas estaban preciosas, cada día las veía crecer con ojos orgullosos, aunque nunca se lo decía. No era de esos. Conversaban todos contentos. Fue en ese momento cuando el Pirri le hizo una señal al Mudo. Éste se levantó de la barra, se rascó la nariz, pagó y se dirigió hacia la puerta. Fue entonces cuando el Pirri comenzó a explicarles a los Liebe el recorrido que harían a continuación por las calles que no habían visitado enseñándoles un viejo mapa. Al salir, el Mudo tropezó con la silla con las cosas de los Liebe y cuando ninguno miraba, cogió la cámara y se fue. El Pirri entonces miró su reloj, se disculpó explicando que tenía prisa y que debía irse. El señor Liebe le pagó unas monedas por los servicios prestados y le dio las gracias. La familia tenía pensado quedarse todavía un rato para terminar los refrescos y seguir paseando.
Al salir del bar del Chorizo, el Pirri echó a correr hasta el portal donde quedaba normalmente con el Mudo cuando actuaban juntos como aquél día. Allí lo encontró, y ambos echaron a reír. El siguiente paso era vender la cámara y repartirse el dinero, pero para eso deberían esperar a la noche. Fueron a celebrarlo a la Taberna del Matador.
Volvieron al bar del Chorizo a medianoche. Vieron que en una de las mesas estaba el Pintor con un grupo de gente que habían visto con él algunas veces. El Pirri se acercó a él a charlar un rato, pues se llevaba bien con él. El Pintor era una persona seria, que más que hablar, le gustaba sentenciar y se admiraba a sí mismo con las cosas que decía. Tenía fama de excéntrico, pues lo que sentenciaba no solía tener mucho sentido o simplemente demasiado complicado de entender para la gente con la que gustaba codearse. Siempre iba bien arreglado, aunque se rumoreaba que vivía modestamente porque sus cuadros no se vendían muy bien. Muchas veces se le veía entrar en su casa con señoritas que utilizaba como modelos, aunque más que pintarlas, las intentaba terminar de moldear él mismo.
El Pirri había oído que al Pintor se movía últimamente con personas que tenían contacto con el mundo del cine. Las dos semanas anteriores el Pintor no había parado de hablar de películas, fotografía y demás temas que al Pirri no le interesaban mucho y que no entendía bien. Así que le habló de la cámara que había conseguido "a través de un contacto", y como vió que el Pintor se interesaba, le hizo una buena oferta.
La Agfa 8mm pasó de esta manera a manos del Pintor, que la utilizó un par de veces mientras le duró su pasajera pasión por el mundo del cine y la fotografía. Pero la cámara acabó en un cajón del estudio de éste y sólo vio la luz las veces que el pintor se mudó para ser metida en una caja y acabar una vez más en un cajón.

Habrán pasado unos veinte años de todo esto. Conocí al Pintor hará unos cinco. Habla mucho más de lo que debería, pero es alguien agradable con quien me gusta pasar el rato. Él me regaló la cámara cuando hace dos semanas le comenté que me apasiona el cine.
"Ya no podrás hacer mucho con ella, me dijo, pero quiero que la conserves tú y le des más uso del que le he dado yo."
 
La casa
Jaime pasaba las horas muertas pensando en sus cosas. Salía poco con los amigos, prefería estar solo. Por las tardes bajaba a la facultad. Nadie se atrevía a hablar con él, y cuando se lo cruzaban, rumoreaban "¡qué chico más serio!, no le he visto sonreír ni una sola vez desde que empezó el curso." Pero simplemente era que no le gustaba relacionarse con la gente, era muy tímido. La verdad es que siempre iba con el ceño fruncido. Tenía una larga melena negra cogida en una coleta que le llegaba a mitad de la espalda.
Después de clase, se iba a trabajar a un videoclub en el que había conseguido un puesto de dependiente, con el que podía pagarse todos los CDs que iba amontonando en su pequeña discoteca. Coleccionaba también videos de todos los géneros. Secretamente solía escribir cuentos, la mayoría bastante tristes. Y lo que más le gustaba era tocar la guitarra.
Le gustaba ir al parque por las mañanas y sentarse siempre en el mismo banco para observar a la gente que pasaba por ahí. Alguna vez llevaba algún libro para entretenerse. Un martes, se sentó en el banco con él una chica.
_ No sé qué haces aquí solo con esa cara. ¿Qué haces aquí siempre? Todos los días paso y te encuentro en el mismo banco mirando al infinito o absorto con un libro.
_ Me gusta venir, ¿qué tiene de malo?
_ Nada, sólo era curiosidad. he pensado que si te lo preguntaba me lo dirías.
_ Pues ya ves. No es nada del otro mundo.
_ ¿Y después qué vas a hacer?
_ Irme a casa supongo.
_ Vente conmigo
_ ¿A dónde me vas a llevas?
Ella se dio la vuelta y Jaime pudo ver que en la espalda de la sudadera ponía NO TEMAS en letras muy grandes.
_ Te quiero enseñar algo. Me llamo Eva, ¿y tú?
_ Jaime.

Se levantaron y Eva le llevó en Metro a un barrio a las afueras de la ciudad en que ya no vivía mucha gente, en el que se veía que había sido un lugar donde vivían familias importante en otros tiempos. Tras andar por las calles estrechas de aquél sitio, Eva se paró delante de una puerta de hierro oxidada y escondida entre la yedra que había invadido la verja donde se encontraba.

_ Hemos llegado.
_ ¿Me has traído aquí para enseñarme una puerta? Tía estás como una regadera.
_ No espera. Mira, se puede entrar.

Eva abrió la puerta. Dentro había un jardín enorme y descuidado en el que la yedra ocupaba la mayor parte del espacio y cubría las paredes de una casa abandonada. Tenía un porche alargado donde aún estaban un par de butacas con el barniz de la madera levantado. Todo parecía colocado en el lugar donde había estado siempre. Como si nunca nadie hubiese tocado lo que un día se abandonó. Entraron al porche y fueron hacia la puerta de la casa. No fue difícil conseguir atravesarla y al entrar, tuvieron que encender uno de los mecheros para poder ver en el interior. Todo estaba cubierto de polvo. Al entrar en la cocina, vieron que la mesa seguía puesta, como si los dueños se hubiesen ido sin recoger nada.

_ Es increíble. Sólo había estado en el jardín. Cuando no sé que hacer vengo aquí.
_ ¿Qué pasaría? Lo dejaron todo tal cual. Como si hubiesen tenido que huir.
_ No lo sé. Mira, encima de la mesa hay un periódico. Es "El Socialista" del año 38. Quizá fueran unos republicanos que aguantaron aquí hasta el final de la guerra y tuvieron que marcharse para que no los cogieran. Sí, según las noticias tiene que ser cuando Franco ya estaba muy cerca. Éstos se lo olieron y prefirieron largarse antes.
_ O simplemente se fueron de vacaciones y no pudieron volver. No seas dramática.
_ No lo soy, mi abuelo no se fue cuando tomaron Madrid y lo fusilaron en la cárcel.

Continuaron investigando el resto de las habitaciones de la casa. El cuarto de los niños seguía igual, con los juguetes repartidos por el suelo. En el cuarto de los padres se veía la ropa del dueño preparada en una silla y el tocador de la mujer con la polvera aún abierta. A Eva se le ocurrió abrir uno de los cajones del tocador y descubrió que había un cuaderno cerrado con una cinta. Mientras tanto, Jaime seguía curioseando por las demás habitaciones. Y ella se puso a leer:

"… 10 de enero de 1938.
Hoy Luis ha vuelto a irse de repente a media tarde. Últimamente lo hace mucho. Le gusta pasar el rato en el Café de la calle del Limón con sus amigos. Cuando vuelve suele comentarme entusiasmado cómo avanzan los republicanos por aquí y allá. Pero ya lleva dos o tres días viniendo con el gesto preocupado. Al principio pensé que sería porque Franco avanza cada día más, pero ayer creí intuir un olor a perfume al lavarle la camisa. Sé que la señorita Carmen también acude a las reuniones del café ,¡ esa mujer tan liberal que ahora se pasea en pantalones! No quiero pensar que a mi Luis se le pase por la cabeza tener una amante. "

_ ¡Jaime! He encontrado el diario de la dueña.
_ No lo leas, es algo personal.
_ Qué más dará. Ella ya no se puede enterar. Venga, no seas rancio. Además se pone interesante, en el diario pone que sospechaba que el marido tuviera una amante.

Siguieron leyendo, aunque Jaime poco convencido de que estuviera bien hacerlo, y unas páginas más allá descubrieron que entre los relatos de días rutinarios, la mujer volvía a mencionar el tema:

"… Luis se fue ayer y no ha vuelto. No sé qué pensar. Estoy muy preocupada. A lo mejor le ha pasado algo. O se ha ido con ella. ¿Y los niños, qué será de ellos? No voy a poder soportarlo más tiempo. Cogeré ahora mismo a los niños y los llevaré a casa de mi madre, ella sabrá qué hacer con ellos. Y yo… me iré."

_ Ya está! Ella descubre que su marido se a fugado con la otra y decide dejar a los niños y abandonarlos a todos. Lo decidió tan rápido que no dejó que terminaran de comer siquiera.
_ Tienes una gotera importante Eva, eso es demasiado telenovelesco. Seguro que los dejó con la madre y se fue a buscar al cara ese y consiguió que la familia siguiera con la vida normal. Y ya está. Vámonos, que esto me está empezando a dar mal rollo.
_ Pero, ¿no te da curiosidad?
_ No, no me da ninguna curiosidad, vámonos. Yo me voy, tú quédate si quieres.
_ Vale, vale, nos vamos.

Eva y Jaime se fueron al fin. Se hicieron buenos amigos y volvieron al jardín muchas veces, pero nunca volvieron a entrar en la casa. Lo que nunca descubrieron fue que aquél día, al cerrar la puerta de la casa, del mueble que había en el recibidor cayó una carta al suelo, que decía así:

"Querido Luis,

Espero que al volver, si vuelves, puedas perdonarme por lo que he hecho. Los niños están con mi madre, ella los cuidará si no regresas. Porque yo no los voy a volver a ver más.
Me he marchado para siempre. Nunca he sido feliz a tu lado y por fin alguien me ha demostrado que en un mundo tal lleno de dolor y desgracia, que en medio de una guerra tan injusta aún cabe la posibilidad de ver la luz. Sí, me he enamorado, y ahora soy otra.
Perdóname si lees esto algún día. No estarás solo, siempre encontrarás señoritas que te hagan compañía, nunca te faltaron.


;Ana. "





 
El corro de encinas
_Casiopea, ¿cómo voy a poder contártelo todo?

NO TEMAS aparece en el caparazón.

_Momo, hoy es el cumpleaños alguien muy querido: Irene. Recuerdo cuando tenía dos o tres años. Era un niña callada, con el dedo siempre metido en la boca, esperando algo, una respuesta quizá, que me hacía sentir un costilleo debajo del caparazón. Ahora sé que era el afecto más grande que se puede sentir hacia alguien. Y lo mejor de todo, Momo, es que aún siento esa sensación cuando pienso en ella, o cuando la puedo ver después de mis largos viajes. Lo mejor de cuando vuelvo de explorar otro de los mil lugares que descubro, es que ella está ahí, esperándome. Siempre con una gran sonrisa.
Pasé toda mi vida a su lado y no me daba cuenta de lo que significaba ese cosquilleo. Ahora que la echo de menos veinticinco horas al día y ocho días a la semana, sé que en ella siempre encontraré la paz más grande, el consuelo más reconfortante, el hogar verdadero esté donde esté.

Te contaré una cosa que nos pasó.
Irene y yo andábamos por una de las laderas de los montes que forman el valle donde solíamos vivir ella y yo juntas. Ella era todavía un bebé que apenas andaba, pero me seguiría hasta donde yo quisiese. La llevaba de la mano y como vi que estaba cansada, nos tumbamos en un sitio al que te llevaré algún día. Es un pequeño corro de encinas donde el centro, siempre a la sombra, está cubierto de la hierba más reciente. A veces puedes ver cómo hay huellas de jabalíes que han estado reposando ahí, porque en los días de verano está muy fresquito. De pronto, cuando llevábamos un rato tumbadas y viendo cómo las nubes nos intentaban entretener con sus formas, Irene gritó la primera palabra que la oí mencionar: "¡Cielo!". Fue increíble. El color de sus ojos aún no se había definido porque aún era pequeña, pero esa tarde, le causó tanto impacto la perfecta uniformidad y estabilidad de éste frente a la naturaleza efímera de las nubes, que sus ojos absorbieron de repente todo el azul del cielo dejándonos a las dos en la más profunda oscuridad. Al cabo de un rato, volvió el día, todo quedó como estaba antes, menos sus ojos, que desde entonces siempre serán del azul más intenso.
Desde entonces, cuando ves que te mira, te parece intuir una nube dibujando formas entre el azul que Irene absorbió por unos instantes aquella tarde en el corro de encinas y que ahora refleja en esos ojos tremendos que ella tiene.
 
Mme Delafontaine
_ Casiopea, hoy he visto por la calle a una señora muy mayor vestida de Chaplin. Siempre está en el mismo lugar, ahí de pie, con el traje negro, demasiado grande para ella. Llevaba un bombín que parecía viejo y usado, como su atuendos, un poco sucio. Hacía mucho viento, y, de repente, el bombín ha salido volando. Ella, en vez de correr a buscarlo, ha caído al suelo y se ha echado a llorar. Como si hubiese dejado escapar el último objeto de valor que poseía.

_ Sí Momo, esa mujer es Madame Delafontaine.
Se dice que era una muchacha francesa que vivía en una de las habitaciones del hostal que hay en la plaza de Santa Ana. Todos los días le gustaba sentarse en el Café del Teatro Español a leer la misma novela. Cuando la terminaba, volvía a leerla por si se le había escapado algún detalle. Todos la tachaban de loca porque le gustaba hablar sola. Nadie sabía muy bien de dónde había salido y qué hacía una mujer francesa tan joven en un hostal de Madrid.
Un día, se le acercó un hombre. Iba vestido con el mismo bombín y un traje muy parecido al que le has visto puesto hoy. Se presentó chapurreando un mal castellano como Charles Chaplin. Le dijo que estaba en Madrid visitando la ciudad. Estuvieron hablando horas y horas, hasta descubrir que en la plaza sólo quedaban ellos dos y que la última ventana con la luz encendida del hostal se apagaba. Y subieron a la habitación de Madame Delafontaine. Él se marchó tras pasar más tiempo del planeado en la ciudad y ella volvió a quedarse tan sola como antes.
Madame Delafontaine pasó a vivir a otro hostal diferente para no atormentarse con los recuerdos impregnados en la habitación de la plaza Santa Ana. Desde entonces siempre se vistió con ese traje y se dedicó a imitar los gestos y actuaciones de las películas Chaplin por las calles de Madrid. Le tuvieron que hacer otro traje porque se lo rompieron dos estudiantes borrachos que se la cruzaron una noche por la calle del bar en el que a ella le gustaba ahogar las penas con la cerveza más barata. El bombín era lo único que conservaba del amante.
El dueño del hostal de la plaza de Santa Ana me contó que nunca hubo tal amante. Ella había ido una noche a una proyección de Chaplin que había organizado uno de sus conocidos. Había quedado tan asombrada que un día empezó a desvariar y durante una temporada se la oyó hablar sola en su habitación o como si mantuviera una conversación con alguien mientras estaba sentada en una de las mesas del Café que frecuentaba. De pronto apareció vestida ridículamente como el actor y se marchó.
Ahora es una anciana que vive en un piso minúsculo que heredó de su padre en una de las calles del centro. Sólo tiene los muebles imprescindibles, un tocador de su madre, y un montón de trajes de noche antiquísimos repartidos por la casa que fue comprando con sus ahorros por si algún día volvía a verle. Come de la monedas que le dan por las calles y el metro con sus malas y caricaturizadas representaciones.
Momo, has presenciado cómo Madame Delafontaine perdía el único testimonio que le quedaba de aquella relación. Una relación que nunca sabremos si existió en su realidad o en la nuestra.
 
Momo
Momo es una niña con la mirada perdida. Le gusta observar a la gente, pensar de dónde vienen, qué es lo que van a hacer, cómo son... También le gusta imaginar cómo son sus vidas e inventarles otra que le parezca a ella divertida.
No habla mucho. Prefiere escuchar, que le hablen de cualquier cosa. Pero lo que más le gusta es que le cuenten cuentos. Cuentos pensados sobre la marcha, cuentos sobre personas que pueda conocer algún día, sin mucha fantasía.
Casiopea es quien más cuentos le relata a Momo, es su compañera, es la tortuga que la acompaña vaya a donde vaya. Es quien le guía cuando no sabe muy bien a dónde ir o cuando simplemente no le importa a donde llegar. A ella le cuenta todo lo que le ha pasado por la cabeza durante el día, en ese momento en el que antes de dormirse estás relajado y repasas lo ocurrido y lo que ocurrirá mañana. Casiopea guarda cada uno de sus días para que no sean olvidados nunca, para poder recordárselo cuando quiere revivirlo.Después de escucharla, la tortuga le cuenta una parte de un cuento, y si no es muy largo, le cuenta uno entero. Cuando alguna noche la niña está asustada o se siente sola o nada más que aburrida, aparece en el caparazón de su amiga un NO TEMAS, y empieza otra de sus historias...