Wellfare (Gigi D´agostino)
I wanna see the sun that shines
Above the mountains white with snow
Look at the trees, the way they grow
The rivers flowing by
El explorador se presentó ante el Rey Supremo y se arrodilló tras pedir permiso para hablar. El soberano consultó a un consejero de aspecto centenario que se sostenía entre el trono de cristal del Rey y una oscura vara de aspecto grotesco y retorcida que hacía las veces de bastón.
El rey mesó su barba cabizbajo y cerró los ojos antes de hablar. Después su voz ronca y turbia llenó la estancia durante unos tres minutos seguidos. Tras este tiempo el explorador se levantó y agitó la cabeza. Un murmullo recorrió la sala, la tensión iba en aumento pero el Rey parecía tranquilo. Volvió a hablar y dos súbditos trajeron a una nueva persona al salón del trono. A una asustada joven humana de pelo largo y moreno, ojos verdes y una camisa con un chaleco que apenas le tapaba nada.
Cuando los guardias la dejaron frente al rey al lado del explorador, se puso a cuclillas y se tapó, más por miedo que por vergüenza todo lo que pudo. Al rey que núnca había visto un ser así no le pareció adecuado y el explorador tuvo que indicar a la joven en su lengua que se pusiera en pie para que el Rey pudiera verla. Tras una breve disputa, la chica se agarró la camisa y se tapó como pudo para ponerse en pié ante el extraño y todopoderoso mandatario.
Pasaron unos segundos y la chica decidió que ya era suficiente y se volvió a poner de cuclillas tapándose con la camisa mientras murmuraba en voz baja y con las mejillas sonrojadas. El rey mesó de nuevo su barba y centró su atención en el explorador. Este había permanecido en silencio con la mirada fija en el trono sin inmutarse. Escuchó las instrucciones del Rey y tras una reverencia agarró con poca delicadeza a la joven por las piernas, se la echó a cuestas sobre un hombro y salió con ella por la puerta del fondo entre los pasillos de gente que se agolpaba en silencio.
Silencio roto por los chillidos y réplicas de la chica que se agitaba e intentaba taparse sin conseguír desasirse de los fuertes brazos del explorador. Entonces el gran portón se cerró tras ellos y el Rey mandó desalojar ordenadamente a los invitados. Tras unos minutos la enorme sala quedó ocupada por su majestad y tres consejeros más una veintena de guardias en pie junto a los muros. El Rey miró a sus tres ancianos consejeros y sonrió por primera vez en mucho tiempo, después les entregó a cada uno una carta sellada y les mandó salir.
Envidiaba al explorador por los lejanos y extraños mundos que había visitado. Pero se sentía feliz por conocer gracias a él, parte de esos lugares.





