marco
Por las mañanas, como solía llevar el tiempo pegado, Marco salía de casa y cogía el autobús número 54 en la acera de su portal hasta la Plaza de la Libertad. Ahí se bajaba para andar a paso rápido unos 200 metros hasta su facultad, intervalo en el normalmente se fumaba un pitillo a medias que la mayoría de las veces le revolvía el estómago. Pero el camino de vuelta era distinto. A pesar de tener hambre a la hora de regresar, se lo tomaba con tranquilidad. Caminaba despacio hasta la boca del metro, donde se adentraba para coger la línea circular. Dos paradas antes de la suya se bajaba para dar un paseo hasta su casa, durante el cual tenía como rutina repasar las cosas que haría por la tarde mientras se fumaba otro pitillo que normalmente también le revolvía el estómago.
Aquél día se entretuvo más de la cuenta al volver a casa porque hacía un día especialmente bonito después de unos días nublados y fríos. Cuando llegó al portal estuvo un buen rato buscando sus llaves en el fondo de su mochila, y al entrar al portal, miró el buzón como tenía por costumbre, a pesar de que nunca le llegaran cartas. Pero aquél día sí había una. Lo abrió impaciente y descubrió dentro un sobre en blanco bastante arrugado. Mientras esperaba el ascensor lo abrió, y una vez dentro, empezó a leer. Estaba escrita en sucio, con muchos tachones y una mala letra por una escritura inquieta y rápida que reconoció al instante. Marco sintió como los pelos de sus brazos se erizaban a la vez que se le hacía un nudo en la garganta.
He aquí la copia literal de la carta que había recibido:
"Noche de insomnio. (Otra más).
Pensamientos de ascensor. Son aquellos que te vienen a la cabeza después de que te haya pasado algo y no hayas sabido reaccionar al instante, debería haber dicho tal o debería haber hecho cual; después de situaciones tan inesperadas que te has quedado en blanco, sin saber cómo actuar.
¿Y aquéllos que imaginas durante una noche de insomnio, seguramente provocado por éstos? ¿Cómo llamarlos? ¿Pensamientos de almohada quizá? Éstos son en los que imaginas cosas que vas a hacer y decir. Suelen ser sobre vivencias inacabadas, remordimientos, orgullos, espinitas al fin y al cabo. Las que quieres arreglar... o vivir. Situaciones que sueñas que ocurran, en las que todo es perfecto, exactamente como tú deseas que sean. Y cuando por fin amanece o consigues reconciliar el sueño, se quedan ahí, en lo más profundo del inconsciente y al día siguiente parecen haber desaparecido. Pero vuelven noche tras noche, entre días de cansancio.
Marco, me vuelvo loco, a lo mejor escribiéndote dejen de perturbarme:
He cambiado. Ya no soy el mismo. No me conoces porque ya no queda nada de lo que era. Solamente he guardado aquellas cosas que creo que hacía bien, que son pocas, las que me hacen sentir a gusto conmigo mismo y que tú nunca quisiste descubrir. Me he mirado al espejo y he corregido mi egoísmo, mi miedo, mi imprudencia. Ya no hablo tan rápido, pienso más las cosas. Quiero dejar de culparme por haber sido como era, pues no era más que inmadurez. He hecho daño y he pasado miedo, mucho miedo, me he quedado solo para averiguar cómo quiero ser, en quién debo confiar y encontrar apoyo. Tú puedes descubrir cómo he evolucionado. Quiero que lo hagas. Quiero que veas y admires cómo he avanzado y cómo sigo apartando las piedras que no me dejaban avanzar. Pero con la condición de que no dejes que me aparte de ese camino y de que nadie se interponga para seguir haciéndome daño. Quiero que me preguntes por qué desaparecí, que por qué no he vuelto. Tienes que saber que nunca volveré, porque aquello que conociste ya no existe. Si lo hago, no será una vuelta, sino una llegada, y podremos conocernos de nuevo. Lo mejor será que conservaremos los buenos momentos, que no se pueden borrar.
A la vez me contradigo y te echo de menos, desearía volver a vivirlo todo otra vez."
Una lágrima tardó exactamente 5 segundos en bajar por la mejilla de Marco hasta la comisura de sus labios. Posó la carta sobre su escritorio, fue a buscar el teléfono y, temblando, marcó.
Aquél día se entretuvo más de la cuenta al volver a casa porque hacía un día especialmente bonito después de unos días nublados y fríos. Cuando llegó al portal estuvo un buen rato buscando sus llaves en el fondo de su mochila, y al entrar al portal, miró el buzón como tenía por costumbre, a pesar de que nunca le llegaran cartas. Pero aquél día sí había una. Lo abrió impaciente y descubrió dentro un sobre en blanco bastante arrugado. Mientras esperaba el ascensor lo abrió, y una vez dentro, empezó a leer. Estaba escrita en sucio, con muchos tachones y una mala letra por una escritura inquieta y rápida que reconoció al instante. Marco sintió como los pelos de sus brazos se erizaban a la vez que se le hacía un nudo en la garganta.
He aquí la copia literal de la carta que había recibido:
"Noche de insomnio. (Otra más).
Pensamientos de ascensor. Son aquellos que te vienen a la cabeza después de que te haya pasado algo y no hayas sabido reaccionar al instante, debería haber dicho tal o debería haber hecho cual; después de situaciones tan inesperadas que te has quedado en blanco, sin saber cómo actuar.
¿Y aquéllos que imaginas durante una noche de insomnio, seguramente provocado por éstos? ¿Cómo llamarlos? ¿Pensamientos de almohada quizá? Éstos son en los que imaginas cosas que vas a hacer y decir. Suelen ser sobre vivencias inacabadas, remordimientos, orgullos, espinitas al fin y al cabo. Las que quieres arreglar... o vivir. Situaciones que sueñas que ocurran, en las que todo es perfecto, exactamente como tú deseas que sean. Y cuando por fin amanece o consigues reconciliar el sueño, se quedan ahí, en lo más profundo del inconsciente y al día siguiente parecen haber desaparecido. Pero vuelven noche tras noche, entre días de cansancio.
Marco, me vuelvo loco, a lo mejor escribiéndote dejen de perturbarme:
He cambiado. Ya no soy el mismo. No me conoces porque ya no queda nada de lo que era. Solamente he guardado aquellas cosas que creo que hacía bien, que son pocas, las que me hacen sentir a gusto conmigo mismo y que tú nunca quisiste descubrir. Me he mirado al espejo y he corregido mi egoísmo, mi miedo, mi imprudencia. Ya no hablo tan rápido, pienso más las cosas. Quiero dejar de culparme por haber sido como era, pues no era más que inmadurez. He hecho daño y he pasado miedo, mucho miedo, me he quedado solo para averiguar cómo quiero ser, en quién debo confiar y encontrar apoyo. Tú puedes descubrir cómo he evolucionado. Quiero que lo hagas. Quiero que veas y admires cómo he avanzado y cómo sigo apartando las piedras que no me dejaban avanzar. Pero con la condición de que no dejes que me aparte de ese camino y de que nadie se interponga para seguir haciéndome daño. Quiero que me preguntes por qué desaparecí, que por qué no he vuelto. Tienes que saber que nunca volveré, porque aquello que conociste ya no existe. Si lo hago, no será una vuelta, sino una llegada, y podremos conocernos de nuevo. Lo mejor será que conservaremos los buenos momentos, que no se pueden borrar.
A la vez me contradigo y te echo de menos, desearía volver a vivirlo todo otra vez."
Una lágrima tardó exactamente 5 segundos en bajar por la mejilla de Marco hasta la comisura de sus labios. Posó la carta sobre su escritorio, fue a buscar el teléfono y, temblando, marcó.





