Mme Delafontaine
_ Casiopea, hoy he visto por la calle a una señora muy mayor vestida de Chaplin. Siempre está en el mismo lugar, ahí de pie, con el traje negro, demasiado grande para ella. Llevaba un bombín que parecía viejo y usado, como su atuendos, un poco sucio. Hacía mucho viento, y, de repente, el bombín ha salido volando. Ella, en vez de correr a buscarlo, ha caído al suelo y se ha echado a llorar. Como si hubiese dejado escapar el último objeto de valor que poseía.
_ Sí Momo, esa mujer es Madame Delafontaine.
Se dice que era una muchacha francesa que vivía en una de las habitaciones del hostal que hay en la plaza de Santa Ana. Todos los días le gustaba sentarse en el Café del Teatro Español a leer la misma novela. Cuando la terminaba, volvía a leerla por si se le había escapado algún detalle. Todos la tachaban de loca porque le gustaba hablar sola. Nadie sabía muy bien de dónde había salido y qué hacía una mujer francesa tan joven en un hostal de Madrid.
Un día, se le acercó un hombre. Iba vestido con el mismo bombín y un traje muy parecido al que le has visto puesto hoy. Se presentó chapurreando un mal castellano como Charles Chaplin. Le dijo que estaba en Madrid visitando la ciudad. Estuvieron hablando horas y horas, hasta descubrir que en la plaza sólo quedaban ellos dos y que la última ventana con la luz encendida del hostal se apagaba. Y subieron a la habitación de Madame Delafontaine. Él se marchó tras pasar más tiempo del planeado en la ciudad y ella volvió a quedarse tan sola como antes.
Madame Delafontaine pasó a vivir a otro hostal diferente para no atormentarse con los recuerdos impregnados en la habitación de la plaza Santa Ana. Desde entonces siempre se vistió con ese traje y se dedicó a imitar los gestos y actuaciones de las películas Chaplin por las calles de Madrid. Le tuvieron que hacer otro traje porque se lo rompieron dos estudiantes borrachos que se la cruzaron una noche por la calle del bar en el que a ella le gustaba ahogar las penas con la cerveza más barata. El bombín era lo único que conservaba del amante.
El dueño del hostal de la plaza de Santa Ana me contó que nunca hubo tal amante. Ella había ido una noche a una proyección de Chaplin que había organizado uno de sus conocidos. Había quedado tan asombrada que un día empezó a desvariar y durante una temporada se la oyó hablar sola en su habitación o como si mantuviera una conversación con alguien mientras estaba sentada en una de las mesas del Café que frecuentaba. De pronto apareció vestida ridículamente como el actor y se marchó.
Ahora es una anciana que vive en un piso minúsculo que heredó de su padre en una de las calles del centro. Sólo tiene los muebles imprescindibles, un tocador de su madre, y un montón de trajes de noche antiquísimos repartidos por la casa que fue comprando con sus ahorros por si algún día volvía a verle. Come de la monedas que le dan por las calles y el metro con sus malas y caricaturizadas representaciones.
Momo, has presenciado cómo Madame Delafontaine perdía el único testimonio que le quedaba de aquella relación. Una relación que nunca sabremos si existió en su realidad o en la nuestra.
_ Sí Momo, esa mujer es Madame Delafontaine.
Se dice que era una muchacha francesa que vivía en una de las habitaciones del hostal que hay en la plaza de Santa Ana. Todos los días le gustaba sentarse en el Café del Teatro Español a leer la misma novela. Cuando la terminaba, volvía a leerla por si se le había escapado algún detalle. Todos la tachaban de loca porque le gustaba hablar sola. Nadie sabía muy bien de dónde había salido y qué hacía una mujer francesa tan joven en un hostal de Madrid.
Un día, se le acercó un hombre. Iba vestido con el mismo bombín y un traje muy parecido al que le has visto puesto hoy. Se presentó chapurreando un mal castellano como Charles Chaplin. Le dijo que estaba en Madrid visitando la ciudad. Estuvieron hablando horas y horas, hasta descubrir que en la plaza sólo quedaban ellos dos y que la última ventana con la luz encendida del hostal se apagaba. Y subieron a la habitación de Madame Delafontaine. Él se marchó tras pasar más tiempo del planeado en la ciudad y ella volvió a quedarse tan sola como antes.
Madame Delafontaine pasó a vivir a otro hostal diferente para no atormentarse con los recuerdos impregnados en la habitación de la plaza Santa Ana. Desde entonces siempre se vistió con ese traje y se dedicó a imitar los gestos y actuaciones de las películas Chaplin por las calles de Madrid. Le tuvieron que hacer otro traje porque se lo rompieron dos estudiantes borrachos que se la cruzaron una noche por la calle del bar en el que a ella le gustaba ahogar las penas con la cerveza más barata. El bombín era lo único que conservaba del amante.
El dueño del hostal de la plaza de Santa Ana me contó que nunca hubo tal amante. Ella había ido una noche a una proyección de Chaplin que había organizado uno de sus conocidos. Había quedado tan asombrada que un día empezó a desvariar y durante una temporada se la oyó hablar sola en su habitación o como si mantuviera una conversación con alguien mientras estaba sentada en una de las mesas del Café que frecuentaba. De pronto apareció vestida ridículamente como el actor y se marchó.
Ahora es una anciana que vive en un piso minúsculo que heredó de su padre en una de las calles del centro. Sólo tiene los muebles imprescindibles, un tocador de su madre, y un montón de trajes de noche antiquísimos repartidos por la casa que fue comprando con sus ahorros por si algún día volvía a verle. Come de la monedas que le dan por las calles y el metro con sus malas y caricaturizadas representaciones.
Momo, has presenciado cómo Madame Delafontaine perdía el único testimonio que le quedaba de aquella relación. Una relación que nunca sabremos si existió en su realidad o en la nuestra.





