
Me gusta escucharos, Musas, cuando susurráis en mi lento y torpe oído aquellos besos que os regalaron otros tiempos. Quiero escucharos, Musas, aunque sea incapaz de amaros, de sentir siquiera lástima por vosotras, que me guiáis por el laberinto de este cercano atardecer literario.