Madame Delafontaine

Salí de casa con el estómago encogido de los nervios. Billete, ropa interior, cepillo de dientes, llaves... A pesar de que me faltara algo ya no tenía más tiempo. Quedaba media hora para coger el autobús y no llegaría si me entretenía un minuto más.
Había conseguido convencer a mis padres para irme de vacaciones con Luís a Barcelona. Estaríamos en casa de su madre, que tenía una casita en Villanova i la Geltrú. La verdad es que nos habría gustado mucho más irnos a algún sitio solos, pero yo estaba estudiando y Luís ganaba lo justo para pagarse sus clases de guitarra y el piso donde vivía. Yo quería aprovechar el viaje para solucionar algunos papeleos para hacer mi traslado a la Universidad Autónoma de Barcelona, donde continuaría mis estudios. Al año siguiente tenía pensado mudarme a esa ciudad y comenzar así a controlar de verdad mi vida, a saborear el principio de mi emancipación.
Luís se había adelantado y se había ido la semana anterior. Me estaría esperando dentro de unas horas para recogerme en la estación.
Llegué al intercambiador de Avenida de América, pero tardé en encontrar dónde tenía que coger el autobús. La multitud me impedía avanzar más rápido. Por fin lo encontré, metí el macuto en el maletero del autobús y me senté. Acuérdate, el macuto está en lado de la izquierda, pensé. Menos mal, ya podía respirar tranquila.
Eché una ojeada a la gente que había a mi alrededor. Siempre me había gustado hacerlo para luego imaginarme las historias de cada persona, intentando descubrir sus secretos e ilusiones. Recordaba haberlo hecho desde que era muy pequeña. Fuera a donde fuera, me acompañaba un cuaderno de tapas rojas en el que las escribía. Algún día me dedicaría al mundo del cine y no me faltarían personajes para mis guiones.
Justo antes de arrancar, se subió una mujer al autobús. Era bastante excéntrica y al fijarme en ella me di cuenta de cuenta de que su ropa tenía pinta de estar un poco pasada de moda, juraría que me recordó a la moda de los años cincuenta... Estuvo bastante tiempo discutiendo con el conductor. Gesticulaba mucho aunque no levantaba la voz. Quise escuchar lo que decían, pero no se oía bien con el barullo que había fuera en el intercambiador. Cuando se dio la vuelta para ir a tomar asiento, se me heló la sangre. Era ella. No me lo podía creer.
Se sentó justo a mi lado. Muy digna, se quitó la chaqueta y susurró un “buenos días” mientras la colocaba en las estanterías. Yo no podía parar de mirarla.
- Usted es...
- No, seguro que te confundes –dijo.
- ¿No es usted...?
- No.
Sí que era ella, aunque fuera absolutamente imposible. Tenía que serlo, no se podía parecer tanto. De cerca se veía que era mucho mayor de lo que había imaginado. Finas arrugas le cubrían el rostro, y su delgadez marcaba sus mandíbulas y pómulos. Seguía llevando los labios rojos como cuando la veía actuando en el parque. Su pelo canoso estaba recogido en un moño italiano, pero se notaba algo enmarañado y algunos mechones le caían por la cara. La envolvía un perfume dulzón mezclado con olor a tabaco negro.
Día tras día, desde que yo me había mudado a Madrid, había ido a verla al parque de mi barrio. Se cubría siempre la cara con maquillaje blanco, resaltando así los labios pintados con carmín rojo vivo. El traje que llevaba era de franela negra, con un pañuelo rojo que sobresalía del bolsillo de la chaqueta, pero le estaba demasiado grande, lo que le daba un aire cómico. Y nunca soltaba su globo rojo, protagonista de la mayoría de los números que interpretaba. Solía tener poco éxito y alguna vez me la había encontrado en la entrada del metro pidiendo dinero para poder comer algo.
Ya habíamos arrancado hacía rato y atravesábamos las afueras de Madrid por la N-II. Intenté comenzar a leer la novela que había elegido para entretenerme durante el recorrido, pero seguía dándole vueltas a cómo era posible que la mujer del parque estuviera en aquél autobús. El chaval de delante se había puesto los cascos y podía oír perfectamente el horrible ritmo “umpa tumpa tum” del reggeaton martilleándole el cerebro, y de paso al de la gente que tenía sentada a su alrededor. Procuré no prestarle atención pero al final decidí cerrar el libro. Había leído cuatro veces el mismo párrafo.
Unas semanas antes yo me había fijado en que la mujer mimo había dejado de acudir a su cita habitual. Mi curiosidad me llevó a preguntar por ella a unos viejitos que jugaban al ajedrez todas las tardes en las mesitas del parque. Me contaron que se la conocía como Madame Delafontaine y que siempre había estado allí. Era una veterana del barrio, había pasado a mejor vida unos días antes.
Fijé la vista en la carretera y me puse a contar los coches de color rojo que iban en sentido contrario. Me acordé de mi hermana y de los viajes que hacíamos con mis padres en los que jugábamos a contar los objetos que cada una proponía a la otra. Estábamos pasando por Guadalajara. Desde la ventanilla vi cómo había crecido en tan poco tiempo para convertirse en una ciudad dormitorio. Cientos de edificios iguales iban abriéndose paso poco a poco hacia los alrededores de la ciudad. Enjambres de personas llenos de hombres grises, pensé recordando la historia de Momo.
Retomé la lectura de mi libro. Cuando al fin conseguí concentrarme, el autobús hizo la primera parada del trayecto. Todos salimos a estirar las piernas y algunos se metieron en la tienda de recuerdos de la gasolinera. Yo me encendí un pitillo y, tras comprobar que estaba permitido fumar en la cafetería, entré y pedí un café. Varios camioneros estaban en la barra y otros estaban en una mesa jugando a las cartas. Cuando se volvieron a mirarme, me di cuenta de que era la única mujer ahí en ese momento. Si me sentía incómoda en situaciones como ésa, solía fruncir el ceño y apretar la mandíbula.
Vi entrar a la mujer del parque, y por primera vez, se fijó en mí y se me acercó. Se me iba a salir el corazón por la boca. Dios mío, ¿era posible que un muerto me fuese a dirigir la palabra?
-¿Me das un cigarrillo, por favor? -dijo.
Su acento francés aún se nota, pensé.
-Sí.
-Yo no soy quién tú crees -dijo-. No soy la mujer del parque.
Me quedé petrificada, por un momento se me pasó por la cabeza que me hubiese estado leyendo el pensamiento.
-Soy su hermana gemela -aclaró-. Por eso me parezco tanto.
Mi sorpresa seguía sin dejarme pronunciar una palabra. Una sensación rara me invadió el estómago. Era parecido a los nervios de por la mañana.
-Se llamaba Charlotte, pero todos la conocían como Madame Delafontaine –me miró detenidamente-. Date prisa en tomarte ese café, la gente ya se está preparando volver al autobús.
Pagué el café y nos subimos al autocar. La cabeza me daba mil vueltas. ¿Por qué había adivinado que me podría interesar la supuesta Charlotte? ¿Era casualidad que se hubiese sentado a mi lado en el autobús esa mañana?
-¿Por qué ha sabido que yo conocía a su hermana?- me aventuré.
-Ella me lo dijo.
-¡Si yo nunca hablé con ella! No podía saber quién era yo.
-Eras la única persona que iba a verla al parque todos los días. Ella apreciaba eso. Te había seguido alguna vez y sabía dónde vivías. Pocos días antes de morir, fuimos a tu portal y esperamos a que salieras para verte por última vez.
Un cosquilleo desagradable me recorrió la espalda. Recordé haberme entristecido cuando me enteré de que había muerto, pero ahora me invadía una culpabilidad inexplicable. Noté que ella también se emocionaba.
-Era la más inquieta de las dos –sonrió-. Siempre leía el mismo libro, decía que sólo ése la entretenía de verdad. Una y otra, y otra vez, para que no se le escapase un solo detalle. –Le costó seguir-. Al cumplir los veinte años, juntó toda su valentía y anunció a nuestro padre que quería marcharse a España para dar a conocer allí sus novelas. A pesar de que él se enfureciera con ella y le prohibiera marcharse, ella cogió los pocos ahorros que tenía y se fue. Pensé que volvería, pues mi padre se había negado a dejarle dinero y sin esa ayuda ella no podría llegar lejos.
Yo me preguntaba por qué me estaría contado aquello. Decidí que podía llegar a ser una historia interesante y preferí aprovechar para escuchar aquél inesperado relato.
-¿Volvió? –pregunté.
-No. Era demasiado orgullosa. Al principio me escribió cartas cada semana. Se había instalado en un hostal de la Plaza Santa Ana de Madrid, al lado del Teatro Español. Era su teatro preferido, y la dejaban colarse para ver las obras cuando no habían llenado el aforo. Yo le mandaba dinero de vez en cuando. Me solía decir que iba progresando y que conocía a mucha gente, pero yo sabía que lo pasaba mal para comer todos los días. Tuvo que ser duro para ella, nuestro padre era el dueño de una de las más grandes fábricas textiles del sur de Francia y habíamos tenido una infancia fácil, llena de comodidades. Se codeó con los madrileños más bohemios que pudo encontrar por los bares del centro, pensando que alguno podría recomendarla a algún editor. No tuvo mucha suerte. Aunque yo insistía para que volviera, ella mantenía la esperanza de triunfar allí algún día. También era tozuda –rió-. Parece que un día, mientras leía en el Café de la plaza, se le acercó un hombre. En su carta me describía lo elegante que iba vestido y lo atractivo que era. Le dijo que era actor y se presentó. No me sorprendió, porque a pesar de ser gemelas, ella siempre fue mucho más bonita que yo. También era francés. Le dijo que estaba en Madrid visitando la ciudad. Estuvieron hablando horas y horas, hasta descubrir que en la plaza sólo quedaban ellos dos y que la última ventana con la luz encendida del hostal se apagaba. Juraría que fueron los días más felices de su vida. Nunca me había escrito tan entusiasmada. Maximilien se marchó tras pasar más tiempo del planeado en la ciudad y ella volvió a quedarse tan sola como antes.
-Le prometió que volvería a buscarla y no lo cumplió –deduje.
-Dejó de escribirme. Unos meses después recibí una carta del dueño del hostal diciéndome que mi hermana se había marchado.
-¿Qué pasó luego? –pregunté.
Pero ella se calló. No quise insistir, la mujer parecía afectada. Desde la ventanilla vi los vastos campos sembrados de ciclópeos molinos de viento. Era una visión que se me antojó solitaria y triste, como la historia que había estado escuchando. Me quedé dormida.
Madame Delafontaine estaba bajo la estatua del Ángel Caído del Retiro. Llovía a mares y no había un alma en el parque. Sólo se oía el sonido de la lluvia golpeando el suelo. El pelo se le pegaba a la cara, pues se le había deshecho el moño debajo del bombín. Absolutamente sola, sostenía su globo rojo en la mano, quieta, vestida con una gabardina gris y con el maquillaje de ojos corrido por la cara. Aunque las gotas de lluvia le mojaban la cara, su expresión no dejaba lugar a dudas. Estaba llorando. El sonido de su llanto subía de volumen paulatinamente, hasta ser ensordecedor.
Me desperté de golpe, sudando. La hermana del mimo me miraba preocupada.
-¿Te encuentras bien?
-Sí, sólo ha sido un mal sueño. Me he quedado dormida. Con los preparativos del viaje y los nervios que eso conlleva, apenas he descansado.
Empezaba a notar que tantas horas sentada empezaban a molestarme, y me dolía el cuello. Debía haberme dormido en una mala postura. Ya habíamos pasado Zaragoza. Era la mitad de nuestro trayecto, aún quedaba un buen rato para llegar.
-Por favor, siga contándome lo que pasó con Charlotte -le pedí y ella me sonrió.
-Madame Delafontaine pasó a vivir a otro hostal diferente para no atormentarse con los recuerdos impregnados en la habitación del de la plaza Santa Ana. Eso ya te lo he dicho, ¿verdad? Se obsesionó recordando aquellos días hasta perder la cabeza. Desde entonces siempre se vistió con un traje que se había dejado su amante y se dedicó a imitar los gestos y actuaciones de Maximilien por las calles de Madrid. No volvió a escribirme jamás.
-Entonces no comprendo cómo se enteró usted de que estaba a punto de morir.
-Me escribieron las monjas de un asilo al que ella solía ir a comer informándome de que estaba muy enferma. El alcohol y la mala vida le pasaron factura. Tenía el hígado destrozado.
-Aún así me parece que la historia cojea. No sé, me falta algo.
-Hablé con el dueño del hostal de la plaza de Santa Ana poco después de la muerte de Charlotte. Está muy mayor, pero aún se acordaba de mi hermana. Me contó que nunca hubo tal amante. Ella había ido una noche a una proyección de una película protagonizada por Maximilien. Le gustaba mucho el cine –añadió-. Un día empezó a desvariar y durante una temporada la oyeron hablar sola en su habitación. Un día apareció vestida ridículamente como el actor y se marchó.
-¡Le impresionó tanto que se obsesionó hasta creer que habían tenido un romance! –Vacilé un instante. -Puede que le parezca indiscreta, pero habla usted como si conociera bien al tal Maximilien...
Bajó la mirada y empezó a juguetear nerviosa con el reposacabezas del asiento que tenía delante. Creí distinguir que se le habían subido los colores. Me sentí mal por mi atrevimiento, pero tenía la sensación de que aquella historia no era redonda. Me admití a mí misma que las historias de verdad, las de la calle, no eran como en el cine.
Por fin me miró. Se le habían humedecido los ojos.
-Maximilien es mi marido.
Mi estupor tuvo que notarse porque creo que palidecí.
-Pero –balbuceé-, no puede ser. ¡Si ella se lo había inventado!
-¿No lo entiendes? El dueño del hostal se equivocó. Sí que existió el romance.
-Entonces no comprendo nada.
-Yo estaba muy preocupada por Charlotte. Había dejado de escribirme y le pedí a mi padre que me dejara ir a buscarla para ver cómo se encontraba, aún no se había ido del hostal. Ya en Madrid, en la estación de trenes, un hombre me miró desde lejos. Era tan atractivo... Se echó a correr hacia mí y cuando llegó me besó como si hiciera tiempo que me conocía. Empezó a contarme entusiasmado lo mucho que había esperado ese momento y el trabajo que le había costado conseguir volver a por mí. Entonces caí. Era el hombre que había conocido Charlotte y acababa de confundirme con ella. Era encantador. Pensé que no pasaría nada por hacerme pasar por mi hermana durante un rato. No sé por qué lo hice.
Tuvo que parar. Lágrimas como puños le caían por la cara.
-Se me fue de las manos. Me enamoré como una colegiala y no me atreví a decirle la verdad. Me trasladé a un hotel con él durante el tiempo que estuvimos en Madrid. Una tarde, mientras él dormía, me escabullí para ir a ver a mi hermana. Fui al hostal de la plaza Santa Ana y el dueño me indicó cómo podía llegar a una taberna a la que ella solía ir. La encontré muy diferente. Había adelgazado una barbaridad y estaba borracha perdida. Ella siempre había sido una muchacha alegre, y casi no me reconoció cuando me vio. No tuve valor para decirle lo que había pasado, así que le di el dinero que me había dado mi padre para ella y me fui a Francia con Maximilien. Al poco tiempo nos casamos.
Me compadecí de aquella mujer. Había vivido rodeada de una gran mentira y cargaba con la locura y el sufrimiento de su hermana a la espalda. Sin saber por qué, la abracé.
Estuvimos calladas el resto del trayecto. Me hizo ilusión ver el mar a lo lejos, eso significaba que ya quedaba menos para llegar a nuestro destino.
Al rato llegamos a la estación de autobuses de Barcelona. Bajamos del autobús, fui a por mi macuto y cuando me volví para despedirme de ella, había desaparecido entre la multitud. Mientras la buscaba con la mirada, apareció Luís. Corrí hacia él y le abracé todo lo fuerte que puede.
-¿Estás bien?- me preguntó.
-Sí.
-¿Qué tal el viaje, se te ha hecho muy largo?
-Qué va. Todo ha ido sobre ruedas.





