
Los amantes hicieron un solo pan,
una sola gota de luna en la hierba.
De todas las verdades escogieron el día,
no se ataron con hilo sino con un aroma.
Bebieron en su beso el agua
dulce del encuentro, la miel de la existencia
debida, les llenó la sustancia que
subió de la tierra con su sangre de fruta apasionada.
El amor supo entonces que se llamaba amor
y, cuando levantaron los ojos a su nombre,
el corazón, de pronto, dispuso su camino.
Los amantes no tienen fin, ni muerte,
se abrazan en silencio incluso en la distancia,
tienen la eternidad de la naturaleza.