Me visitó la vida una tarde de otoño,
me miró a los ojos
y me dejé seducir por ella.
Más temprano que tarde, tempus fugit,
la abandonaré voluntariamente porque ya no la amo.
Cuando alguna tarde cometo la torpeza de sentarme al borde de mí, me atraviesa la idea de que faltan los días y sobran las horas. La niebla del recuerdo teje en mi soledad deseos de color carmín. Y pienso en la fugacidad, esa alimaña del tiempo diestra en las penas y amarga en las alegrías, deseosa de transgredir los días en compañía. Quisiera algunas veces perder la memoria. Tener la posibilidad de bloquear el recuerdo inesperado con igual facilidad que el ratón cierra la ventana pulsando en la "X". - ¿Desea cerrar el recuerdo? - Sí, a todo. Pero se debe aprender a convivir con los fantasmas del pasado. Esos que se esconden, casi atrincherados, en el armario de mi memoria y de los que tengo el absoluto convencimiento de que son eternos. Aunque éso, ya es otra historia.
Comentario:
El invitado soy yo, Lya, que a estas horas de la noche te deja un comentario sin nombre. Un saludo.
Comentario:
Hace algún tiempo escribí:
"Si sabes de un lugar, una calle, un paseo cualquiera de la ciudad. Si hemos perdido algo, dejado a medias una historia. Si piensas que hay pendiente una palabra, una mínima ternura; que no han terminado los besos no dados, la memoria, los abrazos inconclusos. Es hora, entonces, de buscar ese lugar, esa calle, ese paseo donde habremos de decidir sobre las despedidas". Y es que, a veces, siento la necesidad de invocar a esos fantasmas que nunca se despiden. Un abrazo, Cave.