<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><rss version="2.0"><channel><title><![CDATA[Literatura de Colombia---Carlos Echeverry Ramirez]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cato2000/rss20.xml]]></link><description><![CDATA[Nueva narrativa en Argentina-Colombia-Mexico-]]></description><language><![CDATA[ES]]></language><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><item><title><![CDATA[Barack Obama-Lula Da Silva----Carlos Echeverry Ramírez--Colombia]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cato2000/c_39.htm]]></link><description><![CDATA[<br/><br/>Carlos Echeverry Ramirez<br/>Reservados todos los Derechos de Autor<br/>Ante CIPO y WIPO<br/><br/>  Para aquella que siempre creyó en mi…<br/><br/>A las orillas del gran rio…<br/><br/><br/>---------------------------------------------<br/><br/><br/>Hoy en la mañana jueves envié un correo electrónico a Lula Da Silva, el Presidente de Brasil.<br/><br/>En ese mensaje de saludo personal le enviaba la máxima alegría, fuerza y entusiasmo para la próxima “Cumbre de las Américas” en el fin de semana que llega..<br/><br/>En el mensaje le pedía que NO olvidara nuestro trascendental (para mi Vida) encuentro en la ciudad de Cartagena de Indias, en el mes de septiembre del año 2003 durante la Cumbre Mundial del Café.<br/><br/>Y cuando en aquellos días tuve la oportunidad de entregarle personalmente, dedicar y firmar mi primer libro titulado: El Ultimo Viaje. ISBN: 0-9683701-0-1<br/><br/>Además de estrechar su mano con maxíma alegría, sentir su humanismo e intercambiar algúnas palabras con el.<br/><br/>En el mensaje también le pedía “ en serio y entre broma y mamando gallo” que le recordara a Barak Obama que yo fuí el primer latinoamericano y Colombiano “loco”---como dicen algunos psicópatas perversos ----que pensó en la posibilidad de un Hombre integro, Nuevo y de la Raza Negra, estuviera en la presidencia de los Estados Unidos de Norte América.<br/><br/>Sí ustedes queridos lectores y amigos, han leido o en los días por venir leen con calma y alegría Crónicas de Barcelona --- y trabajo escrito por mi y que terminé el día 24 de noviembre del 2004--- recordarán que allí aparece descrito en esas crónicas un: Cristo Negro y su nombre es Washington.<br/><br/>Extrañas hechos y sorpresas trae la vida….para muchas y muchos…con el pasar de los días.<br/><br/>Luego transcurridos los años y recordando de nuevo lo vivido en Cartagena de Indias en le año 2003 cuando entregué mi primer libro a Lula Da Silva y revisando las palabras escritas por mi y hace pocos días cuando pensaba y escribía sobre los efectos no pensados que traen el movimiento de las alas de una mariposa en Colombia, China, Canadá, Sur de Francia, Argentina-Paraná-, México o Venezuela, y como ellos repercuten sin duda algúna en otros lugares y personas del mundo.<br/><br/>Ya en el año 1997 (escrito en Compartiendo Alboradas 2004)<br/>también en Barcelona, empecé a hablar y escribir y mucho antes que muchos poetas y escritores y “cantantes”de Latinoamérica, y otros lugares del Mundo; sobre los aterradores, asesinos, inaceptables, inhúmanos, perversos hechos y consecuencias que traen el uso maldito de las Minas explosivas y quiebrapatas en los niños, mujeres y niños de aquel Caos y Vergüenza Total ante la Humanidad y nuestros hijos y nietos en toda hispanoamérica que se llama : Colombia.<br/><br/>En mi correo de esta mañana le pido a Lula Da Silva qué con Barak Obama (la Nueva Esperanza de Justicia Social Y PAZ en el Mundo) hicieran lo ¡máximo y hasta lo imposible! que se les permita, para parar los Asesinatos y Desapariciones contra la comunidad negra y aborigen de Colombia. ( todo está escrito en Crónicas de Barcelona)<br/><br/>Pero más que todo y antes que todo le pedía a a ese gran Hombre que es: Lula da Silva que con Barak Obama, los dos juntos, NO se olviden un instante de pensar y actuar ya pero ¡YA!<br/><br/>Y de una vez por siempre en la historia del hombre como es el hecho trascendental de evitar y parar de una vez para siempre y por siempre y con la unión y ayuda de los otros lideres mundiales como Zarkosy, Putin, Cristina, Bachelet, la alemana y Chavez de Venzuela de parar la perversa y maldita Industria de la Guerra que es el clamor urgente y esperado de todos los Pueblos del Mundo.<br/><br/>SI parar de una vez por siempre ... la nefasta, injusta, asesina , perversa, maldita Guerra y Guerras, parar ese Horror de la industria y negocio de la Guerra en colombia, Palestina, Iraq y afganistan y cualquier otro lugar del Mundo donde los niños, mujeres y ancianos…como mi padre(RIP) ya no pueden pensar en una vida digna de un Ser Humano …porque solo unos pocos psicópatas comerciantes, e industriales y mercenarios de terror y fabricantes de Armas y Guerras, destruyen las ilusiones y ganas de vivir de todo aquel que solo merece una vida digna y feliz con los suyos en: PAZ y Justicia Social y sin distinción de raza, credo o clase social.<br/><br/>Gracías Lula y Obama ….Todos los pueblos del Mundo.<br/><br/>¡Si todos los pueblos del mundo desde México hasta el sur de chile y la argentina, el africa, europa, oceanía, Australia, el medio oriente, todos los paises arabes, Corea del sur y corea del norte, Japon y la China…<br/><br/>Todos todos esperamos que ustedes.<br/><br/> SI ustedes dos nos demuestren y prueben que no son parte de ese combo de psicópatas perversos que han manejado y manipulado la historia de la humanidad durante tantos siglos de batallas perdidas llenandola cada día de: llanto. Desolación, terror y crueldad sin limites en nuestros niños, mujeres y ancianos…<br/><br/>Carlos Echeverry Ramirez<br/>Colombia-Canada<br/>Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO Y WIPO<br/>Es Miembro activo de la Unión de Escritores de Canada.<br/><br/>fitofeliz@hotmail.com<br/><br/>http://www.carlosecheverryramirez.org]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(cato2000)]]></author></item><item><title><![CDATA[El último Viaje--Fragmento(11) Carlos Echeverry Ramirez--Colombia]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cato2000/c_38.htm]]></link><description><![CDATA[<br/><img src="http://blogs.ya.com/cato2000/files/fotocaer.JPG" alt="" border="0" width="" height=""/><br/><br/>El último viaje<br/><br/>Carlos Echeverry Ramirez<br/><br/>ISBN: 0-9683701-0-1<br/><br/>Fragemento (11)<br/><br/>Escrito el dia 28 de diciembre del año 1996<br/> en la ciudad de: toronto -Canada<br/><br/><br/>------------------------------------------<br/><br/>Bajamos los siete pisos y la puerta se abrió; llegamos a la recepción, me quitaron las esposas, firmé unos papeles, volvieron a ponerme las esposas y caminando al exterior recordé al hombre árabe.<br/><br/>   En la calle, siendo las 9:40 de la mañana en el reloj de la recepción, me esperaba el furgón metálico.  Ahora conmigo van dos hombres, uno conduciendo y otro mirándome de vez en cuando para asegurarse de que este hombre con el pasaporte verde ausente todavía está ahí presente.<br/><br/> A través del parabrisas del camión recibí con alegría todo lo que venía a mis ojos, los niños en la esquina jugando yo-yo, las mujeres caminar, pude oler sus perfumes, acompañé con respeto a los ancianos con sus gorras de color gris y beige, me senté a beber cerveza en los cafés, escuché voces amables y risas melodiosas.<br/><br/> Miles de cosas quise  hacer.<br/><br/>Al mirar el color del cielo y la forma de sus nubes vi los pájaros volando libremente. <br/>-¿Quién pudiera como ellos cambiar de lugar cuando se quiere?, pensé.<br/><br/><br/> En los aproximados treinta minutos que duró mi viaje caminé las calles de esta ciudad como lo había hecho tantas veces en las calles de París, Londres, México, Berlín, Caracas, Toronto, Barcelona  y Nueva York; pensaba que era libre, me sentía libre, a pesar de llevar mis manos esposadas y de estar encerrado en este cajón metálico que iba con las sirenas de dos automóviles de la policía que nos acompañaban.  <br/><br/>El  tribunal se encontraba en un edificio muy antiguo, parecía una iglesia, tenía unas ventanas inmensas terminadas en punta y ocupaba casi toda la cuadra.<br/><br/><br/> Los tres carros se estacionaron en medio de algo que me impactó y provocó una risa nerviosa;  la cantidad de personas esa multitud de gente que había alrededor de la calle y el andén del lugar.<br/><br/><br/> Había varios carros de la policía, vi hombres con fusiles, el dolor volvió, respiré profundo en medio de toda esta cantidad de personas. Abrieron la puerta del furgón y me ordenaron que bajara. Con los policías apartando la multitud, de los gritos y las voces en diferentes idiomas, caminé recibiendo empujones y escasos golpes amigables de palma de mano en la espalda.<br/><br/><br/> Con la lluvia cayendo escuché por primera vez, en idiomas conocidos, palabras aisladas como: ladrón, desquiciado, traficante, sudaca, maldito, loco, loco, asesino, vago, pillo, proxeneta, negro choto, conspirador, extranjero de..., y todas las palabras que nacen del odio irracional en los hombres y en especial del anglosajón al extranjero. <br/><br/><br/>Caminando esposado miraba el callejón donde escasamente cabía mi cuerpo y el de los policías tratando de proteger el mío.<br/><br/>Hombre criminal necesario para ellos; en medio de cables en el suelo, de los flashes de las cámaras y de empujones logramos entrar en el enorme edificio, cruzamos el pasillo todavía con cantidades de gente a los lados, ésta, un poco más organizada que en la calle.<br/><br/><br/> En la sala o salón inmenso, me impresioné, al ver las ventanas alargadas terminando en punta, como si estuvieran todavía buscando a Dios. Pude ver los colores de los vidrios en ellas: verde, rojo, azul y blanco; la luz que entraba era tenue.<br/><br/>El susto ahora era verme en una sala tan inmensa, comparada con el espacio de la celda.  Había una baranda en madera que separaba un espacio grandísimo donde había varias sillas; al frente, un estrado larguísimo en madera; encima de éste un mueble con trece cómodas sillas de cuero negro, donde se sentarían los funcionarios del tribunal.<br/><br/>Cruzamos la baranda por una puerta pequeña. En las graderías había mucha gente. Me llevaron a  una silla y soltaron las esposas, de esta forma quedé frente al estrado de los trece jueces.<br/><br/><br/>Recuerdo que llevé las manos a la cara y, así  estuve con ellas unos  segundos, sintiendo mis ojos, nariz, cejas, boca, dientes, y respirando lentamente.<br/><br/>   No sabía qué pensar, no creía todo esto y, lo peor de todo, la ansiedad ahora me producía náuseas y ganas de vomitar, que no podía aguantar; no sé cómo logré controlarlas y poco a poco fui colocando mi pequeño cuerpo en la gran amplitud de este mundo y  de esta sala.<br/><br/>   Al lado derecho había un hombre de unos cuarenta años indiferente a todo lo que allí pasaba. Miraba el reloj con impaciencia y supe, segundos más tarde, que iba a ser el intérprete. Al lado izquierdo se encontraba un hombre que parecía amable y envejecido prematuramente, que resultó ser el defensor de oficio.  <br/><br/>   A un lado del estrado sobresalían unos escritorios con sus sillas y unos hombres en ellas; eran los abogados del Gobierno suizo que presentarían los cargos en contra mía al tribunal.<br/><br/>El abogado de oficio, el defensor de mi caso, el defensor de un caso perdido, uno más en la frustrada vida de litigante, me hizo señas con su mano.<br/><br/>-Señor Cato, ¿Cómo está?, ¿Cómo la ha pasado estos días?, dijo en voz baja.<br/>-Estoy bien y he sobrevivido estos días ¡de puro milagro! le contesté sonriendo.<br/>Contestó la sonrisa y reconocí el acento italiano del sur de Suiza.<br/><br/>  Me explicó la Ley y me hizo caer en cuenta que lo mejor, en mi caso y siendo colombiano, sería declararme culpable, no teníamos argumento sólido y lógico para una defensa.<br/><br/>-Si tienes suerte puedes salir en sólo doce  meses, me dijo el abogado.<br/><br/><br/>Al escucharlo me cubrí el rostro con las manos para ocultar la expresión de angustia y dejé caer mi cabeza sobre las piernas; sentí desfallecer, pero repentinamente algo me levantó de la postración en la que estaba.<br/><br/>Al hacerlo, di unos pasos y empecé a observar detenidamente todo lo que se encontraba en la sala; luego de ver la magnitud de lo que pasaba, y con toda esa gente presente, caminé y me senté otra vez.<br/><br/>¡Señor, esperemos a ver qué pasa!, dije respirando profundamente.<br/><br/>Sentado observé el entorno.  Gente que entraba, alegres, conmovidos, indiferentes, algunos paisanos con trajes llenos de colores, y gente de origen africano con sus niños que hacían gestos con la mano; apenas sonreía.<br/><br/>A lo lejos vi a Mazarine con su perro labrador negro. Observé cómo entraba gente con saris y kaftans, gente con costosos vestidos grises y corbatas rojas, de rígido caminar y con apariencia de burócratas y políticos.<br/><br/>Luego me llené de  risa al ver unos hombres pequeñitos de cabellos negros y sus mujeres, más  pequeñas aún, con niños amarrados a la espalda y me dije entusiasmado: ¿qué putas hacen estos indígenas por aquí? Pensé, que quizás eran del festival de teatro o del festival de música. Fascinado miré con calma la belleza de los rojos en sus atuendos, su lindo cabello amarrado con tiras de tela con una policromía hermosísima; me llené de sus azules, de sus verdes, de sus morados y lilas; aterrado de ver que a la misma Suiza habían venido descalzos. <br/><br/><br/>Sentí una profunda  alegría y  fuerza. <br/><br/><br/>Seguí mirando, cuando un grupo bullicioso entró con unas sonoras lutes y tambores, hablando un idioma de bárbaros; sonreí al reconocer en ellos a los ber-ber.<br/>Después, con sorpresa, algo que no podía faltar, aquellos hombres con sus fusiles Jalil colgados del hombro, vestidos de negro con sombrero de copa y largas barbas y patillas rubias enroscadas.<br/><br/>Logré encontrar, entre toda esa gente de la gradería, a la linda gente de Otavalo con sus collares maravillosos. <br/><br/>Continuaba el deambular de personajes: los curas con sus afeminados sacristanes, la pareja de novios felices y los ancianos cogidos de la mano; este gesto de ternura me hizo pensar en los suegros a quienes, nunca había visto hacerlo.<br/><br/><br/>Atónito observé cómo iban entrando más hombres y mujeres con sus cargas a la espalda, con bultos de fique como si se fueran para siempre.<br/><br/>Encontré el reloj del intérprete y todavía faltaban veinte minutos para que salieran los jueces.  <br/><br/>Sonreí de nuevo al ver mis amigos del Instituto Max Plank y los del Louis Pasteur de París,  ¡qué locos! Como siempre, estaban con sus trajes blancos.<br/><br/><br/>Después, unas prostitutas amigas saludaron con sonrisa amable, veían en mí a un triste cliente perdido o a un nuevo cliente satisfecho en el futuro. <br/><br/> Estaba respondiendo con una sonrisa a esas tristes mujeres de la llamada vida alegre, cuando entraron unos hombres raros con unos cables larguísimos y me pregunté: ¿para qué serán esos cables?<br/> Reconocí, inmediatamente, que eran los mismos de siempre ¡los puritanos pervertidos!, los psicópatas, aquellos que en el trópico llamamos: ¡Los gringos! <br/>Sí, los gringos de las grandes cadenas de la televisión y la radio, con todos sus incontables aparatos raros, rarísimos, con sus gigantescos zoom y sus cámaras ultramodernas.<br/><br/><br/>Como siempre, listos a filmar la miseria y el drama humano, para hacer de este otro producto comercial más, sin importarles nada, sólo la ganancia y el oro.<br/><br/><br/>Todos mirábamos en la sala con cautela y máxima sospecha cuan listos y ansiosos los..., se disponían a  filmar la miseria de la sala y el drama de mi vida.<br/><br/>Continua...<br/><br/>Carlos Echeverry Ramírez (Colombia-Canada)<br/><br/>fitofeliz@hotmail.com<br/><br/>www.carlosecheverryramirez.org<br/><br/>]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(cato2000)]]></author></item><item><title><![CDATA[El último Viaje---Carlos Echeverry Ramírez--Colombia]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cato2000/c_37.htm]]></link><description><![CDATA[El último Viaje--Carlos Echeverry Ramírez --Colombia<br/><br/><br/>El último Viaje--Carlos Echeverry Ramírez-Colombia<br/><br/>Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO y WIPO<br/><br/><br/>Para quien más lo merece en Argentina...<br/><br/>Y para aquellos que siempre llevan Alegría y PAZ en su corazón.<br/>-----------------------------------------------------------------------<br/><br/>El último Viaje<br/><br/><br/><br/>No tenía más alternativa. Cogí el morral, me lo eché en la espalda y crucé todo el pueblo con su alcaldía, iglesias, los pastores y sus cabras blancas haciendo el armonioso tilín-tilín de las campanitas en el cuello.<br/><br/>Llegué a la estación del tren, era una estructura muy bien conservada, de ladrillos rojos y flores en sus ventanas; abrí la puerta principal, paré y contemplé todo el interior.<br/><br/>Caminé cruzando las taquillas a la izquierda con sus funcionarios trabajando en ellas. Entré por la gran puerta que comunicaba a las plataformas de llegada y salida de los diferentes trenes, la crucé y busqué la indicada para el norte, con rumbo a Ginebra o cualquier pueblo o ciudad que me quedara cerca con la frontera francesa. Y que era donde necesitaba coronar ese día.<br/><br/>Encontrando la que necesitaba, observé con cuidado las diferentes personas. Estaba distraído analizando a la gente que entraba y salía del edificio; el diseño, el número de líneas para trenes; el acceso para los carros de la policía, carros de bomberos y ambulancias y el acceso para los minusválidos, todo perfecto. Todo milimétricamente calculado y con la perfección de sus famosos relojes suizos, cuando escuché, asustado y con angustia, el sonido del silbido del tren que me llevaría a Ginebra.<br/><br/><br/>Di unos pasos hasta la ventana y la abrí. El aire del frío invierno se dejó sentir con dolor. Instintivamente mi cuerpo reaccionó y mi mente se transportó a las cálidas noches del trópico, donde uno duerme sin ropa, sobre hamacas y chinchorros, arrullado por el sonido de las olas y el susurro de la cálida brisa del mar Caribe.<br/><br/>Con tristeza recordé la última vez que salí de Colombia, completamente desilusionado, porque en aquella bella tierra sus millones de gentes pobres y sus pocos ricos se están matando, o los están matando, por culpa de la ambición, por culpa del poder, por querer ser dueños de un modelo político-económico, copiado de las naciones mal llamadas desarrolladas, sin humanismo, sin principios éticos y morales y sin compasión para con los menos favorecidos; un sistema corrupto que está destruyendo la ilusión; que está destrozando la vida misma, arruinando y matando a todo el que critica tan mezquinas ambiciones materiales.<br/><br/>Allí en esa hermosa región, al igual que millones de campesinos y gentes de bien, lo perdí todo. Sí, todo, ¡todo! y lo peor, también perdí hasta la esperanza y la ilusión de vivir.<br/><br/>Por esa crítica situación se fue mi adorada esposa y mujer de muchos años compartidos. La última vez que la vi recuerdo que entró por una puerta del aeropuerto en Bogotá y nunca más la volví a ver.<br/><br/>¡Sí, así de sencillo!, y atrás quedaron las muchísimas noches compartidas. Se llevó mi corazón, y sólo me dejó un adiós.<br/><br/>Después de ella, con profundo dolor y sin un lugar adónde ir, y completamente desmotivado para todo y por todo, vendí mi viejo auto Mercedes Benz y comprando un tiquete dije: ¡los que se van!, y me fui, esta vez a Toronto, Canadá.<br/><br/>Continua.....<br/><br/>Carlos Echeverry Ramirez-Colombia<br/><br/>Diciembre 28 del 2006 en Toronto -Canada<br/><br/>fitofeliz@hotmail.com<br/><br/>www.carlosecheverryramirez.org]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(cato2000)]]></author></item><item><title><![CDATA[Alicia-----------------Carlos Echeverry Ramírez (colombia)]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cato2000/c_36.htm]]></link><description><![CDATA[<br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/cato2000/files/silla3.jpg" alt="" border="0" width="1600" height="1200"/><br/><br/><br/><br/>Al regresar de argentina a finales del mes de mayo del año 2008 empezaron a suceder hechos que eran desconocidos para todos los residentes en el edificio donde vivo.<br/><br/>Primero fueron los llantos esporádicos y con frecuencia no determinada de una mujer al amanecer.<br/><br/>Llantos imparables que en estos momentos pienso ¿si yo era el único que los escuchaba? o si los otros vecinos también.<br/><br/>Ese llanto me aterraba. y no me dejaba dormir y cuando lograba conciliar el sueño del llanto de la mujer en las noches, en otros días y horas diferentes del amanecer eran otros los llantos de un bebe, que más me hacían sentir la fragilidad del ser humano y de la soledad de las personas o de la impotencia ante ciertas circunstancias.<br/><br/>Y lo peor para mi en esas noches y amaneceres y, en esos momentos y lo más angustiante de todo, era la imposibilidad de poder ubicar, de donde venían, o provenían los llantos para poder ir y tratar de calmar ese dolor o ese sufrimiento.<br/><br/>Asi continuaron los meses y los llantos se fueron distanciando en la medida del tiempo.<br/><br/>Sin embargo una noche cerca de las 10 escuché en la puerta de mi vecino del frente unos golpes muy violentos que me hicieron pensar que la noche traía algo inesperado y no conocido en el edificio donde vivo. ¿carajo que esta pasando? recuerdo que me pregunte asustado.<br/><br/>Y sin temor alguno abrí la puerta y encontré una mujer cercana a los cuarenta años.<br/><br/>Extremadamente bella, alta y  cabello negro tirando a rojizo, muy delgada, ---quizás demasiado-- con unos ojos azules y una característica ya conocida y muy definida en ellos. Y en ese tipo de mirada por mi en otros ojos que conocí en otro ser humano y en meses ya lejanos de mi vida..Es decir una mirada fría sin expresión alguna en ella.<br/><br/>Al abrir mi puerta y encontrarla en le corredor frente a la puerta del vecino desconocido la miré cauto sorprendiéndome su belleza y su mirada.<br/><br/>Ella me observó breves segundos con mirada inexpresiva…ojos vidriosos.<br/><br/> No cruce palabra con ella. La miré y me entré de nuevo a mi  apartamento.<br/><br/>La extraña mujer suspendió los fuertes golpes a la puerta con sus pies…<br/><br/>Ya dentro de mi apartamento y después de los hechos narrados, puse la música del “todas las mañanas del mundo” del film de Cirano de Bergerac (Gerard Depardue) traté de dormir –no pude-- y al cabo de unas dos horas sorprendido de la violencia de esta chica hacia la puerta, medité unos momentos sobre su acto irracional y decidí volver a mirar al exterior de mi apartamento y la puerta del vecino para saber ¿que había pasado con la mujer y en la puerta del vecino que solo vi unas dos veces?.---ya que solo unos meses antes se había cambiado a este lugar--.<br/><br/>Mi susto y sorpresa fue mayúscula al encontrar en el piso del corredor a la mujer durmiendo allí y usando como almohada su pequeño morral y sus pertenencias a pesar de las bajas temperaturas de la noche..<br/><br/>No supe que hacer.<br/><br/>Sin conocerla y habiendo escuchado la violencia sobre la puerta del apartamento y para evitar problemas volví a entrar en mi lugar.<br/><br/>Recuerdo que me fue casi imposible de dormir esa noche pensando en la mujer durmiendo en ese piso frió y sin una manta ni nada.<br/><br/>Me preguntaba esa noche si el chico ¿quizás no estaba? o ¿que problema existiría para que no abriera la puerta a esa chica? y otra cantidad de cosas se me vinieron a la mente en esos momentos y en esas me pasé la noche.<br/><br/>A la mañana siguiente cuando salí para la biblioteca de la universidad a una conferencia que tenía que dictar sobre algunos temas de mi primer libro titulado “el último viaje”, La mujer ya no estaba acostada en el helado piso y corredor del edificio.<br/><br/>.Y caminando al metro me hice varias preguntas. ¿Qué habrá pasado con ella? ¿Entró al apartamento? ¿Se fue? ¿Se perdonarían sus errores de meses pasados? Y así en esas preguntas que me hice me fui a la conferencia.<br/><br/>Los meses fueron pasando y la vida continuo con sus rutinas habituales y era siempre la misma historia cada dos o tres semanas…<br/><br/>Los llantos de la mujer al anochecer y los llantos del bebe al amanecer.  Y las respectivas visitas de la mujer de ojos azules y extremadamente delgada con patadas y puños a la puerta para entrar en el apartamento del vecino desconocido…<br/><br/>Nunca más volví a mirar o abrir la puerta para observar la mujer violenta…pero una mañana hace unos diías y como cosa no extraña, me llegó de la argentina un regalo, --un sobre muy  grande-- por el correo.<br/><br/>Lo reconocí de inmediato y me reí recordando momentos felices y recordé todo lo vivido en tiempos pasados y felíces en la tierra de Gardel ….allá en le litoral santafesino y con la inolvidable última noche en Buenos Aires….<br/><br/>Cerré la casilla del correo y subí al apartamento y observando detenidamente el regalo tan inesperado y lindo….alguien tocó la puerta…precisamente ese dia en que me llegó el regalo tan lindo de argentina.<br/><br/>Abrí la puerta del apartamento y era la Policía.<br/><br/>Muy amables y profesionales como siempre son en Canadá..<br/><br/>Salude al agente y escuché su pregunta.<br/><br/>¿Escuchó algo raro anoche en el corredor? Aquí donde su vecino al frente. Preguntó.<br/><br/>Mientras me señalaba la puerta diagonal a la mía…<br/><br/>Yo le respondí : Si anoche al llegar a las 23 horas aproximadamente estaba una mujer durmiendo frente a la puerta de ese apartamento y como era ya habitual algunas noches los últimos meses por parte de ella..<br/><br/>Esa era una mujer muy bella que siempre que venía agarraba la puerta a patadas y golpes y luego a veces entraba y otras veces no y dormía en el corredor.<br/><br/>Nunca cruce palabra alguna desde mi regreso hace unos meses de argentina le dije..<br/><br/>Fue todo lo que hablé.<br/><br/>¿No escucho nada raro?<br/><br/>Si cerca de las dos de la mañana escuche a lo lejos que una pareja discutía en forma muy agresiva pero no puedo ubicar de que apartamento eran los gritos ni la discusión o sobre que discutían..<br/><br/>¿Por qué? ¿Que pasó? Pregunté asustado.<br/><br/>La mujer amaneció muerta hoy en la mañana dentro del apartamento de su vecino..<br/><br/>Fue la respuesta del agente.<br/><br/>Me quedé frío …<br/><br/>Puse el regalo tan lindo que me había llegado esa misma mañana y me puse a pensar en la fragilidad de todo.<br/><br/>Al pasar los días se conocierón las causas de su muerte por los medicos forenses.<br/><br/>La mujer había muerto por: Sobredosis de Heroína..<br/><br/>Y como cosa extraña en el corredor esa mañana del levantamiento del cadáver quedó al exterior una silla.(la de la fotografía)<br/><br/> Y hoy me pregunto ¿si en ella se sentaba a tomar café esa bella mujer?,si se sentó en ella a reír, a pensar y si:<br/><br/>¿Ella también escuchó las muchas veces el llanto de aquella mujer y de ese Bebe que tantas noches yo escuché en meses pasados?<br/><br/>En Toronto febrero 10 del 2009<br/><br/>©Carlos Echeverry Ramírez (colombia)<br/><br/>fitofeliz@hotmail.com<br/><br/>www.carlosecheverryramirez.org]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(cato2000)]]></author></item><item><title><![CDATA[Barak Obama- Carlos Echeverry Ramirez (Colombia)]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cato2000/c_34.htm]]></link><description><![CDATA[<br/><br/>Reservados todos los derechos de autor ante CIPO y WIPO<br/><br/>Para Catico, martina, y CJD<br/><br/><br/>Cuando mi pequeño hijo Cato Alberto me preguntó que esperaba yo de Barak Obama, y quien quiero hoy sea electo junto con millones de personas en los Estados Unidos de Norte américa y muchos otros lugares del mundo como el proxímo presidente de esa nación, le respondí.<br/><br/>Quiero que se convierta y ¿por qué no? En un Cristo negro.<br/><br/>En el prototipo de Hombre Nuevo que la humanidad entera esta esperando y necesita hoy más que nunca en todo el mundo y en especial en paices como Colombia, Iraq y Afganistan ...<br/><br/>Es decir en un Hombre integro en todo el sentido de la palabra.<br/><br/>Que lo primero que haga: sea acabar en forma definitiva y de una vez para siempre la nefásta, inaceptable y perversa Industria de la Guerra.<br/><br/>En donde solo se beneficían unos pocos psicopátas, empresarios e industriales, politicos y presidentes y como resultado de las armas que fabrican se asesínan millones y millones de personas inocentes en el mundo, y como siempre, con el desgarrador y tragíco e imparable llanto final de las dignas y aterrorisádas Mujeres, ancianos y Niños.<br/><br/>Con eso sólo, y que logre hacer Barak Obama.<br/><br/>Podré pensar y muchos seres quizas, que estaremos empezando a vivir una era nueva, donde la armonía y la Paz reine entre todos los pueblos del mundo y dandole mas que todo el reconocimiento de sus derechos a una vida digna de una vez por todas y por el resto de sus dias a la raza negra y la populacion indigéna de USA, latinoamérica y en especial de Colombia.<br/><br/>Barcelona noviembre 4 del año 2008<br/><br/>Carlos Echeverry Ramiréz (Colombia)<br/><br/>www.carlosecheverryramirez.org<br/><br/>fitofeliz@hotmail.com]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(cato2000)]]></author></item><item><title><![CDATA[El último Viaje ISBN : 0-96837o1-0-1]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cato2000/c_33.htm]]></link><description><![CDATA[Para Catico Y Martina...<br/><br/> Las balas y la intolerancia sólo conducen a tierras desoladas, improductivas, llenas de cruces, con millones de mujeres y niños sufriendo hambre en absoluto abandono y miseria; con millones y millones  de desplazados por la violencia, pues sus hombres de paz, sus hombres de bien, antes que los maten, están migrando a otras latitudes, a otras naciones. <br/><br/> Sí, están migrando a nuestras -madres patrias, que desde hace siglos, con las conquistas y las colonizaciones, nos impusieron su sangre, su cultura, sus doctrinas y sus costumbres; pero para colmo, estos emigrantes, siendo sangre de su sangre, siendo sus propios hijos con culturas adoptadas, son recibidos como parias, como miserables invasores, destructores de su bienestar y violadores de la aparente paz y tranquilidad en la que viven los otrora Padres.<br/><br/>Continua...<br/><br/>www.carlosecheverryramirez.org<br/><br/>fitofeliz@hotmail.com<br/><br/>]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(cato2000)]]></author></item><item><title><![CDATA[Sentimientos Encontrados]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cato2000/c_32.htm]]></link><description><![CDATA[Del libro: Compartiendo Alboradas<br/>ISBN:0-9683701-1-X<br/>Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO Y WIPO<br/><br/>Carlos Echeverry Ramirez es miembro de la Union de escritores de Canada.<br/><br/><br/><br/><br/>Sentimientos encontrados<br/><br/><br/>Martina estaba sola leyendo un libro en la recepción.<br/>Costumbre que tenía para guardar la distancia con gente desconocida en los lugares conocidos.<br/>La observé en silencio y me puse a meditar unos instantes en las últimas noches de nuestros mejores años. Momentos y cosas que si me pusiera a explicar con detalles sus causas y efectos en nuestra intensa relación pasaría mucho tiempo sin poder llegar a describirlos.<br/>Jamás pude olvidar tantas palabras de amor, tantas promesas perdidas en la distancia y más tarde el silencio que esto obliga.<br/>Contento, por encontrarla, me fui a comprar una cerveza en la máquina que había en la recepción.<br/>Me senté a mirar las otras personas que entraban y salían. Luego seguí observándola en silencio y sin que notara mi presencia. Su físico no había cambiado mucho. La expresión de su rostro era distinta. Parecía triste. Muy ausente, o quizás como los otros seres en este mundo, desesperados, y buscando alguien con quién mitigar sus miedos y nuestras ausencias.<br/>Al mirarla, después de tanto tiempo sin verla, pude observar que su cabello mostraba las primeras canas de una mujer en la crisis existencial de los treinta años.<br/>Estaba más delgada y parecía también muy preocupada.<br/>Pero, ¿qué preocupación podría tener?<br/>Ella, hoy en día, vive con holgura económica porque su compañía, de biotecnología, es una de las líderes en el área y además cuenta con una herencia que le permite vivir tranquilamente de las rentas.<br/>¡Ah! y se me olvidaba… un esposo ideal. Según su querida Madre.<br/>No queriendo especular más de su actual situación y mucho menos sobre su apariencia física, acabando el cigarrillo y la cerveza, fui ansioso donde estaba sentada.<br/>Me paré frente a ella y le hice con el dedo en mis labios el gesto de no hablar.<br/>Allí, en uno de los salones de la recepción y con un ligero temblor en mis manos por el miedo que sentía de encontrarme de nuevo junto a ella y como si fuera un hombre completamente desconocido frente a la extraordinaria mujer que había sido el gran amor de mi vida, y como uno de esos amores sentidos en los amaneceres o atardeceres, o en todos los momentos, y en los largos años que se comparten juntos, me paré frente a ella trémulo y angustiado.<br/>En silencio total nos miramos largos e interminables segundos. Desnudándonos el uno al otro con los ojos. Nos mirábamos las cansadas manos, nuestras risas lejanas, las nuevas y recientes arrugas y todo aquello que habíamos vivido y sobrevivido en los inolvidables viajes que juntos habíamos hecho por diferentes regiones del mundo. Conociendo en ellos personajes de la alta y baja sociedad, y… con los más mezquinos seres para los cuales necesitaría mínimo otros veinte años para contar, si acaso existía en ellos rasgo de alguna virtud.<br/>En ese momento, después de tantos años sin vernos, estábamos el uno frente al otro, sentados en la recepción de un hotel, insinuándonos con las miradas las cosas que durante todos esos años de ausencia jamás pudimos expresarnos con palabras.<br/>Muy nervioso me senté junto a ella y lentamente tomé sus manos y sin hablarle le di un beso en la mejilla.<br/>Sin poder decirle lo que estaba sintiendo tan intensamente en esos segundos -que la quería besar toda y sentirla íntegramente mía- que la quería besar como en aquél entonces. Cuando juntos compartimos el mismo aposento y el mismo colchón viejo tirado en el suelo sin ningún prejuicio ni preocupación alguna en nuestra sencilla habitación de la antigua casa llena de flores naturales pendientes del techo y que llenaban de alegría todos esos aposentos.<br/>En esa casa y en el salón principal entre las hamacas multicolores teníamos en el piso una caja de madera con forma rectangular y angosta, que la mayor parte del tiempo estaba cubierta con un bello mantel blanco que fue tejido a mano durante nueve meses por mi querida y extrañada suegra.<br/>Esa caja rectangular y angosta de fina madera era algo fantástico y alucinante para mis amigos, cuando en esos tiempos y en esas noches de ágapes hasta el amanecer y después de habernos tomado varias botellas de whisky y de ron empezaban ellos a indagarme, en medio de carcajadas y mirando entre sus borracheras bien paranoicas, por la rectangular y angosta caja de madera.<br/>Para preguntarme en medio de las risas y con incredulidad al amanecer:<br/>¿Qué hacía yo con un lindísimo ataúd cubierto con un delicado mantel y sin ningún muerto dentro de él?<br/>La respuesta que daba a mis amigos y conocidos que nos visitaban en forma permanente era la misma que en todas las oportunidades respondía con Martina a los hombres, aquellos de la aduana. Que con sus pesadas botas militares trabajan en los aeropuertos.<br/>-Señor ¿usted qué trae ahí en esa caja?<br/>Y yo por mamarles gallo a esos rutinarios y predecibles hombres que su única labor en este mundo consiste en mirar las intimidades y suciedades de la gente, las bragas asquerosas, las medias con mal olor, y la ropa sucia transportadas en una lujosa o en una infeliz maleta comprada a crédito o en una valija prestada por el vecino o también llevadas a veces en una desbaratada y humilde caja de cartón, si se viaja de África o de Hispanoamérica.<br/>Estando con nuestra rectangular y angosta caja, y que parecía un bello ataúd, al pasar frente a esos funcionarios que actúan según sea el personaje, y tomando la actitud apropiada si el pasajero que llega es un hombre humilde y que con dificultad se puede expresar en su mismo idioma por el miedo, la intimidación y el terror que siente al tener que pasar por la tortura sicológica y sistemática de las preguntas inquisidoras de estos funcionarios uniformados, armados y sólo educados y entrenados para recibir órdenes, sea la que sea… sin cuestionar alguna de ellas.<br/>Nosotros en esos momentos conocíamos muy bien algunas de sus actitudes fascistas, a veces con sólo mirar la expresión de su rostro y escuchar su forma de hablar podíamos saber qué nivel de educación tenían. Conociendo lo anterior siempre les contestábamos muy serios y a veces con sonrisa maliciosa cuando nos preguntaban, sin ellos tener siquiera el mínimo y básico respeto humano o un poco de cortesía para decir ¡Buenos días! Y siempre hablan con voz altanera a quien consideran inferior, según ellos, pero ponen voz de servil y arrastrado ser ante los superiores a ellos en jerarquía.<br/>-¿Usted míster, qué trae en esa caja?<br/>-¡Un muerto, sí un muerto!, -contestaba yo.<br/>Y nosotros pasmados del susto mientras ellos incrédulos trataban de encontrar ante esa inesperada respuesta una pregunta al origen de ese muerto transportado ingenuamente en la improvisada caja.<br/>Riéndonos al verlos ¡atónitos y asustados! Les decíamos abriendo con todo el respeto humano posible y la máxima parsimonia del caso, la caja de madera para que estos hombres observaran el muerto detenidamente…<br/>¡El bello violonchelo de Martina!<br/>Entonces ahora… sentado con Martina en el Albergue de la Plaza Real de Barcelona y después de tomarme una cerveza me quedo en silencio y empiezo a recordar cuando su querida madre, en un inolvidable día de febrero, vino a visitarnos en el trópico, en la ciudad de la Sultana del Valle, en Colombia. Estábamos viviendo lo que una pareja puede llamar un tiempo feliz, viviendo en la misma casa antigua y grande, con paredes anchas y varias habitaciones por donde nuestros perros jugaban todo el día. Los loros al amanecer con sus típicos sonidos despertaban al barrio y un mico llamado “Fausto”, que se volvía loco cuando veía las rubias mujeres europeas que trabajaban en el Centro Internacional de Agricultura Tropical, y que venían a visitarnos cotidianamente. Felizmente también “vivíamos con el mismito colchón viejo de siempre” y que, años antes, mi respetado y querido padre me regaló como contribución a la difícil misión de ser un esposo responsable y eficiente.<br/>Mi querida suegra alemana al llegar por primera vez al país del llamado Sagrado Corazón de Jesús no hizo el menor comentario de las bombas cotidianas, las permanentes matanzas, ni de su gente que vive de carnaval en carnaval y de feria en feria y de reinado en reinado, que de pueblo en pueblo, ciudad y ciudad se celebran sin final, para olvidar de esta forma el caos y las masacres colectivas y constantes que se viven allí.<br/>Mi querida suegra poniéndosele la piel del color del ruibarbo, sólo exclamó en protesta y muy indignada al ver a su hija durmiendo en un colchón tirado en el piso:<br/>-¡Oh my GOD! ¡Peor que los miserables gitanos!<br/>-Martina, ¿cómo toleras dormir tirada en el piso y en un colchón viejo?<br/>Martina sorprendida por las palabras de su madre me miró en la distancia y con sonrisa irónica le respondió:<br/>-¡Mutti!, no me importa.<br/>-¡Así soy feliz! Aquí en Latinoamérica se vive segundo a segundo la vida y una aprende a que tiene una sola vida para vivir y debemos disfrutarla al máximo.<br/>Mi suegra al escuchar tan ilógica respuesta, según ella, salió disparada sin decir nada donde sus muy sabias amigas del club alemán. Como siempre, a tomar café colombiano con las famosas tortas de chocolate. Cuando regresó del club alemán su cara había cambiado para siempre y en los pocos días que le faltaban por vivir.<br/>Nosotros sin dar trascendencia al caso o a lo dicho por ella continuamos felices nuestras relaciones en el viejo colchón.<br/>Dos días más tarde mi querida suegra entró en una fantástica crisis maniático depresiva y me tocó montarla a la carrera en un viejo y destartalado avión con la ayuda de varios amigos y mandándola llenita, llenita de diazepanes y alprozolanes a la pobre vieja alemana, para que se fuera de regreso a la patria del nuevo orden.<br/>Jamás comprendió que en el trópico algunos personajes siempre hemos vivido en el desorden y de fiesta en fiesta.<br/>Para mi suegra la Frau Kats eso fue demasiado. Muchos años después y recordando ahora todos esos momentos con Martina y riéndonos a carcajadas de esas cosas y muchísimas más vividas juntos, le dije tembloroso: -¡Todavía te quiero Martina!<br/>Se turbó, llevándose las manos a la cara nerviosamente y lloró por unos segundos.<br/>Terminando sus sollozos dijo tomándome las manos y apretándolas fuertemente mientras me traía junto a ella y como siempre lo hizo en los años felizmente compartidos.<br/>-Cato, ¡Yo jamás, jamás te olvidaré!, en todos los segundos, y en cada minuto de mi vida siempre has estado en mí.<br/>Te encuentro día a día y a cada segundo en la risa de los niños, en las orquídeas de mi laboratorio, en el caminar lento de los ancianos cogidos de la mano, en mis ilusiones, en el aire que respiro y… ¡en todo aquello, sí!<br/>En todo aquello que dejamos por hacer.<br/>Por eso hoy y en este momento soy consciente que te amo más y más, y en cada momento que pasa de mi frustrada existencia.<br/>Escuchando sus palabras sentí rabia y me llené de melancolía al oír la frase aquélla:<br/>¡Que dejamos por hacer!<br/>Levantándome cogí su mano, y al sentir que el volumen de la música había aumentado al grado que me era imposible escucharla le dije:<br/>-Amor, Martina, vamos a otro lugar más tranquilo, como en aquellos tiempos.<br/>Cogidos de la mano, y metiendo en ellas toda la fuerza de nuestro corazón fuimos a otro bar cercano.<br/>Allí había poca gente. La música era agradable y estaba a un buen volumen.<br/>Yo muy conmovido y nervioso pedí lo de siempre, un whisky doble, ella pidió muy ansiosa un coñac.<br/>No hablábamos, sólo nos mirábamos en medio de tímidas sonrisas y nerviosos gestos mientras dejábamos pasar los segundos o el imparable momento.<br/>Sorpresivamente Martina se llenó de risas y en medio de unas sonoras carcajadas y sin pena alguna me dijo:<br/>-¡Estás gordo, gordísimo, pareces un marrano!<br/>Apenado, y tratando de dar una excusa a mi falta de disciplina en una dieta balanceada y con fibra le respondí:<br/>-Amor, son los años y la malparida vejez que no vienen solos.<br/>Cuando pararon las risas a mis excusas por mis doce kilos sobrantes en el cuerpo, y después un largo silencio en el cual habíamos mirado todos los objetos que nos rodeaban en el lugar, me preguntó en forma directa, sin duda alguna y con entusiasmo desconocido por mí en ella.<br/>-¿Serías capaz de volver atener relaciones sexuales conmigo?<br/>Al escuchar tan tremenda pregunta y después –asustado medité unos segundos- tímidamente respondí:<br/>-Amor, Martina, ¡me da mucho miedo!<br/>-¿Qué pasaría si no es como en aquel entonces?<br/>Por no decirle también que temblaba del pánico.<br/>-Cato, ¡no olvides que ya no somos los del aquel entonces!<br/>Dijo con ternura.<br/>-¡Por eso me da miedo! Respondí.<br/>Trataba de disimular la angustia y el miedo que me causaba encontrarme con ella y sacando valor, no sé de dónde, le hablé: Amor, el lugar donde vivo es una pensión llamada “La Gallega” es un lugar de bandidos, putas, ladrones, turistas baratos, pensionados pobres y es la más barata de Barcelona. No queda lejos de aquí, está muy cerca, en la calle Ample y muy próxima a la plaza La Merced. Pero... no quiero ir allí contigo, porque ese lugar es una porquería y no existe privacidad alguna y tampoco creo que sea el lugar adecuado para estar juntos después de estos años sin vernos.<br/>Mirándome a los ojos, me respondió:<br/>-¿Acaso, no hemos conocido la miseria humana suficientemente como para pensar que sólo tú y yo existimos en estos momentos y también en todos los años cuando hemos estado juntos? Qué nos importa la otra gente y los lugares.<br/>-Tienes razón, respondí.<br/>No tenía más excusa.<br/>Mientras las horas pasaban con nosotros conversando animadamente y disfrutando de tragos de whisky y coñac, y en ocasiones con algunas caricias y robados besos, decidimos irnos y sin ningún prejuicio a la Pensión Gallega.<br/>Nos fuimos caminando solos y en silencio. Como siempre, y recordando todo lo que habíamos hecho y también extrañando lo que dejamos de hacer en nuestra pasada relación.<br/>Caminábamos muy juntos y ausentes de los ríos imparables de las gentes que venían a caminar en las Ramblas de Barcelona.<br/>Estaba yo sintiendo la dulce brisa de Cali y ella recordando las bellas noches con palmeras alegres que danzaban en la fresca brisa de Santa Verónica, cerca de Barranquilla, allá en la costa Caribe, donde siempre pasábamos nuestro tiempo libre.<br/>Al final de una media hora de apacible caminata llegamos a la Pensión Gallega.<br/>Pensión de mierda llena ésta de miseria humana, empezando por la dueña y sus pillos administradores.<br/>Subimos al tercer piso y abrí la puerta con la llave más grande que he tenido en mi vida. Parecía la llave para abrir una iglesia, o un convento; no una simple puerta como era la de la mísera habitación.<br/>Al entrar me metí en la ducha, Martina se acostó en la cama igual que siempre.<br/>Al salir puse la música de Pablo Casals con sus fugas para violonchelo, bajé la intensidad de la luz, prendí una vela y destapé una botella de vino blanco. Le serví una copa y brindamos por el futuro.<br/>-¿Qué éramos?, me pregunté con curiosidad en algunos instantes mientras me duchaba.<br/>Con su mirada me indicaba que estábamos muy felices; yo estaba muy nervioso, igual que ella; sin embargo tratábamos de disimularlo y de aceptar que encontrarse con la persona con la cual se convivió por años y años causa una angustia que a cualquiera lo dejaría propenso a un infarto, fácil, facilito…<br/>Después de tomarse la primera copa de vino me dijo: -Cato, mi amor, sírveme otra copa que me voy a duchar.<br/>Se desnudó delante de mí como siempre.<br/>¡Y… casi, casi, me da el infarto del que hablaba al ver semejante hembra, -tremenda mujer tan bella al frente mío- otra vez y después de tantos años!<br/>Martina entró al baño como de costumbre, se duchó y salió desnuda con su cabello recogido atrás con la toalla. Pude ver toda su belleza, su estatura de un metro con ochenta y, ¡yo feliz con mis escasos ciento sesenta centímetros!<br/>Sus redondas caderas, la firmeza de su busto, sus bellos pezones; toda, toda… la miré, y pensé: ¡bellísima!<br/>Estaba divina, se veía fresca, y volviendo a ella la ternura que siempre me brindaba en aquellos años, su risa se llenó de espontaneidad.<br/>Volvía a ser ella. Yo me sentía feliz.<br/>Me llenaba de alegría el escuchar su risa, sentirla contenta, y saber que su amor por mí había sido sólo desplazado por unas adversas circunstancias del destino.<br/>Nos fuimos a la cama como en aquel entonces.<br/>¡Sin desespero y sin acelere!<br/>Luego hicimos el amor muy lentamente y sin angustias.<br/>Como si la última vez hubiera sido unos pocos días antes.<br/>Nos mordíamos suavemente y al final, duro y mutuamente por largos segundos, tanteando e imitando las fieras. Y de esta forma asegurar la presencia del otro ser y de amarrarlo y retenerlo para siempre, para no dejarlo partir jamás a su lejana existencia de este efímero mundo.<br/>Tratábamos en esos instantes de hacer lo único que nunca pudimos hacer. Perpetuarnos en esta tierra, ser juntos un solo cuerpo, una sola sangre, y ser por un solo instante lo que siempre soñamos durante los pasados años.<br/>“Ser el llanto y los gritos de un recién nacido al amanecer”.<br/>Entonces… muy al final de la noche, cuando ya Martina dormía profundamente, lo contrario a mí, -que jamás duermo bien-, durmiendo las noches, imitando los gallos de pelea ¡Con un ojo abierto!, escuché en el estrecho corredor que llevaba a las míseras habitaciones de la Pensión unos ruidos muy extraños. Unos sonidos que a esa hora inmediatamente me hicieron recordar los sonidos que producen las botas militares cuando van con fusiles buscando a alguien.<br/>Parando la oreja, también como los gallos de pelea, escuché que el piso de madera crujía, me paralicé del terror pensando que era por mí que venían.<br/>A cada segundo, y por el angosto corredor que comunicaba las habitaciones, los escuchaba venir más y más cercanos.<br/>Martina dormía plácidamente y yo aterrorizado no sabía qué hacer o qué pensar.<br/>Muy rápido y levantándome de la cama sigilosamente y sin prender la luz de la habitación miré sin perder una décima de segundo cómo podría encontrar un medio de escape a mis alrededores.<br/>La ventana abierta de mi habitación sólo me permitía mirar en la penumbra de la noche, y desde una altura de tres pisos, el duro cemento gris del patio y una muerte asegurada.<br/>-¡Qué voy hacer, no tengo alternativa!<br/>Las botas con los hombres armados se acercaban a nuestra habitación y la ventana más cercana al mirar por el exterior de la mía era la del vecino y estaba cerrada.<br/>-¡Dios mío ayúdame! ¿Qué hago?<br/>En medio del ruido de las botas militares acercándose más y más a cada segundo logré escuchar la voz de Martina, que con ternura infinita decía:<br/>-¿Cato, mi amor, qué te pasa?<br/>-Duerme tranquila, ¡duerme mi amor!<br/>Escuchando las pesadas botas de los hombres armados venir hacia nosotros y parando sus pasos, frente a la habitación nuestra, no alcanzaba a distinguir ninguna voz conocida.<br/>Los hombres armados hablan entre ellos algunos segundos al frente de la habitación y lloro del miedo en silencio, mientras se siguen escuchando los radios en mensajes cifrados.<br/>Segundos más tarde empieza de nuevo la marcha de los hombres hacía las otras habitaciones al final del pasillo.<br/>Sintiendo mi corazón latir a explotar, Martina despierta otra vez preguntándome:<br/>-¿Mi amor, qué te pasa?<br/>Le contesto, casi sin poder hablar, al no tener saliva en mi boca por el pánico que siento.<br/>-¡Amor, no sé, ¡no sé! Son hombres armados.<br/>-Y… ¡buscan a alguien en la pensión!<br/>Después, con el sonido de las botas haciéndose más leve y alejándose por el estrecho pasillo que comunicaba las habitaciones y llegando al final del corredor, empezamos a escuchar unos gritos desgarradores.<br/>¡Dios mío!, No sabía qué hacer con los gritos que rompían el silencio impenetrable de la vecindad, y desgarraban ahora la media noche, la intimidad de todos los hogares y personas alrededor.<br/>Aquellos conmovedores alaridos jamás los he podido olvidar…<br/>¡Alá! ¡Alá! ¡Alá ¡Alá!<br/>Eran gritos muy potentes y de un hombre muy fuerte. Creo que podía imaginar su físico y su titánica lucha hasta el último segundo de la vida, viéndose cercano a la muerte y resistiendo la intensa tortura que recibía.<br/>Su voz se escuchaba en todo el edificio y casas vecinas. No me equivocaba en el tipo de hombre que imaginaba en medio del terror y pánico que sentía al escuchar sus desgarradores gritos.<br/>En sus palabras de auxilio decía: ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! Y suplicando llamaba: ¡Policía!, ¡Policía!<br/>¡Alá! ¡Alá! ¡Alá, ¡Alá!<br/>¡Auxilio! ¡Auxilio!<br/>En sollozos suplicaba que llamaran la Guardia civil, la llamaba desesperado y sin encontrar respuesta ni eco a sus súplicas.<br/>¡Guardia civil, Guardia civil, por favor!<br/>¡Policía auxilio!<br/>Y en quejumbrosos lamentos les decía ¡Hijos de Puta! ¡Cabrones de mierda!<br/>Ahora que les necesito… ¿por qué no vienen?<br/>¿Dónde están?, ¡Yo he pagado mis impuestos como todos!<br/>¿Por qué no vienen?<br/>Su voz fuerte y profunda al final únicamente encontró eco en aquel que siempre se ha considerado a través de la historia de la humanidad, "El único digno de llamarse el amigo del hombre".<br/>-Los perros del vecindario no ladraron-<br/>Esa extraña noche los perros no ladraron como de costumbre. Aullaban como sus antepasados lejanos, los lobos. Y pidiendo una nueva justicia moderna y de acuerdo a las circunstancias de cada hombre.<br/>El hombre desesperado en sus gritos pidiendo auxilio se cansó y sus gemidos agónicos empezaron a ser más débiles. Simultáneamente los aullidos de los perros iban siendo más fuertes, y luego... no se escuchó nada. Fuera de su voz. Ninguna voz, ninguna…nada, ni siquiera un leve sonido, el canto de un ave, y tampoco la brisa del bello amanecer.<br/>Todo el vecindario estaba bien escondido y guardado en la comodidad del triste y cobarde silencio.<br/>Nosotros, dentro de la habitación, abrazados en el terror y ante la impotencia de la situación, nos quedamos acompañados por los sonidos de nuestra respiración y escuchando en los edificios vecinos los nuevos aullidos desesperados de los otros canes que anunciaban la muerte de un ser humano.<br/>Uno más y uno menos de este miserable mundo.<br/>Recuerdo muy bien que sus últimas palabras en agónicos sollozos eran:<br/>¡Alá! ¡Alá! ¡Alá! ¡Alá! ¡Alá ! ¡Alá! ¡Alá!<br/>Y por último, todos los inquilinos de la Pensión Gallega escuchamos sin creer y paralizados por el terror que se siente al oír algo semejante, la forma bruta, despiadada y salvaje, como caía pesadamente un bulto sobre el duro y frío cemento del patio.<br/>No pude en ese instante, por el pánico que sentía, calcular la altura de la cual fue arrojado.<br/>Lo escuché cuando cayó y en silencio lloré, sin decirle nada a Martina ni mover un dedo de mi aterrorizado cuerpo.<br/>La tortura terminó ¡Lo mataron! ¡Hijos de puta, lo mataron!<br/>Era todo lo que me decía en silencio.<br/>-¡Que descanse en Paz!<br/>-Gracias Dios mío. Me dije, dándome trémulo la bendición.<br/>Creo que Martina al escuchar lo mismo, cuando cayó el pesado cuerpo, sintió la muerte de ese desgraciado hombre y guardó un obligado silencio por el pánico y terror que sentía.<br/>Luego en sollozos, y en medio de la angustia y resignación que ya sentía Martina al saber que nosotros, quizás, seríamos las próximas víctimas, nos quedamos abrazados, sin soltarnos un minuto, hasta los primeros rayos de sol en el amanecer.<br/>Así pasaron los minutos y las horas del resto de la noche, sin palabras, sentados, abrazados y en el extremo cansancio que produce el miedo y el pánico de sentir la muerte y escucharla impotente segundos más tarde caer con todo su trascendental peso sin ley y pena alguna y abrazada de la ignominia de los Estados, llenos de hombres, políticos corruptos y ladrones.<br/>En la mañana cuando observé los primeros rayos del sol bajé muy asustado al patio. Bajé decidido a mirar e investigar qué había pasado en la Pensión y en horas anteriores.<br/>¡Dios mío, ¿cómo es posible?! Me decía al ir bajando los escalones. Había sido una noche de terror indescriptible para todos los allí presentes en la Pensión y los modestos habitantes del barrio.<br/>Al llegar al patio encontré de súbito el siniestro bulto.<br/>Estaba tirado en el piso húmedo y frío, y con unas manchas grandes de color marrón.<br/>Pensé que era sangre coagulada.<br/>Viendo estupefacto el bulto, ¡Dios mío! Ese es el cadáver del hombre asesinado, metido en ese bulto y sin piedad alguna por los hombres armados.<br/>Para mi gran sorpresa, que todavía meses pasados de esa trágica noche no lo puedo creer aún, el siniestro bulto tenía impresas en él las letras bien grandes con los bellos colores de mi feliz infancia, colores aquellos del amarillo, azul y rojo de:<br/>Café de la Colombie.<br/>Y… sobre el bulto y esas letras estaba sentado muy tranquilo y feliz tomándose un delicioso y fresco café y fumando cigarrillos Camel un señor llamado: Mohamed Sidi.<br/>Atacado de la risa, riéndose a carcajadas de todo el mundo y de la gente asustada y escandalizada que lo rodeaba compungida.<br/>Creyendo esta gente ingenuamente que todo el drama y terror demoníaco había sido una cosa real y patética; por los sucesos ya conocidos y escuchados por nosotros a través de la horrible e indescriptible noche vivida en la simple pensión y sólo unas horas antes.<br/>Mohamed Sidi, un increíble hombrecito de unos 76 años y no más de 160 centímetros de estatura, famoso y conocido en el barrio como pintor de brocha gorda de la Pensión y de tres más que tiene la avara y pícara Gallega.<br/>Estaba contándoles muy divertido mientras tomaba café y le regalaba a diestra y siniestra a todos los confundidos, asustados y algunos aterrorizados clientes anglosajones de esta mísera pensión, como eran los gringos drogadictos y pederastas, los alemanes, suecos, holandeses, canadienses y... a mí como único colombiano, o sudaca del... que eso tan horrible e inaceptable en un país civilizado, y que pasó ayer en la noche era algo rutinario para él. Nos lo decía mientras sonriendo contaba a todos lo asustados turistas y huéspedes, algunos de ellos puritanos pervertidos y súper clientes y grandes adictos fijos del prozac y los famosos diazepanes, y los otros conocidos ansiolíticos y antidepresivos, recomendados por aquellos comerciantes y algunos de ellos charlatanes de la salud mental y conocidos ponenombres o marcas en sus clientes, como si fueran artículos más de consumo; los médicos siquiatras, que… ese acto de terror, de la invivible noche pasada, lo hacía todos los primeros viernes, cada tres meses.<br/>Lo hago, decía el señor Mohamed, para despertar las emociones ya muertas o muy reprimidas y completamente olvidadas en algunos turistas nórdicos y anglosajones.<br/>Repitiéndolo cada tres meses para recordarles a los vecinos catalanes y españoles y más aún, para no dejarles olvidar jamás a mis vecinos de barrio y de apartamentos próximos que los árabes, los moros, nosotros, la gente odiada en toda Europa y el mundo, hemos estado en España por ocho siglos; y que llegamos hasta las cercanías de París, a una ciudad llamada Poitiers. Que estamos presentes y estaremos en la arquitectura, el lenguaje, el comercio, la música, y el muy consumido desesperadamente por la juventud europea y española: el hachís.<br/>En nuestra deliciosa comida y en la muy necesitada mano de obra y mal pagada siempre que proporcionamos a todos los empresarios catalanes, españoles y europeos.<br/>Y hoy, más que nunca antes, estamos presentes en la vida cotidiana de esta Europa y del tercer milenio que comenzó.<br/>Luego don Mohamed con tremenda indolencia se levantó del bulto lleno de arena mientras se reía de los asustados presentes para despedirse diciéndonos a todos los incrédulos, muertos del terror y desvelados clientes de la pensión, cuando se alejaba con otro delicioso café de Colombia:<br/>-¡Have one nice day, all you bastards!<br/>Yo subí corriendo a la habitación donde me esperaba en pánico y llorando aún la Martina.<br/>Ahora iba donde ella, no aterrorizado sino sorprendido con la historia de este árabe. Y, su despedida tan tranquila de todos los concurrentes con:<br/>-¡All you bastards!<br/>Ya en la habitación, incrédulo y atacado también de la risa por esta increíble, pero real historia, le conté a Martina toda la versión de este individuo.<br/>Martina, después de escucharla, se ensimismó unos largos instantes, luego, cariñosamente dijo:<br/>-¡Típico árabe!<br/>Se llenó de risa, me miró en paz. Luego, caminó tranquila y se metió en la ducha.<br/>Para salir igual que la noche anterior, desnuda y majestuosa con su imponente belleza.<br/>Al salir de la ducha podía notar en ella el pánico y el cansancio de lo vivido la noche anterior.<br/>Miraba detenidamente la hermosura de su ser y la sensualidad de su cuerpo, cuando la escuché ahora muy tranquila y segura de sí misma y después de un largo silencio decir:<br/>-CATO, ¡Mi amor, mi vida, quiero un buen café y que sea de Colombia!<br/>Y, ¡vámonos, vámonos ya!<br/>Y, ¡cuanto antes!, el hombre árabe tiene toda la razón. Estamos rodeados en el mundo de hombres corruptos y mediocres y muchísimo más aquí, en esta llamada:<br/>Culta civilización europea.<br/>Vámonos a hacer lo que dejamos por hacer en nuestra pasada relación.<br/><br/>Vámonos al lugar aquél, donde los niños aún en medio de sus risas y la pobreza material que los rodea hacen la pesca con cometas y donde, en las cálidas y sencillas noches se escuchan los acordeones, las arpas, los tiples, guitarras, tamboras y maracas tocadas por los abuelos y siempre acompañados con las olas y alegres brisas del mar Caribe.<br/><br/><br/>Allí esta el futuro de Latinoamérica<br/>Cato, mi Amor, mi vida, ¡vámonos rápido!<br/><br/>Y… no olvides por favor, ¡no olvides! la rectangular, muy angosta, y fina caja con el… ¡violonchelo!<br/><br/>Barcelona, España, 20 de julio de 1998<br/>&#61651;Carlos Echeverry Ramírez<br/>Colombia-Canada<br/>www.carlosecheverryramirez.org]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(cato2000)]]></author></item><item><title><![CDATA[Simos Bolivar--Carlos Echeverry Ramírez]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cato2000/c_29.htm]]></link><description><![CDATA[Simon Bolivar.... <br/><br/>“Yo conocí a Bolívar una mañana larga, en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento, Padre, le dije, eres o no eres o quién eres..? Y mirando el Cuartel de la Montaña, dijo: Despierto cada cien años<br/>cuando despierta el pueblo"<br/><br/>Pablo Neruda]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(cato2000)]]></author></item><item><title><![CDATA[Carlos Echeverry Ramirez- Crónicas de Barcelona]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cato2000/c_28.htm]]></link><description><![CDATA[Crónicas de Barcelona (l) Fragmento<br/>Reservados todos los Derechos de Autor <br/>Ante CIPO Y WIPO<br/>©Carlos Echeverry Ramírez- (Colombia-1955)<br/>Es miembro de la Union de Escritores de Canada<br/>Crónicas de Barcelona<br/>ISBN: 0-9683701-2-8<br/><br/>Para: ella....que ...<br/>Crónicas de Barcelona<br/>-----------------------------------------------------------------------<br/><br/><br/>Cuando Gorka Echavarría ese día del mes de noviembre bajaba lentamente los veinte escalones contándolos uno a uno para llegar al sótano de la Clínica Santa María no sabía a dónde iba ni qué lo estaba esperando al final. <br/>Nunca había vivido algo parecido en su intensa vida y mucho menos en los tantos lugares de diferentes países del mundo donde había logrado sobrevivir.<br/><br/>Cuando descendía los escalones del sótano del edificio se sintió más solo que nunca en este mundo. Podía escuchar muy bien su respiración y los latidos de su corazón a punto de estallar. Las indicaciones del hombre pequeñito, que parecía un duende o un hombre de otro mundo, que lo recibió con amplia risa cuando llegó y sus palabras que aún hoy en día caminando por la Plaza Cataluña en Barcelona escucha como un eco: señor... camine al fondo, luego gire a la izquierda y al final del corredor, a la derecha, baje las escaleras que se encuentran allí y luego encontrará una puerta que permanece abierta de día y de noche. Y Gorka preguntó ingenuamente: ¿por qué la puerta siempre está abierta? Y el hombre le respondió con tímida sonrisa, sin inmutarse y sin cambio alguno en la expresión de su rostro, y como acostumbrado a esas palabras le dijo: allí está la muerte y siempre nos está esperando. <br/>Gorka callado lo miró incrédulo al escuchar esas palabras, y respondió impávido y aterrado con palabras entrecortadas: gracias señor, gracias. Se quedó unos segundos pensativo yéndose con la mente al lugar donde vino a este mundo hace 43 años, en un pueblo caluroso en el Valle del Cauca, con un médico que llegó a la casa de su padre a la una de la tarde y se bajó con toda la parsimonia del automóvil Opel, de color verde oliva, un hombre llamado, por cosas del extraño destino, Baltasar de los Ríos, quien golpeó tres veces en la puerta sin prisa alguna. Este médico calvo usaba anteojos redondos, camisa blanca de manga larga, pantalón kaki, maletín y corbatín negros; entró saludando parco por tartamudes de un susto en la infancia y sacó los instrumentos necesarios, los organizó sobre la improvisada mesa y ayudó a la joven mujer a dar el último empujón final para que Gorka empezara su vida y la misión encomendada en este mundo y llegara con un llanto que aún hoy en día no termina después de 43 años. <br/><br/>Caminaba los largos y silenciosos espacios de la Clínica para llegar a las escaleras que lo llevarían al sótano del edificio donde la puerta siempre estaba abierta y lo esperaba la muerte. <br/>Descendiendo lentamente las escaleras pensaba cómo reaccionaría frente a lo desconocido. Así, poco a poco, contando los escalones en medio de la semioscuridad y del frío que lo invadía llegó al final de la escalera y allí estaba el cadáver de su único amigo y de su gran héroe después de todo lo vivido y conocido en este mundo. <br/>Frente a él estaba su padre, solo en grimas, sin nadie más en este mundo dentro de una bolsa plástica de color azul. Cuando lo vio le impactó lo pequeño que estaba su cuerpo. Parecía el cadáver de un niño. Dudó por un momento que fuera el cuerpo de ese gran hombre que había sido su padre... observó detenidamente todo a su alrededor y vio el cierre metálico de la tula plástica que iba de la cabeza a los pies y sin pensarlo dos veces lo abrió lentamente.<br/> Le miró la expresión de la cara, la posición de las manos sobre el pecho, lo tocó y todavía estaba tibio. Le organizó el cabello con ternura, y sonrió al recordar el último corte punk que le había hecho dos semanas antes y que ahora lo acompañaría en su viaje a la eternidad. El cabello blanco estaba aún brillante y Gorka miraba en la expresión de su padre una paz serena y profunda igual que el silencio eterno de las majestuosas montañas y los fértiles valles que con él recorrió cuando era niño. <br/>Escuchaba, mientras lo observaba, sin afán alguno los sonidos de las lluvias y los truenos, el ruido de las cañadas y las aguas al caer entre rocas bajando de las montañas, sentía el canto de los pájaros que él le enseñó a distinguir e imitar en las auroras, sintió el olor a tierra mojada; se volvió a quemar en ese instante los pies con el calor de la arena del océano Pacífico cuando él lo llevó a conocer el mar, el canto del nuevo amanecer y de todos los pájaros de sus selvas estaban allí a su lado y ninguna lágrima salió de sus ojos mientras lo abrazaba por última vez. <br/>Se acercó a él y lo abrazó de nuevo como tantas veces y... le dijo casi en secreto como aquellos sonidos al amanecer traídos con la nueva brisa: Papá, no te preocupes, tus últimas palabras están guardadas en mi memoria, tu ejemplo de hombre intachable será mi mejor compañero, y recordaré en cada segundo de mi vida lo que hace sólo unas horas me decías: Hijo, de mí dirán todo lo que quieran, podrán hablar lo que quieran, pero nunca podrán decir que fui un hombre corrupto.<br/><br/> Que vendí mi conciencia por esos malditos dólares. Nunca podrán decir que fui un  Paramilitar, contrabandista de armas, de repuestos, de licor, cigarrillos, que fui un prestamista o agiotista, que fui un avaro, un tahúr y mucho menos podrán decir que fui testaferro de mafiosos o políticos ladrones y corruptos que tanta desgracia todos ellos le han traído a nuestros pueblos.<br/> Hijo mío, cuanto antes vete de este país de mierda... te lo ruego ahora que mi muerte está muy próxima, no olvides nunca y escríbelo algún día que esto aquí, en este país, toda la vida lo han manejado las putas, los ladrones, los asesinos, los curas homosexuales  y pederastas , los camanduleros, los criminales, los militares y los políticos corruptos y ladrones de toda la gran puta vida, ¡país de mierda! <br/>Hijo mío, andate muy lejos,  no vuelvas a esta tierra ingrata de ladrones y asesinos en sus instituciones donde los ancianos como yo que trabajamos toda una vida honradamente para hacer patria, sin olvidar a los niños y las otras mujeres ancianas se mueren de hambre y en la ignominia de todas las instituciones del gobierno y no tenemos ni siquiera el derecho a una vejez digna y mucho menos a una muerte tranquila. <br/>Ya los ancianos como yo y los otros hombres no nos morimos por las malditas balas asesinas como matan a los jóvenes.  Sino del susto, del terror cotidiano y de la ilimitada tristeza de ver esta arrastrada e inmerecida vergüenza en lo que se convirtieron nuestras instituciones llenas de políticos corruptos y ladrones.<br/>Hijo, cuando estés muy lejos busca a un anciano muy amigo mío, ese hombre es muy justo y sabio, él te ayudará siempre. Se llama Pierre, es catalán, y está en todas partes. En España es un gran poeta y él te ayudará a editar tu próxima novela.<br/> -Sí papá... así lo haré; le dio un beso en su mejilla como siempre se despedía de él y lo dejó descansar mientras traía lo necesario para esa noche, aunque ya se sabía que de esa noche no pasaría. <br/>Unas lágrimas cayeron sobre su rostro y me reí abrazándolo como tantas veces a carcajadas nos reíamos viendo esta moribunda tierra llena de políticos ladrones y hombres asquerosos y mediocres en todas sus instituciones. <br/>Esas fueron sus últimas palabras.<br/> Y mientras Gorka caminaba cruzando alegremente la Plaza Cataluña, en la ciudad de Barcelona, recordaba con alegría y orgullo las palabras de su padre y reía feliz, y siguió caminando alegre con dirección a la Pensión Tarrazon cerca de las ramblas y donde llevaba ya viviendo muy cómodo unos meses. Gorka miraba que la Navidad se aproximaba con su esperada nochebuena. Los vientos eran más fríos y los días pasaban sin encontrar el anciano Pierre que él tanto buscaba. <br/>En las tardes se sentaba a tomar café con unos pocos amigos en las ramblas de Barcelona. Vivía en aquellos días en la calle del Hospital con el número 211 de la Pensión Tarrazon.<br/> En esa pensión le asignaron la habitación en el tercer piso. No supo por qué le dieron la habitación ahí, era la más grande y con baño privado. Nunca preguntó por qué se la destinaron. Y todos los días entraba en ella tranquilo, alegre, le interesaba solamente que pasaran los días y terminar el proyecto en España y editar su novela. <br/>Con el correr de las semanas observó que la gente del barrio, las personas de los cafés vecinos y los de la recepción llamaban al tercer piso "El manicomio feliz". En este piso vivían turistas gringos y europeos, algunos pensionados, también “los locos” funcionales y productivos de la ciudad.<br/> No se sentía incómodo en lo más mínimo al estar compartiendo su vivienda con estas personas. ¡Qué locos ni qué...! esa es la vida. No le importaba nada, hasta se reía más de lo acostumbrado con las locuras de ellos y de las cosas que le contaban. <br/>Él era el más joven entre todos, pues algunos de ellos podrían ser su padre o su abuelo; respetando la jerarquía y condición de cada uno de sus compañeros, vivía muy tranquilo y feliz en dicho piso. <br/>Estos ancianos soportaban los días y los meses completamente solos. Observaban los días pasar silenciosos sentados en la recepción de la pensión, en la banca de un parque tomando el sol o charlando entre ellos horas y horas repitiendo monólogos interminables en medio de la soledad y el abandono de sus familias. <br/>A veces se sentaban en el borde de cemento de la ventana de un supermercado a mirar transcurrir las horas. Gorka miraba también con el correr de las semanas que estos ancianos estaban totalmente abandonados en el mundo por parte de las familias y antiguos grupos sociales.<br/> Nadie los miraba, nadie los determinaba, nadie los quería. Y pensar que cuando eran jóvenes y bellos eran tenidos en cuenta, pero ahora que estaban inútiles, viejos, muecos, enfermos y, lo peor de todo, en la miseria humana y sin poder alguno, por ser  viejos y pobres ya nadie los miraba. <br/><br/>Cuando la muerte les iba llegando unos la aceptaban muy tranquilos y otros muy angustiados trataban de quedarse en este mundo, y haciendo un esfuerzo sobrehumano por no irse se recuperaban de sus achaques físicos temporalmente, pero al poco tiempo aceptaban que ya no podían más con su cuerpo extenuado y sin pena se marchaban del todo de esta tierra. <br/>Sólo en muy pocos se vio el terror. La muerte era para muchos, o para casi todos, un extraordinario triunfo que lograban. Días posteriores al entierro de uno de los ancianos o jóvenes adolescentes que iban muriendo en los diferentes conflictos nos embriagábamos a veces por semanas casi enteras, por la desesperación de la realidad cotidiana. ¿Por qué no? -sé decían los jóvenes y preguntaban los ancianos- ¿A quién le importa nuestra vida?... A nadie. <br/><br/>Gorka se preguntaba el porqué estos ancianos sentían más miedo a la vida, miedo de estar viviendo en este mundo, más temor que a lo desconocido o a la muerte misma. <br/>Llenando su curiosidad y tratando de encontrar respuestas se pasaba horas y horas escuchando sus historias y sus vivencias pasadas. Contaban sus sueños fallidos, sus ilusiones idas, sus cansadas quejas, sus llantos ya secos. <br/>Quedaba en ellos sólo el cansancio de la violencia, la guerra y la miseria. Otros se conformaban a la dura realidad de saber que no eran eternos y que sus días estaban contados, igual que aquellos a quienes sin compasión alguna otros habían enviado a la muerte con el efímero poder y bombardeos nocturnos acompañados de la tiranía de nuestros sistemas políticos y económicos. <br/><br/>Mientras los días iban pasando los inquilinos del tercer piso, en la Pensión Tarrazon, sabíamos con certeza cuál sería el próximo en morir. Observaba que lo único que les quedó en esta vida a esos ancianos es el reproche a ellos mismos por haber sido unos cobardes. <br/>Por no haber sido capaces de levantar la voz de protesta, en un grito infinito y universal de reprobación ante tanta injusticia; sin embargo seguíamos tantos años observando en cobarde y cómplice silencio el terror que padecían los otros seres humanos, las mujeres, los ancianos y niños de Colombia,  México, Argentina, Latinoamérica y África. Y lo más grave para nosotros hoy es sentir que somos o pronto seremos ancianos impotentes para cualquier acto, que dejaremos a nuestros hijos y nietos y a las futuras generaciones un mundo invadido por la maldita violencia y la barbarie en donde lo único que se respira es el horror.<br/> Un mundo que no es mundo. <br/>Un mundo donde la muerte es lo único grato que ya nos merecemos. Porque lo que no se murió en la guerra se pudrió en ella para siempre. Y para nuestra peor desgracia, en nuestra familia, en nuestra comunidad y nuestro querido país. <br/><br/>Días después en la Pensión y en esas gratas noches cuando estaba con los ancianos escuchando sus historias nos reíamos de nosotros mismos, de nuestras debilidades, achaques y limitaciones físicas. <br/>Mientras con las miradas y con palabras soltadas entre los quejidos y dolores insoportables por los diferentes achaques y daños en cada uno de nuestros cansados cuerpos tratábamos de comunicarnos y era penoso aceptar que lo decíamos en medio de los gritos porque casi todos estábamos sordos. A uno de los ancianos le pregunté una noche: Paco, ¿es verdad que tú eres sordo? Y con mirada maliciosa, pasándole despacio una copa de licor en medio de la reunión, dijo: Anda cojones Gorka, ¡Brindemos por tu salud! No preguntes gilipolladas a estas horas de la noche. Y haciendo el gesto de silencio con el dedo en los labios susurrando dijo: ¿Cómo haces ese preguntón a estas horas de la noche cuando ya llevamos tres botellas de whisky y nos hemos fumado dos porros? Soltando la risa el anciano contó entusiasmado lo siguiente: "Sí, mi querido Gorka, decidí volverme sordo después de meditarlo por muchísimo tiempo. Ya tenía una úlcera en el estomago y me habían dado dos infartos. Decidí no escuchar más el mundo exterior. No quería ni quiero escuchar más mentiras a toda hora y en todas partes: la radio, la prensa, la TV, en los cafés y, lo peor de todo, las mentiras de siempre de los políticos corruptos y de los gobiernos mediocres". -Salud Gorka . -Salud todos los presentes esta noche. Y todos brindamos con paco y seguimos escuchando su historia.<br/> Majo, escúchame bien... un día cansado de todo, desesperado, y no encontrando personas con quién compartir estas locuras que te cuento sobre la maldita miseria y la irracional violencia en esta tierra triste al igual que en mi vida familiar, viviendo con una mujer como la Antonia, a quien sólo le interesan las pesetas y la monarquía, como a mí, igualmente de bruto, este que te habla, sólo le interesa ahora después de viejo la lotería y el fútbol. Decidí dar un cambio radical a mi vida.<br/> Una tarde que me caí en la calle fui llevado inconsciente al Hospital Clínico de urgencias en Barcelona. Le hice creer a los médicos cuando desperté, pero más que todo a la gorda Antonia que estaba a mi lado, llorando desconsolada, que había perdido el oído y que no escuchaba nada. ¡Nada! La Antonia se acostumbró a perder su interlocutor cotidiano y le tocó seguir echando cantaleta sola todo el día en la casa: Paco, ese sordo gilipollas de mi marido que se las pisa y se las pisó toda la vida está sordo. Ya ella no me habla ni discute cuando me viene a pedir las pesetas, así vivo más tranquilo y feliz. <br/>Hace años que nos separamos y vivo muy feliz, ahora sólo la recuerdo por las fotos en blanco y negro, de color casi amarillo, de la época cuando la conocí y éramos unos adolescentes y creíamos en el amor. ¡Salud y salud! <br/><br/>Sí, Gorka, aprovecho este momento para preguntarte algo, lo mismo a ustedes los presentes en la reunión-y el anciano nos miró a todos en la habitación-.<br/> ¿Dónde está la mujer de Hispanoamérica y el mundo que ha hecho a su alrededor una toma de conciencia en el control de las armas nucleares y los malditos fusiles entre todas las personas cercanas? <br/>¿Dónde está su protesta masiva y total contra la violencia establecida a nivel institucional por muchos gobiernos del mundo y que los hombres bestias y asesinos sólo manejan a su antojo, para matarse los unos a los otros, arrasando con pueblos inocentes como lo hacen hoy en día en muchísimos lugares del mundo sin razón y sin lógica. Sólo por el oro y el petróleo, que son efímera riqueza? <br/><br/>¿Dónde están esas mujeres que buscan y buscamos los hombres honorables hoy en día en el mundo? <br/>¿Dónde están esos seres que creen en la vida divina?, esos seres que sienten en su cuerpo los latidos de un nuevo corazón, el tiempo con sus amaneceres, los murmullos dulces, las canciones de cuna, el sonido del río, el mar, la brisa, tu sonrisa, tu hija, la lluvia, mi hijo, la vida, tu vida, el aire que respiras, tu sangre, los guaduales, el arpa, el bambuco, los sonidos, las montañas, las risas, y la de todos los de este mundo.<br/><br/>¿Dónde están las protestas de la Mujer contra aquél ser que destruye sistemáticamente y sin piedad lo que ella creó con tanto amor? ¿Dónde está esa mujer Gorka, dime tú?<br/><br/>Todos en la habitación nos quedamos en silencio para seguir escuchando al anciano quien continuó hablando: La vida hoy en día ya no es vida. <br/>Es un contrasentido de todo aquello que hace y ha hecho la Mujer por tantos siglos y que sin esperanza alguna la Mujer dispone como puede y a veces con esfuerzos sobrehumanos para crear y preservar la vida y la alegría en ella y sus congéneres... <br/><br/>¿Por qué ese silencio de la mujer moderna en Hispanoamérica y el mundo contra la violencia ilimitada que existe y ha existido a través de la historia y ejercida sin control alguno por el hombre bruto? Gorka, escúchame bien y todos ustedes aquí esta noche en la reunión. <br/><br/>Es muy triste tener que aceptar, y llegar a la conclusión de que la mujer contemporánea está aceptando y permitiendo como un hecho normal la violencia que se vive y difunde en todo el mundo y que es una barbarie y algo inaceptable en el hombre bestia.<br/>No acepten esa violencia<br/> Nunca la acepten. Decía el anciano con emoción y levantándose de la silla pidió un trago, bebe un poco y dice: -¡Salud todos!, y continúa hablando: Creo que muchísimos hombres al igual que yo y los de esta reunión estamos de acuerdo.<br/> Es algo realmente estúpido, sin sentido alguno y un Dios mío... ayúdanos a todos los hombres del mundo a encontrar un camino para el cual podamos todos los hombres de la tierra vivir en armonía el uno con el otro, para que nuestros hijos y sus hijos y todos los niños del mundo puedan vivir mejor, más tranquilos y felices. <br/><br/>Nunca un hombre consciente de que es un ser en evolución se atrevería a manejar un fusil, máquina, tanque o cualquier arma de guerra, de esos que tanto terror y pánico causan en los niños y en los ancianos.<br/><br/>Nunca un hombre debe aceptar manejar un aparato de esos que sólo llevan el odio, la muerte y la miseria humana y el dolor perpetuados en ellos. <br/><br/>Cualquier niño del mundo y de Colombia que ha sentido en carne propia la violencia y la estúpida y horrorosa guerra sabe y comprende perfectamente el terror y la amargura permanente que ella produce en ellos desde el primer instante que escuchan impotentes y aterrorizados esos helicópteros con sus sonidos asesinos. -Y con las últimas palabras de Paco nos quedamos en silencio, meditabundos. <br/><br/>Por el calor del verano la puerta de la habitación de Gorka, en la Pensión, siempre está abierta. Sobre un escritorio prestado tiene una computadora Scanner y dos impresoras. Tiene sus buenos utensilios de trabajo listos en todo momento. <br/>En la mañana, desde muy temprano, hacía trabajos en la computadora relacionados con el diseño gráfico, diseñaba afiches, logotipos y cualquier cosa que le permitiera pagar sus gastos y también se inventaba historias para el centenar de personas que llegaban a España pidiendo el refugio o asilo político. <br/>Lo mejor de todo es que a veces le tocaba inventar historias sin nunca haber estado en Sierra Leona o en Liberia o en Kenia. Y, peor aún, sin estar familiarizado con el medio ambiente o las circunstancias por las cuales la persona pedía el asilo o el refugio. Sin embargo casi siempre se les dio el asilo a las personas a las cuales les colaboró en la edición de su caso como refugiado.<br/><br/>Así Gorka vivía en Barcelona, durante el día observando y sintiendo la muerte a cada momento, el dolor ajeno y la angustia, el hambre y el llanto cotidianos en los rostros de sus niños, mujeres y ancianos. Y en gente de todos los diferentes países del mundo que llegaban a España. <br/><br/>Veía cómo la gente trataba de escapar de la muerte. Vio asustado y sin poder creer todo el horrible drama de los refugiados y desplazados de la violencia en el mundo. <br/>Eso lo traumatizó y lo ponía a pensar en la maldad que hay en el mundo. Nuestra indiferencia y egoísmo ante el dolor ajeno es algo que nunca ha podido entender ni aceptar. <br/>Muchas veces Gorka ha pensado, y lo dice a sus pocos amigos: "En este mundo no existe una distribución equitativa de la riqueza, porque el problema del mundo no es de pobreza sino de una distribución más justa y equitativa de los recursos que generan la riqueza". <br/><br/>Por eso al saber cada semana que se nos iba uno de los amigos y de los que asistían a las reuniones y fiestas que hacíamos en la Pensión Tarrazon, me he convencido de lo fugaz que es la vida. <br/>En el fondo de la habitación y entre los ancianos la Marí Carmen grita: "Escuchen todos, me cago en la ostia y todo el Opus Dei completito, con todas sus sucursales en el cielo y con todas sus colonias llenas de maricones en la tierra.<br/> Me voy por un rato, a traer más velas antes que se acaben y ¿quién necesita algo de la recepción o qué necesitan?<br/> A ver ¿qué es lo que quieren o necesitan para ser felices?". <br/><br/>Ya sabíamos quién sería el próximo a morir esa noche.<br/><br/>Me paro en silencio y camino despacio, muy despacio, hasta la ventana. Quiero sentir la brisa y el olor a mango dulce. Es quizás esa nostalgia por la brisa del Caribe que me lleva a la ventana para viajar con la mente a aquellos lugares donde fui feliz. Miro a través de la ventana y todo es silencio. Siempre encuentro el silencio al final de todo. Siempre. ¿No sé por qué? pero el silencio está allí a cada instante de mi vida. <br/><br/>La calle está tranquila, hay poca gente, y Gorka observa a través de la distancia jóvenes caminando desviados, extasiados, consumiendo hachís y heroina por toneladas. Con sus walkman escuchando ese rap y ese rock de la música de mierda gringa, mientras caminan a las conocidas Ramblas de Barcelona.<br/> La brisa suavemente entra en la habitación, la siento y la disfruto como cuando tenía doce años y salía por la tarde de cine del teatro Bolívar en la ciudad de Cali y me venía caminando con mis amigos por la avenida Sexta. Ahora sólo escucho a lo lejos que suenan las putas campanas de la iglesia como todos los días, desesperadas buscando clientes arrepentidos y manipulados por el sentimiento de la culpa y por los curas.<br/><br/>Y ¿dónde estarás my darling y mi trucutu? Muchísimas veces se preguntaban los ancianos cuando veíamos pasar las morenas o las rubias escandinavas y que a veces mirábamos por la ventana o desde nuestro balcón. ¿Dónde estás mi amor?, y observábamos con los cuerpos y las risas desdentadas y las ilusiones ya idas con los años, recordando los atardeceres rojos a la orilla del mar o en las montañas con sus sombras entre los árboles buscando lugares dónde terminar el día. <br/><br/>Gorka apenas escuchaba los ancianos con sus quejas del amor lejano y observaba sus miradas que buscaban en aquellos años idos y muchas veces también igual que ellos decía y repetía lo mismo. -¿Dónde estás mi amor...? Cualquier persona que hubiera entrado a la amplía habitación de la Pensión se sorprendería al ver el patético cuadro con estos ancianos, hombres y mujeres de 80 años en promedio de edad, en pequeñas bragas, y con los senos al aire.<br/> Las mujeres en esos calores del insoportable y húmedo verano de Barcelona que iban entrando a la habitación con sus ya descolgados senos en sus cuerpos cansados, los hombres llenos de achaques y con dificultad para caminar. <br/><br/>Seguía mirando fascinado cómo las mujeres ancianas cuando venían a visitarlo en la habitación y en las reuniones que formaba dejaban ver un poco de maquillaje en el rostro y un suave olor a perfume en ellas. Comentábamos con Gorka y los presentes en la habitación lo bien que les quedaba, y les hacíamos bromas con las cuales ellas se llenaban de risas. Así poco a poco iban pasando los días del verano mientras Gorka seguía buscando al anciano Pierre  sin poder encontrarlo. <br/><br/>En las noches, después de la búsqueda diaria del anciano por los diferentes lugares de Barcelona, era maravilloso mirar cómo las mujeres entraban en las noches sintiendo que iban a cumplir la cita de su vida. <br/>La cita esperada con el amante perfecto y que siempre desearon y el hombre o príncipe azul, y el amor que nunca les llegó y que continúan esperándolo.<br/>También otras y otros entraban en las noches, y ya tarde, con una sábana medio rota o desteñida, percudida o manchada por los años, el vino, la mugre y las lágrimas del llanto dejado en el pasado con sus esposos debajo de esas sábanas y con las mismas en los desamores o las traiciones y que ahora en forma extraordinaria imitaban con ellas grandiosas togas romanas.<br/><br/>Paco y Gorka miraban una noche los diferentes personajes que entraban con sus sombreros, cachuchas, gorras etc. Y no les importaba un carajo a los ancianos el qué dirán de los otros... o la fiera de su mujer o el tonto de su marido. Ya nada nos importa en la vejez, nos alejamos de todos aquellos prejuicios de clase social. Y que tanto mal junto con los curas, “los psiquiatras, y los sicólogos”, algunos de ellos mentirosos, drogadictos  y charlatanes, le han hecho a la gente del común. <br/>Entonces para no desentonar del grupo de ancianos Gorka usaba un sombrero, unos pantalones gigantescos y una camiseta que decía: “El último viaje” y unas abarcas de campesino. ¡Y qué carajo! Así se pasaba las noches en Barcelona muy feliz caminando de un extremo al otro de la habitación departiendo con mucha calma entre risas y anécdotas, todo lo que necesitaban para pasarla contentos cada noche. Y así cada noche era lo máximo. Porque sabíamos que quizás era la última noche para cada uno de los presentes.<br/><br/>A todos los ancianos Gorka les entregaba licores y elementos para su comodidad, sin distinción de raza o de achaque o clase social, a cada uno de acuerdo a su necesidad. Le alegraba muchísimo ver que los ancianos querían aportar siempre algo. Si no tenían dinero conseguían el extraordinario jamón serrano, traían pan y queso y todo lo compartíamos. Y lo hacíamos felices porque la muerte se nos viene encima y ¡se nos vino! Sin darnos cuenta.<br/> ¡Qué carajo!, aceptábamos que nada nos íbamos a llevar de este mundo.<br/>Soy tan feliz, decía el Sergio, después de haber sido millonario, rico en pesetas y dólares, no en devaluados pesos o bolívares, todo lo que tenía lo había invertido en hospitales y escuelas públicas para las clases más necesitadas. <br/>Atacado de la risa y bebiendo vino nos decía a todos, ahora soy muy feliz. Hoy en día me levanto más tranquilo que nunca antes. Salgo al café de la esquina, me siento a leer la prensa, puedo tomarme un café y un coñac. Puedo charlar con todos mis amigos, hombres y mujeres; pago algo módico por la excelente calidad de alimentación que me dan. Me conocen, me respetan, me tratan bien y además por la noche me vengo a entretener y hacer vida social con mis amigos en esta pensión, que es mi casa. Y es aquí, en este tercer piso, en el lugar donde más me he reído al final de cuentas en toda mi vida. <br/>Gorka, escúchame.<br/> Toda la vida fui muy acomplejado y triste porque no aprendí a bailar. Siempre fui muy torpe para llevar el ritmo de cualquier música o melodía.<br/> En mi juventud sufrí muchísimo, y como adulto ni te lo puedes imaginar cómo me afectó siempre el no saber bailar. Ya un hombre viejo y en nuestras reuniones con todos nuestros amigos y amigas, pues... aprendí a moverme con alegría, sin miedo alguno a nadie ni a nada. Y trato de bailar, lleno de risa con la música del colombiano Vives SI Vives... <br/>Hoy por fin, como esta noche, puedo bailar. Por lo menos ya no me da pena y siento muchísima alegría. Que es lo que importa en este mundo. Vivir con alegría, el resto es pura fantasía.<br/><br/>Gorka dejó el anciano por unos minutos y siguió repartiendo las tapas, maní, tabaco, vino y aceitunas, el chorizo con pan, pulpo a la gallega, y sardinas a la vizcaína; la tortilla se la regalaba el dueño del café vecino y era de las que no vendía el día anterior, de los otros cafés de la vecindad conseguía también las famosas tapas y tortillas españolas, y a veces las cambiaba por su libro.<br/> Y así siempre ha sido con los ancianos: un anfitrión excelente, como su padre le enseñó a ser cuando era niño. <br/>Por lo mismo con él nunca les faltará nada a los ancianos, llevará alegría en cualquier parte donde falte la música. Partiendo desde la música clásica hasta la música cubana y mexicana.<br/> Los melancólicos tangos, los bambucos alegres, los emocionantes pasillos y guabinas y también el arpa llanera o la bosanova y zamba brasilera, o la cueca chilena o peruana.<br/><br/>A veces y por compartir con los ancianos les ponía vallenatos. Cuando los quería estimular y que recordaba tiempos pasados en su vida y que le entraba la nostalgia por Latinoamérica les hacía una noche especial de pura música llanera. <br/>Gorka miraba por horas fascinado que siempre se paraban de sus sillas o del sofá donde estaban sentados al escuchar las melodías y sin mirar para ningún lado movían lentamente sus cuerpos al ritmo de la música y cerrando los ojos bailaban recordando aquellos momentos e instantes cuando tuvieron a sus diosas coronadas en momentos de años mozos en sus vidas.<br/>Tiempos que fueron jóvenes y bellos y quizás también fueron dueños del mundo por un instante. Aunque sólo hubiera sido el pequeñito y minúsculo mundo de ella y él. Compartiendo juntos esos días llenos de grandes momentos cuando escuchaban "los te quiero", -yo también-, ¿siempre me amarás? -Sí mi vida siempre- ¡júramelo! -Sí amor te lo juro-, ¿me serás siempre fiel mi vida? -¡Sí amor siempre!, -déjame termino la tesis y te doy un hijo. Y todas estas palabras ya lejanas para muchos y los dos en este momento. <br/>Y así la vida tuya y la nuestra se les fue y se nos fue, se nos fue... de las manos, escuchando palabras y sonidos en monólogos durante tantos años pasados, ¿recuerdas amor?, esas palabras son sólo palabras, y que hoy forman la parte triste de aquello llamado: El olvido. <br/>Algunas veces que él bailaba entre ellos quería en esos momentos eternizar para todos y para ellas, en la habitación de la reunión en Barcelona esos segundos en los cuales nos sentimos dueños del mundo. Cuando nada nos importaba. Que ellas recuerden cuando eran unas diosas divinas. <br/>Unas de las más bellas entre las bellas.<br/>Y que los aplausos y la admiración los recibían por doquier. En todas partes. Y sobre todo en las grandes pasarelas y desfiles de la moda efímera llenas de luces y flash. <br/>En los grandes recintos académicos de las universidades de Boston, París y Barcelona. En Londres o Singapur las ovacionaban igual que en Caracas o Berlín y en Bogotá, Río o en Madrid, Rosario y Ámsterdam y Ciudad de México o Guadalajara. <br/>Amor ausente, Amor mio, mi dulce amor...recuerdas cuando escuchabas los aplausos de los poderosos y que al final eran sólo mediocres que te aplaudían sin parar y reías mucho en esas noches y en aquel entonces y eras la más bella. <br/>Que ponías tranquilamente e indiferente el precio al mejor postor y como querías.<br/><br/>Que mirabas segura a todos los hombres, que los dominabas con tu mirada y que de todo creías tener el control. Convencida estabas que podías conquistar el mundo y tenías a tus pies todo, donde y cuando lo querías. <br/>Y que sin esconderlo decías al hombre de turno casi en llanto y al final de la noche en medio del licor, la heroina  y la cocaina, bajo las luces de neón o en las habitaciones en penumbra llenas de espejos, caminando en las callejuelas angostas y oscuras y escuchando as voces de aquellos buitres asquerosos y capitanes y amrineros de barquitos de papel...y decías... "Sólo te pido que me quieras un poquito". Era lo que le decías desesperada implorando por el amor ...en esos segundos eternos en ese instante cuando susurrabas al oído, al nuestro, al de todos ellos, y más que todo aquel que no has podido olvidar nunca, nunca: el mío. <br/>Tu aliento, tu risa al amanecer como murmullos alegres, y escuchábamos el trinar de pájaros con la aurora, tu sangre, nuestro hijo... aquel que pudo ser y nunca lo fue. "Te quiero más que nadie en este mundo", le decías al “hombre” aquél cuando hacías en ese entonces tu tesis de grado. <br/>Recuerdas cuando juntos besábamos el universo en noches alegres de amaneceres suaves y tibios con olor a mango dulce. Allá en la ardiente llanura de la vida, en en la ciudad de cali y en aquellos dias felices de enero y me decías “hazme lo que quieras”.....Y que besabamos la noche eterna, tu vida, la nuestra, la vida de todos en este mundo. Y que ya hoy en día es tan solo dolor y llanto en tu vejez y en la mía. <br/>Cuando también creían ellos dos juntos y solo los dos en medio del canto de las cigarras y los colibríes al mediodía y debajo de los siete gigantescos palos de mango del patio de tu casa, allá en la llanura, los dos en medio de besos ardientes y lunas llenas en la noche corta, creíamos equivocadamente que el Amor era eterno. <br/>Que me serías siempre fiel, antes que él. Y que al oído le decías con ternura: Seré siempre tuya amor... Le hiciste creer que íbamos a ser jóvenes y bellos y que los amaneceres eran siempre nuestros.<br/> Lo abrazabas y me hacías sentir dueño del mundo. Lo besabas todo íntegro y le decías: todo lo tuyo es mío amor, y lo mío era todo tuyo. Así lo hacías sentir y te creí ciegamente como un niño. Le hiciste soñar en que todo era nuestro. Que por estar juntos merecíamos todo y nos apropiábamos de todo y del mundo como si fuera nuestro también y sin tener la suficiente madurez y conocimiento, experiencia y sabiduría, para adueñarnos de la brisa con sus atardeceres rojos en la llanura. <br/>Sin pensar más en todo lo anterior de su vida, amor, mi dulce amor, por qué ahora que está bailando lentamente y que el cuerpo ya no le responde por los dolores y su rigidez, y que está desdentado y lleno de arrugas, viejo, calvo y que sólo quiere decirte con alegría en su cara, esa que es tu cara también y fue la nuestra, la de ellos, la de nosotros y con sus risas y besos compartidos y alientos tuyos y míos, y que es la vida de todos los aquí presentes en la habitación mía, en Barcelona y en este mundo. Tu mundo, el de tu madre y tus hermanos...y tu familia. <br/>Quiere decirte que sólo le quedan las ilusiones de aquellos días de enero   cuando lo pusiste a soñar como un niño en un mundo mejor. Un mundo más justo y más solidario para todos los hombres, mujeres ancianos y niños de este mundo.<br/> Le enseñaste a construir un mundo sin hambre y sin miseria y me enseñabas a soñar y amar un futuro para los dos. <br/>Para todos, para todo el mundo entero.<br/> Le enseñabas a querer el amor en los amaneceres que eran fríos y sólo teníamos un colchón viejo en el piso y cuando todavía no le habían robado las ilusiones y creía en ti. <br/>Y todos los presentes en esa habitación de la pensión en Barcelona creíamos en ti. En ese mal llamado Amor... y en el mundo y en la justicia que nos rodeaba. Creía en ti. Cuando era más joven y todavía te esperaba.<br/><br/>Esta noche amor, mi amor de la llanura con amaneceres con olor a fruta dulce y arenas ardientes, cuando quizás nadie te espera... tú, una anciana igual a ellos, y por allá lejos muy lejos de mí y de nosotros aquí pensando y deseando que tu vida y la de ellos no sea dura...<br/> Ancianos y cuando nadie nos espera ya tampoco ni en ningún lugar y que sólo nos espera la muerte como a todos los ancianos que he conocido y por los otros que cotidianamente comparten conmigo esta habitación y esta fiesta de despedida a ella, hoy en día en esta noche y únicamente esperando la muerte, cada noche es una despedida y un canto a la vida y un rechazo total a la ilimitada violencia que existe en este mundo. <br/>Una protesta a este injusto mundo.<br/> Un llanto desesperado de alegría por estar con vida en este día. <br/>Y en medio de una de esas tantas noches y en una como hoy y pensando en ti, amor de la llanura, ¡Amor Miserable!, Maldito amor... mientras reíamos a carcajadas esperando la muerte sin saber nada de ti durante los últimos meses y después de tantos años esperándote sin esperanza alguna y como garzas en la laguna y después de haber bebido licor, y fumado marihuana con los ancianos felices y recordándote como en noches aquellas en la Yaguara, noches de ahora en Barcelona, cuando todos los ancianos y viejos entusiasmados contamos historias atroces como sobrevivientes del "horrible fascismo". Y estando todos felices, riendonos y escuchando música y charlando en la habitación alumbrados con la luz de unas pocas velas entró de repente, ¡Y qué sorpresota y qué susto tan hijo del gran putas! así como en las películas de Hollywood entró un hijo de puta negro, gigantesco, dando unos grandes zancos y con unos pasos inmensos de abuelo negro palenquero. Era de esos negros que de pueblo en pueblo de la costa Caribe y Pacífica de Colombia, en la época de la esclavitud, se vendían en la hoy "Plaza de los Coches" en Cartagena como si fueran relojes baratos de la china entrados de contrabando.<br/> Sin darnos cuenta se nos metió el negro gigantesco que la noche, las sombras y casi oscuridad total de la habitación lo hacían parecer más grande que Satanás, con unos dientes enormes y una gran espalda y brazos con unos músculos que parecían las alas de un murciélago extraterrestre. <br/><br/>Todo el mundo se petrificó al ver ese monstruo negro dentro del pequeño y feliz espacio nuestro. Lo único que se le veía en la oscuridad o le podíamos observar con la poca y difusa luz de las velas que medio iluminaban la amplia habitación eran esos blancos y brillantes colmillos y dientes con carcajadas maléficas. <br/><br/>Ese ser negro entró de sorpresa, riéndose con gran alboroto, y nadie se movió del susto. Todo el mundo se quedó sin modular palabra. <br/>¡Y quietos todos ahí, mis parroquias y presidentes, incluyendo aquellos de los pueblos y culebreros de la Antioquia grande, quieta la Margarita, quieto todo el mundo hijos de puta y... quieta mi Margarita que aquí llegó el negro, ese de Buenaventura a la Barcelona! Y así fue la cosa mis amigos, yo me quedé quieto y aterrorizado. ¡Dios mío esto es un atraco! -O nos va a matar a todos este negro-. Los ancianos de la habitación no podían creer que estuvieran viendo un hombre negro a esas horas en el amanecer de un nuevo día.<br/><br/>Todos estábamos asustados de ver un negro en carne y hueso. <br/>Un negro real y no como en las películas de Hollywood. Real no porque fuera de la monarquía española sino todo lo contrario. Este era un negro de verdad en carne y huezo y de aquellos de los llamados esclavos, porque los gloriosos hombres anglosajones les pusieron cadenas, los torturaron, los sacaron de su familia, de su África, y los sometieron y vendieron. Los arrancaron de su medio ambiente a la brava y con violencia los metieron en destartalados barcos y se los llevarón al Nuevo mundo para hacerlos vivir como animales y máquinas de trabajo.<br/> El negro que estaba frente a nosotros en la Pensión Tarrazon aquí en  Barcelona era uno de esos.<br/><br/>En territorio de la España de Aznar, nada más y nada menos. Y con una gran diferencia que lo caracterizó desde el primer momento que entró en la habitación: este negro parecía el Diablo. Era la reencarnación total de Satanás con toda su legión y su corte de diablos a su alrededor. Mientras hacíamos fuerza para que la brisa no apagara la luz del cabo de la vela que iluminaba el amplio espacio de la habitación donde estábamos. Ese hombre negro se nos perdía en la oscuridad de la noche con sus brincos y nerviosos músculos en su cuerpo de ébano cuando le hablábamos. <br/><br/>Parecía que se burlaba de todos nosotros. Cuando entró preguntó: ¿Oiga parroquias aquí quién se llama Gorka ? Escúcheme bien, necesito hablar con el Gorka. Por favor parroquias aquí ¿Quién es Gorka? ¡Ayúdeme por favor...! -Volvió a preguntar el hombre negro, precipitado y nervioso.<br/>Nadie contestó... nadie. Ni un solo mosco se movió. Sólo se escuchaban los pulmones llenos de enfisema de los fumadores y la tos obligada y amiga inseparable en los ancianos fumadores. <br/><br/>Después de sus palabras todo quedó en silencio. Sólo se escuchaba el sonido de la brisa en las velas derritiéndose y las cansadas respiraciones de los ancianos mientras hacían fuerza para que la brisa no apagara las velas en ese instante porque allí, sí nos llevaba el que nos trajo. Y frente a la sorpresa de este puto negro en la habitación y de improviso, yo muerto del susto cuando preguntó quién era Gorka, sólo me decía... Si le digo que soy yo el Gorka me mata este negro....Y me quedé en silencio. <br/><br/>Ahora sí estábamos muertos del susto y yo aterrorizado al ver ese negro gigantesco y maluco preguntando por el Gorka. Y lo más grave era que no atinaba a pensar en nada con el negro al frente. Estaba paralizado del susto. <br/>Luego decía el negro ahora más tranquilo y pausado tratando de convencernos a todos los presentes en la habitación, unos sentados en la cama, otros en el sofá y otros en pequeños asientos y que cada cual había traído desde que comenzó el grupo a reunirse todas las noches desde que llegué a la pensión: miren mis parroquias, -continúo el negro hablando- y con todo su respeto señores aquí presentes, yo soy sobrino de ese gran hombre negro llamado "la Maravilla Gamboa", ese que fue extraordinario futbolista en Colombia. <br/><br/>Todo el mundo seguía en silencio. Porque fuera de Gorka nadie conocía entre los ancianos españoles quién era la Maravilla Gamboa. Y mucho menos le creían al negro su historia. Algo normal en medio del terror que sentíamos. <br/>Yo en silencio apenas me dije ...y ahora ¿qué quiere este negro? ¿Ser otra Maravilla más de negro? Y para rematar la cosa es colombiano el negro éste. Y de una le pregunté ¡Oís parroquia! ¿vos de dónde sos? ¿De Puerto Tejada, San Basilio de el Puerto o del Corralito de Piedra? ¿De cuál palenque? Y el negro contestó ya más tranquilo y normalizando el ritmo de su respiración: Yo necesito hablar con Gorka. Pausadamente habló el hombre negro.<br/> Sin saber que era él la persona que buscaba y hablándole con acento español le preguntó. Y ¿para qué quiere usted hablar con el Gorka? No, mi señor yo sólo he podido escuchar aquí en Barcelona que el Gorka Echavarría es un Maestro. Yo quiero hablar con él porque necesito que él y todos ustedes me ayuden a imprimir ocho mil hojas de esto que es para un amigo poeta y él les paga por adelantado. <br/>Yo sólo traigo el mensaje, un gran mensaje y además les quiero decir que estoy recién llegado a Barcelona. <br/><br/>Observando asombrado todos en la habitación al hombre el Gorka le preguntó: ¿Usted cómo se llama? El negro se quedó en silencio pensando y luego respondió mirando a todos los ancianos lentamente. A mí me dicen Guacho. ¿Y eso qué significa?, le preguntó Gorka. Bueno, es que mi nombre en verdad es: Washington... y soltó su risa maléfica y luego se quedó en silencio otra vez. Como si estuviera recordando días de su infancia. <br/>El negro empezó a mostrarse tranquilo y sin importarle que estábamos alrededor suyo se adueñó del espacio y se miró tranquilo sus tenis blancos, su overol nuevo, sus brazos musculosos, acomodaba su ancha espalda en la cómoda silla y en el lugar. Parecía que en su silencio estuviera recordando la historia de la raza negra desde el año 1570, cuando empezó el infame comercio de seres humanos hacia Latinoamérica y luego volvió a mirar todo a su alrededor. Nos miró a cada uno con nuestros siete pecados capitales. Miraba las miserias en cada uno de nosotros, los dolores de cada uno y luego con voz segura dijo: Aquí está el dinero para imprimir las copias que necesito y sacó el billete nuevo de veinte mil pesetas. Al mirar el billete nuevo Gorka pensó: ¡qué tal que salga falso ese billete de veinte mil pesetas! Y se quedó mirando al negro. <br/>Mirábamos al negro con tremenda desconfianza e incrédulos en la oscuridad con la poca luz de las velas. Sin embargo, al mirar que no iba a existir violencia de parte del hombre negro hacía nosotros los ancianos, ya un poco más tranquilos mirando al hombre a sus ojos, Gorka se armó de valor y, aunque un poco tembloroso, después de unos largos segundos, caminó hacia él y le dijo muy tranquilo con acento de hombre español... ¿Quieres un trago? y el negro respondió sin mirar: Sí, mi señor, pero sin veneno. Y aterrado mirando los ancianos, le pregunté otra vez ¿Cuál veneno? Y el negro respondió muy contento y entre risas: ese veneno que llaman Cocacola. Eso le destruye a uno el estomago, la vida y los dientes. A mí, mi trago que me lo den con chicha o limonada. O con lo que quiera mi señor, y que mi Dios lo bendiga. Y el negro se sentó muy tranquilo otra vez entre Gorka y todos los desconfiados ancianos españoles quienes nunca habían visto un negro tan cerca y menos en una habitación con ellos a estas horas de la madrugada.<br/><br/>Con el negro en la habitación y sentado entre nosotros y después de semejante sorpresa, Gorka tuvo el valor de preguntarle: oiga negro, ¿Cómo llegaste a Barcelona? -¿Que cómo logré llegar a España? Y el negro soltó una carcajada que se escuchó en todo el barrio. Luego dijo sin pena alguna y ya con más confianza, permítame les cuento todo con calma, y se acomodó otra vez en la silla. Y dijo -perdón, ¿cómo se llama usted? Le hizo la pregunta a Gorka. Y le tocó responder al negro y decirle el nombre. Levantándose de su silla le dijo: mi nombre es Gorka, y le dio la mano con máxima alegría.<br/> El hombre negro respondió muy entusiasmado parándose de la silla ¿por qué hombe usted no me dijo desde un principio que era Gorka? Usted es de Locombia mi parroquia y soltó la carcajada y levantándose me abrazó sintiendo que tocaba mi espalda y cintura por todas partes como si estuviera buscando disimuladamente armas escondidas en mi cuerpo, o quizás como un saludo de reencuentro con su pasado. Luego nos dijo a todos en voz alta: lo andaba buscando señor Gorka por toda Barcelona. Hasta que una mujer llamada Laloca de arriba  me dijo dónde estaba usted en esta ciudad. <br/><br/>Yo lo andaba buscando porque necesito que usted me ayude a imprimir algo muy importante para todos. Y entre risas nos dijo levantando su copa: salud señores, con todo su respeto. Pero... Déjeme primero les cuento, y mirando a todos los presentes el negro habló: lo más importante en mi vida no es cómo logré salir de Colombia y cómo llegué a la Madre patria. Y riéndose después nos dijo que por cierto algunos ancianos en cuchicheo se preguntaban entre ellos ¿de qué se ríe este negro? Lo principal, -continuó el negro hablando- es cómo he logrado sobrevivir aquí en este pueblo grande y haciendo qué. Y para poder estar aquí esta noche, contándoles mi historia. Bueno... y el negro volvió a mirarnos a todos los presentes y seguía riéndose con malicia y mirando muy complacido a los ancianos que apenas se empezaban a medio sentir bien entre sus temores con el intruso al frente. Y nadie se movía. Solo el negro nos entretenía y dominaba totalmente con sus palabras. <br/><br/>Y así empezó su relato: Yo soy del Pacífico de Colombia, de un caserío cerca a Guapí. Un pueblo perdido en la selva, lleno de casas de madera, techos de zinc, con mosquitos y paludismo por cantidades y un calor del infierno. Todos somos negros o casi todos. Allí son muy pocos los blancos. Allá empieza el mundo o también termina.<br/><br/>Señor Gorka, usted es de Colombia y creo que conoce el pueblo y me puede ayudar a describir a los ancianos españoles cómo es la vida en ese lugar y cómo es su medio ambiente. Ah y antes de continuar les quiero pedir excusas otra vez por la forma tan repentina como les entré aquí esta noche en su reunión y sin estar invitado. Sí, por favor... me excusan los presentes si los asusté. <br/>Como les iba contando... en esa selva los ríos son grandes, hondos e inmensos y nunca se terminan. Se pierden en el horizonte al caer la tarde con soles rojos en una selva verde majestuosa y profunda. Que sólo en las noches oscuras y en medio de sonidos lejanos y extraños logramos entender que es única en el mundo. También creo que podemos sentir en ese silencio infinito sonidos de cada noche con los cuales nos abraza en el amanecer la presencia del creador de este mundo. De un Dios único al que todavía ningún hombre negro como yo le ha dado estos cinco dedos. -Y el negro mostró sus manos gigantescas y cansadas y muy llenas de callos del duro trabajo. <br/><br/>En ese pueblo perdido en medio de la selva terminé mi bachillerato. Trabajando en el restaurante de mi tía Felicita para pagar mis estudios. Ayudándola como mesero o como cocinero algunas veces. En mis tiempos libres me metía en la casa de mi tía Hipólita todo el día para leer sus libros de cuando fue profesora en el bachillerato. El restaurante de mi tía, ¡ay hombe! es muy bueno y queda en el aeropuerto. <br/>Todo el que llega a mi pueblo Guapí conoce el restaurante de mi tía Felicita. Es el mejor que existe allí. La comida es deliciosa y el restaurante siempre está lleno de gente. Desde los funcionarios del gobierno hasta los miembros de todas las fuerzas armadas. Todo el mundo va al restaurante de mi tía. Y así en medio de la vida y haciendo mis estudios un día, hace muchos años, con un par de amigos empezamos a notar en los niños vecinos de mi casa y del barrio y de los alrededores, unas enfermedades muy raras. ¡Ay Dios mío! algo que nunca habíamos visto en Guapí y mucho menos en la región. Algunos niños presentaban problemas en la piel. Cosas raras: manchas, erupciones, tumores, cambios de color, hongos y todo aquello que para mí es indescriptible esta noche. Muchos otros nacían con deformidades y retrasos mentales. En Guapí en los últimos treinta años, y entre mi generación, no existieron esos problemas. Mucho menos los incontables casos de Parkinson y epilepsia entre los niños y los ancianos.<br/> <br/>Fueron pasando los años y no solamente yo y mi par de amigos éramos conscientes de esto sino que toda la comunidad empezó a notar y a sentir estas enfermedades raras, nuevas y desconocidas por todos y más aún por el grupo de médicos dirigidos por el doctor Vicente, de Puerto Tejada, que en silencio asustados afrontaban y aceptaban incrédulos esta epidemia creciente como algo fuera de lo común y sin causa alguna, y mucho menos científica, entre la comunidad negra del Pacífico de Colombia que va desde la ciudad de Tumaco hasta Panamá.<br/><br/>Algunos meses más tarde y un día después de muchos años de silencio en el pueblo, en una canoa llegó al embarcadero un respetable y cansado anciano con su mujer. Sudorosos y muy nerviosos contaban que habían visto, hacía muy poco, descargar en la playa del Pacífico de Colombia unas cajas metálicas gigantescas. Ese mismo día, al caer la noche, y cuando regresaba otra vez del mar a su rancho el hombre contaba que vio cuando llegaban en otros barcos y luego a la playa unas máquinas mucho más grandes y que despues manipulaban las cajas o contenedores y las trasportaban unos doscientos metros más adentro ya en tierra firme y muy cerca de su rancho semiescondido entre las grandes palmeras y árboles.<br/><br/>El anciano nos contaba en aquel entonces que vio, incrédulo y asustado, que otras máquinas abrían unos huecos gigantescos en la tierra y después echaban las cajas en ellos y mucha tierra encima, hasta no quedar ninguna de ellas a la vista de persona alguna.<br/><br/>Muy temeroso y pensativo -nos decía- me quedé a los días siguientes, cuando fui nervioso y asustado a ver dónde estaban enterradas las cajas. Sin poderlo creer comprobé que en ese terreno estaba como si nunca se hubiera enterrado nada.<br/>Me fui asustado y corriendo al rancho y le conté a mi negra Margarita lo que había visto y ella me dijo como siempre muy tranquila: Nicolás, para qué te pones a ver cosas raras donde no te han invitado y más si son de esos hombres blancos. Me sirvió la comida mirándome reservada y me acosté muy regañado y preocupado.<br/><br/>Este anciano negro, como cosa extraña y triste, al pasar los meses desapareció sin dejar rastro alguno. Nunca se le ha podido encontrar. Y hoy sólo se escucha el llanto desesperado de su anciana mujer y compañera después de cuarenta años de vida en común, de sus hijos y nietos buscándolo por todo el Pacífico de Colombia. <br/><br/>El negro Washington se queda en silencio unos segundos después del relato y con los ojos cerrados nos dice: ustedes bien conocen que un negro joven es muy desconfiado con todo lo que escucha. Y más si viene del hombre blanco. Porque con todo su respeto les quiero decir que, tan solo mirar la forma en que desaparecen a las personas negras en Colombia y si abrimos bien los ojos y observamos detenidamente cómo vive la raza negra en ese país y en todo el mundo, es más que suficiente la miseria para uno como hombre negro estar arisco con todo el mundo y no creer en la palabra del hombre blanco. Y mucho menos en los monos ojizarcos del norte y sus queridos primos anglosajones quienes nos pusieron las cadenas hace quinientos años. <br/>Pero es que imagínense ustedes aquí presentes señores ancianos en esta reunión, aquí en Barcelona, y con todo su respeto, -el negro para de hablar y nos mira a todos entre risas, levanta su vaso vacío y dice muy tranquilo- a ver denme otro trago por favor con chicha o limonada, por favor señora Cecilia, perdón ¿así se llama usted? Sí, por favor deme mi ron con limonada, sin veneno por favor. -Continúa con el relato- ¡Salud a todos! ¡Salud señora! Usted señor Pacho que me escucha con tanta atención que a mí también junto con mi primo Bernardito, pobre hombre, el más pobre de la familia, ya ni dientes ni dolarcitos tiene el pobrecito y ya viejo y negro pues morirá como gallinazo negro. A él y a mí un día que nos tomábamos unos tragos en el rancho de Octavito el sacamuelas del pueblo, y bajo la luz de la coleman nos llegó el rumor que una gran loca, loquísima y que vivía en un palacio grandotote en la capital de Colombia, había autorizado a cambio de no sé qué dolarcitos, de esos verdecitos y de esos que le gustan tanto a Bernardito, mi primo, que ese material radioactivo y desechos de lo que se usa en las Centrales de Energía Nuclear de las más grandes ciudades de los Estados Unidos de Norteamérica, fuera entrado a escondidas de todo el mundo en Colombia y enterrado donde la loca esa, la tremenda loca, la loquísima del palacio creía que nadie se daría cuenta y nadie protestaría. <br/><br/>Que ese hecho pasaría desapercibido en medio de la ignorancia de la raza negra y que si protestábamos algunos de los negros, pues sería más fácil matarnos a los negros malucos y desaparecernos sin rastro alguno. A que ese material radioactivo y altamente perjudicial para la salud humana y del pueblo fuera a ser entrado por otro lugar de Colombia y en la costa norte donde fácilmente las personas observarían entrar eso desconocido y avisar de inmediato a las autoridades y comunidades sobre este gravísimo hecho para la salud de todos los colombianos y latinoamericanos.<br/>Después que desapareció don Nicolás, el anciano aquél y el primero que junto con su esposa dieron la noticia en el pueblo de Guapí sobre estos desechos radioactivos y altamente peligrosos para las comunidades del Pacífico de Colombia, todo aquel que medio habla de este suceso en Guapí, las veredas o las cantinas, la iglesia, o restaurantes, la cancha de fútbol, el aeropuerto, las escuelas desbaratadas y con maestros moribundos y sueldos empeñados o donde sea y en las tales junticas de acción comunal o en cualquier otro lugar, son desaparecidos del todo y sin rastro alguno.<br/>Son centenares los desaparecidos y nadie sabe dónde están. Nadie investiga tampoco porque también será desaparecido. <br/><br/>No sabemos quienes están desapareciendo a estos negros porque son muchos los enemigos que tiene esta raza y son también muchas las Multinacionales y Corporaciones y los grupos armados que quieren que abandonemos las tierras, los asentamientos de las negritudes, para invadir nuestras tierras llenas de oro, platino, bauxita, uranio, y el medio ambiente con mayor biodiversidad que existe en la tierra. <br/><br/>Algunas veces entre los habitantes del caserío de Guapí hemos pensado que esa mujer de la bruja Matilde y demás brujas y decenas de brujos que existen en el pueblo y sus alrededores podrían ser quienes desaparecen a las personas. También escuchamos otros rumores más extraños y que se escuchan selva adentro. Como aquella del negro Ernesto, el cajero del Banco Agrario, que toda su vida fue un prestamista y agiotista sin alma, que en tres días se murió estornudando cada 12 segundos y de pena moral cuando supo que a su hermano menor el Betico lo había dejado seco un murciélago gigantesco que azota desde hace años la comunidad del Baudó y que arrastrándolo por los aires desde la puerta de su rancho como un huracán se lo llevó a más de un kilómetro de distancia por el aire en la temible noche y luego lo depositó suavemente en un playón del río en la curva de la negra Isabel. <br/><br/>Cuentan al otro día que la negra Isabel se levantó muy tranquila esa mañana para hacer una aguapanela, cocinar unos plátanos y fritar el pescado, como era su costumbre. Se encomendó a Dios por su vida, besó el escapulario y la medallita de San Benito con fervor que le había regalado el cura Óscar; prendió el fogón en la parte trasera de su rancho, atizaba los maderos y avivaba la llama tarareando una melodía y entre bostezos miraba también entretenida el río, al igual que todos los días. Y creyó en un instante que estaba alucinando al ver un brillo extraño en el río. A unos cincuenta metros de distancia dentro de las anchas y apacibles aguas. ¡Muy extraño!... -pensó la negra Isabel-, y caminó fuera del fogón. Más rara se sintió cuando vio que eso que brillaba como un espejo parecía llamarla desde el playón. Caminó nerviosa por el camino con dirección a la orilla del río, sacó de entre sus caídos y arrugados senos el escapulario con la imagen de José Gregorio Hernández, la Virgen de Guadalupe y la medallita de oro con la cara de Simon Bolivar y lo besó otra vez sintiéndose invencible en su fe, deseando que las serpientes se alejaran de su camino y no estuvieran por esos lados  porque con la creciente del río y la luna llena de la noche anterior era el momento indicado para que estuvieran por el lugar.<br/> Llegando asustada a la orilla del río y dándose la bendición otra vez para mirar mejor lo que la extrañaba, sólo pudo exclamar asustada: Dios mío... ¿qué es eso? Luego caminó un poco más a un pequeño alto en la orilla del río para poder apreciar con mayor claridad lo que había visto con desconcierto desde su rancho y en el corto camino recorrido. <br/>Se puso como pudo las destruidas gafas con un solo vidrio plástico de su difunto marido y logró distinguir en la distancia a un hombre muy dormido en la paz eterna entre el brillo de las mansas aguas y las blancas piedras del río. Muy quieto allá en las anchas y titilantes arenas del playón. <br/>Asustados y aterrados quedamos nosotros los del grupo de rescate del cadáver cuando fuimos a recogerlo y encontramos al muerto en el playón del río.<br/>El cuerpo estaba en posición muy rara e ilógica, como si se hubiera recostado lentamente y acomodado con toda tranquilidad en un montículo de arena del playón. Este cadáver se nos presentaba como recién bañado y afeitado. Con toda su ropa todavía en él. <br/><br/>Algo sorprendente para todos los que estábamos presentes. Mientras fumábamos y amarrábamos la lancha pudimos observar que el cadáver del hombre negro conservaba aferrada a él una antigua y muy bella cruz de plata en la mano izquierda y en la cual estaban escritas las palabras: Toht. <br/><br/>Terminando mi cigarrillo y mirando eso tan raro en ese cristiano con esa posición en la arena del playón, pude observar como todos los presentes en ese instante del rescate que el rostro del difunto se veía en mucha paz. <br/>La expresión del rostro que mostraba nos indicaba que había muerto sin ninguna pena. Mostraba una sonrisa santificada y plena que lo hacían parecer como un iluminado. Como un escogido entre todos los hombres de esta tierra y todos creímos con certeza después de observar detenidamente su cuerpo y su cara en ese instante que quizás estaba predestinado a reencarnar en pocos días en un ser especial. O en un ángel en nuestra vida por venir. En un Cristo negro. <br/>Todos asustados y después de prender otro cigarrillo no sabíamos qué hacer en ese instante y ante este cuerpo negro. <br/>Era algo nunca visto por nosotros. También discutimos y estuvimos de acuerdo los del grupo de rescate que este iluminado, este escogido, además de parecer en ese momento un Cristo negro parecía que estuviera despidiéndose muy feliz de la ingratitud, la violencia y la avaricia del hombre blanco en todo el mundo y en toda la historia de este universo.<br/><br/>En horas de la tarde, ya muy cansados y con hambre, al llegar en la lancha al muelle de Guapí nos sorprendió ver la inmensa romería de personas. Nunca se había visto tanta gente para ver un muerto en el pueblo. Aunque este muerto era muy diferente. En ese instante nos encontrábamos con algo desconocido. <br/><br/>No entendimos por qué tanta gente lo esperaba en el embarcadero si horas antes nadie en el caserío sabía de su llegada. -A ver un trago doble por favor ¡Salud para todo los presentes! Como les iba contando, a su entierro vinieron muchos que no lo conocieron en vida. Asistieron todos sus familiares y amigos, hasta los perros de los otros caseríos también vinieron y aullaron en forma extraña a la luna llena dos noches seguidas. En el río los peces brincaban fuera del agua como nunca antes. Algo muy raro y nunca visto con un muerto. <br/>Lo más extraño era que todo el mundo quería estar cerca del difunto, conocerlo o alcanzar a tocar su cuerpo. Para así lograr sacar de él y guardar en ellos un poco de paz y tranquilidad que este Cristo negro trasmitía y que sintió toda la gente de Guapí cuando llegamos con su cuerpo.<br/><br/>El entierro fue el más grande que se conozca en la vida de mi caserío y del pueblo. No hubo fiesta como ocurre con los entierros de los niños negros. Por eso cuando un niño negro nace todo el mundo llora. Sabemos que viene a sufrir y a llorar las injusticias del hombre blanco y cuando muere un niño negro todo el mundo canta y es alegría plena porque por fin dejó este triste e injusto mundo del hombre blanco. <br/>En el entierro de este hombre hubo silencio por tres días. Parecía una Semana Santa cuando llegamos con los restos, todavía se escuchan en eco las plegarias y sonido interminable de los tambores elevadas al cielo esa noche. Al domingo siguiente del interminable entierro todavía lo lloraban los que lo conocieron, mientras los que no lo conocieron se preguntaban a cada instante y a todos quien era ese hombre, la vida volvió a su rutina normal y no sé por qué también ese mismo día y antes que me desaparecieran a mí como a los centenares de negros que han desaparecido después del entierro decidí salvar mi vida y me entraron ganas de conocer esta España. <br/><br/>Juntando mis ahorros y con recolecta entre los amigos y los conocidos del pueblo y con una rifa que hizo mi tía Felicita de la cruz de plata con el cristo que se le encontró en la mano al hombre negro viajé en un destartalado avión a Bogotá y luego me monté en un lujoso jet para Madrid. <br/><br/>Al llegar al aeropuerto Barajas me preguntó un hombre de la policía o aduana -yo no sé qué era, ya que todos se me parecen- si yo era futbolista. Que en qué equipo iba a jugar. Y yo sin respuesta alguna le seguí la corriente y le respondí de una que en el equipo del Cristo negro. Y el hombre del control en el aeropuerto sorprendido me preguntó que cuál era ese equipo y que de dónde era. Y yo le respondí atacado de la risa nerviosa que me dio, -ay Dios mío si quiera me ayudaste- y le respondí: señor, con todo su respeto... aquel equipo que nadie ha visto jugar todavía aquí en Europa. Por eso vengo a formar un equipo como hay en el pueblo mío, allá en la selva y que llevará como estandarte esta cruz de plata. Y se la mostré con alegría en medio de mis risas en mi mano izquierda levantada como si fuera un trofeo de guerra.<br/> El hombre la miró entre asustado y sorprendido con su brillo natural. Sin dejarlo respirar le conté rápido, aún sin salir de su asombro, la historia de la cruz de plata y su cristo en ella. Y cómo el difunto hombre negro la tenía en sus manos cuando lo encontramos en el playón del río. El policía escuchando me observaba atentamente, y en forma muy tranquila me dijo: bienvenido a la Madre patria.<br/> <br/>El hombre bajó su cabeza y selló mi pasaporte. Me miró por última vez, medio sorprendido y sin creer todavía y como si fuera un niño triste y muy solitario en este mundo y que recobraba para el resto de su vida la alegría y la paz perdida en esta tierra con aquello que acababa de escuchar y de mirar en ese instante. Y yo por dentro a carcajadas con el cristo de plata que brillaba en la mano como en el playón del río y como si fuera ahora un gigantesco fusil que me había regalado el que se lo ganó en la rifa en el pueblo y que por miedo y pánico al no poder dormir me la regaló apresurado y agradecido de no tener más esa cruz con él.<br/><br/>Después de un largo silencio mientras nos observaba el negro Washington nos dice muy tranquilo y seguro de sí mismo: a mí no me da miedo de los muertos, me da miedo de los vivos. Por eso aquí en España cargo mi cruz conmigo a todo segundo. Y la sacó de su bolsillo y nos mostró la antigua y bella cruz de plata. Los ancianos no podían creer todo esto en medio del miedo que sentían, sin embargo uno de ellos dijo: Chaval, eso se merece un brindis de todos. A ver Gorka un trago y sin veneno todavía para este hombre, -mientras Gorka sirve el trago los ancianos hablan de ellos asustados con esa historia de la cruz y la historia del hombre negro. Continúo con mi relato, -dice el negro Washington. En Madrid, en el aeropuerto, me entró el miedo cuando llegué. Allí todo era muy rápido, la gente anda a las carreras, las parejas se dan besos de despedida como si se fueran a morir poco después, todo es rápido y uno acostumbrado a mi pueblo, allá en la selva que todo se hace cuando uno siente ganas y quiere, pues me entró un miedo y una soledad tremenda, ¡ay madrecita santa, para qué me vine a España!, es lo que me digo a cada instante. Luego salí del aeropuerto muy asustado y perdido, cogí un bus para la terminal de trenes. En ese lugar me puse a esperar a que saliera el tren para Barcelona. En esa gran ciudad de la capital de España sí que me sentí perdido. Y como tenía por destino a Barcelona pues cogí el tren con lo poco que me quedaba para viajar, guardando algo para el hotel aquí cuando llegara. Y aquí me tienen todos. Llegué sólo a sufrir.<br/><br/>Ustedes no saben lo que he llorado aquí en esta ciudad de Barcelona, aquí aprendí a vivir acelerado, así como es la vida en Madrid, encontré lo que no había buscado y nunca quise o soñé. Pero me ha llegado es todo lo que quieren y sueñan los otros hombres del mundo y en especial los blancos. Yo no quería lo que encontré aquí en Barcelona y que ahora en los tres meses que llevo en esta ciudad lo topé tan de repente. Ya les voy a contar qué es... salud todos y espero no les dé miedo con mi historia. -Y todos brindamos por el relato del negro Washington-, ¡ay señor Gorka como estoy de contento de encontrarlo y de estar aquí con ustedes esta noche!<br/>Les quiero decir también que estoy muy arrepentido de haber dejado mi selva ancha y profunda, de haber dejado mi negrita, mi flaquita bella, una mujer sencilla y buena a morir, una hembra bella y fuerte. ¡Ay Dios mío, cómo la extraño! Y cómo me hablaba al oído, escuchar su risa y su voz era mi gloria. <br/>Recuerdo que ayudaba a todos los ancianos, como ustedes, ya que trabajaba como enfermera. Los dos pasábamos las horas felices en silencio mirando juntos el río y siempre lo veíamos diferente. Las palmeras tenían su danza mágica en las tardes y la brisa de la tarde nos traía murmullos cotidianos que eran como canciones de cuna y las lluvias de la noche germinaban la vida de todo aquello que sembraba yo en el huerto durante el día. <br/><br/>Éramos pobres pero la vida era amable y buena. Mi mujer me quería por lo que yo era. Así no tuviéramos mucho que darnos ni qué comer. Siempre teníamos lo suficiente para los dos y lo poco lo compartíamos.<br/> Ella me ayudaba en todas mis decisiones y cuando me enojaba me cantaba canciones y se me pasaba la rabia y así me hacia reír y me olvidaba de todo.<br/><br/>Aquí en España todo el mundo me mira como un animal raro. Aquí me di cuenta de lo que vale en estas tierras un hombre negro y, además, con la marca de ser colombiano. Como para rematar la cosa. En Barcelona la he pasado de pensión en pensión como las putas feas y pobres, me ha tocado vivir con penurias en la llamada Madre patria. <br/>Me echaron de la última pensión, según ellos porque gastaba mucha agua. Como me bañaba dos veces al día me preguntaban si estaba enfermo. Cuando allá en mi pueblo, al lado de mi negra, nos bañábamos en el río a toda hora, y en la casa cuando queríamos; teníamos mi negra y yo el agua de los grandes ríos y por eso de todas las pensiones me han echado y puse el récord de 7 pensiones en 21 días. A ver, a ver, a ver, cómo es señor Gorka, señora Chechi y señor Pacho... dónde está mi trago y ¡sírvame uno por el alma de los muertos de este mundo! Salud todos. -Y el negro levantó la copa y todos brindamos por el porvenir.<br/><br/>Desde el fondo del corredor pudimos escuchar la Marí Carmen que regresaba con las velas y venía cantando una canción aquella de Lili Marlen y de los años cuando estuvo en Alemania y le tocó soportar la guerra, venía cantando por el corredor y todos nos pusimos a escuchar la melodía, y al entrar a la habitación dice: ¡Ay hijueputa, qué susto! ¿Quién es este puto negro y qué hace aquí? ¿Oiga cojones de dónde salió este esperpento? ¡Qué susto! Y todos reímos de ver la expresión de la Marí Carmen al encontrar al negro Washington sentado entre nosotros. -Señora perdone el susto que le hice pasar, mi nombre es Washington. El negro levantándose con respeto le dio la mano a la María Carmen. <br/>Mi nombre es Marí Carmen, respondió ella. Soy de Sevilla y si no traigo las putas velas nos quedamos sin luz. Majo ¡qué susto el que me has dado!, por poco me orino en los calzones. Y los ancianos reían con la Marí Carmen. <br/>Yo, sorprendido con lo vivido esta noche caminaba a la ventana y recordaba algunas cosas que más tarde les contaré.<br/><br/>Bueno, pido la palabra, -dice el negro. Les sigo el relato: así de pensión en pensión me quedé sin dinero y sin saber cómo iba a poder sobrevivir ya que en todas partes me miraban como animal raro. O como le dicen a ciertas cosas feas en Colombia y a la negra Piedad : parece un orangután con cola. Una noche desesperado y después que ya llevaba durmiendo en un parque 10 días y en una hamaca que me traje de Guapí me despertó un anciano.<br/>Me asusté mucho porque era un rubio de ojos azules y muy blanco. Cuando lo escuché hablar me sorprendió que fuera tan amable, me invitó a tomar un café, me preguntó si había comido y le dije que no. Me invitó a comer y así entre charla me preguntó si quería una copa de vino. ¡Ay mi diosito santo!, y yo que llevaba varias semanas sin probar una gota de alcohol me pareció como una bendición. Pues les cuento que me tomé dos cartones de eso que llaman tinto y rioja y tranquilamente me fui a dormir otra vez. Quedé de verme con el anciano al otro día. Llegué al parque donde dormía y del morral que siempre cargo como los valientes muchachos,  volví a sacar mi hamaca y esa noche la colgué de nuevo entre las mismas palmeras que ya conocía y que eran mis dos únicas amigas y que me recordaban a mi tierra y que cada mañana abrazaba porque pensaba que eran  mi negra y  mi selva bella, verde y profunda del Chocó.<br/> Esa noche dormí delicioso. Había quedado con el anciano en que al día siguiente desayunaríamos juntos. A las 6 a. m. me desperté antes que llegara la policía y me fui a las duchas públicas de la playa y me bañé. Fui al café en la Plaza Real donde el anciano me citó y allí lo encontré. Estaba como la noche anterior, amable y muy tranquilo. Me hizo recordar al muerto que había encontrado en el río hace unos meses. Al Cristo negro.<br/><br/>Continua …. <br/>©Carlos Echeverry Ramirez -2006<br/>Colombia<br/>©Caer. 2006<br/>Catonet Comunicaciones Grupo <br/>Reservados todos los derechos de propiedad intelectual ante CIPO y WIPO<br/><br/><br/><br/><br/><br/><br/>]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(cato2000)]]></author></item><item><title><![CDATA[Crónicas de Barcelona---Carlos Echeverry Ramirez-Colombia]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/cato2000/c_27.htm]]></link><description><![CDATA[Crónicas de Barcelona (l) ISBN: 0-9683701-2-8 Carlos Echeverry Ramírez <br/><br/><br/><br/>Crónicas de Barcelona (l) Fragmento<br/>Reservados todos los Derechos de Autor <br/>Ante CIPO Y WIPO<br/>©Carlos Echeverry Ramírez- Colombia-Canada<br/>Es miembro de la Union de Escritores de Canada<br/>Crónicas de Barcelona<br/><br/>ISBN: 0-9683701-2-8<br/><br/><br/>Para todas las Mujeres de argentina y en especíal a su más digno representante y exponente...<br/><br/>Fragmento<br/><br/>Me paro en silencio y camino despacio, muy despacio, hasta la ventana. Quiero sentir la brisa y el olor a mango dulce. <br/><br/>Es quizás esa nostalgia por la brisa del Caribe que me lleva a la ventana para viajar con la mente a aquellos lugares donde fui feliz. <br/><br/>Miro a través de la ventana y todo es silencio. Siempre encuentro el silencio al final de todo. Siempre. ¿No sé por qué? pero el silencio está allí a cada instante de mi vida. <br/><br/>La calle está tranquila, hay poca gente, y Gorka observa a través de la distancia jóvenes caminando desviados, extasiados, consumiendo hachís y heroina por toneladas. Con sus walkman escuchando ese rap y ese rock de la música de mierda gringa, mientras caminan a las conocidas Ramblas de Barcelona.<br/><br/>La brisa suavemente entra en la habitación, la siento y la disfruto como cuando tenía doce años y salía por la tarde de cine del teatro Bolívar en la ciudad de Cali y me venía caminando con mis amigos por la avenida Sexta.<br/><br/>Ahora sólo escucho a lo lejos que suenan las putas campanas de la iglesia como todos los días, desesperadas buscando clientes arrepentidos y manipulados por el sentimiento de la culpa y por los curas.<br/><br/>Y ¿dónde estarás my darling y mi trucutu? <br/><br/>Muchísimas veces se preguntaban los ancianos cuando veíamos pasar las morenas o las rubias escandinavas y que a veces mirábamos por la ventana o desde nuestro balcón. <br/><br/>¿Dónde estás mi amor?, y observábamos con los cuerpos y las risas desdentadas y las ilusiones ya idas con los años, recordando los atardeceres rojos a la orilla del mar o en las montañas con sus sombras entre los árboles buscando lugares dónde terminar el día. <br/><br/>Gorka apenas escuchaba los ancianos con sus quejas del amor lejano y observaba sus miradas que buscaban en aquellos años idos y muchas veces también igual que ellos decía y repetía lo mismo. -¿Dónde estás mi amor...?<br/><br/>Carlos Echeverry Ramírez<br/>Toronto Noviembre del 2004<br/>Para catico.y...<br/><br/>Reservados todos los derechos de autor<br/>ante CIPO Y WIPO <br/>]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(cato2000)]]></author></item></channel></rss>
