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guiada por el canto de las dunas
Cuentos, desvaríos y demás incoherencias
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Casiopea
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El corro de encinas
_Casiopea, ¿cómo voy a poder contártelo todo?

NO TEMAS aparece en el caparazón.

_Momo, hoy es el cumpleaños alguien muy querido: Irene. Recuerdo cuando tenía dos o tres años. Era un niña callada, con el dedo siempre metido en la boca, esperando algo, una respuesta quizá, que me hacía sentir un costilleo debajo del caparazón. Ahora sé que era el afecto más grande que se puede sentir hacia alguien. Y lo mejor de todo, Momo, es que aún siento esa sensación cuando pienso en ella, o cuando la puedo ver después de mis largos viajes. Lo mejor de cuando vuelvo de explorar otro de los mil lugares que descubro, es que ella está ahí, esperándome. Siempre con una gran sonrisa.
Pasé toda mi vida a su lado y no me daba cuenta de lo que significaba ese cosquilleo. Ahora que la echo de menos veinticinco horas al día y ocho días a la semana, sé que en ella siempre encontraré la paz más grande, el consuelo más reconfortante, el hogar verdadero esté donde esté.

Te contaré una cosa que nos pasó.
Irene y yo andábamos por una de las laderas de los montes que forman el valle donde solíamos vivir ella y yo juntas. Ella era todavía un bebé que apenas andaba, pero me seguiría hasta donde yo quisiese. La llevaba de la mano y como vi que estaba cansada, nos tumbamos en un sitio al que te llevaré algún día. Es un pequeño corro de encinas donde el centro, siempre a la sombra, está cubierto de la hierba más reciente. A veces puedes ver cómo hay huellas de jabalíes que han estado reposando ahí, porque en los días de verano está muy fresquito. De pronto, cuando llevábamos un rato tumbadas y viendo cómo las nubes nos intentaban entretener con sus formas, Irene gritó la primera palabra que la oí mencionar: "¡Cielo!". Fue increíble. El color de sus ojos aún no se había definido porque aún era pequeña, pero esa tarde, le causó tanto impacto la perfecta uniformidad y estabilidad de éste frente a la naturaleza efímera de las nubes, que sus ojos absorbieron de repente todo el azul del cielo dejándonos a las dos en la más profunda oscuridad. Al cabo de un rato, volvió el día, todo quedó como estaba antes, menos sus ojos, que desde entonces siempre serán del azul más intenso.
Desde entonces, cuando ves que te mira, te parece intuir una nube dibujando formas entre el azul que Irene absorbió por unos instantes aquella tarde en el corro de encinas y que ahora refleja en esos ojos tremendos que ella tiene.
 
Comentario:
yevaba mucho tiempo para entrar a ver lo ke eskrib’as y hoy x fin lo he hecho. Solo voy a dezir ke al empezar a leer autom‡tikamente he sentido ese koskilleo debajo de mi kaparaz—n (ke no es komo el de kasiopea xke se diferenzia en ke en el m’o no pone nada ya ke guarda todo lo ke tengo para si mismo.....) y he explotao a llorar, te kiero muxisimo.grazias
 
Comentario:
A Casiopea siempre le gusta recibir ayuda a la hora de contar cuentos. De hecho, uno de los juegos que más le gustan es empezar a contar uno y dejar que Momo o alguno de sus amigos sigan el cuento. Otra de las cosas que se le dan bien y con las que más disfruta es escuchando. Le gustará poder oir lo que quieras contarle a través del único medio que tiene, tus comentarios.
 
Comentario:
A irene no se la define con palabras, a sus ojos menos.

Si hay alguna manera de escribir en tu Blog dime como, y colaboro.
No te voy a decir quien soy, sería demasiado fácil.
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