Ladrón
Era un bar oscuro. El camarero, apoyado al final de la barra mientras masticaba un palillo, observaba con desdén el programa del corazón que estaba puesto en la televisión. Era la tarde del 4 de agosto y hacía calor fuera, lo que había obligado al camarero a encender el aire acondicionado, que ambientaba el bar con olor a polvo.
El lugar estaba tan vacío como de costumbre, sólo había dos mesas ocupadas. Una de ellas con cuatro viejos del asilo que acostumbraban a ir las tardes a jugar a las cartas y beber chatos de vino, y en la otra, un hombre solo tomándose un licor de hierbas mientras se fumaba un cigarro Ducados tras otro. Nadie se había dado cuenta de que éste escuchaba con atención la conversación de los viejos. Hablaban sobre la Manuela.
Era una mujer que ya vivía los días de invierno de su vida en una casa a las afueras del pueblo, donde, según se rumoreaba, guardaba un tesoro. Se decía que todas las noches, antes de dormir, lo miraba para dormir en paz. Nadie sabía qué podía ocultar, pero seguramente tuviera un valor incalculable.
Así, Arcadio, fumando sin parar, escuchó toda la conversación y, como buen ladrón que se consideraba, empezó a planear cómo ir a por el tesoro de la Manuela, sin poder evitar sonreir para sí...
A pesar de su edad, la Manuela era una mujer coqueta, a la que gustaba arreglarse para ir a por el pan por las mañanas. ¡Qué barbaridad salir sin pendientes a la calle, por dios! Los chiquillos, cuando la veían pasar por el parque del pueblo, reían y la seguían. Hay que admitir que la Manuela era una vieja extravagante.
Era la noche del 4 de agosto y seguía haciendo calor fuera, así que la Manuela había abierto las ventanas de su casa. Mientras la Manuela se aseaba después de su baño de sales habitual, Arcadio intentaba entrar por una de las ventanas. Una de ellas, a pesar de ser una segunda planta, tenía fácil acceso: una hiedra cubría la pared y Arcadio decidió trepar hasta ella. No estaba siendo tan sencillo como le había parecido al principio, y a mitad del ascenso, uno de sus pies resbaló y le dejó colgando, agarrado a una de las tuberías de la pared. Dios, ¿habré hecho mucho ruido? Efectivamente, la Manuela lo oyó, pero siguió con su aseo. Se había comprado esa tarde una mascarilla para la cara, ¡qué ganas de ver el resultado! Para obtener la máxima ventaja de la Mascarilla Anti-Arrugas, le recomendamos que antes de cada aplicación, limpie su piel con un exfoliador, seguido de Crema Exfoliante... Abra la mascarilla y aplíquela en el cutis y el cuello. A todo esto, Arcadio ya había conseguido llegar a la ventana. La casa estaba aparentemente vacía, no contaba con la presencia de la Manuela. Por suerte, la ventana era la del dormitorio de Manuela, y comenzó a remover el armario y los cajones de la cómoda. Manuela ya había terminado de aplicarse la mascarilla, y, con la cara verde y tras haberse limpiado las manos, se puso las bragas y comenzó a dirigirse al cuarto. Si es posible, permanezca de 20 a 25 minutos con la mascarilla, en una atmósfera relajada (idealmente acostada). Me terminaré de vestir después de quitarme la mascarilla... pensó sonriendo.
Arcadio ya lo había revuelto todo, sin encontrar nada de valor. Sólo faltaba mirar debajo de la cama. Ahí encontró una caja de madera vieja. Entusiasmado, la puso encima de la cama para abrirla. En el momento preciso en el que Arcadio iba a abrirla, la Manuela abrió la puerta del cuarto y al verle, su chillido llegó hasta el bar del pueblo, donde todos levantaron la cabeza con gesto de interrogación. Arcadio, por su lado, al oir la puerta, levantó la cabeza y al ver a la Manuela en bragas con la mascarilla en la cara, se llevó una mano al pecho con la cara desencajada y cayó muerto del susto.
Manuela, despreocupada por la situación de aquél desconocido, fue directa hacia su caja, la abrió y, aliviada, vio que su tesoro estaba a salvo. Tranquilamente se vistió y fue hacia el salón, donde llamó a la policía.
Una caja con llave, por favor. Metálica, si puede ser. Menudo susto, señora. Pues si, la verdad, no sé qué habría hecho yo si ese hombre se hubiese llevado mi colección de figuritas. Deben ser muy valiosas señora. Sí, llevo guardándolas desde la primera vez que me tocó una en el roscón de reyes.
El lugar estaba tan vacío como de costumbre, sólo había dos mesas ocupadas. Una de ellas con cuatro viejos del asilo que acostumbraban a ir las tardes a jugar a las cartas y beber chatos de vino, y en la otra, un hombre solo tomándose un licor de hierbas mientras se fumaba un cigarro Ducados tras otro. Nadie se había dado cuenta de que éste escuchaba con atención la conversación de los viejos. Hablaban sobre la Manuela.
Era una mujer que ya vivía los días de invierno de su vida en una casa a las afueras del pueblo, donde, según se rumoreaba, guardaba un tesoro. Se decía que todas las noches, antes de dormir, lo miraba para dormir en paz. Nadie sabía qué podía ocultar, pero seguramente tuviera un valor incalculable.
Así, Arcadio, fumando sin parar, escuchó toda la conversación y, como buen ladrón que se consideraba, empezó a planear cómo ir a por el tesoro de la Manuela, sin poder evitar sonreir para sí...
A pesar de su edad, la Manuela era una mujer coqueta, a la que gustaba arreglarse para ir a por el pan por las mañanas. ¡Qué barbaridad salir sin pendientes a la calle, por dios! Los chiquillos, cuando la veían pasar por el parque del pueblo, reían y la seguían. Hay que admitir que la Manuela era una vieja extravagante.
Era la noche del 4 de agosto y seguía haciendo calor fuera, así que la Manuela había abierto las ventanas de su casa. Mientras la Manuela se aseaba después de su baño de sales habitual, Arcadio intentaba entrar por una de las ventanas. Una de ellas, a pesar de ser una segunda planta, tenía fácil acceso: una hiedra cubría la pared y Arcadio decidió trepar hasta ella. No estaba siendo tan sencillo como le había parecido al principio, y a mitad del ascenso, uno de sus pies resbaló y le dejó colgando, agarrado a una de las tuberías de la pared. Dios, ¿habré hecho mucho ruido? Efectivamente, la Manuela lo oyó, pero siguió con su aseo. Se había comprado esa tarde una mascarilla para la cara, ¡qué ganas de ver el resultado! Para obtener la máxima ventaja de la Mascarilla Anti-Arrugas, le recomendamos que antes de cada aplicación, limpie su piel con un exfoliador, seguido de Crema Exfoliante... Abra la mascarilla y aplíquela en el cutis y el cuello. A todo esto, Arcadio ya había conseguido llegar a la ventana. La casa estaba aparentemente vacía, no contaba con la presencia de la Manuela. Por suerte, la ventana era la del dormitorio de Manuela, y comenzó a remover el armario y los cajones de la cómoda. Manuela ya había terminado de aplicarse la mascarilla, y, con la cara verde y tras haberse limpiado las manos, se puso las bragas y comenzó a dirigirse al cuarto. Si es posible, permanezca de 20 a 25 minutos con la mascarilla, en una atmósfera relajada (idealmente acostada). Me terminaré de vestir después de quitarme la mascarilla... pensó sonriendo.
Arcadio ya lo había revuelto todo, sin encontrar nada de valor. Sólo faltaba mirar debajo de la cama. Ahí encontró una caja de madera vieja. Entusiasmado, la puso encima de la cama para abrirla. En el momento preciso en el que Arcadio iba a abrirla, la Manuela abrió la puerta del cuarto y al verle, su chillido llegó hasta el bar del pueblo, donde todos levantaron la cabeza con gesto de interrogación. Arcadio, por su lado, al oir la puerta, levantó la cabeza y al ver a la Manuela en bragas con la mascarilla en la cara, se llevó una mano al pecho con la cara desencajada y cayó muerto del susto.
Manuela, despreocupada por la situación de aquél desconocido, fue directa hacia su caja, la abrió y, aliviada, vio que su tesoro estaba a salvo. Tranquilamente se vistió y fue hacia el salón, donde llamó a la policía.
Una caja con llave, por favor. Metálica, si puede ser. Menudo susto, señora. Pues si, la verdad, no sé qué habría hecho yo si ese hombre se hubiese llevado mi colección de figuritas. Deben ser muy valiosas señora. Sí, llevo guardándolas desde la primera vez que me tocó una en el roscón de reyes.





