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Cuentos, desvaríos y demás incoherencias
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Casiopea
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toxicomanía II, corregida
El síndrome de abstinencia, una toxicomanía mucho más frecuente que conocida...
Admito que fui lo que los expertos de la Psicología Social llaman una “adicta romántica”. Dependía del proceso de enamoramiento y de todo lo que éste producía, me había acostumbrado a vivirlo una y otra vez. En cuanto me encontraba con el síndrome de abstinencia, es decir, al sufrir un desamor, hacía lo posible por paliarlo, por volver a comenzar el ciclo con otra persona que produjese los mismos efectos en mí.
Esta enfermedad o dependencia aún se encuentra en terreno desconocido para los especialistas de la materia, aunque ya hay síntomas y comportamientos identificados que desenmascaran la existencia de esta dolencia. Existen y se conocen factores fisiológicos que se dan en el enamoramiento, muchos más poderosos y efectivos en el cuerpo humano que los sentimentales. En primer lugar, la víctima del amor sufre una drástica elevación de la actividad fisiológica general, lo que conlleva excitación, nerviosismo, sudoración de manos ,aceleración cardiaca, euforia...
También se ha observado una activación sexual, es decir, que aumenta el deseo y la excitación sexual. Las mujeres en concreto, pasamos a ser creadoras de una ovulación silenciosa, ausencia del periodo estro y, mira tú qué bien, adquirimos la capacidad de tener orgasmos múltiples.
Se produce igualmente una activación de los receptores sensoriales. La vista influye en la importancia de la atracción; sentimos más necesidad de dar y recibir caricias o besos en lo que se refiere al tacto; las feromonas actúan poderosamente en el olfato, como “sustancias químicas que nuestros cuerpos producen en el proceso de enamoramiento y que tienen como única misión afectar nuestro comportamiento sexual y atraer al sexo opuesto” (usadas actualmente en las fórmulas de algunos perfumes); el oído se agudiza para captar cada uno de los susurros y gemidos que puedan provenir del amado y los besos hacen activar nuestro sentido del gusto.
Si quisiéramos hablar de qué partes de nuestro cuerpo actúan en este fenómeno, habría que hablar sin duda de las estructuras de la anatomía cerebral: el cortex como responsable de los aspectos cognitivos, el sistema límbico como posada del dolor y el placer, la hipófisis, donde se crean las hormonas que condicionan nuestro comportamiento, que a su vez está situado en el hipotálamo, regulador de éste. Y, cómo no, el tejido neuronal, que controla las neurotransmisiones.
He aquí cuando debemos preguntarnos si no es verdaderamente el cerebro nuestro principal órgano sexual...
En fin, cuando hablamos de los síntomas del enamorado y posible adicto romántico, enseguida nos vienen a la cabeza los producidos por algunas de las sustancias psicotrópicas más conocidas actualmente, como la cocaína y la morfina: euforia, hiperactividad, falta de concentración, exageración, vivencias intensas, obnubilamiento, pérdida del sueño, del hambre y del cansancio físico, “subidas”, síndrome de abstinencia y tolerancia. Esto porque el cuerpo, cuando entra en contacto con el amor, crea una serie de sustancias químicas que si se producen de manera repetitiva, muchas de ellas llegan a ser altamente adictivas. Las más comunes y conocidas_quedan muchas por descubrir_, son las endorfinas, la progesterona, los estrógenos, la dopamina, la noradrenalina, la serotonina y la feniletilamina, sustancias que a la larga pueden convertir al enamorado común en un posible “adicto romántico”, es decir, un yonqui del amor. Un toxicómano que tras el desamor (abstinencia), necesita buscar una y otra vez a alguien que le enamore, a alguien que le obligue a producir esas sustancias nombradas para quitarse ese mono horrible que le hunde en la más profunda tristeza y que a muchos, como podemos observar sólo como ejemplo, a lo largo de la Historia de la Literatura, ha llevado al suicidio.
Lo admito de nuevo. Fui una adicta romántica. Necesitaba que me ayudase alguien a rehabilitarme de esta dependencia. Que alguien tomase en serio mis esfuerzos, que nadie me diera consejos para cambiar mi comportamiento. Que evitarae controlar mis progresos o ponerlos a prueba, sólo que reconozciese y alabase mi lucha. Que ignorasen recaídas temporales y no criticasen mis deslices. Que me pidiera qué era lo que quería que hiciera o dijera para ayudarme. Era yo quien tenía la responsabilidad sobre mi vida, no quería que nadie cargase con mi dependencia, sólo que tuviera una actitud positiva y de estímulo.
Esto ya no es un grito de auxilio, es de agradecimiento, a todos los que me habéis ayudado a plantarle cara a la vida con una sonrisa.